La soga, Esteban Valentino

mis cosas me quitará al menos media jornada. --No tengas cuidado por ...... difícil de sostener, incluso para aquellos que tenían temple. Hasta don Pedro sentía.
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La soga, Esteban Valentino La soga, Esteban Valentino 1ra. ed. - Buenos Aires : Del Eclipse, 2006. 1.Narrativa Infantil y Juvenil Argentina. I. Título Esta historia comienza con una codicia Castilla, 1226 Uno Aconreció en días que la memoria se resiste a convocar más por lo desdichados que por su lejanía- que el Hombre Cruel salió a recorrer sus dominios de oscuridad y tristeza. El Hombre Cruel desconocía el arrepentimiento y la piedad, y ninguna duda nacía en su corazón cuando veía el mal que había sembrado, en años de señorío, sobre aquel territorio. Su breve viaje sólo tenía por fin solazarse en la contemplación de sus riquezas, sus tierras, sus siervos. Con ellos solía agregar algunas gotas a sus mares de indignidad, humillándolos, haciéndoles sentir lo desnudos que estaban ante el inmenso poder del Hombre Cruel. Esa mañana fue el turno de Lorenzo, un joven que sudaba en campos arrendados, cercanos a los bajíos, malos para la labranza, pero a los que el esfuerzo cíe su inquilino había vuelto tenuemente productivos. Como con todos los campesinos que vivían en sus fincas, el Hombre Cruel mostraba su magnanimidad cobrándole apenas la mitad de lo cosechado a cambio de permitirle laborar en sus posesiones. Pero no eran las espigas el logro de Lorenzo que el amo más anhelaba. No. El muchacho había entregado su corazón a Isela, quien le correspondía con una urgencia y abundancia que le habían dado fama entre las mujeres de la región. El Hombre Cruel envidiaba esa alegría ajena. No era tonto y sabía que la pasión de la que gozaba tan a menudo tenía más sabor a dinero que a entrega verdadera. A la vista de Lorenzo, guadaña en mano, renovó la ira que sentía contra cualquiera que disfrutara de lo que él no disfrutaba. Espoleó su caballo hasta ponerse a tiro de palabra. --Buen día tengas, Lorenzo. --Buen día tenga usted, señor. --Veo que estás preparando el campo para una nueva siembra. --Eso está muy bien, hijo mío. --Se hace lo que se puede, señor. El Cruel miró sus ricos terrenos cercanos a los de Lorenzo y una luz de inteligencia atravesó su mirada. Estuve pensando, mientras te veía de lejos tan apegado a quitar la maleza, ¿no te vendría bien trabajar también los campos del arroyo, que no tienen ahora quien los arriende? Al joven se le iluminó la cara. El doble de trigo podría sacarle a esas tierras. Ocurre con los espíritus alejados de la maldad, que no sospechan la trampa detrás de la mano extendida. --¡Nada me vendría mejor, amo! -casi gritó con una incredulidad que no le cabía en el alma. --Pero no será sencillo ganártelos, Lorenzo. Varios de mis mejores me han pedido esos terrenos. Sin embargo, si dentro de dos días, al volver yo a pasar, los encuentro sin una brizna de mala hierba, te los daré a ti. ¿Serás capaz de hacer esto? --¿Dos días, señor? --Dos días, Lorenzo. --Tendría que trabajar día y noche con todas mis herramientas.

--Seguramente. Pero si no te sientes capaz, sé sincero conmigo. Siempre habrá quien lo pueda intentar. --No, no. Yo lo haré. Sólo que no tengo aquí lo que requiero y volver a mi casa por mis cosas me quitará al menos media jornada. --No tengas cuidado por eso. Yo puedo cabalgar hasta tu casa, si le escribes una nota a tu mujer rogándole que me entregue todo lo que necesitas. Deja eso por mi cuenta. Toma mi pluma y este papel. --Señor, nunca podré agradecerle... --Ya, ya, no lo menciones más y escribe esto que te dictaré. ¿Cómo le dices a ella en tratos de familiaridad? --Nada especial: Isela mía. --Bien. Empieza así: “Isela mía, entrégale al señor todo lo que él te pida. Ya te explicaré más tarde el porqué de este extraño pedido. Es una sorpresa que nos llenará de felicidad...” Lorenzo escribió sin ver más allá de las nuevas cosechas que vendrían. Y el Hombre Cruel partió, nota en mano, a agregarle una nueva herida a la mañana. El sol era ya una certeza plena en el centro del cielo, cuando el Hombre Cruel dio voces en la casa de Lorenzo. Isela salió a recibir al dueño del suelo que pisaba. --Hola, muchacha, ¿sabes quién soy? --Claro que sí, señor. Usted es el Amo. --Bien. Yo también sé de ti, así que nos ahorraremos las presentaciones. --Acabo de hablar con tu marido y hemos llegado a un acuerdo beneficioso para todos. Pero te toca a ti la parte, digamos, más importante de nuestro... convenio. Aquí tengo una nota escrita de puño y letra por Lorenzo, que te lo dice más claramente que mis torpes palabras. Y el Hombre Cruel extendió el breve mensaje del dueño del corazón de Isela. La joven, que había aprendido las letras de lo poco que sabía su marido, reconoció la letra tambaleante de Lorenzo. Leyó lo que le pedía su hombre, pero mejor leyó en los ojos de quien le entregaba el papel. Ya intuía la respuesta, cuando preguntó. --¿Y qué desea el señor que yo le entregue? El Malvado no habló por varios segundos, disfrutando del temor que notaba en la muchacha. Finalmente, le contestó, mirándola fijamente: --A ti. --Señor, el hijo de Lorenzo vive en mi vientre. --No importa -respondió él-. Parece que no estás bien predispuesta a cumplir lo que aquí se te pide. Si esa es tu intención, no tengas dudas de que Lorenzo pagará con su vida el incumplimiento que se me hace. El señor no tomará más que una carne sin alma. --No busco otra cosa —reafirmó el Amo con una sonrisa. Los pájaros callaron esa mañana; las nubes cubrieron el celeste; las hojas de los árboles abandonaron su vaivén; y nada fue igual desde entonces. Dos de los servidores del Hombre Cruel tomaron las herramientas del cobertizo y marcharon hacia donde aguardaba la confianza, la estúpida confianza de Lorenzo. El resto de ellos quedó en el exterior de la casa, protegiendo la mentira que ocurría tras las paredes. El Cruel amortiguó su envidia y regresó al cuidado de su castillo. Los aprendices de impiadosos que lo acompañaban reían ante la astucia del Amo. Isela no quiso tocarse una brizna de piel, ni pasarse un trapo húmedo sobre las manchas de semen. Así como la dejó el Dueño, marchó hasta el cobertizo y escogió la mejor soga que encontró, la más firme, la más implacable. Cuando dos días más tarde, al regresar a su casa, Lorenzo encontró a Isela colgando de una viga y la nota sucia de polvo bajo su cuerpo más ensuciado aún, supo,como si se lo estuvieran contando, lo que había pasado en ese escaso tiempo

de ausencia, y entendió de golpe la inesperada generosidad del Hombre Cruel. Bajó a su amada mientras le limpiaba la cara con sus lágrimas. La cobijó esa tarde bajo la tierra, sabiendo que también cobijaba el futuro de su sangre, y se marchó. Llevaba en su bolsillo un pedazo de la soga que apuró el fin de todo lo que amaba. Se veía en sus ojos la violencia.

