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Jehad Ossman llevaba el nombre de su padre, un soldado sirio que desapareció en las alturas del Golán en 1979, cuando él tenía apenas tres años. Jehad, el pequeño, fue criado por su madre Amira y su abuelo Sammir. Su abuela, Naïma, la mujer de Sammir, murió de tristeza en 1981, cuando se enteró de que su único hijo había quedado sepultado bajo un edificio, en un ataque de mortero del ejército israelí, tras una operación que concluyó con la invasión del Estado hebreo al sur de Siria. Durante su infancia, el abuelo Sammir instruyó puntualmente a Jehad en el Corán y el islam shia. Hasta que creció, cumpliendo las normas musulmanas, lo llevó a rezar cinco veces al día y nunca le dio cerdo. Siempre pensó que la muerte de Naïma fue lo mejor que le pudo pasar al niño; si hubiera sobrevivido, le habría hecho la vida imposible. Eso hacen algunas mujeres árabes cuando hay alguna culpa o reclamo oculto en sus vidas; también las judías, solo que ninguna de las dos lo acepta. Jehad Ossman, el grande, el soldado que murió, era un musulmán alawita proveniente de una familia que se mudó en 1976 del puerto mediterráneo de Latakia a las cercanías de la antigua ciudad romana de Palmira, cuando él y

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su padre, el abuelo Sammir, fueron acuartelados en una plataforma para lanzamiento de misiles en medio del desierto sirio, a dos horas de distancia de Damasco, a otras dos y fracción de las ruinas de la reina Zenobia. Jehad el pequeño, que pasados los treinta años se había transformado en un adulto arquetipo de la belleza árabe masculina, llevaba quince años viviendo en Damasco. Regresó a su pueblo natal dos veces, por veinticuatro horas, hacía algunos años; una para enterrar a su madre y la otra, a su abuelo. Tenía un departamento para él solo cerca de Sayyida Zeinab, la mezquita chiita de la ciudad que se había construido a un lado del barrio en el que vivieron los judíos damasquinos, hasta que fueron expulsados del país hacia Israel. La primera noche que durmieron juntos, Jehad se rasuró la barba frente al espejo de su diminuto baño, sacó de su guardarropa armable, hecho de tela y aluminio, una camisa United Colors of Syria que compró la mañana de ese mismo día en una de las nuevas tiendas Benetton que se abrieron en el país, compartiendo los diseños y emblema de la marca italiana pero teniendo poco que ver con la original, detalle que no le importaba a los sirios en esos momentos; una marca europea había entrado a su territorio gracias a la participación del Estado en el negocio textil, así que el extraño nombre que rompía con la idea de internacionalización de la compañía podía pasarse por alto.

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Preparó todo para llevar a Wissam a cenar: baño, afeitada, loción, ropa nueva y una reservación para dos en un casino que no era un verdadero casino, sino un restaurante que se hacía llamar así porque vendían alcohol. Tiempo después, Wissam volvería a ese lugar para encontrarse con un palacio abandonado, resultado de la quiebra del Casino Cham tras la prohibición y clausura, por decreto del presidente Bashar, de los establecimientos que vendían bebidas embriagantes, en un intento por calmar a los Hermanos Musulmanes y a otras sociedades islamistas con nombres similares, durante las protestas que iniciaron en 2011. Wissam era hija única de Noura Halabi, una mujer siria que emigró a México en los setenta y había muerto en febrero del 2010 a causa de un infarto al corazón y un simultáneo paro respiratorio, justo después de haber comprado una propiedad a las afueras de Damasco, en el privilegiado barrio de Koura al-Assad, en el que vivían, entre otros, las emergentes clases altas cercanas al régimen, para que Mina, su madre, y Dimah, su hermana menor y tía de Wissam, salieran del departamento viejo y venido a menos que la familia ocupaba desde hacía cincuenta años en el centro de la ciudad. La familia Halabi era cristiana, adoctrinados griegos ortodoxos bajo el Patriarcado de Antioquía unos ochocientos años atrás, cosa no muy rara en las coordenadas que ostentan el origen de los tiempos y sustentan su grandeza en los

