La Presidenta y los desgarros de un país inviable

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OPINIÓN | 33

| Domingo 29 De septiembre De 2013

La Presidenta y los desgarros de un país inviable

Jorge Fernández Díaz —LA NACION—

“M

irá lo que hiciste, sos una vendida a Clarín”, repetía como un mantra Juan Cabandié. No quería escuchar argumentos ni entrar en diálogo con la mujer que amablemente se le había acercado para conversar un rato. Norma Morandini estaba por embarcar hacia Córdoba cuando vio al “muchacho” de La Cámpora junto a un grupo de pasajeros en tránsito. Y no pudo en ese momento crucial sino pensar en la aflicción que le había provocado la noticia de que la militancia kirchnerista seguía haciendo murgas y asados en el predio donde alguna vez funcionó la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA). Cabandié acababa de aplaudir públicamente esas fiestas, que para Norma y muchos otros luchadores por los derechos humanos constituyen una banalización profanadora. “No bailen sobre la tumba de nuestros muertos”, había declarado Morandini. Sus dos hermanos, Cristina y Néstor (inquietantes nombres que baraja el destino) fueron secuestrados y permanecen desaparecidos, y ella misma tuvo que exiliarse, pero jamás demostró por ello revanchismo ni practicó el marketing de la época. Siempre tuvo, como periodista y legisladora, una actitud serena y doliente, y propugnó una justicia reparadora y una política humanista despojada de partidismo y mendacidad. Pero el día anterior a ese cruce en el Aeroparque había impulsado sobre tablas un proyecto de declaración para repudiar los hechos y los senadores del Frente para la Victoria, con gran picardía, se habían ocupado de mandar el asunto a comisión, es decir, a vía muerta. El aeropuerto estaba atestado y Norma tuvo la precaución de apartar a Cabandié del resto para buscar su confidencia y no forzarlo a una sobreactuación frente a testigos. “Cuando los veo a Victoria Donda y a vos no puedo dejar de pensar que nacieron en el mismo lugar en el que estuvieron secuestrados mis hermanos –arrancó Morandini–. He pensado mucho en estos días, y me doy cuenta de que para ustedes ahí no está la muerte sino la vida. Precisamente porque ahí nacieron.” Era un discurso espontáneo y conciliador, pero Cabandié la bloqueó con su disco rayado: “Vendida a Clarín”. Una y otra vez. Hasta que Norma, fiel creyente de la belleza de la bondad, también se salió de las casillas. No hubo discusión concreta, sólo violencia verbal. “Me siento mal cuando me sacan lo peor –me confesó ella hace unos días–. Yo trato de no hacer lo que critico, y ahora estoy cerrada sobre mí misma y ya no tengo más ganas de intentar un acercamiento. Creo que los kirchneristas han sido un catalizador, pusieron en evidencia lo que anida en nuestra sociedad.” Alude la senadora al reconocido mecanismo del odio que se ha instalado en la base social; a la “guerra civil de los espíritus”, como bautizó Altamirano. Un fenómeno que en España se denomina “cainismo”: Caín asesinando eternamente a Abel. Pero la reflexión de Morandini va más allá y se refiere también a la tragedia que implica el dogmatismo y la negación sistemática a reconocer autoridad alguna en el otro. Vaya paradoja: la era de la inflexibilidad resulta, por consecuencia, la era de la no política. Porque ¿es realmente posible generar debates fundamentales cuando el fanatismo multiplica aislamiento y encono, y cierra cualquier vaso comunicante? ¿Son viables políticas permanentes de Estado que precisan de acuerdos fecundos entre las partes del todo? ¿Somos un todo, somos un país? El estilo despótico y abusivo que el kirchnerismo exacerbó anida, como dice Norma, en el inconsciente colectivo desde mucho antes. Los kirchneristas sólo aceleraron el círculo vicioso; vinieron a entregarles potentes dosis de droga a los adictos. No son tan importantes: sólo afilaron el puñal de Caín. En otras naciones que nos rodean, la grieta no se ha profundizado. Los ex presidentes constitucionales son capaces de acordar

