Mitos y verdades del público del Colón

a Pierre Bourdieu y otros autores clásicos, Benzecry había aprendi- do que el público de alta cultura quiere “distinguirse” socialmente y moralmente de otros ...
1MB Größe 7 Downloads 93 vistas
24

SOCIEDAD

I

Domingo 6 de mayo de 2012

UNA ELITE ESPIRITUAL s ENTREVISTA CON EL INVESTIGADOR CLAUDIO BENZECRY

Mitos y verdades del público del Colón Continuación de la Pág. 1, Col. 4 particular al muy peculiar e inclasificable grupo de gente que llena los tres pisos más altos del teatro. La investigación y el esfuerzo de Benzecry se vieron recompensados el año pasado con la publicación de un libro en inglés, editado por la editorial de la Universidad de Chicago, y su publicación, este mes, de la versión en castellano, El fanático de la ópera: etnografía de una obsesión, editada por Siglo XXI Editores. A mitad de camino entre el libro académico y la crónica periodística, Benzecry, de 40 años, narra su propio descubrimiento del submundo que habita en los techos del Colón (en la tertulia, a donde sólo pueden ir hombres; la cazuela, sólo habitada por mujeres, y el paraíso, donde pueden ir parejas) y descubre que la pregunta más interesante es: ¿qué quiere decir “enamorarse” de algo como la ópera? Hijo del director de orquesta Mario Benzecry, el autor incorpora también sus recuerdos como niño y adolescente entre las bambalinas del Colón –donde su padre dirigió varias veces a la Filarmónica de Buenos Aires y, durante dos años, a la orquesta del ballet– para poner en duda algunos de los preceptos de la sociología. Leyendo a Pierre Bourdieu y otros autores clásicos, Benzecry había aprendido que el público de alta cultura quiere “distinguirse” socialmente y moralmente de otros grupos. Pero Benzecry, recordando a las personas que se acercaban a su padre en los años 80 y las personas que conoció en los primeros tramos de su investigación, como aquella mujer en el ómnibus a La Plata, sintió que en el público del Colón había algo más que pretensiones sociales. Eso es lo que quiere probar en el libro: que el público de los pisos altos del Teatro Colón –normalmente de clase media, formado por personas solitarias y algo tristonas que saben muchísimo de ópera– no sólo va al teatro para ganar estatus social, sino también para expresar una variante extraña del amor: el amor por la ópera. –¿En qué momento empezaron a chocar sus recuerdos de infancia con sus lecturas académicas? –Mi recuerdo de cuando era chico era que la gente que se acercaba a mi viejo o a los músicos después de la función era gente con la ropa gastada, pitucones en los hombros y que hablaba como los viejos hinchas de fútbol: «Yo lo vi debutar a usted con el violín en 1954». Cosas así. Después, cuando empecé a leer a Bourdieu y otros autores sobre los gustos de las elites, vi que aparecía todo el tiempo la asociación entre música clásica, ópera, alta cultura y capital cultural. Y sentí que había un

Feria del Libro

ARCHIVO

Benzecry establece diferencias entre el público de “arriba” y los abonados, pero concluye que el conocimiento de la ópera es genuino en general desajuste entre lo que la sociología dice sobre cómo funcionan esos mundos y mi experiencia y mi recuerdo. El registro de estatus y clase social también existe, por supuesto, pero no es el único. –O sea que hay algo más. La gente no va al Colón para aparentar. –Exacto. Hay una relación con el estatus, pero funciona muy distinto. La versión de la sociología más clásica es: yo cambio esto por otra cosa. Yo acepto ir al Colón y cambio eso por figuración social o conocer gente para conseguir un trabajo o un negocio. Yo me encontré con algo que era incambiable, porque si vos decís que vas al Colón cuatro veces por semana, es probable que lo vean como medio raro. –¿Cómo definiría a estas personas? En el libro dice que la mayoría es de clase media, desde abogados hasta empleados estatales. –Socioeconómicamente no me terminó de quedar claro. Con la que hablé, me decían que habían nacido o tenían familia en Arrecifes, Salto,

Colonia Pringles, las afueras de Bahía Blanca. Se repetían los mismos nombres, donde probablemente paraban compañías itinerantes que hacían fragmentos de óperas. En la Capital, aparecían muy mencionados barrios clásicos de clase media, como Flores, Floresta y Devoto; además

“En los últimos 20 o 30 años dejó de ser un lugar de circulación social en términos políticos” de Avellaneda y Lanús. Y también está la cuestión italiana, cuyos inmigrantes tenían una fuerte tradición de afición por la ópera. Algunos te cuentan que ingresaron en la ópera yendo al viejo teatro Marconi, que estaba en Once. –¿Los de arriba son más fanáticos que los que tienen abono? –No, no. Es algo que se dice, pero

yo, de hecho, conocí arriba a personas que tienen abono, pero que cuando quieren ver una ópera por segunda vez, van arriba. Porque es imposible sacar cinco abonos. Quiero decir: a diferencia del público tradicional y de los fundadores del Teatro Colón, que eran las viejas familias tradicionales, la gente de arriba no tiene la fantasía de ver a una Argentina potencia, moderna, integrada al mundo y a la alta cultura. Además, en los últimos 20 o 30 años el Colón dejó de ser un lugar importante de circulación social, en términos políticos y socioeconómicos. Los presidentes y los jefes de gobierno ya no van a la ópera. La red de las familias tradicionales todavía existe –Amalita donaba plata todos los años–, pero eso financiaba el 10%, como mucho, del presupuesto del Colón. –¿Hubo algún afecto de la crisis de 2001-2002 en el público del Colón? –Los fanáticos de la ópera durante mucho tiempo sintieron que el Colón era una especie de isla, o de refugio, de la decadencia del país.