Dos Sabía Lorenzo que, comparada con el gran poderío del asesino, su ansiedad de venganza solitaria no era suficiente. El Cruel viajaba siempre con grandes precauciones, y Lorenzo no quería correr el riesgo de fallar. No, no era ese el camino. Otros senderos debería recorrer el castigo para alcanzar al humillador de Isela. Tentó a algunos de los muchos lastimados por el Amo, pero sólo encontró temor y silencio. Una noche, al abrigo del fuego, bajo el cielo, imaginó sus brazos arrojando una flecha mortal sobre el Odiado. Recreó su agonía, pensó de mil maneras el final del Cruel y descubrió asombrado que nada de eso calmaba el incendio que lo quemaba por dentro. Se encontró, de pronto, gritándole a la oscuridad. —¡Si tampoco es ese mi camino, dime cuál, Señor! ¡Callaste ante el crimen! ¿Lo harás también ante la justicia? Pero la noche, como casi siempre, nada dijo. Este silencio, más que la larga jornada, lo hundió en la fatiga. Tomó entre sus manos el trozo de soga que cargaba entre sus ropas y, así, con ella apretada contra el pecho, le llegó el sueño. Y en el sueño, soñó. Soñó que deambulaba por un mar de agua seca que golpeaba su cuerpo, pero que no lo mojaba. Ni la más delicada humedad se pegaba a su piel. En el fondo de ese mar, había una puerta que sólo se podía atravesar cuando estaba cerrada. Lorenzo lo hizo. Una infinita llanura lo esperaba; hizo miles de pasos, sin apartarse más que unos cuantos centímetros de la puerta. Exhausto, dio un paso más, antes de caer en la cima de un monte de nieve y alturas. Comenzó a bajar porque no había otro camino. El descenso lo llevó hasta una prisión. Inundado de rejas estaba el sitio y en cada reja había tallada una letra. Lorenzo recorrió los muros con sus hierros y supo, de pronto, que no era necesario entrar, que las prisiones son para no salir, y entendió que las rejas eran el mensaje, el fin de su andar. Leyó lo que decía el metal. Esto decía: “Él comparecerá ante mí. Y yo diré lo que deba decir en su momento. No te basta. Lo sé. Bien. Ven tú también. Te espero. Algo nos diremos. En algún lugar está la paz. Y tu paz no es una muerte. O no es solamente una muerte. El comparecerá y entonces te escucharé. Su sangre pasará a sus hijos y ellos tendrán descendencia. Y así será siempre. Pero habrá quien no pueda trasladar su semilla. Habrá el que será el último. Entonces, llegará tu tiempo y tu justicia. Ven. Te espero”. Al despertar, Lorenzo había aprendido que la venganza es larga y dolorosa. La soga parecía satisfecha. Tres Años estuvo Lorenzo alejándose de sí mismo, haciéndose tan distinto a Lorenzo, que ni la propia Isela podría haber reconocido en ese despojo harapiento al joven viudo que deambulaba por el reino con su recuerdo a cuestas. Finalmente, se volvió una figura habitual entre los muchos mendicantes que atravesaban los dominios del Cruel; un punto esperable del paisaje. La barba y el pelo, tras años sin saber de navajas, habían crecido hasta darle la apariencia de la locura. El caminar

encorvado y la ropa sucia y raída completaban la imagen de decrepitud. Ya nadie ligaba a ese viejo con el joven campesino que estaría masticando su odio contra el Amo, en territorios más amables. Pero el pordiosero, en la soledad de sus barracas inmundas, levantaba carros con sus brazos y corría por las noches compitiendo contra los lobos, que lo sabían un enemigo de cuidado. Subía y bajaba de los árboles y había aprendido a pasarse horas mirándose con una serpiente, los dos alargados sobre el pasto. A veces, el reptil intentaba un ataque contra el animal humano que lo desafiaba, buscándole la garganta. Pero la mano de Lorenzo llegaba siempre antes. Miraba a su rival con algo parecido al orgullo en sus ojos y arrojaba lejos a la serpiente para que supiera que no era con ella la deuda. Su idea era ser una sombra, un aire en el aire. Eso haría que el motivo de su odio se descuidara, que sus protectores perdieran sus certezas por unos segundos. Era todo lo que necesitaba su sed de sangre. El destino posterior de sus huesos lo tenía sin cuidado. Sólo respiraba porque esos segundos estaban en el posible futuro. Vivía para un salto, para una cuchillada. Casi trece años después de la muerte de Isela, le llegó la oportunidad. Contaba entonces Lorenzo con treinta y seis años sobre sus espaldas y el Cruel había superado ya con largueza los cincuenta. Tenía pues el hombre joven la ventaja de sus músculos tensos, preparados -desde aquella noche junto al fuego- para la justicia. Sabía que la reparación se le había prometido para otra edad, pero confiaba en un error del destino. Su puñal siempre afilado, jamás mellado por carne alguna, aguardaba en la cintura a que lo convocara su dueño. Su justificación latía en un solo tajo y el puñal no quería fallar. Aquella tarde, marchaba hacia el crepúsculo. En la llanura que empezaba frente a la taberna, sólo sobresalía la figura del anciano que desde hacía años causaba risa a los parroquianos. Los cascos de los caballos llegaron antes que los caballos; los caballos, antes que los jinetes; los jinetes, antes que el miedo que producía la presencia del Poderoso. Los servidores descabalgaron para cuidar la puerta. El viejo loco no contaba; el viejo sucio era apenas algo más que una piedra y no se le teme a las piedras. A su costado desmontó el Cruel y quedó un segundo dándole la espalda a Lorenzo. Era lo que esperaba. Su diestra se hizo un solo objeto con el cuchillo. No buscó el amplio torso del Dueño. Sabía de cueros trenzados que podían impedir el ingreso de filos más terribles que el suyo. Buscó la garganta, el sendero seguro al único destino que le importaba. El puñal desgarró lo que se le ordenaba y la tierra se volvió roja. Lorenzo quedó de pie sobre el cuerpo de su enemigo hasta que le cayeron encima siete alguaciles. El vengador no ofreció resistencia. Lo que debía hacer ya lo había hecho. Ahora podía ir en paz a reunirse con Isela. Una lágrima de felicidad empezaba a recorrer los pelos de su cara cuando una carcajada quebró la penumbra y su certeza de triunfo. --¡Vaya, vaya! ¡Esto sí que es odio! Quién sabe hace cuánto que cumple su papel de viejo inútil solamente para poder dar ese salto de gato joven y esa cuchillada de soldado experto. Debes odiarme sin un segundo de pausa, mi desconocido amigo. ¡Córtenle pelo y barba! Que no se presente ante su Creador con esa traza. Así fue hecho, sin escatimar dolores en el prisionero. La cara limpia llena de heridas, el pelo mal cortado, dejaron al aire un rostro sombrío que ya todos habían olvidado. Los parroquianos salie-16 ron de la taberna y ahora, de pronto, el pasado les caía como una culpa. Pero el Amo disfrutaba. El Amo tenía otra vida a su alcance. --Lorenzo, esto es en verdad una sorpresa. Te hacía borracho en otras tierras, tratando de olvidar a una muchacha que cuelga del techo. Y no. Todo este tiempo estuviste delante de mis narices, esperando, sólo esperando. Debo decirte que no dejo de sentirme admirado. ¿Cuántos años? ¿Trece? Sí, trece. Trece años preparando la muerte de este pobre infeliz, que hace tiempo toma mi lugar cuando

