9 Sindicalismo europeo: diversidad, crisis y oportunidad

sindicalismo europeo” es “la configuración institucional común que comparten los países de Europa”, donde “los sindicatos intervienen en la política económica ...
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Sindicalismo europeo: diversidad, crisis y oportunidad Revitalizar el diálogo social tal y como quiere la nueva Comisión Europea exige a los sindicatos del continente responder a problemas asociados a su variada naturaleza y a los efectos de la crisis. SALVADOR MARTÍNEZ MAS

La Comisión Europea de Jean-Claude Juncker quiere renovar el diálogo social. Ese objetivo puede ilusionar merecidamente al sindicalismo del Viejo Continente. Porque desde que estallara la crisis en el año 2008, las organizaciones sindicales han quedado fragilizadas en buena parte de Europa. La crisis y sus supuestos remedios han tenido efectos indeseables para un movimiento sindical europeo cuyas circunstancias ya eran de por sí muy complicadas.

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La realidad del sindicalismo en Europa es sinónimo de diversidad. Así, en la Confederación Europea de Sindicatos (CES), la mayor de las organizaciones de trabajadores del continente, se cuentan como miembros hasta 85 confederaciones sindicales de 36 países. También figuran entre sus miembros una decena de federaciones sindicales nacionales. El conjunto que componen dichas organizaciones resulta tan heterogéneo que, en propiedad, sólo se puede hablar de sindicalismo europeo atendiendo a criterios específicos. Lo piensan así investigadores como Magdalena Bernaciak, del Instituto Sindical Europeo (ETUI, por sus siglas en inglés). “Lo que entendemos por sindicalismo europeo” es “la configuración institucional común que comparten los países de Europa”, donde “los sindicatos intervienen en la política económica y en cómo se hacen las políticas”, dice Bernaciak. “El hecho que los sindicatos estén incorporados en el proceso de negociación es algo típicamente europeo”, añade. Más allá de esta característica, el panorama sindical del Viejo Continente se define por su heterogeneidad. En él hay organizaciones de trabajadores como las de Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia. Allí se registran las tasas de sindicación más altas de Europa. Entre daneses, suecos y finlandeses el nivel de afiliados ronda el 70%, según los datos más recientes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)1. Con esos sindicatos, que se presentan en una posición envidiable en Europa, conviven organizaciones de trabajadores como las de los países bálticos, donde los porcentajes de afiliación evidencian debilidad (8% en Estonia, 10% en Lituania y 15% en Letonia)2. Menor aún es el nivel de sindicación en Francia, donde la OCDE sitúa la afiliación en un 7,7%3. A Francia, en el mundo sindical, se la suele agrupar con el conjunto de países del sur de Europa que incluye 1 OCDE Stats Extracts, Trade Union Density. Documento consultado en: http://stats.oecd.org/Index aspx?DataSetCode=UN_DEN, 28-11-2014. 2 Bernaciak, Magdalena; Gumbrell-Mccormick, Rebecca and Hyman, Richard (2014), European Trade Unionism: from crisis to renewal ?, pág.8, European Trade Union Institut Report 133, Brussels. 3 Ver Luna, Javier y Martínez, Salvador (2011), ‘El sindicalismo en Francia y en España’, Claves de Razón Práctica, núm. 213, págs. 77-82.