iniciativas, mostrarse juntos en público, ponerles el cuerpo a discusiones de la memoria y del futuro. Hayan gobernado bien o mal siguen teniendo una investidura y continúan representando a la democracia. En la Argentina, los ex presidentes se saludan en Comodoro Py. Hace unos meses, el suegro de Sergio Massa convenció a Eduardo Duhalde de que depusiera su bronca histórica y se reencontrara con su archienemigo Carlos Menem. La reunión fue discreta, puesto que se han convertido en dos parias. “Llevé a Eduardo hasta la casa de Belgrano R donde vive Carlos –me cuenta Fernando Galmarini–. No se veían ni hablaban desde hacía como quince años. Fue un encuentro afable. Competían para ver quién había encontrado el país más incendiado. Carlos venía de la hiperinflación y Eduardo de la debacle de 2001”. Algo monstruoso se incuba en una sociedad que casi siempre habilita figuras poco propensas a la transparencia y que, por lo tanto, luego terminan desfilando oscuramente por Tribunales. Pero también que permite la cíclica producción de “accidentes macroeconómicos” (vivimos siempre por encima de nuestras posibilidades) de los cuales surgen “hombres providenciales” que quieren eternizarse y que después acaban satanizados. Que cuando no gobiernan no dejan gobernar, y que cuando administran chocan el barco. Pero nadie los votó jamás, no hicieron nada positivo y todos somos inocentes de sus vicios y fallas. Cuando el menemismo agonizaba, dos mujeres que se admiraban mutuamente y que se pensaban a sí mismas como parte fundante de “la nueva política” se encontraban a cenar en el restaurante del Vasco Francés. A Cristina Kirchner la acompañaba Julio Bárbaro y a Elisa Carrió su leal escudero de entonces, Héctor Timerman. Eran cenas con largas sobremesas, en las que no habían compartimentos estancos ni posiciones irreductibles, donde fluía libremente el diálogo sobre la vida y las instituciones, y se enriquecía con los distintos puntos de vista. Algo grave sucedió en nuestro país para que esos dos cuadros notables que se profesaban cariño pasaran a combatirse y a detestarse con rabiosa pasión.

Algo monstruoso se incuba en una sociedad que habilita figuras poco propensas a la transparencia y que luego terminan desfilando por Tribunales La llegada de los Kirchner al Gobierno, una vez conjurados los temores por la gobernabilidad de los tres primeros años (cuando se sentían más cerca de las ideas desarrollistas que del chavismo) actuó como una progresiva pero intensa reactivación de nuestra enfermedad crónica. Sobre llovido, mojado. Y esta liturgia neocamporista de último momento, este terreno donde autómatas agresivos se niegan a debatir y rezan falsos anatemas (“Vendido a Clarín”, “gorila”, “golpista”, “cipayo”) logran bloquear cualquier razonamiento y sacar, como dice Morandini, lo peor de cada uno de nosotros. Logra convertirnos en lo que criticamos. La idea de partir deliberadamente en dos a una sociedad, cavar una zanja imaginaria y capciosa entre el pueblo y la antipatria, según los consejos de Laclau, no hace buena combinación con las reglas legislativas ni con la praxis republicana. Con el 54% de los votos y un Congreso dispuesto a sacar a lo guapo, por verticalismo y obediencia debida, y con meros debates decorativos los proyectos más extremos de la Presidencia, el “feudoprogresismo” funciona. ¿Pero cómo se hace populismo con el 26%? ¿Cómo se retrocede a la lógica negociación parlamentaria cuando se han roto todos los puentes y se ha sacralizado una metodología del desdén? Un kirchnerismo probablemente menguado deberá atravesar después de octubre la tormenta económica que le viene de frente, y necesitará de la responsabilidad y de cierta comprensión por parte de aquellos a quienes pateó en el piso durante una década. Irónico castigo para el arrogante: pedirle una mano al despreciado.ß

distancias por Nik

Violencia entre victorias y derrotas

Joaquín Morales Solá —LA NACION—

Viene de tapa

las palabras

Huyendo de los “Kerner” Graciela Guadalupe “No somos Kerner.” (Mensaje de campaña de los jóvenes que militan con Lilita Carrió.)

P

or una estudiada fonética o porque el desprecio le hace apretar los dientes cuando lo nombra, para Lilita Carrió el apellido Kirchner se dice “Kerner”. Así lo expresa en privado, en una entrevista televisiva, una declaración radial o en la presentación ante los tribunales donde recalan sus denuncias de corrupción. Desde hace unas semanas, en el programa dominical de Jorge Lanata, un imitador lleva al extremo la parodia de esa pronunciación en un logrado sketch en el que Lilita da órdenes a un Pino Solanas escuálido y temeroso con quien, además, convive. La imitación, desopilante, fue capitalizada por la juventud que apoya a la candidata subiendo a su Facebook un afiche con la frase “No somos Kerner”. Los “lilitos” temen ahora que les copien la idea. ¿Quiénes? Todos, incluidos los kirchneristas que en la carrera hacia los comicios del 27 de octubre se matan por conseguir la garrocha más larga que los clave justo en Tigre, el feudo massista. Basta con mirar los afiches por la calle para darse cuenta del viraje. Martín Insaurralde, el candidato de la Presidenta en la provincia de Buenos Aires, a quien las encuestas