viajamos. Bueno, hizo bien su trabajo. Una pena que su trabajo fuera morir. Una pena que su trabajo fuera igual a tu futuro. El Cruel giró sobre sí y dirigió su cuerpo hacia la puerta, protegido por varios de sus hombres, mientras Lorenzo veía alejarse la paz de su final. Antes de perderse en el interior, oyó la última orden del asesino de Isela: --Mátenlo. Uno de sus captores tomó el puñal de Lorenzo del piso y le regaló al metal la segunda sangre en tan breve tiempo. No se ocuparon de recoger los cuerpos. Únicamente cuando el Amo y los suyos se marcharon, el tabernero y algunos otros los llevaron al monte y los sepultaron. Y clavaron una cruz en las sepulturas. Pero antes, sin que nadie lo advirtiera, una mano sin nombre tomó el trozo de soga de entre las ropas de Lorenzo y la guardó. Muchos, muchos años más tarde, cuando ya esa única cruz era una maleza más en la llanura poblada de maleza, el Amo sintió que la partida le llegaba. Mandó traei al obispo, que le otorgó el perdón de todos sus pecados y lo dejó limpio, listo para enfrentar al Señor cara a cara. Murió a la mañana siguiente y fue sepultado en tierra consagrada, rociada con agua bendita, bajo una cruz de oro que llevaba una inscripción: HIC VIRTUS REQUIESCAT (Aquí descansa la virtud, quiere decir.)

Esta historia continúa con una ausencia Buenos Aires, Argentina, 1977 “Estarás conmigo para siempre, mi niño. Aunque no tengas madre. Aunque yo sea mujer y hombre para vos, aunque yo tenga pollera y pantalón para tus ojos buscadores, estaremos juntos para siempre. Yo te guiaré en tus primeros pasos. Te apoyarás en mí frente a tus dudas y tus temores. O mejor aún, te haré libre de temores. Sin miedo cruzarás las noches. Te entrenaré para la fuerza. Para la victoria serás. Te llamarás César, porque atravesarás ríos de decisiones y presagios terribles, sin que tiemble tu alma. Te daré una madre de papel. Que nos habrá dejado porque una pasión la inundó de prisa a tus pocos meses. Y te enseñaré a abofetear su ausencia. Sabrás de ella 19 de a poco, y de a poco la iré desnombrando. El resto lo harán vos y las amorosas madres de tus amigos, que te servirán tostadas y envidia sin saberlo. Entonces, seremos los dos. Entonces, estaremos mejor solos. Solos. Ningún recuerdo rozará esta casa, ninguna mención. El doctor Atilio Nardioni ha criado a su hijo solo. ¿Por qué no se ha vuelto a casar, doctor? Tan joven y con un niño. Por nada en especial, mi querida señora. Le he dedicado tanto a mi hijo, que no me ha quedado tiempo para el amor. Ay, doctor,

ya no quedan padres como usted. Exagera, señora, cuántos hombres habrían hecho lo mismo en mi lugar. Y te llegarán esas voces, querido. Por algún lugar te llegarán. Y te sentirás ceñido a ese hombre de todos los días, a esa imagen que habré creado como un tejedor. Nada sabrás. Nada tocará tu memoria de vientre ajeno. No me interesa la suerte de ese vientre, de esos pechos de cuarenta días; y nada te importará, porque nada sabrás. Has nacido César Nardioni y eso leerán en tu lápida los que te lloren en la lejana mañana de tu adiós, cuando yo ya sólo sea recuerdo del recuerdo. En la sombra naciste y yo te rescaté para que iluminaras mis días de culpa. Dios me ha de entender. Dios entiende de estas fortalezas. Ahora, dormí. Dormí. Ya no habrá teta al despertar. Es tu primer crecimiento. Aprenderemos. Sí, aprenderemos. Aprenderemos.”

Aluminé, Neuquén, Argentina, 1992 1 César miraba por la ventana cómo la nieve iba cayendo, de a poco, sobre los autos que descansaban en la calle y sobre la calle misma. A lo lejos, apenas se adivinaban las moles ligeramente aterradoras de la cordillera, y sintió el suave estremecimiento que lo golpeaba siempre que se animaba a llevar sus ojos más allá del pueblo. Aunque hacía casi nueve años que transitaba aquel paisaje de montañas, silencio y soledad, no terminaba de acostumbrarse a las sombras que lo rodeaban. “Claustrofobia del aire libre”, pensó con una sonrisa. Con casi catorce años, César se permitía juegos de ingenio que no eran habituales en los chicos de su edad. Los granos estaban allí, las escapadas a las tareas que le imponía su padre también; pero tal vez la ausencia de madre le había hecho nacer una especie de apuro de la inteligencia que no necesitaban los demás chicos del pueblo. El pelo castaño con reflejos rubios cayéndole desordenado sobre la frente funcionó como recordatorio, porque lo volvió al universo de lo cotidiano. Si tenía que pasarse la palma de la mano para despejar la cara, sería también que su padre estaba por volver. Carmelita ya tendría preparado el café con leche. El olor a tostadas subía al primer piso, en donde la nariz de César lo esperaba con placer. El doctor Nardioni estacionó su camioneta frente a la casa y miró para arriba adivinando la figura de su hijo detrás de los vidrios dobles, puestos para que el frío del invierno fuera algo más amable cuando cerraran la puerta. Las botas del hombre se hundieron en la nieve, pero no dejó de sonreír mientras miraba hacia el piso superior y se esforzaba por alcanzar la entrada. César escuchó la llave girar en la puerta y supo que debía bajar. Pocas cosas 20 21 le exigía ese hombre de pelo escaso y hombros ya algo vencidos dentro del perpetuo delantal blanco; su presencia por la tarde, cuando llegaba a la casa, era una de ellas. Y no le costaba al chico cumplir con ese ritual. Su historia de soledad había forjado una cercanía que los dos apreciaban. Así es que el doctor encontró, como siempre, como todos los días, la sonrisa de su hijo cuando se sacó el delantal y lo colgó en el perchero. --Hola, pa. --Hola, hijo— respondió el hombre. Un brazo adulto rodeó unos hombros adolescentes, un brazo adolescente atravesó una cintura algo abultada; y así, entrelazados, entraron al comedor donde Carmelita ya había dispuesto la merienda de siempre: dos cafés con leche, tostadas de pan francés, mermelada de moras y manteca.

