Stephen Harper,el conservador que vio antes que nadie una nueva ...

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enfoques

| Domingo 28 De septiembre De 2014

MI Mundo dIgItaL

Mariano Stolkiner

Formado actoralmente con Rubén Szuchmacher, Guillermo Angelelli y la Escuela Internacional de Philippe Gaulier, actualmente está al frente del Teatro El Extranjero y dirige, junto con Gustavo García Mendy, la obra Iván y los perros. “Uso la red como herramienta de comunicación y consulta –cuenta–. Por lo general mi gmail y Facebook están siempre abiertos y la aparición de las nuevas tecnologías móviles me llevan a estar conectado casi de continuo”.

BLogs

revIstas onLIne

otros recursos

http://damiselasenapuros. blogspot.com.ar/ “De la periodista Moira Soto. Miradas femeninas en el campo cultural.”

www.dramateatro.com/ index.php?lang=es “Revista de investigación teatral de Venezuela que difunde lo que sucede en el teatro latinoamericano.”

www.alternativateatral.com/ “Me parece una excelente guía de prácticamente todo lo que se está haciendo en el teatro argentino.”

http://revistaruletachina. blogspot.com.ar/ “Las reseñas de obras de teatro del circuito independiente ocupan más espacio que en otros medios.” http://blogquemero.blogspot.com.ar/ “Mi otra gran pasión además del teatro, mi querido Huracán.”

www.royalcourttheatre.com/ “Este sitio es mucho más que la web de uno de los teatros más interesantes del ámbito internacional.”

http://territorioteatral. org.ar/html.2/home.html “Análisis teatral realizado por docentes del Departamento de Arte Dramático del IUNA.” http://revistaanfibia.com “Crónicas y ensayos con una mirada diferente sobre lo contemporáneo”.

protagonistas

Stephen Harper, el conservador que vio antes que nadie una nueva Canadá Primer Ministro desde 2006, conduce un país en el que el auge del petróleo y la nueva inmigración están cambiando los ejes del poder Marc Bassets EL PAIS

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TORONTO

omo Ronald Reagan en Estados Unidos o Margaret Thatcher en el Reino Unido, el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, pertenece a la estirpe de gobernantes que aspiran a algo más que gobernar. Cuando abandonan el poder han transformado para siempre su país. El conservador Harper ha sido reelegido dos veces desde su primera victoria, en 2006, y aspira a un cuarto mandato en 2015, que lo colocaría entre los cinco jefes de gobierno canadienses más longevos. Pero, más allá de esos datos, Harper encabeza un cambio radical en su país. Con él se diluye el viejo Canadá: el país de los consensos y el Estado de Bienestar, el que situaba su centro de gravedad en la provincia francófona de Quebec y su vecina, la anglohablante de Ontario, el que tenía en el Partido Liberal el partido natural de gobierno, la Escandinavia norteamericana. Y emerge otro Canadá. Un país que mira menos a Europa y más a Asia. Un país donde la explosión del petróleo ha alterado los equilibrios económicos y el poder se ha desplazado a las provincias del Oeste, más cercanas culturalmente a Estados Unidos. Es un país más desacomplejado y menos atado al multilateralismo, seña de identidad de la política exterior canadiense en el siglo XX. Harper nació en 1959 en Toronto, en la provincia canadiense de Ontario, pero a los 19 años se trasladó al Oeste, a Alberta, para trabajar en la industria petrolera. Después de una trayectoria en el Parlamento, en el mundo de las ONG y como líder del Partido Conservador desde 2003, llegó al poder bajo el estigma, entre sus detractores, de ser un George W. Bush canadiense, el hombre que americanizaría a Canadá. Ahora es, después de la alemana Angela Merkel, el líder más veterano del G-7. Y

seguramente es el más conservador de grupo. “El líder del mundo libre”, le llaman algunos en la derecha norteamericana, para señalar que Barack Obama no está a la altura. Canadá –35 millones de habitantes; el segundo país más extenso del mundo después de Rusia– ha abandonado el protocolo de Kyoto, el acuerdo internacional para combatir el cambio climático. La retórica nacionalista y militarista, un estilo de gobierno polarizador, el apego a los símbolos de la corona británica –Canadá es una monarquía constitucional– y la defensa de un Estado más débil en la economía y de políticas de ley y orden lo distinguen de la mayoría de sus antecesores en el 24 de Sussex Drive, la residencia en Ottawa del premier canadiense. Identidad en tránsito Tres situaciones recientes marcan este posicionamiento. La semana pasada, el anuncio del descubrimiento de los restos de uno de los dos barcos de la expedición de sir John Franklin, que desapareció en 1846 en las aguas árticas, ha sido uno de los momentos estelares de Harper: le sirvió para reivindicar la identificación de Canadá como nación nórdica y reafirmar la soberanía en el Ártico. En segundo lugar, es difícil encontrar entre los países occidentales un primer ministro que haya apoyado con tanta claridad al Gobierno de Israel durante los recientes enfrentamientos en Gaza. La sintonía entre Harper y su par israelí, Benjamín Netanyahu, contrasta con la relación tirante que mantiene el mismo Netanyahu con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Justamente, la construcción del oleoducto Keystone XL, que debe transportar el petróleo desde las arenas de Alberta hasta el Golfo de México, en Estados Unidos, es el motivo de una intensa disputa diplomática entre Canadá y su vecino del Sur. La administración Obama se resiste a otorgar el permiso para construir