Ni el peronismo ni la dictadura, por ejemplo, se metieron demasiado en el Colón. Ya no lo es más. O por lo menos no lo era cuando yo hice las entrevistas, en 2005 y 2006. Me decían que los músicos ahora «tocaban en mangas de camisa». O me marcaban la suciedad, la decadencia del edificio, los vagabundos durmiendo en la puerta, los volantes de «cambio cartucho de impresora» pegados en las paredes. Sentían que había una degradación de afuera hacia adentro del Colón. Y aparecían muchos de los reclamos de la clase media de esa época: «Esto es el Colón piquetero». O: «Esto es una oficina pública con escenario». –En el libro dice que el público del Colón valora mucho “saber” de ópera. ¿Saben de verdad o fanfarronean? –En general, saben de verdad. Tienen ese ethos de la clase media de ganarse el mérito, de «hago esto y lo hago bien porque me esfuerzo». Pero, además, algo que ocurrió específicamente en el Colón es que el público de arriba se desarrolló casi al margen del público de abono, en

La presentación de un éxito de ventas

buena parte porque el Colón tiene puertas de entrada distintas para cada uno de estos grupos. La gente de los palcos entra por Libertad y los de arriba entran por Viamonte o Tucumán, según el sector. Y nunca se cruzan. Nunca dicen: «Vamos a tomar un café» y están mezclados los de los palcos con los de cazuela y tertulia. Y eso significa que se armaron normas de reclutamiento y etiqueta propias, sin necesidad de copiar las de la elite. –Da la impresión de que les gusta hablar de sí mismos. –Mucho. Cuando me veían con el bloc o se enteraban de que estaba estudiando al público, venían y me decían: «Anotá esto», o «Acá lo importante es...». Para mí fue superdisfrutable, en parte porque el público del Colón es gente que no tiene a quién contarle esto. Hay mucha gente sola, o que va al Colón empujada porque no tiene otros espacios dónde compartir su pasión por la ópera y eso a su vez refuerza el ir al Colón, que es el único lugar donde puede hablar del tema. Algo que me decían mucho era: «Acá me entienden y me respetan». –¿Charlan mucho entre ellos, se hacen amigos? –Sí, pero los momentos de sociabilidad son cortos. La gente va un rato antes a sacar la entrada. Conversan ahí y durante los intervalos, pero no durante la música, porque está supermal visto. A mí lo que me llamó la atención es que a la salida no se habla. Hay un desagote fuertísimo de hablar en la escalera, yendo hacia la salida, pero después cada cual se va por su lado. Yo tenía la fantasía de que iba a tener unas cenas buenísimas, pero no había nada de eso. –¿A ellos les gustaría que la ópera fuera más popular, o les gusta sentirse exclusivos? –Es raro, porque, por un lado, creen que la ópera es lo máximo, y por eso debería gustarle a mucha más gente. Pero la ópera no es una marca de clase, es una marca de espiritualidad. Les gusta que vayan chicos de las escuelas al Colón, y al mismo tiempo, se ven a sí mismos como parte de una elite. ¿Qué pasaría si se abrieran las compuertas del Colón y el Gobierno declarara un «Opera para todos»? No sé si les gustaría. –¿Se sienten como una especie de refugiados culturales? –Yo digo que hay un «efecto Asterix». Ellos hablan mucho de la decadencia cultural argentina y, en esta narrativa, se ponen a sí mismos como la última aldea que resiste al invasor. Muchos son antifutboleros, pero mucho más que eso critican la cultura basura, a Marcelo Tinelli. A Tinelli le pegan con todo lo que hay.

Agenda de hoy

Fernández Díaz y su fabulosa colección de ficciones verdaderas

6

MAYO

18.00 SALA LEOPOLDO LUGONES

Presentación. Horóscopo chino 2012. Dragón de agua, L. Squirru. 18.00 SALA ROBERTO ARLT

Mesa redonda. “Tarde de ciencia en la Feria”. Con D. Golombek, A. Rojo y V. Edelsztein. 19.00 SALA ADOLFO BIOY CASARES

Reveló a sala llena las historias detrás del best seller Las mujeres más solas del mundo