--Buenas tardes, Carmelita. --Buenas tardes, don Atilio— respondió la muchacha. Hubo una tarde, hacía ya un par de años, una escena idéntica, en la que César se había animado a contarle a su padre una idea que le había estado dando vueltas; tenía que ver con su profesión, con los amigos poderosos que sabía tenía en la Capital, y con los habitantes de algunas comunidades mapuches que se acercaban a veces hasta el hospital. --Viejo —le dijo— vos me contaste varias veces que a cada rato aparecen enfermos que bajan de la montaña, que no tienen un peso, y que el hospital no tiene remedios para ellos, ¿no? --Sí, es así. Nunca sé qué hacer con ellos. --¿Y si hablas a Buenos Aires y le pedís a tus amigos que manden remedios? Seguro que si les explicas para qué los necesitas, no te los van a negar. El hombre sonrió con algo de tristeza, pero no descartó la idea; aunque imaginaba otros motivos para darle curso a un pedido semejante entre sus contactos capitalinos. --No creo que me manden nada de puro buenos. Pero es cierto que si dan a conocer su obra, les puede servir de “publicidad”. No es mala idea la tuya. No, no era mala idea; y fuera por lo que fuese, funcionó. Ahora, dos años más tarde, las cajas llegaban puntualmente a Aluminé. El doctor había dispuesto qu.e para el uso de los medicamentos tuvieran prioridad los que llegaban desde los alrededores y el sobrante se destinara a los habitantes del pueblo; y todos habían aceptado la decisión. Dos años más tarde, el hijo no tenía ideas que aportar; solo la pasaba bien con su padre. Afuera había dejado de nevar. Sin embargo, el frío seguía allí, como un derecho del aire. La nieve era inseparable del pueblo en invierno, pero César se había entendido con ella desde el principio. No era que jugara especialmente con su consistencia de algodón húmedo o que elaborara muñecos de inspiración cinematográfica, ni nada parecido; simplemente la transitaba como si hubiera sido su elemento desde siempre. Esa mañana, mientras iba para el hospital, pensaba en Celina. Es extraño, pero a veces, sin saber cómo, las ganas se transforman en una figura; así, de pronto, se sobresaltó. --Vas pensativo— dijo la chica. --¿Qué? ¡Eh! Ah... Hola, Celi —respondió César—. Trataba de recordar si había puesto en la caja todo lo que me pidió mi papá que le llevara. El doctor guardaba en su casa muchas de las drogas que conseguía gracias a sus influencias, y no era extraño que en algún momento del día le pidiera a su hijo que le acercara el remedio que necesitaba un enfermo. En los últimos meses, había aumentado el número de pacientes provenientes de las comunidades cercanas, y don Atilio casi no guardaba medicinas para los habitantes del pueblo. Aluminé apreciaba esa rigidez de su hombre más respetado. Celina, como todos, conocía el papel que cumplía el hijo del médico en esa precaria cadena de salud. Quiso tranquilizar a su amigo. --¿Alguna vez te olvidaste de algo? --No, creo que no. --Entonces, hoy tampoco. Dale, te acompaño. Y si tenes que volver, también. César agradeció desde el silencio. Le gustaba hablar con Celina. Le gustaba caminar junto a Celina. Bah, le gustaba Celina. No era difícil la palabra con ella. Sobre todo porque la muchacha no le tenía miedo a su curiosidad y la vestía de preguntas.

-- Nunca me hablaste de tu mamá. César miró a su amiga sabiendo que nada sacaría con eludir la frase descaradamente interrogativa, que luego, en algún otro encuentro, volvería como esas moscas veraniegas que esquivan nuestros manotazos en la oscuridad del insomnio. Las calles de tierra hasta el hospital eran una buena base para confesiones; y si las cosas empezaban por el pasado, irían acercándose al presente, territorio del tiempo al que César deseaba llegar lo antes posible. Pero ahora era momento de hablar de su ignorada madre. --No sé mucho, la verdad. Porque mi papá nunca me habló demasiado de ella. Sé que poco después que yo nací, lo dejó y desde entonces el viejo no volvió a estar con ninguna mujer. Una vez escuché una conversación telefónica en la que parecía hablar sobre ella, parecía como si lo hubiera dejado por otro; pero no se lo quise preguntar porque creo que es un tema que todavía le duele. Ni una foto de ella tengo. Sé que se llamaba Alcira, porque para algunos trámites tuve que dar su nombre, pero nada más. --¿Y no te da bronca que te haya abandonado tan chiquito? volvió Celina a querer saber. --Algo. A veces. Es decir, no sé cómo es tener una mamá, salvo por las de mis amigos; pero como nunca la tuve, no sé... es como si me faltara algo que no sé qué es. Si uno es ciego de nacimiento, no entiende qué significa la vista. No sabe cómo es eso que no tiene. Bueno, a mí me pasa algo parecido. Y mi viejo hizo de todo por mí. No sé... nunca me faltó nada. --Fue un buen papá —dijo ella como señalando una verdad indiscutible. --Sí —confirmó él—. Fue un buen papá. --Y tus viejos, ¿cómo son? —quiso saber él—. --Tampoco me contaste mucho sobre ellos. --Buenos, yo qué sé. Creo que son demasiado jóvenes. A veces me parece que soy más la hermana que la hija de mi vieja. Nunca me pregunta sobre lo que me pasa. Tiene su parte linda, porque hago lo que quiero y voy adonde se me ocurre. Con que de vez en cuando les cuente que estoy viva, está bien. Es suficiente. --No, mi viejo es otra cosa. --Sí, ya me di cuenta. El hospital, el edificio más grande del pueblo, los recibió en silencio. Atravesaron las amplias puertas de entrada. ¿Mi papá? En su oficina, creo. Se saluda, ¿no? Bueh, perdona, vengo distraído, Carlos. Sí, ya me imagino por qué. Hola, Carlos, y deja de decir pavadas. Hola, César, el jefe debe de estar donde siempre o recorriendo las salas, o en su oficina. ¿Vas solo? Sí, traigo los remedios. Ah, qué bueno, los estaba esperando. El pueblo lo había albergado casi desde siempre, y César conocía sus códigos. Los dos chicos recorrieron los pasillos, entregaron la caja al hombre que tan poco hablaba con su hijo acerca de una mujer distante que los había abandonado hacía años, y volvieron a salir a la nieve. ¿Era el tiempo de hablar del presente? No, todavía no, se dijo el muchacho. El primer mensaje apareció en forma de graffiti, sobre una de las paredes del hospital. Nadie le prestó la menor atención. Pasaba a veces que un amante rechazado o uno de los pocos borrachos que caminaban por el pueblo inscribía su furia o su desconcierto en los muros. Alguien había escrito con letra tosca y algún aerosol negro; podía leerse: ¿QUE HICISTE EN LA GUERRA, DOC?, como remedando vagamente al conejo Bugs.