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a España, Grecia y Portugal. Este grupo se caracteriza por la debilidad de sus organizaciones de trabajadores, entre otras cosas por la escasez de afiliados4. En el ETUI diferencian otros grupos dentro de lo que se entiende por “sindicalismo europeo”. Ahí están los sindicatos de Europa central, es decir, los de Austria, Suiza, Holanda, Bélgica y, sobre todo, los de Alemania, país cuyas organizaciones sindicales pasan por ser las más “poderosas del mundo”5. Sin embargo, en Alemania, sólo un 17,7% de los trabajadores están afiliados a un sindicato, un porcentaje casi idéntico al de Holanda (17,6%) y muy inferior al de Bélgica (55%). Entre los grupos restantes, figuran, por un lado, los sindicatos de países salidos del comunismo dotados de capacidades más bien modestas en el este europeo (Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría). Por otro lado, se encuentran las organizaciones de trabajadores del Reino Unido e Irlanda. En los países de habla inglesa, los niveles de sindicación son del 25,5% en el caso británico y casi del 30% en el irlandés. Pero estos sindicatos, especialmente los británicos, están lejos de gozar del prestigio o la fortaleza de la que sí pueden presumir los sindicalistas alemanes. En el Reino Unido, los sindicatos han visto reducido a la mitad su número de afiliados, pasando de los 13 millones de trabajadores sindicados que se contaban en 1979 a los 6,5 millones actuales6. Pese a esa cantidad de representados, los sindicatos del Reino Unido hace ya tiempo que fueron “apartados a los márgenes de la vida pública”, según el periodista y editor británico John Lloyd7. “Las reformas de los años ochenta llevadas a cabo en el Reino Unido y que modificaron los derechos de los sindicatos estuvieron cuidadosamente planeadas para debilitarlos”, recuerda Rebecca Gumbrell-McCormick, experta del Birbek College, un destacado centro de investigación de la Universidad de Londres. Ella alude así a las consecuencias que tuvo 4

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Str Journal of Industrial Relations, núm. 48, págs. 51-81, 68. Foreign Policy, 2-9-2012.

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London Review of Books, págs. 31-34, núm. 20, col. 22, 19 october.

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para el movimiento sindical británico la legislación de Margaret Thatcher en áreas sociales. No obstante, Gumbrell-McCormick también reconoce que “los sindicatos no sólo entraron en declive por esa legislación”. “Hay otras causas, pues los sindicatos han tenido enfrente un aumento de la individualización de la sociedad o fenómenos como la pérdida de valor del compromiso colectivo en la sociedad”, agrega. El decaimiento del poder sindical no es algo exclusivo del Reino Unido. La crisis que atraviesan allí las organizaciones sindicales no difiere mucho de la situación de sindicatos en otros países de Europa. Con todo, “no es exacto decir que la situación de crisis sindical tenga lugar en toda Europa, porque en algunos países sí ocurre pero no en todos”, matiza la investigadora de la Universidad de Londres. “Suecia y Dinamarca tienen una tradición sindical fuerte, incluso cuando el número de afiliados ha bajado algo en los últimos años, mientras que en Bélgica, por otra parte, la representación sindical ha crecido”, subraya. Menos matices se escuchan al hablar con expertos sobre las dificultades que plantea al sindicalismo europeo que sea de naturaleza tan diversa. Magdalena Bernaciak, la investigadora del ETUI, abunda en esta cuestión al afirmar que la “CES es una organización de organizaciones” donde, en vista de la “heterogeneidad de sus miembros”, “se hace difícil adoptar posiciones comunes”. El ejemplo que ella pone para dar cuenta de esta problemática es el del salario mínimo. “En los países nórdicos no hay un salario mínimo. Allí los sindicatos se oponen a la creación de un salario mínimo europeo pues creen que rebajaría los estándares salariales”, mientras que “en países del sur y del centro de Europa, como Alemania, sí que existe una mayor reivindicación sobre este asunto”, aclara Bernaciak. En este contexto, la CES sólo puede “pronunciarse a favor de una línea común a nivel europeo en la materia, diciendo que si hay un salario mínimo, debería ser el 60% o el 70% del salario medio, pero la CES no se pronuncia con claridad sobre cómo lograr un objetivo así”, añade.

