Miami, vía escala Lima - Relatos Populares

Él ya estaba viviendo solo en un departamento de un edificio recién construido en Santa ... que el de vuelta era desde Miami, vía escala Lima. Que en el Duty ...
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Miami, vía escala Lima Recuerdo bien cuando bajamos la 10 de la Copa Chile. Era sábado 30 de noviembre, en la noche, hacía calor, pero daba lo mismo. A esa altura, me daba lo mismo todo. El Colo jugaba con Ranger en el partido de vuelta. Era definitorio y todo indicaba que íbamos a ganar. La gente en el Monumental lo sabía, por eso el ambiente era de fiesta antes del partido. Veníamos de ganar el superclásico. Todos cantaban agitando la polera blanca, menos yo. Estaba nervioso. El estadio estaba repleto, 30 mil personas, creo. Había ido con el Pablo y dos amigos más. Faltaba mi viejo y mi hermano chico, pero no estaban. Nos habíamos prometido ver hasta el último partido de la Copa Chile, pero de alguna manera, ellos habían roto ese pacto. Ellos, por culpa de mi vieja. Habíamos seguido la campaña casi completa. Nos tenía contentos el hecho de habernos acercado nuevamente. Mi viejo se había separado de mi vieja justo cuando comenzó el campeonato, por ahí por enero o febrero. La había encontrado una tarde en la cama de ellos, abajo del Raúl, el vecino de al lado. Creo que no le dijo nada. Entonces tomó la decisión sin pensarlo mucho. Agarró una maleta y echó casi todo lo que encontró y se mandó a cambiar. Echó sus últimos quince años de vida que había estado casado con mi vieja en la maleta y escapó. Las vacaciones de ese verano estaban programadas para Miami, pero el rumbo de las cosas hizo que todo cambiara. Que cambiara para siempre. Mi viejo se desapareció un par de semanas. No habíamos sabido nada de él. Mi hermano y yo no entendíamos mucho, pero fue mi mamá la que se encargó de explicarnos lo que había pasado. No le hablamos durante días. Mi viejo reapareció en la casa a mediados de marzo, nos había ido a buscar para pedirnos perdón por haberse ido así, sin avisar ni llamarnos. No teníamos nada que disculparle, al final, él había sido la víctima de todo, le dijimos. Después que nos abrazamos cambiamos de tema; comentamos que el Colo había ganado las cinco primeras fechas del grupo, que a lo mejor podíamos ir al estadio a ver el partido con Palestino, que hacía tiempo que no íbamos a ver al Colo. Ganamos por tres goles a cero ese sábado. Goles de Margas, Basay y Espina. Ahí, sentados en Caupolicán, nos hicimos la

promesa. Esa de que iríamos a ver todos los partidos del Colo cuando jugara en Santiago por Copa Chile. No eran muchos más. Quedaba cuartos y, si ganábamos, pasábamos a semis. Esa semifinal recordada contra el archirrival en la que ganamos en el partido de vuelta, esa semifinal en la que todo el estadio estalló en júbilo, menos yo.

*

Mi viejo había tenido que pagar una multa por el cambio abrupto del viaje. Estuvo casi un mes echando puteadas en contra de Lan Chile y, por cierto, contra mi vieja. Él ya estaba viviendo solo en un departamento de un edificio recién construido en Santa Isabel, en el centro de Santiago. Tenía dos piezas, un baño y una cocina americana. Nos había citado a mí y a mi hermano un viernes en la noche. Tengo que decirles algo importante, nos anunció. Pedimos pizza y tomamos cerveza en los shoperos que habíamos comprado en la tienda alba unas semanas antes. Estábamos sentados en el mesoncito de la cocina, en la radio sonaba Un break my heart de Tony Braxton. El año empezó como el pico, nos dijo. Siempre nos hablaba así, quizás por eso teníamos tanta confianza entre nosotros. Nos contó que por fin había podido arreglar lo de las vacaciones a Miami, que lo había re-agendado para las Fiestas Patrias, que el pasaje de mi vieja obviamente lo había perdido, que nos íbamos el martes 17 de septiembre en la noche y volveríamos el miércoles 2 de octubre en la madrugada. –Y la primera semifinal con la U es el 19 de noviembre en el Monumental, así que estamos la raja. Al principio no lo había procesado bien, pero después que pasaron unos minutos revisé mi agenda. Mierda, dije en voz alta. Mi papá y mi hermano me quedaron mirando expectantes. Me costó varios minutos que mi papá entendiera que la prueba solemne era el 26 de septiembre, que llevaba estudiando varios meses, que el viejo de Inmunología ni cagando me la iba a cambiar, que fuera igual de vacaciones con mi hermano, total bastaba un justificativo para el colegio y