2 Los días pasaron, y los días forman meses. Celina siguió descubriendo que ese chico hijo de médico, que simplemente le gustaba como desde siempre les han gustado los muchachos a las chicas, tenía algo más que le nacía desde el fondo de los ojos, algo que ella identificaba vagamente como una tristeza o una duda. No lo sabía, pero en todo caso, eso lo hacía infinitamente más atractivo. Los días forman meses, pero también forman sucesos. Así ocurrió una noche en que el frío era casi doloroso y la sola idea de pisar el aire libre sonaba al menos a imprudencia. Con ese clima, llegó Venancio, arriero de la comunidad Cátala, cercana al pueblo, a anunciar el parto de su mujer, Ayelén. El hombre no sabía del cuerpo femenino más que lo que su instinto de varón necesitaba, pero algo le gritaba en su corazón que el bebé no estaba acomodado correctamente. La pieza de César daba a la calle. Los gritos de Venancio hicieron que el chico abriera la ventana. Un insulto de viento helado le escupió la cara. Celina, que se había quedado a dormir en el comedor, llegó junto al muchacho. ---¡Ya viene el bebé! -gritó el hombre bajo su poncho gastado—. --¡Y creo que no viene bien! ¡Vengo desde la comunidad por el doctor! --¡Espera! ¡Ya lo llamo! César salió corriendo hacia la habitación de su padre, que dormía bajo tres frazadas. --¡Pa, hay un hombre de la comunidad, afuera! ¡Parece que su mujer va a parir y que hay problemas! El doctor estaba todavía encerrado en los vaivenes de su sueño cálido y no quería salir de él. --Sí, debe de ser Venancio. No puede pasar nada serio. Ayer vi a la mujer y todavía falta como un mes. Decile que la lleve mañana al hospital. Pero César entendió que la cara del hombre que esperaba en la calle escondía algo más que un temor a lo ignorado y no estaba dispuesto a dejar tranquilo a su padre. Con un manotazo que llevaba migas de furia lo dejó sin cobijas. ¡Doctor Nardioni, afuera lo necesitan! —casi le gritó. El médico aceptó resignado que su hijo no estaba dispuesto a transmitir el mensaje sugerido y que su esperada noche de abrigo acababa de terminar en esas pupilas adolescentes llenas de exigencia. Bajó las piernas de la cama y le pidió a su joven juez que hiciera entrar al hombre, mientras él se cambiaba. Carmelita se había levantado por el alboroto. --¡Carmelita, prepara unas sábanas limpias y ponelas al lado de mi maletín! —gritó el médico, que ya había recuperado su capacidad de pensar. Mientras tanto, César también se había cambiado y había hecho entrar a Venancio. Celina había decidido quedarse y seguía en ropa de cama. El doctor apareció poniéndose la campera de alta montaña. Llevaba su instrumental y las sábanas. Vamos —dijo simplemente. Salieron bajo la noche. Subieron a la camioneta y condujeron hacia la salida del pueblo por la ruta que acerca al lago, en dirección a las desperdigadas casas de la comunidad. En una de ellas había luz, pero el grosor de la nieve había alcanzado ya casi un metro, y ni siquiera el poderoso motor de la 4 por 4 podía contra esa llanura helada. Tuvieron que dejar la camioneta en la ruta y enterrarse hasta la cintura para recorrer el kilómetro que los separaba de la vivienda. Veinte minutos les llevó la caminata. El escenario era deslumbrante. El blanco de la nieve se recortaba contra la mole oscura de la cordillera, que le daba un cierto matiz atemorizante a la noche. La casa era una simple estructura de cuatro paredes y

techo de madera, que albergaban una única habitación con piso de barro apisonado. En el fondo, del lado derecho de la cabana, un colchón y varias mantas cobijaban a la inminente madre. Una sola mirada le bastó a Nardioni para su diagnóstico. El bebé no se había acomodado y había que sacarlo con cesárea. “César ayudará en la cesárea”, se dijo para sí, como si exorcizara sus temores ante la precariedad del lugar que serviría de quirófano. Sintió una mano que le apretaba el brazo. Era el protagonista de su pensamiento. --Va a estar todo bien —le dijo el chico—. Vos podes, pa. Al hombre lo conmovió la confianza ilimitada de su hijo. Pidió que pusieran agua a calentar para limpiar tanto la herida que le quedaría a la muchacha como al bebé. Le dijo a Venancio que se pusiera en la cabecera junto a su esposa, y empezó el trabajo. Una hora más tarde, aún cuando era evidente que el nuevo varón que tenía Aluminé estaba perfectamente bien, Nardioni tomó al bebé de los tobillos y lo palmeó para que llorara. “Todos nos merecíamos escuchar ese llanto en el silencio. Como en las películas del Oeste de cuando yo era chico; y el médico borracho lograba que en algún momento ese sonido estallara en la pantalla y aparecía una mujer con un recién nacido en brazos”, diría luego, camino a una hora de sueño antes de ir al hospital. No se sabe cómo corren las noticias en los lugares chicos, pero corren. Cuando Nardioni llegó al hospital, un poco después de su hora de entrada habitual, fue recibido con un aplauso cerrado que le había preparado todo el personal. Y hasta algunos pacientes se plegaron. El segundo graffiti apareció en la madrugada del día siguiente. Con la misma letra del primero y el mismo aerosol negro; era más oscuro que el anterior. ¿ANTES FUE IGUAL. DOC?, decía el extraño mensaje que algunos se detuvieron a leer. --¿Por qué hay días que tenes la mirada como perdida? —le preguntó Celina a César—, como si salieras de un sueño. ---Porque debe de ser así. Hay noches que sueño con mi mamá y no duermo bien esas noches. --¿Y qué soñás? --No sé muy bien. Es muy borroso. Hay una mujer acostada y yo sé que es mi mamá, pero no le veo la cara. Hasta que me acerco y me doy cuenta por qué no se la puedo ver: no tiene cara. --¿Y cómo sabes que es tu mamá? --No sé. Pero sé que es ella. No se mueve ni dice nada en todo el sueño. Solamente se queda acostada. Hasta que me asusto y salgo corriendo. --¿Se lo contaste a tu viejo? --No, ¿para qué? Lo preocuparía. --Pero en una de esas podría llevarte con alguien del hospital que te ayude. Un psicólogo, un psiquiatra, yo qué sé. --¿Te parece que estoy loco? --Y, un poquito -le contestó la muchacha pasándole con suavidad el dorso de su mano sobre la mejilla. Casi sin darse cuenta, César había dejado entrar a Celina a todas las habitaciones de su alma. No se habían dicho nada sobre noviazgos o amores o historias compartidas. Pero un día él la besó brevemente y ella no dijo no; y después él la besó con hambre y ella le dio de comer, y a partir de entonces fueron esto que eran ahora. Dos que estaban aprendiendo a caminar juntos. Y el aprendizaje se parecía cada vez más a un noviazgo y a un amor y a una historia compartida. Dentro de ese recipiente que estaban construyendo había caído el sueño de César. Ella le tomó la cabeza y se la atrajo hacia su hombro cuidador. El le olisqueó el aroma del