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Esta diversidad, en Europa, existe “a todos los niveles”, puntualiza Marie-Noëlle Lopez, periodista francesa afincada en París y directora de la reputada página de Internet especializada en el mundo laboral Planet Labor8. “La organización patronal también tiene sus problemas de diversidad, no hay una voz en absoluto”, asegura. No obstante, para ella, en “la complicada construcción europea”, donde “la diversidad es sobre todo un lastre cuando se trata de actuar rápido”, un sindicato “lo tiene más complicado”. “Es más difícil construir sobre lo colectivo, como hacen los sindicatos, que sobre lo individual, que es lo que hacen las empresas”, adhiere Lopez. CUANDO LA CRISIS SE SUMA A LA CRISIS La diversidad sindical puede complicar el trabajo de la CES en Bruselas. Sin embargo, las eventuales incompatibilidades que puedan surgir de las diferentes tradiciones e identidades de los sindicatos miembros de la CES no es aparentemente lo que más preocupa a Patrick Itschert, secretario general adjunto de la CES. A su entender, lo más inquietante para la salud de los sindicatos europeos es la lógica amenazadora en la que llevan tiempo instaladas las instituciones europeas y buena parte de los Gobiernos representados en Bruselas. “Los sindicatos están atravesando momentos difíciles, que yo equipararía a los del sindicalismo británico en los años de Margaret Thatcher”, opina Itschert. “Estamos viviendo ataques, directos o indirectos, pero brutales, especialmente en el sur y en el este de Europa”, añade. Para exponer la delicada situación de los sindicatos europeos, este sindicalista belga pone a España como ejemplo. “En España, la troika destruyó el diálogo social. Los sindicatos llegaron a negociar bien, se manifestaron y se sentaron en la mesa. Pero no se respetó la autonomía del diálogo social”, sostiene Itschert, aludiendo al político finlandés Olli Rehn. Porque el otrora comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE llegó a pronunciarse a favor de una reducción de salarios en España de un 10% entre 2013 y 2015 8

Planet Labor: Employment, Relations, Intelligence.

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a través de un acuerdo que él consideraba que los actores sociales debían alcanzar a toda costa9. Este tipo de afirmaciones, en las que se piden conseguir objetivos concretos a sindicatos y patronal antes de que comiencen las negociaciones, según Itschert, ha contribuido a “marginalizar” a las organizaciones de trabajadores. De resultas, este líder de la CES asevera que “la Comisión Europea ha puesto en marcha un sistema de debilitamiento del diálogo social”. “En los últimos años, con José Manuel Durão Barroso como presidente de la Comisión, no había agenda social, y los empresarios han actuado de la forma más brutal pues... ¿para qué van a sentarse a negociar si lo iban a obtener todo de la Comisión?”, se pregunta Itschert. Magdalena Bernaciak, la investigadora del ETUI, también se pronuncia sobre este tema hablando de países como España y Portugal, donde las reformas laborales han “desmantelado el diálogo social”, ya que antes “se negociaba por sectores de actividad y ahora, tras las reformas, se hace a nivel de empresa, lo que es terreno favorable para los empresarios”. Por situaciones como esas, Lopez, la periodista especializada en información laboral, entiende que “ahora mismo la relación de fuerzas es muy desfavorable para los sindicatos”. En el actual contexto de crisis económica europea, y en especial en aquellos países que han sido rescatados –como Grecia, Irlanda, Portugal, España y Chipre–, la prioridad ha sido tomar medidas en una lógica de urgencia que no prioriza respetar los tiempos del diálogo social. “La Comisión Europea estaba tan apresurada en resolver la crisis y en aplicar reformas que partía del principio según el cual el diálogo social no era compatible con la urgencia de las reformas”, subraya Lopez. Según ella, las medidas adoptadas para lidiar con la crisis han traído como efecto general para los sindicatos una “aceleración del declive que ya venían sufriendo”. De ahí que Rebecca Gumbrell-McCormick y Richard Hyman, profesor emérito de Relaciones Industriales en la prestigiosa London School of Economics, hablen en su último libro dedicado al movimiento

sindical en Europa de los “momentos difíciles” que atraviesan las organizaciones de trabajadores del Viejo Continente y de las “decisiones difíciles” que éstas han de tomar10. Para ambos, los sindicatos llevan ya varias décadas a la “defensiva”, sometidos a la “reducción de su poder de negociación”, de “su influencia sobre los gobiernos”, mientras van perdiendo “miembros” y, en algunos países, hasta “el respeto público”. Tal es la crisis que, observadores como Lopez, no dudan en advertir de que “Europa podría convertirse en un desierto sindical, como ya ocurrió en su momento con Estados Unidos”, pues ahora mismo “el sindicalismo europeo está muy fragilizado”. Ante este tipo de afirmaciones, Itschert ríe confiado. Y responde: “Europa no es un desierto sindical, para nada, pero mira lo que pasó con Margaret Thatcher en el Reino Unido. Puede que Europa sí se convierta en uno si seguimos por este camino de políticas de austeridad”. LA COMISIÓN JUNCKER, ¿UNA OPORTUNIDAD? Precisamente si la Unión Europea va a seguir por el mismo camino es lo que cabe preguntarse ahora que la Comisión Barroso es historia y que, tras las elecciones europeas, ese organismo europeo ha quedado en manos del socialcristiano luxemburgués Jean-Claude Juncker. En su equipo, el letón Valdis Dombrovskis tiene como misión “promover el diálogo social e involucrar a los actores sociales en la UE”, según los términos del propio Juncker. Dicha tarea Dombrovskis la desempeñará como uno de los siete vicepresidentes de la Comisión y siendo responsable del Euro y del Diálogo Social. Ese cargo es una de las aportaciones más llamativas y potencialmente prometedoras para el sindicalismo europeo, que en los últimos años no ha logrado generar “grandes acuerdos colectivos significativos”, según Lopez, la responsable de Planet Labor. En el pasado, en Europa, sindicatos y patronal firmaron varios 10

