Química del horror puro

25 ago. 2007 - Un mundo apacible, ge- neralmente rural, donde de pronto apa- rece un elemento que produce una ex- traña mutación. El hallazgo de Feiling ...
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CRÍTICA DE LIBROS

LOS CUATRO ELEMENTOS

Reseñas: Bataille, Cueto, Sontag, Lainé, Laughlin, Gaspar, Ponte

POR C. E. FEILING NORMA 502 PÁGINAS $ 49

NARRATIVA ARGENTINA

Química del horror puro La edición, en un único volumen, de El agua electrizada, Un poeta nacional y El mal menor, las tres novelas que publicó en vida C. E. Feiling, permite leer de forma conjunta un ciclo que jugaba con los géneros para ir más allá, en busca de la extrañeza POR LUIS GUSMÁN Para La Nacion

E

n el prólogo de Luis Chitarroni a las tres novelas de C. E. Feiling (19611997) que reúne Los cuatro elementos (El agua electrizada, Un poeta nacional, El mal menor), a las que se suma un fragmento inédito (La tierra esmeralda), se citan unos versos de Ogden Nash: “Ahora llegan los besos / demasiados, demasiado tarde”. Lo de Chitarroni no alcanza a ser ni siquiera un lamento: suena más a una plegaria desatendida. Esos versos recuerdan, sin embargo, que tanto con Feiling las cosas sucedían exactamente al revés: sus besos, bajo la forma de la generosidad, llegaban a tiempo. En otro terreno, el de los reconocimientos literarios, en cambio, aquellos siempre llegan tarde. El título de esta recopilación, Los cuatro elementos, condensa de manera ejemplar aquellos materiales que privilegian una novela de terror: el fuego, podría decirse, es una figura fundamental del terror; el aire, un espacio donde suceden las mutaciones; y el agua –ya sea en forma de lava o de mancha gelatinosa– se propaga por la tierra y más allá. Estos elementos nos sumergen en el universo del autor. Primer elemento: la ciudad. Hay pocas novelas argentinas en las que la ciudad se extienda como en las de Feiling: desde la estación Belgrano R hasta San Telmo, desde la Facultad de Ingeniería hasta los alrededores de la Academia Nacional de Medicina. Se trata de lo que podríamos llamar una “historia de dos ciudades”, como sucede en El mal menor, donde Buenos Aires se duplica en una descripción de Londres que excede el detalle para transformarse en algo del orden maniático; una ciudad que nos recuerda cierta versión de Buenos Aires relatada por J. R. Wilcock, en la que “los donguis”, esos seres subterráneos y monstruosos, surgen de las alcantarillas y entran en nuestra cotidianeidad. Se trata de una ciudad en la que el horror arquitectónico pasa, de ser estético, a ético. En la descripción de Feiling, una calle 22 I adn I Sábado 25 de agosto de 2007

C. E. Feiling ARCHIVO

El mal menor podría situarse bajo el influjo de Los hechizados, de Witold Gombrowicz, es decir, del género gótico. La semejanza podría basarse en el privilegio concedido al detalle monstruoso que apenas es un pasaje –tópico de las novelas de horror– alberga a los departamentos; a su vez, cada uno de ellos es una pequeña casa y no hay dos que estén construidos en el mismo estilo. En esa calle, la arbitraria variación llega hasta el obsceno límite de incluir un diminuto castillo medieval, donde su constructor había previsto quizás una mazmorra. Segundo elemento: el trabajo con lo referencial es el que hace posible que esa ciudad descripta con la prolijidad de lo real se transforme en el revés del guan-

te. Trabajo de erosión del referente que hace que aparezcan mezclados nombres propios como Coca-Cola, Valium, manteca Sancor, Quilmes Bock, Frávega. No son solo marcas que se convierten en nombres comunes; también aparece el diccionario Oxford, o escritores como Lord Dunsany, Julio Cortázar Arthur Schopenhauer y Platón. Vale la pena recordar aquí la metáfora deglutiva de Carlos Gorriarena –gran pintor argentino– a propósito de Pablo Picasso: “lo come todo y lo devuelve transformado.” Hay un trabajo narrativo de vaciamiento del referente que invade los diálogos, las descripciones cargadas de nombres y lugares comunes, y que hace finalmente que el lector reciba otra cosa. Tercer elemento: las mujeres. Es posible que desde Manuel Puig nadie haya podido sostener un relato cuyo “protagonista” sea una mujer, como sucede en El mal menor. Porque, sobre todo, es un personaje verosímilmente femenino y no la voz de un narrador masculino hablando de una mujer. Para lograr dicha verosimilitud, se apela a los lugares comunes de cierta sensibilidad femenina recorriendo ciertos tópicos de la educación sentimental como el erotismo, el amor, y la psicología del alma femenina. Creo que es un hallazgo del narrador de Feiling en esta, la última de sus novelas, el haber dispuesto una voz de mujer –Inés Gaos– aunque sea bajo la forma de un truco casi mediúmnico para contar el horror y, desde ese lugar, llegar a las raíces del miedo. También es posible que la referencia que Chitarroni hace en el prólogo a Hitchcock y Graham Greene implique el pasaje de El agua electrizada (un policial) a Un poeta nacional (relato de aventuras), y de allí a El mal menor. Cuarto elemento: el horror puro. Cuando uno se ocupa de una novela que introduce una novedad, fatalmente la sitúa en una tradición. Con El mal menor sucede algo de ese orden. En la novela de Feiling no se trata de una imaginación arborizada, desbordante, a la manera del realismo mágico, o de esa proliferación metoními-

ca, pero paradójicamente regulada por las coincidencias fantásticas de El manuscrito encontrado en Zaragoza. Podríamos decir que la revelación del enigma es, como en algún cuento de Poe, lingüístico. En nuestra tradición, El mal menor podría situarse bajo el influjo de Los hechizados, de Witold Gombrowicz, es decir, del género gótico. La semejanza podría basarse en ese privilegio concedido al detalle monstruoso. En Los hechizados, una servilleta respira. En El mal menor, se trata de un olor: nauseabundo, repugnante, apenas la ráfaga de una presencia. La anécdota es simple: el combate entre arcones y seres ectoplasmáticos que no provienen, como en el mundo espiritista, del más allá, y adquieren además cierta corporeidad. Estos seres monstruosos han escapado de los sueños y se han materializado en la figura del prófugo. Feiling describe un universo donde el horror puro recuerda a alguna de las películas de David Lynch. Un mundo apacible, generalmente rural, donde de pronto aparece un elemento que produce una extraña mutación. El hallazgo de Feiling es introducir un elemento horroroso, pero urbano. La mutación de la materia rompe un cerco y se encarna en un ser que habita en la ciudad, en medio de las cosas más comunes. A través de una brecha, un ser ominoso se deslizó en el mundo. ¿Dónde reside el horror puro? En el hecho de que un olor nauseabundo pueda surgir en cualquier lado y en cualquier momento. Es un elemento absolutamente común, que adquiere carácter gracias a su intensidad. El prófugo, un personaje de la novela, se parece a “una fuga”; es decir, una falla en el sistema, algo que el mundo tenía controlado y se fugó por una grieta. A diferencia del género fantástico, en el cual el lector queda suspendido en la vacilación entre las fronteras de la realidad y lo irreal, en el horror puro la solución es “realista”. Consiste en esa sensación de que por una causa no siempre determinada el universo se nos vuelve –por un solo detalle–, extraño y monstruoso. © LA NACION