nacimiento de su cuello y se dejó guiar, porque le pareció un camino lleno de promesas. Le gustaban las promesas. Cuando el hijo de Venancio cumplió un año, se lo festejaron en el hospital. César y Celina fueron a la fiesta como lo que eran: casi una entidad inseparable. Hacía seis meses que no aparecía ningún escrito en las paredes del hospital. El anónimo dueño del aerosol se había dado descanso. Pero la noche del cumpleaños, cuando se iban, los invitados pudieron leer, un nuevo mensaje sobre el cemento: ¿CUÁNDO SE MUERE EL PASADO, DOC? ¿Cómo era Celina? Para ser exactos, habría que decir que Celina no era de una sola manera. O al menos no se sentía de una sola manera. Se veía de una forma cuando estaba con César, y de otra cuando él no estaba a su lado. Sus padres la habían dotado de una independencia que lindaba con el desamparo, y ella había volcado todo su mundo al universo de ese muchacho tan lleno de inseguridades. Estaba terminando 1994; los diecisiete años le habían delineado un cuerpo que parecía lleno de apuros, urgido de concreciones. El pelo casi negro, casi castaño oscuro, 30 le invadía con descuido la cara, extrañamente libre de granos. Le molestaba sujetárselo y le molestaba arreglárselo. El resultado era un desorden que irritaba a su madre y a César lo inundaba de ternura. Nunca le había importado demasiado su aspecto, pero desde que César se había instalado en sus días, algo se había roto dentro de ella y empezó de pronto a descubrir la importancia de los espejos. Y en la urgencia de su cuerpo había empezado a latir otra exigencia más exacta, más parecida a un chorro de sangre saltando de golpe de una herida. Celina era bastante clara con las cosas que le pasaban y entendió que de varias maneras sus dos exigencias estaban relacionadas. Y entonces resolvió darles forma, hacerlas visibles. Su decisión se afirmó una mañana de noviembre, cuando hizo sonar el timbre de la casa de César. --Celi, qué sorpresa —alcanzó a decir César antes de que ella entrara a la casa sin decir palabra, cerrara la puerta detrás de su cuerpo decidido, convertido en promesa, y rodeara al muchacho con sus brazos, con su cintura, con sus piernas, con su boca. ¿Y de dónde le vendrían tantos saberes, de dónde le saldrían esas manos inteligentes, esos labios conocedores de secretos de él hasta por él ignorados, de dónde ese tacto fecundo? César se dejó hacer. Literalmente, era otro al caer la tarde. Otra era ella, pero más por obra propia. El sentía que lo habían trabajado como a una escultura, a la que Ijabía que hacerle muchas reparaciones para dejarla a gusto completo del artista. Se preguntaba cómo había podido vivir diecisiete años tan poblado de ineficacias, tari sin terminar. Las primeras sombras de la tarde los encontraron uno al lado del otro, mirando el techo. ---¿Sabías que mi papá y Carmelita fueron a Neuquén? -pregunto el ---Sí —respondió ella. A la mañana del día siguiente volvió a aparecer una pared pintada, ya no del hospital. La inscripción era bastante más larga que las anteriores, escrita en la letra más pequeña que permitía el aerosol. HABÍA UNA VEZ UNA MUCHACHA QUE TEMÍA SUEÑOS. Y UNA VIDA ADENTRO. ELLA ESPERABA QUE SUS SUEÑOS Y SU VIDA DE ADENTRO FUERAN UNA SOLA COSA. QUERÍA CONSTRUIRLOS A LOS DOS. SU NOMBRE NO IMPORTA. ERA UNA MUCHACHA QUE SOÑABA, decía en la pared. Por esos días, el doctor Nardioni compró varios litros de pintura blanca, porque, según anunció en la pinturería de Aluminé, pensaba hacer varios retoques en su casa. Una semana más tarde, aparecieron blanqueadas las paredes con graffitis. Y a la mañana siguiente, donde había sido escrita la primera frase, casi a la entrada

del hospital, podía leerse: NO SE TAPA LA HISTORIA, DOC, NO SEA TONTO. Pero a esa pared también la blanquearon. Y escribieron abajo, chiquito, con un marcador: ¿VISTE QUE SÍ SE TAPA, HIJO DE PUTA?. ¿VISTE QUE SÍ? Esa noche, en la cena, César le comentó a su padre Z5z3i sobre la extraña guerra de las paredes que se estaba desarrollando en el pueblo. --Estúpidos que no tienen nada que hacer. --¿Tenes idea de quién es el doctor al que le hablan? Vos los conoces a todos. --¿Y de dónde sacas que le hablan a un doctor? --Ay, pa. Si todas las frases dicen “doc”, ¿a quién le van a hablar? --Yo qué sé, puede ser a un abogado. --Sí, por los muchos abogados que hay en Aluminé... Y además, casi siempre aparecen en las paredes del hospital. A mis compañeros también les parece evidente que le hablan a un médico. --Parece que les interesa esa pavada. --Bueno, pa, no pasan demasiadas cosas por aquí. Un tipo escribe cosas en las paredes del pueblo, y otro va detrás y las tapa. --No vas a decir que no es raro. --Sí, tenes razón, es raro. Sonó el timbre. César fue a abrir sabiendo que a esa hora sólo podía ser su sueño más soleado. Era. --Hola, Celi -dijo, con cierto pudor. --Hola, amor saludó ella-. Hola, don Atilio —dijo entrando al comedor. --Sentate -le pidió César-. Estábamos hablando de los graffitis. --Ah, sí. Gracioso que alguien se tome el trabajo de taparlos enseguida. Parece que no le gusta lo que dicen. Bueno, hablando de otra cosa, quedó muy lindo el frente pintado, don Atilio. --Sí, ya iba siendo hora de darle una lavada de cara, ¿no? Ah, César, me olvidé de avisarte. Pasado mañana me voy a Buenos Aires a hacer unos trámites. Voy a quedarme varios días. Bueno, viejo. --Chicos, me voy a dormir. No se acuesten tarde, que mañana no saben de qué les hablan. Dos días más tarde, cuando el doctor empezó su viaje hacia Buenos Aires, dos manos acariciaron una soga corroída por el tiempo y le hablaron como si pudiera escuchar: “Ya falta poco, amiga. Ya está a mi alcance. Ya está cerca la paz. Ya está cerca el descanso. Bien, veamos, ¿qué va a decir el próximo mensaje?”. --Te digo que alguien lo sabe, Guntini. No sé cómo mierda se enteró, pero lo sabe. --No puede ser, Nardioni. En tu caso no quedó un solo cabo suelto. Si la pendeja no tenía familiares. Ni tíos, tenía; ni primos... nada. Y del padre del pibe ni ella había tenido más noticias. ¿No te acordás de que nos aseguramos bien eso, que vos me dijiste que todo el asunto iba a estallar en algún momento y que era una boludez hacer las cosas como las estaban haciendo todos? Está el nacimiento registrado, está tu matrimonio registrado, con todos los papeles en orden. Lo sabemos vos y yo, y lo sabía Polemo, que murió hace diez años. No, nadie puede estar enterado. ---Aja, ¿y me decís qué carajo quieren decir esas pintadas sobre la historia y sobre el pasado, y sobre la muchacha que tenía sueños y una vida adentro, todas dirigidas a un doc? ¿O pensás que hay otro doctor en Aluminé que hizo lo mismo que yo? --¿Y no será un abogado? --Déjate de decir boludeces, Guntini. Esa misma estupidez le dije a mi hijo y ni él se la tragó. No, alguna filtración hubo.