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Ver Gumbrell-McCormick, Rebeca and Hyman, Richard (2013), Trade Unions in Western Europe: Hard Times, Hard Choices,

Olli Rhen’s Blog, 6-8-2013.

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acuerdos que luego se acabaron transformado en directivas europeas11. Eso sí, la llamada “edad de oro del diálogo social” en Europa es cosa del siglo pasado. “La Comisión Europea de Jacques Delors fue en su día muy activa y muy favorable al diálogo social, hacía sugerencias, consultaba a los actores sociales, ahí sí se negociaba, pero todo eso se ha perdido”, indica Itschert. Recuperar una dinámica así, con el conservador luxemburgués al frente de la Comisión, probablemente sea una misión que quede demasiado grande a Dombrovskis y al propio Juncker. “El nuevo presidente de la Comisión ha enviado algunas señales positivas al mundo sindical europeo y tal vez pueda suponer un cambio pero es muy difícil que haya un vuelco completo de la situación”, sostiene Gumbrell-McCormick, la investigadora de la Universidad de Londres. Ella y Lopez coinciden en señalar que la ideología de la que están impregnadas las instituciones europeas es, a día de hoy, “muy neoliberal”. En este sentido, parecen muy extendidas en Bruselas, en la Comisión y en otras instancias europeas e internacionales, esas ideas según las cuales “el sindicalismo es un freno para el comercio, para los negocios y para la economía”, según Gumbrell-McCormick. Es más, en la globalización, “la patronal está cómoda y para nada acomplejada”, por eso “no querrá plantear reformas con diálogo con alguien que no quiera ir en su dirección”, adhiere Lopez. Itschert, el secretario general adjunto de la CES, se pronuncia con algo más de optimismo al respecto. “Juncker dice que quiere ser el presidente del diálogo social y es una buena noticia” y también lo es “que digan en la Comisión que quieren relanzar el diálogo social en Europa y a nivel nacional”, opina. Sin embargo, su confianza en un cambio radical de la situación socio-económica en el continente no es ciega. “Se sigue diciendo mucho que ‘se necesitan más reformas’, y es que esa expresión se ha convertido en un mantra”, apostilla. A él, y a nadie en la CES, le cuesta poner de relieve que “son los países que han tenido más reformas los que peor van”, según recuerda este líder 11 ‘

L’Europe sociale, un mythe?’, L’Expansion, 1-2-2014.

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sindical. ¿Se relajará con Juncker la obsesión por hacer reformas en Europa? Esto es algo a lo que todavía no se puede responder. Entre tanto, desde el año 2000, en la CES han contado no menos de 3.500 reformas en suelo europeo. Tampoco tienen solución por ahora los interrogantes que se ciernen sobre los sindicatos de Europa. “¿Son dinosaurios al borde de la extinción?”, se ha preguntado Claus Schnabel, profesor de Economía en la Universidad alemana de Erlangen-Núremberg. Según él, en Europa, “puede que todavía sea prematuro relegar a los sindicatos a un museo de especies extinguidas”12. Ahora bien, después de 2008, al sindicalismo europeo no se le dejan de plantear nuevos desafíos que alargan una lista de quehaceres de la que depende su renovación y su reemergencia como actor clave en la definición del destino de los trabajadores del continente.

SALVADOR MARTÍNEZ MAS ES PERIODISTA

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Y ESCRITOR .

VOX CEPR’s Policy Portal 18-11-2013.

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