Harper en un viaje reciente a Pont Inlet, en el Ártico

quién es b Nombre y apellido Stephen Harper b Edad 55 años b Trayectoria Nació en Toronto y a los 19 años se mudó a Alberta para trabajar en la industria petrolera. Estudió Economía. b Carrera partidaria Empezó su carrera como parlamentario en 1993, dirigió el grupo de lobby National Citizens Coalition y lidera el Partido Conservador desde 2003. Es Primer Ministro desde 2006.

el oleoducto y por eso Canadá está buscando alternativas para llevar el petróleo hasta Asia. El politólogo Stephen Clarkson, profesor de la Universidad de Toronto, constata “un cambio básico en la naturaleza política interna y también en la posición de Canadá en el mundo”. Clarkson es coautor de la biografía de referencia del primer ministro Pierre Elliott Trudeau, el refundador del Canadá moderno y padre de Justin Trudeau, actual líder del Partido Liberal, que aspira a derrotar a Harper en las próximas elecciones, el año que viene. “En política interna el cambio fundamental no es el que produce Harper, sino el desplazamiento del centro de gravedad de Ontario a Alberta, dada la explotación de los recursos petrolíferos, con un cambio del centro de gravedad político

Chris Wattie / reuters

de Ontario hacia Calgary y Edmonton”, dice, en alusión a la capital del petróleo y la capital administrativa de Alberta. Darrell Bricker y John Ibbitson hablan del fin del consenso laurentiano, el consenso de la élite de la cuenca del río San Lorenzo, que vive en el corredor que va de Montreal a Toronto, pasando por Ottawa. Ibbitson, periodista del diario Globe and Mail, y Bricker, consejero delegado de Ipsos Public Affairs, han escrito The Big Shift (El gran cambio), un ensayo que marca el debate sobre el nuevo Canadá de Harper. “El gran cambio empieza probablemente hacia 1970, con la transformación de la composición de la inmigración a Canadá: empezamos a ver más gente de Asia. Pero también con la transición de población: el movimiento de gente y poder a

Ontario, sobre todo en las afueras de Toronto, y al oeste de Canadá. Es muy diferente de cómo funcionaba el país antes, como una «entente cordiale» entre Quebec y Ontario”, dice Bricker. Tres culturas “Existía la idea de tres culturas fundadoras: la francesa, la aborigen y la inglesa. El desplazamiento del poder ha reducido el peso del francés en el país: 2011 fue el primer año en una generación en que el porcentaje de personas que decía hablar francés declinó. Debido a la gran inmigración, la población aborigen también se ha convertido en una parte menor de la población total. Canadá acepta entre 250.000 y 300.000 inmigrantes al año, más que ningún otro país en proporción por habitante, y la mayoría viene de Asia”, apunta Bricker. Las viejas identidades –francesa, inglesa o aborigen– importan menos. El pacto fundacional se tambalea. El multiculturalismo, promovido por Pierre Elliott Trudeau, remodeló el país, pero ha contribuido a erosionar las élites que lo instauraron. Harper, escriben Bricker e Ibbitson, ha construido una coalición entre, de un lado, el nuevo Canadá de los inmigrantes y, del otro, el Canadá blanco de los barrios residenciales, las zonas rurales y el Oeste. Si durante el último medio siglo fueron quebequeses francohablantes quienes manejaban los resortes del poder –Trudeau fue el más destacado–, ahora son canadienses occidentales. Bricker e Ibbitson recuerdan que el primer ministro tiene su feudo en Alberta, casi la mitad de su grupo parlamentario viene del Oeste o el Norte y la presidenta del Tribunal Supremo es occidental. “Las políticas de Harper son extremas: no habíamos tenido esta experiencia hasta ahora en la historia canadiense”, dice Clarkson, quien lamenta el declive del peso de Canadá en el mundo. “Harper ha intentado mover el país hacia la derecha”, admite Peter Coleman, presidente de la organización conservadora Coalición Nacional de Ciudadanos, un cargo que Harper ocupó antes de ser primer ministro. Pero matiza: “Ni de lejos es tan conservador como cuando presidía la Coalición Nacional de Ciudadanos”. Los cambios requieren tiempo. Canadá mantiene el sistema de salud público, el rechazo a la pena de muerte y una cultura política proclive al consenso. Nunca será Estados Unidos. Pero tampoco es el Canadá de siempre. “Lo que significa ser canadiense está en plena transición”, dice Bricker. “Y es probable que Stephen Harper haya sido el primero en entenderlo”.ß