--Pero ya lo hubieran dado a publicidad. Estos tipos no actúan así. No escriben pintadas en las paredes que nadie entiende. --No. No son ellos. No quieren publicidad. Es alguien que quiere guita. --¿No me dijiste que la primera pintada fue hace dos años? Un chantajista no va a esperar tanto tiempo para cobrar. --Sí, en eso tenes razón. No sé, la verdad es que no sé qué pensar. -- Lo que tenes que hacer es quedarte tranquilo, porque si no, César va a empezar a sospechar. --Es que me vuelven loco. Si mi pibe llega a saber algo, me muero. --No pienses esas cosas. Si supieran algo, ya habría saltado todo. El doctor Nardioni miró a su viejo amigo y se le llenó la boca de palabras que no alcanzaron a salir. Unos días más tarde, cuando César y Celina se preparaban para la fiesta de egresados, cuando se quedaron hasta el amanecer discutiendo sobre qué carrera seguir, cuando empezaron a discutir hasta el nombre de los hijos que tendrían, en esos tiempos de ligereza, unas manos tomaron la soga y le hablaron como si pudiera escuchar. O mejor aún, como si la soga hablara. Esto decían las manos: Hablame, soga. Cómame de tus historias. Convénceme. Y estas cosas dijo la soga: Ocurrió, cuando había pasado mucho tiempo y muchas vidas de los hombres desde mi propia tarea desdichada, que tuve que apretar el cuello de una muchacha que ya no soportaba el aire atravesándole el cuerpo. Don Pedro de Alcázar se había embarcado para las Indias, en una nave con destino a la muy rica ciudad de Cartagena. De allí pasó a Lima, y de Lima al dominio de una encomienda que le había sido otorgada por Real Cédula del 14 de abril del año de Nuestro de Señor de mil y quinientos treinta y ocho. Hombre seco de corazón era don Pedro, poco inclinado a la piedad, pero estaba convencido de que hombres así eran los requeridos en esas tierras de dioses falsos y hostiles. Entre los indios que le pertenecían había uno, Amoalca, que imploraba en secreto a Viracocha, porque su espíritu no había sido ganado por el dios de madera que le ponían adelante todos los días. Pero no era la tozudez de sus plegarias ocultas la primera 35 posesión de Amoalca. No. Lo que lo distinguía de los demás era el señorío que ejercía sobre el amor de Anele. Oscuro como la noche era el cabello de Anele, dueña de una mirada difícil de sostener, incluso para aquellos que tenían temple. Hasta don Pedro sentía que algo se revolvía en su alma cuando la miraba. Anele no bajaba la cabeza ante el amo y parecía mostrar cierta altanería cuando había un cruce entre ambos. Durante los primeros meses, el encomendero le dio poca importancia a los ojos enardecidos de su vasalla; pero todo cambió una tarde de noviembre, cuando uno de los capataces descubrió a Amoalca elevando una rogativa a Viracocha. “Grande y poderoso dios creador”, decía el inca agradeciendo los breves alimentos que estaba por consumir. La plegaria fue interrumpida por un bastonazo en la espalda y una frase recordatoria de la demostrada ilegitimidad de Viracocha. Amoalca miró a su agresor con ira y le respondió que él reconocía sólo dos divinidades. “Una es esta que te ha costado tu lomo agrietado, ¿quién es la otra?”, quiso saber el capataz. “Los ojos de Anele”, respondió Amoalca desde la tierra. Cuando el guardián le contó a don Pedro lo ocurrido, el amo sonrió con el mal en el porvenir de su mueca y comentó: “Nuestras simples espadas, nuestros humanos arcabuces, fueron más poderosos que su primera deidad. La segunda no nos ha de llevar tantos esfuerzos”. A la mañana siguiente, los aterrados vasallos vieron el andar vacilante de Anele, que cruzaba las tierras del señor guiándose con una vara de cedro y tropezando a cada instante ante la oscura sequedad, con ojos quemados.

¿Y qué pasó después, soga? -quisieron saber las manos. Nada. No pasó nada -respondió la soga-. Pocos meses más tarde, Amoalca se marchó a dormir junto a Viracocha, porque, en esos tiempos, los indios que más soportaban el respirar cotidiano de la encomienda apenas conseguían pasar tres otoños. Anele había huido del lugar a los pocos días de que la oscuridad la cercara; perder a sus dos dioses fue demasiado para el inca. Yo estaba allí y supe. Otras manos, como éstas que ahora me tienen, me tenían entonces. Nada. No pasó nada, repitió la soga antes de callar. Y ya no le contó nada más a las manos. 3 Ni César ni Celina estaban completamente seguros de la carrera que querían seguir, así que eligieron pensar en eso los siguientes doce meses y trabajar mientras tanto. Sus necesidades no eran tantas, apenas precisaban de un dinero para sus cosas; así que con poco que consiguieran estaría bien. Ni los padres de ella ni don Atilio se opusieron, porque los sabían casi condenados a un título. Por su lado, ellos habían ido construyendo una historia en la que, para cada uno, el otro era indispensable. Esa certeza los hizo inseparables, al punto de que la pareja, transitando las í\s de Aluminé, paisaje. Allí conocieron a Américo, un muchacho mayor que ellos, que había ido a hacer una pasantía gastronómica en un hotel de lujo, a varios kilómetros del pueblo. --Hace tres años que vengo. --¿Pero cómo es que nunca te vimos? —quiso saber César. --Es que no bajaba mucho. Estaba en el hotel y de allí no me movía. Pero ahora pusieron también el restaurante que está frente al correo y me pidieron que me hiciera cargo de él. Nos vamos a ver seguido. --Así que Américo —interrumpió Celina—. Qué nombrccito, ¿eh? --Sí, no me hables. Mis viejos, con eso de que somos hijos de América Latina y toda la bola... Igual, me gusta lo que quisieron significar, aunque no me guste el nombre. Pero no es lo único raro que tengo. --Ah, venís con sorpresas. ¿Qué otra cosa rara tenes? --La nacionalidad. ---Bueno, eso quiere decir que no sos argentino –dedujo César—. A ver, déjame adivinar. Decís que es algo raro, así que uruguayo o chileno no debes de ser. Ya sé, ¡brasilero! --Frío... —contestó Américo riéndose. --Mexicano —aventuró Celina. --Frío. --Norteamericano, canadiense. --Ah, ahora es de a dos. Frío. --Español. --Friísimo. --Francés. --Helado. Mira, mejor se los digo yo, porque no la van a sacar más. Soy mozambicano. --¿Qué?! -casi gritaron César y Celina. --Mozambicano. De Mozambique. --¿Y eso dónde queda? --En el este de África. --Ah, eso sí que está poco visto -se rió Celina. Así fue que se metió el recién llegado, un africano, en la vida de la pareja que formaba parte del paisaje.