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registros más antiguos de sus libros y recuerdos, testigos que dan linaje a las más comunes familias. Noura, siguiendo las corrientes de pensamiento liberal de los años sesenta, había adoptado el discurso agnóstico y con él crió a su hija. Wissam había nacido en México al año de que su madre llegara a América. Su padre era un sociólogo mexicano proveniente de una provincia fronteriza con Estados Unidos, del que su madre se enamoró para que este desapareciera a las tres semanas del parto, inmediatamente después de registrarla con su apellido. Luego de sumergirse por casi un año en trámites y folklores legales en México, Wissam publicó en una revista científica los resultados del postdoctorado de su segunda carrera universitaria, una investigación sobre la teoría de cuerdas, que realizó en el Instituto de Física de la universidad nacional, empatándola con el periodo sabático que pidió en la Facultad de Psicología, de la que había egresado unos años atrás y en la que daba seis horas de clase a la semana. Su segunda titulación obedecía a un compromiso al que llegó con su madre cuando esta adivinó su muerte, para condicionar la apertura del fideicomiso que le había dejado antes de fallecer y gracias al cual las preocupaciones económicas de la huérfana eran una anécdota de los primeros años de Noura en América. A finales de enero del 2011, Wissam decidió suspender hasta nuevo aviso todas las citas con pacientes que tenía en su recién inaugurado

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consultorio, abriéndose tiempo suficiente para viajar a Siria en la última combinación de vuelos que encontró ese mes: México-París-Damasco, y terminar con los asuntos que la muerte de su madre había dejado pendientes, reencontrarse con su familia y arreglar la sucesión testamentaria de la casa nueva. Su tía envió a recogerla al aeropuerto a dos jóvenes amigos que hablaban algo de inglés, Jehad Ossman y Ommar Abbas, un sunita pelirrojo y casi calvo, de los pocos que se encontraban en el país. La familia de Ommar había tenido que emigrar a Siria desde Turquía, durante la masacre armenia de principios del siglo XX. Su padre, ferviente opositor de las políticas genocidas otomanas, intentó proteger a la comunidad víctima de la persecución y fue acusado de traición. Expulsado del país, se refugió en Alepo para garantizar su seguridad, evitando la horca a la que, de haberse quedado, hubiera sido condenado junto con su mujer e hijo. Al salir de los puestos de control aduanal y migración del aeropuerto internacional de Damasco, Wissam vio a lo lejos a los dos hombres. Al leer el letrero con su nombre que levantaba Ommar sobre su brillante y roja cabeza, pensó: —¡Maldito Hollywood! En los cuarenta minutos de trayecto del aeropuerto a la casa de su madre, la nueva, Wissam respondió a una veintena de preguntas que los sirios le hicieron de forma casi burlona, como si viniera de un planeta extraño del que

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ninguno supiera algo, y posiblemente era así; en esas zonas, como ocurre en cualquier extremo del planeta desde que este se descubrió redondo, sus habitantes están menos que enterados de la forma de vida en las latitudes contrarias. No se trataba de cuestionamientos hechos a la ligera que buscaran averiguar cómo era la vida en México, sino de una curiosidad auténtica que afirmaba el carácter hermético del país y dejaba notar cierto aire de superioridad, impregnado en la población gracias al trabajo de propaganda interna del Estado, que había logrado hacerlos pensar que estaban muy por encima de las trivialidades occidentales. Poco tiempo le tomó a Wissam darse cuenta de que esa afirmación tenía algo de cierto. Al pasar junto a una de las puertas de la vieja ciudadela, Ommar señaló por su ventanilla: —Por esa puerta pasó Tomás, hace dos mil años. Y Wissam sonrió. Tardó en entender que los musulmanes hablaban del apóstol. —¿Tienen puertas tan viejas en México? Wissam no supo qué responder. —Si necesitas algo solo tienes que decirlo, aquí todo se resuelve con los amigos. ¿Tus amigos te ayudan en México? —Sí, siempre. Luego se dio cuenta de que ese todo al que se referían no era el mismo que ella pensaba. La totalidad y lo absoluto tienen sus límites en América.

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Al llegar a la casa, una recepción de alimentos la esperaba en el comedor. Su abuela la agarró a besos, teéta Mina le embarró la cara contra sus avejentados y arrugados senos, entre los que sostenía un pañuelo facial. El primer encuentro de Wissam con su abuela ocurrió cuando cumplió seis años, teéta Mina y su tía habían viajado a México para conocerla y ayudar a su madre a elegir y comprar, gracias a un crédito recién asignado, un departamento para vivir en ese nuevo país, que la adoptaba formalizándola como deudora. Según una de las cartas descubiertas en el departamento de Wissam en México a los pocos días de su desaparición, ella ya había viajado a Medio Oriente, varios años antes de conocer a Jehad.