el permiso notarial de mi vieja para viajar. Y listo. Mi viejo volvió a putear en contra de ella, hasta que entendió. Me contó que el viaje de ida era directo sin escalas y que el de vuelta era desde Miami, vía escala Lima. Que en el Duty Free de Perú me iba a comprar la polera negra del Colo, porque allá era mucho más barato. Quise putear a mi viejo por haber organizado el viaje sin siquiera preguntarme, pero como no lo había visto sonreír desde hacía varios meses, preferí quedarme callado. Después quise llorar por no poder ir con ellos, pero también me lo aguanté. Menos mal que igual íbamos a alcanzar a ir al estadio para la primera semifinal en contra de los chunchos, pensé.

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Ese miércoles en la mañana puse el despertador a las 8. Creo que mi vieja aún dormía, aunque no lo recuerdo y no me importa. Yo estaba medio aturdido. A las 9 tenía que estar estudiando para otra solemne. Encendí la tele en el 13 mientras me revolvía en la cama un par de minutos más, antes de levantarme. Estaban dando las noticias. Aún seguía medio dormido hasta que al fin pude identificar la voz del tipo que ahora anima el Pabellón de la Construcción. Decía que estaban recabando más antecedentes, que el Embajador de Chile todavía no podía confirmar ni determinar la cantidad de personas, que Frei ya se había contactado con Fujimori, que el Gobierno estaba tratando de ubicar a todos los familiares, que por favor se acercaran cuanto antes al aeropuerto Pudahuel, que el lugar exacto no lo sabían, que el avión correspondía a la empresa Aeroperú y que el número de vuelo era el 603, proveniente desde Miami.

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El Pablo estuvo conmigo desde que se había enterado. Me dijo que me iba hacer bien distraerme, que en el estadio al menos podría gritar y “descargarme”. Pero ese martes en que jugamos la primera semifinal contra los chunchos, me fui con más pena y frustración. Habíamos perdido 3-2. El Pablo insistió en que teníamos

que ir al partido de vuelta en el Nacional. Yo no quería, pero fui igual. De alguna manera sentía que estaba rindiéndole un homenaje a mi viejo y a mi hermano. Pero no pude gritar ni el gol de Vergara ni el de Basay. Esa tarde cuando volví a la casa sentí ruidos en la pieza principal. Quejidos o gemidos. Cuando empujé la puerta vi que mi mamá estaba en piyama llorando con su cara metida en la almohada. No sé cuánto rato habrá estado así, pero me dio lástima. A un costado suyo estaba la foto en la que salíamos mi hermano y yo con mi viejo en la entrada del Monumental, el día que ganamos la Libertadores. Los tres estábamos vestidos con la polera. Mi hermano tenía 10 años; yo 15; y mi viejo 38. Abracé a mi vieja y lloramos juntos. –Ese día no quise ir con ustedes al estadio –me dijo–. Hubiese sido la única foto de los cuatro con la polera del Colo. No sé si la perdoné o no, pero intenté entenderla. Las cosas entre nosotros dos habían cambiado para siempre.

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Ese sábado 30 de noviembre, el Pablo me pasó a buscar a mi casa con sus dos amigos. El Monumental era una fiesta. Yo estaba sentado, evidentemente nervioso. El Pablo no se había dado cuenta. Yo las andaba trayendo en mi mochila. Estaba esperando el momento más adecuado. El Monumental explotó en júbilo, cuando Tapia aprovechó una mala salida de Yates y puso el único gol que nos hizo campeones. Cuando terminó el partido aproveché la algarabía. El Pablo no se había dado cuenta, sólo hasta que me vio en las noticias en la tele. Me trepé en las rejas y me pasé a la cancha. Corrí con la mochila entre mis manos, mientras un par de pacos me perseguían. Me había costado mucho abrir la mochila mientras corría, hasta que finalmente las pude sacar y me acerqué a Vergara. –Toma –le dije–. Esta polera era de mi viejo y esta de mi hermano chico. Tú eras su ídolo.

Vergara las tomó sin entender mucho y siguió saltando junto a los demás jugadores que sostenían la copa. Yo me arrodillé en el pasto y lo besé. De alguna manera, la promesa aún seguía viva.

Felipe Valdivia www.relatospopulares.cl