opInIón

Máximo Kirchner, la cara visible de la resistencia camporista Laura Di Marco

—PARA LA NACION—

L

a sorpresiva –y a la vez calculada– aparición del hijo presidencial en la escena pública (“es como si el subcomandante Marcos se hubiera quitado el pasamontañas delante de los medios”, fantasean, con excitación, en el kirchnerismo duro) forma parte de un plan de “resistencia” que La Cámpora pergeña para cuando, luego de 2015, deba abandonar el poder junto con su jefa espiritual. Es por eso que, más allá de la metáfora del pasamontañas, la especulación en torno al futuro político y mediático de Máximo Kirchner se puso al rojo vivo dentro de la constelación oficialista. “Ahora no puede volverse, de nuevo, un fantasma: de algún modo tiene que seguir en la

escena”, deducen algunos en el seno del Gobierno, donde circulan más expectativas que datos concretos. Y donde circula, también, que el hijo de Cristina podría aparecer, en breve, en un medio oficialista, como Canal 7, en el marco de una entrevista “cuidada”. Tan cuidado como fue el acto de Argentinos Juniors que, entre otros efectos, dejó mudo al gobernador Daniel Scioli durante diez días, en los que ni siquiera atinó a pronunciarse sobre el lanzamiento del camporista como candidato a gobernador. Postulación que Gabriel Mariotto hizo por su cuenta, en el propio territorio de Scioli. Aunque, a decir verdad, Mariotto parece haber recibido inspiración del periodista Horacio Verbitsky, que suele jugar en la interna del Gobierno. Como tantas otras veces, Verbitsky sumó su aporte a la campaña de instalar al hijo de la Presidenta sem-

brando la intriga acerca de su futuro: en su columna de Página 12 recordó, sin inocencia, que el muchacho nació en La Plata, desatando las fantasías más intensas de aquellos que, sin Cristina, no tienen futuro político. “Sí, a mí también me gustaría salir con Andrea Rincón, pero de ahí a que se concrete hay una gran distancia”, graficó, con humor, un dirigente K, con peso territorial propio, dejando ver que, más allá de las declaraciones públicas, dentro del oficialismo son muchos quienes descreen que Máximo tenga realmente chances de convertirse en un sucesor. O de ser un candidato competitivo, que viene a ser lo mismo. De hecho, en las encuestas no mueve el amperímetro. Igual, se conforman con que su aparición haya desactivado la “construcción mediática” que define a Máximo como “el hijo bobo de dos presidentes”.

¿Podría, entonces, ser candidato a intendente de Río Gallegos? Un ex ministro del kirchnerismo, que no forma parte del núcleo duro, lo explica con crudeza: “Un secretario de Néstor, Daniel Álvarez, fue precandidato a intendente de Río Gallegos y no le fue mal. No es tan complicado, sería como presidir un country”. Como fuere, el objetivo prioritario de La Cámpora cuando decidió colocar en la cancha a su máximo líder es ganar tiempo. Disimular la falta de un sucesor. Estirar, en definitiva, el protagonismo de un actor político que se está yendo del poder, en menos de un año y medio. Ese tiempo les serviría, imaginan, para resolver la negociación con los fondos buitre y, eventualmente, reactivar la economía. Y si todos estos pasos se dieran, estarían en condiciones de construir un candidato propio (“Perón no era Perón

en la mañana del 17 de octubre”, es la línea argumental), o bien de “condicionar” a Daniel Scioli con un vicepresidente del riñón cristinista y nombres de leales en las listas de diputados y senadores. “La irrupción de Máximo también sirvió para marcarles la cancha a Scioli y a Randazzo, dos presidenciables que miden bien, pero que aquí no suscitan confianza”, se sincera un funcionario con despacho en la Casa Rosada. La otra pata del plan de “resistencia” es dejar colonizado buena parte del Estado nacional. En agosto pasado fueron efectivizados 7500 nuevos empleados públicos, hasta entonces sólo contratados. Los gremios hablan de “discriminación” porque, según denuncian, para lograr ese beneficio hay que ser militante cristinista. Claro que una estrategia de supervivencia no sería tal si no contempla-

ra el resorte de la Justicia, tal como indica el nombramiento de 315 jueces y conjueces. O la colonización del mundo intelectual: durante la era cristinista, se crearon 12 universidades (nueve estatales, gran parte de ellas en el conurbano bonaerense), cuya impronta y autoridades son, en su mayoría, kirchneristas. Cristina confía en un efecto duradero de esa apuesta cultural. Mientras tanto, Máximo seguirá metiéndose en la piel de Néstor, mimetizándose con el padre. Por las dudas, y para darle verosimilitud al personaje, no se sumó a la comitiva de Roma (ni tampoco aceptó bautizar a su hijo Néstor Iván, tal como el papa Francisco le había ofrecido a Cristina). De esa manera, y más allá del giro copernicano de la madre, siente que, si permanece fiel a Néstor y sus batallas, algo de su buena estrella política, tal vez, podría tocarlo.ß