dicen que Massa volverá a derrotar, ahora se muestra solo en las fotos y con un logo personalizado: “MI” que refiere a sus iniciales. O sea, algo muy similar al “+a”, que identifica al ex jefe de Gabinete kirchnerista y llamativamente en la misma línea del “+ a = b”, la fórmula que usó Guillermo Moreno para calificar a Massa de “boludo”, según los llaveros que repartió antes de las PASO. Por ahora, no son muy ingeniosos los cambios publicitarios respecto de la campaña pasada, en la que se destacaba el país dividido en Argen y Tina, de Stolbizer y Alfonsín; el chamamé del spot de Nito Artaza; el parloteo con la imagen de Eva Perón de los seguidores de los dos “Julio”: Bárbaro y Piumato; la promesa de “un merecido arcoíris después de la lluvia y de las lágrimas” de la lista de Francisco de Narváez –interesante presagio de la paliza que le dieron las urnas–, y el poco creativo “Juntos se puede” de los macristas, con el que reemplazaron al “Juntos podemos” que usaron para las PASO. Ya “divorciado” de Cristina Kirchner (o Kerner, como se prefiera), ahora Insaurralde se entusiasma con que otra mujer, Jésica Cirio, le haga ganar votos, aunque más no sea por envidia de muchos hombres que siguen su promocionado romance con la vedette. Un volantazo desesperado después de haber usado al papa Francisco para un afiche de campaña. ß

Ampliaría su ventaja en más de cuatro puntos con respecto de las elecciones primarias de agosto. Expolió de votos a Francisco de Narváez, porque Massa cumple ahora, simplemente, el rol que le tocó a aquél en 2009. El acierto más comprobable de Massa es el de haberse presentado como una alternativa anticristinista en el momento oportuno. Es cierto que también ha hecho otras cosas, como anunciar proyectos que presentaría como diputado, pero nada superó aquella precisión en la elección de la circunstancia. Esa condición de alternativa, justo cuando sucede la decadencia, es lo que provoca la furia del cristinismo contra Massa. El sustrato de violencia, verbal sobre todo, que siempre existió en el kirchnerismo, impulsó el resto. El resto no fue poco. El proyectil de plomo que le pegó a Massa en el pecho, en La Matanza, podría haberlo dejado sin un ojo o sin la vida por una diferencia de pocos centímetros. El caso es todavía peor cuando se conocen algunos testimonios que ya se hicieron ante la Justicia. El ataque con gomeras fue un ardid para cambiar el rumbo de la caravana. En el camino alternativo lo esperaban a Massa con armas de fuego. Estaba preparada la puesta en escena de un supuesto enfrentamiento entre bandos contrarios. No se conocen más detalles. El massismo ha rodeado a los testigos de una densa malla de protección. Teme por ellos. ¿Quién fue el instigador? Creemos que fueron grupos que querían quedar bien con el kirchnerismo. Creemos, pero no lo sabemos, dicen muy cerca de Massa. Absuelven de la sospecha al intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, y apartan categóricamente de los hechos al gobernador Daniel Scioli. Sería un Scioli que no conocemos y lo conocemos bastante, precisaron. Puede explicarse la generosidad con Espinoza. Gran parte de los intendentes supuestamente kirchneristas trabaja ya sólo para conseguir su propia mayoría en los concejos deliberantes locales. ¿Recomiendan votar por Cristina o por Massa? Por el candidato que la gente quiera, siempre que vote por los concejales del intendente. Pragmatismo peronista. Importa el poder, no la lealtad. El barrio de La Matanza donde sucedió la agresión a Massa es donde reina Luis D’Elía como un monarca del suburbio. El mismo día en que sucedió la violencia, D’Elía la justificó con argumentos ideológicos que sólo delataban a su autor. No hay ninguna prueba, no obstante, que conduzca a D’Elía. Dicen que Cristina Kirchner se enfureció con el pintoresco caudillo matancero y mandó decirle que se rectifique. Se rectificó. Pero D’Elía forma parte de la subcultura violenta que creció a la sombra del kirchnerismo. Supuestos principios antiimperialistas justifican lo bueno, lo malo y lo insoportable. Como el antisemitismo. El domingo de las elecciones de agosto, los votantes del barrio de D’Elía debieron cruzarse con dos o tres punteros antes de llegar a los lugares de votación. Les preguntaban por quién votarían. Los ciudadanos eran insultados o maltratados cuando se escudaban en la condición secreta del voto. No fue sólo La Matanza. Una semana antes, en Lomas de Zamora, el territorio de Martín Insaurralde, Massa no pudo entrar por la puerta principal a la universidad de ese municipio. Un grupo de militantes kirchneristas quemó neumáticos en el acceso central de la casa de estudios, donde el candidato dio una conferencia invitado por el rector. Massa debió ingresar a la universidad por una puerta lateral. En la misma Lomas de Zamora, el alcalde de Tigre tropezó antes con piqueteros, también identificados como kirchneristas, que le impedían avanzar a su caravana. Massa se envalentonó anunciando que sólo pensaba en regresar a La Matanza. El anuncio fue prematuro, porque todavía no conocía los detalles más salvajes de aquella agresión. Ahora hay un debate interno sobre la conveniencia –o no– de volver al municipio más