Presentación. La cocina de Coco, Coco. 19.30 SALA DOMINGO F. SARMIENTO

FERNANDO MASSA LA NACION Con el libro en la mano, Jorge Fernández Díaz comenzó a develar algunos de los personajes que aparecen en las páginas. Los primeros tres fueron justamente quienes lo acompañaban en el panel. Ese mosquito que había picado a un viajero en el Africa era Martín Caparrós. Y ese consejo de encontrar la humanidad, ese sentido apasionado de la condición humana, en las páginas de un escrito era el que le había dado al escritor Guillermo Martínez su padre. Y aquella anécdota de “Cosas que te pasan si andás por la calle” se la había contado alguna vez Héctor D’Amico. Pero durante la presentación en la Feria del libro de Las mujeres más solas del mundo (Capital Intelectual), la obra del periodista y escritor Jorge Fernández Díaz –que lleva cinco semanas a la venta y ya es best seller–, los personajes no sólo estaban en el panel. Por ahí, tímida, andaba Argentina, una cubana que se escapó de La Habana y que llegó a la Argentina. “Con ella pasó algo muy lindo, muy fuerte y muy extraño –contó en una sala colmada de público Fernández Díaz–. Después de muchas cosas vividas la mandaron a una psiquiatra. Y la psiquiatra, luego de escuchar su historia, le dijo que era como para que alguien la escribiera o hiciera una película. Y ella contó que yo había escrito eso, y ahí la psiquiatra descubrió quién era yo. Y lo que yo descubrí

el otro día es que esa psiquiatra es la que atendió a mi madre. La que figura en el comienzo de Mamá”. Con la presentación de cada personaje, un aplauso, y una historia. Como la de Jacinto Pérez Heredia, “El chico que amaba a Greta Garbo”. O la de “Un día en la vida de un diario”, con el periodista Gabriel Sued por esas páginas. “Pero también el libro está hecho de personajes que no se pueden nombrar”, dijo Fernández Díaz. Y enseguida confesó esas preguntas con las que se enfrenta cada día: ¿cómo se cuenta el narcisismo? ¿Cómo contar la angustia? Y dio una respuesta: utilizando la literatura y el periodismo juntos, y teatralizando lo que escucha. Registro de periodista, escritura de escritor. “A veces la ficción es más verdadera que la verdad”, había apuntado Martín Caparrós minutos antes, mientras agradecía a Dios que Fernández Díaz no fuera un cronista, sino un escritor. Y de sus dudas al leer estas historias de personas comunes, si eran crónicas, si eran cuentos... hasta suspender el juicio para seguir adelante por el mero placer de la lectura. Una lectura que rebosa de personajes. “Trato de trabajar esa ambigüedad entre la realidad y la ficción y tratar de contar los sentimientos y las épicas pequeñas. Contar el mundo desde abajo”, sintetizó el autor de Las mujeres más solas del mundo. Héctor D’Amico, secretario general de Redacción de LA NACION, habló del

Presentación. Todo lo que sé de la ciencia lo aprendí mirando Los Simpsons. La ciencia a través del cine, las historietas y la literatura. C. Sánchez y D Kaplan. 20.00 HERNAN ZENTENO

D’Amico, Martínez, Fernández Díaz y Caparrós, anoche, durante la presentación de la obra Fernández Díaz que ve todos los días en el diario. Del periodista –es secretario de Redacción– que, a la hora de escribir, se ocupa más de las personas que de los hechos periodísticos. Que incorpora los sentimientos y que, con el látigo de la autoexigencia mediante, maneja a la perfección “el arte de la ficción verdadera”. Guillermo Martínez habló de un libro difícil de clasificar, de un libro que definió como “un estudio contemporáneo de tipos humanos” que le recuerda a las Aguafuertes de Roberto Arlt, con una sensibilidad especial para lo humano. Y destacó todas las cosas que rescata el libro: otros libros, el heroísmo cotidiano y personajes como Tomás Eloy Martínez. Justamente a quien este libro está dedicado. “No sólo porque creó la idea de ficción verdadera –apuntó Fernández Díaz–, sino porque nos dio muchísimo a todos. Antes de morir me dijo: «Vos conocés la condición femenina, no dejes de escribir sobre eso». Y he tratado de no fallarle.”

SALA VICTORIA OCAMPO

Conferencia. “El costo de los derechos. ¿Por qué la libertad depende de los impuestos”. Con S. Holmes y J. Nun. 20.30 SALA JOSE HERNANDEZ

Mesa redonda. “Spinetta, el arte de un genio”. Participan Fito Páez y Ernesto Martelli. Organizada por LA NACION. 20.30 SALA MARIA ESTHER DE MIGUEL

Espectáculo. “Noche israelí en la Feria del Libro”. CREDITO

Diversión y saber, en varios idiomas Desde el sábado próximo, LA NACION comenzará a editar el Diccionario Larousse Multilingüe Ilustrado, una colección de fascículos imprescindible para la familia. Ayer, en la Feria, muchísimo público participó de un divertido concurso de preguntas y respuestas en varios idiomas, y tomó contacto con la obra.

20.30 SALA JAVIER VILLAFAÑE

Presentación. El Señor de la historia. Manifestaciones extraordinarias de Jesucristo a través de los tiempos, D. Pajariño.