DE LA MANO CON EL SEÑOR Por Arlina Cantú Cuando ... - ObreroFiel

¿Qué más puede necesitar el ser humano que esto que se le ofrece en esta promesa? ¿Qué necesitamos para disfrutarla? Indudablemente que nos hacen falta ...
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DE LA MANO CON EL SEÑOR Por Arlina Cantú Cuando nuestra hermana Zuri me invitó a tener esta meditación y que le pregunté sobre qué quería que la preparara, me dijo que algo sobre la oración, sobre cómo empezar el día con el Señor y cómo embellecer ese día a través de la comunión con Dios. Esto es muy importante porque muchas veces las prisas nos hacen olvidar que nuestro primer pensamiento debemos ponerlo en Dios y darle la mano para caminar con él el resto de nuestro día. Hay un pensamiento muy bello que le escuché a nuestro pastor, que dice que es mejor dejar que Dios nos tome de su mano, porque si nosotros tomamos la suya podemos soltarnos en algún momento, pero si es Dios quien nos toma de la mano, no va a soltarnos nunca. ¿Verdad que es bello? Pues así, debemos embellecer nuestra vida dedicándole al Señor lo primero de nuestro despertar y pedirle que siga a nuestro lado en todo momento. Leí en una ocasión, en el libro titulado La Doctrina de la Oración, algo más o menos así: que algunos cristianos son como los ruiseñores, porque, desde que abren sus ojos, por la mañana, comienzan a alabar a Dios; y que también hay cristianos que son como los búhos, porque es por la noche cuando su espíritu entra en comunión y alabanza con el Señor. Demos gracias a Dios porque los que estamos en este matutino, somos, --por lo menos el día de hoy-- ruiseñores que elevamos nuestra alabanza hasta el trono de Dios en las primeras horas de este día. Esta breve meditación la he titulado: DE LA MANO CON EL SEÑOR y tiene su base en Mateo 28:20 que dice: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” ¿Qué más puede necesitar el ser humano que esto que se le ofrece en esta promesa? ¿Qué necesitamos para disfrutarla? Indudablemente que nos hacen falta dos cosas: primero, apartarnos un poco de nuestra vida ordinaria; y segundo, aprender a tener amistad con Dios. Primeramente veamos cómo vivimos: entre el trajín, el bullicio y el ajetreo. Entre el ruido que irrumpe de todos los rincones. Entre las voces desentonadas y altisonantes. Entre los ritmos alocados y alborotosos. Entre las palabras estridentes de los altavoces y el trepidar constante de las máquinas. Entonces, se hace necesario que, de cuando en cuando, busquemos nuestro retiro en la paz sedante del santuario, y que aquí, el alma se vuelva a Dios, que nos invada su presencia y oigamos quieta y silenciosamente todo cuanto él quiera decirnos. La presencia de Dios viene cuando sabemos estar quietos. Cuando en silencio le permitimos que él nos invada, que nos llene. A veces sentimos que Dios está muy cerca, tan cerca que casi pudiéramos tocarlo con las manos. ¡Y qué bien nos sentimos en esos momentos! ¡Cuánta paz hay en el alma! Pero, luego, esa paz se nos escapa y de nuevo volvemos a esa ansiedad, ese jadear, ese fatigoso anhelo por algo que nos parece inalcanzable. Nuestra vida está dispersa en una sucesión de horas para el trabajo, el descanso, la alimentación, la diversión, el sueño. ¿No será posible hacer de estas horas, al mismo tiempo que las dedicamos a estos menesteres, horas de comunión con Dios?

Y a medida que transcurren las horas del día, tú y Dios caminarán juntos, mano a mano, corazón a corazón. Cualesquiera que sean las circunstancias, favorables o adversas, Dios estará a tu lado en una realidad tan inmediata como esa persona que está a tu lado; tan segura y tan cierta como el amigo más especial que tienes. Porque eso debe ser el Señor en nuestra vida: nuestro amigo. Y como ejemplo de esa amistad les comparto algo que leí en el libro titulado Luces Encendidas, que cuenta de un grupo de personas que estaban en una reunión social y entre esas personas se encontraba una joven declamadora. En un momento de aquella reunión, a alguien se le ocurrió pedirle que les deleitara con una declamación, a lo que la mujer accedió y les recitó el Salmo 23. Dicen que los gestos y la entonación de las palabras, hicieron que todos le aplaudieran con mucho agrado. Y dice, también, que entre aquellas personas se encontraba un hombre piadoso, pero muy sufrido, y alguien tuvo la ocurrencia de pedirle también a él que recitara algo. El hombre accedió y les dijo que él también iba a recitar el Salmo 23. Todos pensaron que era un error, porque no podría compararse con la declamadora. Sin embargo, el hombre empezó a decir: “Jehová es mi pastor, nada me faltará...” y había tal acento en sus palabras, tan inexplicable emoción que todos experimentaban a medida que cada una de las palabras del salmo salían de sus labios, que al terminar reinó completo silencio en la sala. Nadie se atrevió a aplaudir. Sin embargo, los ojos de todos estaban humedecidos por las lágrimas. La joven declamadora rompió el silencio y se expresó, con una gran sinceridad, de esta manera: “Lo que sucede aquí, señores, es que yo conozco la letra del Salmo 23, el salmo del Buen Pastor, pero este amigo --dijo señalando hacia quien acababa de recitarlo-- conoce algo más que la letra. Él y el Buen Pastor, son amigos. He ahí el secreto. No basta conocer la letra. Es necesario hacerse de esa amistad sin igual”. Y yo les digo a ustedes, jóvenes, que esta amistad implica una relación con Dios, tan íntima, tan estrecha, que ya no pueda concebirse otra vida que no sea esta. Una seguridad inconmovible es la de aquellos que descansan en la certeza de que Jesucristo está presente en su vida, todos los días hasta el fin del mundo. Usado con permiso

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