poblado y desigual de la provincia de Buenos Aires. No podemos dar señales de temor, dicen algunos. Tampoco podemos correr el riesgo de la seguridad física, replican otros. Un país vive una situación más grave que sus engañosas apariencias cuando se plantea una discusión política de esa naturaleza. La violencia está en una parte de la sociedad argentina. Seguramente es una parte minoritaria, pero se trata de minorías iridiscentes que muchas veces logran sus objetivos. La ocupación de colegios porteños, en reclamo por una reforma educativa del gobierno nacional que ni siquiera se aplicó todavía, fue apoyada por una asamblea de padres. ¿De cuántos padres? Fueron unos 100 padres de alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Hay unos dos mil padres de estudiantes de ese colegio. Los que no fueron seguramente no estaban de acuerdo con la ocupación. De hecho, muchos estudiantes abandonaron los colegios porteños ocupados hace dos años durante varios días. Se fueron de la escuela pública a la privada. También entonces los alumnos fueron apoyados por una minoría activa de padres. Muchos de esos padres se han propuesto transmitirles a sus hijos sus propias y frustradas agitaciones de juventud. Esta vez hubo una profanación que carece de cualquier explicación. Un grupo de estudiantes ocupó, destruyó e incendió parte de la parroquia más antigua de Buenos Aires, la de San Ignacio de Loyola. El problema era por una reforma de la educación secundaria dispuesta por el gobierno de Cristina Kirchner. No había ningún reclamo a la Iglesia, aunque ningún reclamo hubiera justificado la profanación de un templo. Fue un injusto agravio para millones de personas que tienen fe y que profesan no sólo la religión católica, aunque ésta haya sido la más ultrajada. Es más que probable que los estudiantes que cometieron semejante vandalismo no hayan conocido ni siquiera el valor simbólico adicional de esa iglesia. Está dedicada al santo, Ignacio de Loyola, que fundó la orden de los jesuitas a la que pertenece el papa Francisco. La violencia se desata cómo puede y dónde puede. La campaña electoral en la Capital es pacífica, tal vez porque los porteños están

La peor herencia del kirchnerismo será la de una sociedad sin límites ni medidas. Una sociedad acostumbrada a la violencia del discurso y de los hechos eligiendo entre alternativas claramente diferentes. Las luchas son más violentas cuando provienen del mismo tronco partidario, como sucede en Buenos Aires. Pero la violencia no deja de marcar su presencia en la Capital. Una sensación de que todo es posible, y de que todo será finalmente impune, parece haber conquistado a una parte de la sociedad argentina. Los gobernantes hablan y actúan desde hace diez años como si siempre pudieran hacer lo que quisieran. Las costumbres sociales fueron contagiadas de esa cultura política. La retórica oficial tiene una enorme carga de confrontación. La violencia, que es la consecuencia del fanatismo verbal, tiene las puertas abiertas. La peor herencia del kirchnerismo será la de esa sociedad sin límites ni medidas. Una sociedad acostumbrada a la violencia del discurso y de los hechos. Cristina Kirchner no deja pasar ni un día sin referirse violentamente a los periodistas. Ella llegó a la conclusión de que no perdió ni perderá por los muchos errores de su gobierno, sino por la prédica del poco periodismo independiente que va quedando. ¿Cuánto falta para que la violencia tome como presa a algún periodista o a algún medio? ¿Cuánto, para que el gobierno se lamente, tarde y mal, por algún hecho trágico que habrán provocado sus propias palabras? El atentado a Massa es superior al propio Massa. La profanación de un templo es mucho más que la alegre rebeldía de estudiantes atolondrados. Son avisos para indiferentes. Señales cabales de graves conflictos sociales, que resaltarán más allá de un domingo próximo de victorias y derrotas.ß