-- Los padres se fueron a vivir a México. Los viejos eran exiliados, pa. Se escaparon con la dictadura militar a México, pero enseguida se fueron para Mozambique, que recién se había independizado de Portugal. Y ahí nació él. ---¿Y por qué nunca supimos nada de Américo? -quiso saber don Atilio. ---Porque estaba en el resort de arriba y casi nunca bajaba al pueblo. Ahora está de encargado en el restorán nuevo. --¿Y dicen que vino hace unos dos años? --Sí, dos o tres —interrumpió Celina. Don Atilio no dijo más nada, pero se metió en un pensamiento que empezaba en un chico fortuitamente africano y terminaba en una pared que le hablaba a él y a su historia. Una semana más tarde, el nuevo restaurante vio entrar a la pequeña familia de tres, que habían formado el médico, su hijo y Celina. Los padres de la muchacha seguían considerándola una especie de adulta muy joven y no ponían reparos en la vida de su hija, ya casi totalmente pegada al territorio de César. El sitio se distanciaba del entorno casi desde que se entraba en él. Demasiado lujo para la sencillez terrosa de Aluminé. Los cristales de la iluminación nada tenían que ver con la mole pétrea de la cordillera. La mantelería, la loza, todo era amigo de la apariencia, en un lugar donde el paisaje es dolorosamente verdadero. Américo salió a recibirlos. --Hola, don Atilio —le dijo al doctor mirándolo a los ojos—. Los chicos me hablaron de usted. --¿Sí? También a mí me hablaron de vos. --Espero que bien... Pero pasen, pasen. Les reservé el mejor lugar, junto a la ventana. --Lindo rincón, ¿eh? -comentó don Atilio mientras caminaba hacia la mesa con vista a la calle-. Lo hicieron con todo. --Sí, la verdad que sí. Aunque para serle sincero, a mí no me gusta mucho. Me hubiera caído mejor más madera y menos brillo. --¿Y vos dónde vivís? -preguntó el médico. --Aquí mismo, en un departamentito que hay en el fondo. Así que ya sabe, si alguna vez necesita un chef, nomás me viene a buscar y yo le preparo una cena especial en unos minutos. --Lo voy a tener en cuenta. Fue una buena noche, con buena comida, buen vino, buena charla y las visitas frecuentes de Américo, que quiso lucirse ante el vecino más respetado del pueblo. Ya no quedaba nadie en el salón, cuando el muchacho pudo sentarse con sus tres invitados. --¡Ah, por fin! Este es el momento que más disfruto del día. --¿No te gusta mucho tu trabajo? -quiso saber Celina. --No, no es eso. Me encanta. Preparar comidas distintas me hace vivir. Es como si yo me volviera una prolongación de lo que preparo. No me imagino cómo será ser una prolongación de un guiso de fideos —se rió César. Todos, hasta Américo, compartieron la carcajada, pero el cocinero siguió con su idea. --Y sin embargo es así. Un guiso de fideos puede ser eso solamente, un guiso de fideos, o puede ser una forma de decirle a Celina todo lo que la amas. Y entonces es mucho más que fideos, carne, cebolla, ajíes y tomate con un toque de ajo. Es un mensaje. --Y vos haces mensajes, no comidas —comentó don Atilio.

--No siempre, no siempre. Muchas veces hago comidas. Que trato que sean lo más ricas posible. Pero cuando puedo decir cosas con los ingredientes que tengo, me siento, no sé... casi Dios. ---¿Y esto que nos preparaste qué fue? --Lo hice especialmente yo. Nadie más intervino. --¿No entendiste, pa?, ¿no sabes leer en un lomo con pimienta? --No, si se leía muy bien. ¿Y cómo es eso de que sos africano? --¿No le contaron los chicos? --Sí, pero los jóvenes de ahora cuentan todo en dos palabras. --Ah, y yo no soy un joven de ahora. --Sí, claro, pero si contás tan bien con la cebolla, debes contar mejor con las palabras. ---No crea, eh. En realidad, no hay mucho más que decir, porque mis viejos nunca me hablaron demasiado sobre ellos. Sé que tuvieron que irse durante la dictadura. Ellos eran profesionales y en Mozambique, cuando se fueron los portugueses, necesitaban de todo. ¿Usted sabe cuántas personas sabían manejar después de la independencia? --No. --Siete. Solamente siete tipos sabían hacer andar un auto. Así que esos eran casi ministros. Mi viejo es un “semi-colega” suyo. Es veterinario. Y mi mamá es arquitecta. Mandaron los cu-40 rriculum y los contrataron enseguida. Estuvieron cuatro años allá. Y bue, ahí nací yo, en la capital de Mozambique. Y no le digo el nombre de la ciudad para que no me cargue cada vez que me vea. --¿Por qué, cómo se llama? -- Maputo. César no pudo reprimir llenarse de risa, mientras le decía: --¿Así que sos de Maputo? Y Américo no se tragó la respuesta: --De Maputo serás vos. Sí. Esa fue una buena noche, de buenos mensajes en el plato y de mejores mensajes en el aire. Pero don Atilio seguía pensando que si las cebollas hablan, bien pueden hablar los ladrillos. YA ESTÁ BIEN DE JUEGUITOS CON LAS PALABRAS, DOC. ES MOMENTO DE QUE LAS PAREDES EMPIECEN A CONTAR, decía el mensaje en el encalado muro del costado del hospital. Nadie entendió qué quería decir el nuevo graffiti. Nadie, salvo, seguramente, el que lo escribió y la persona a la que estaba destinado. El doctor Nardioni volvió temprano esa tarde a su casa, antes del regreso de César. Se encerró en su estudio e hizo algunos llamados a Buenos Aires. Dio un par de apellidos y nombres, y esperó. Tres horas más tarde sonó el teléfono. Era de Buenos Aires. Era una respuesta. Unos días después llegó una persona. Nadie le prestó mayor atención, porque Aluminé es un lugar de gran belleza y resulta común que lleguen al pueblo varios forasteros por día. Este era particularmente insignificante. Medio calvo, de poco menos de un metro setenta, prolijo en su imagen externa, pero tampoco un enfermo de su cuidado. Traje gris recto, camisa blanca y corbata azul lisa. Se hospedó en una hostería 41 familiar y no pidió nada particular. Si la cena se servía a las veintiuna horas, allí estaría él. Cualquier cosa estaría bien. No era un hombre exigente. Igual, algunas noches comería afuera. Sabía de un restaurante nuevo que había alcanzado cierta buena fama en Neuquén y en Zapala. Dos noches, el recién llegado no cenó en la hostería.

Una tarde de marzo, ya con el otoño a las puertas del viento, Américo recibió una llamada de alguien que dijo ser un enviado de la organización hotelera dueña del restaurante. Había rumores de ciertas irregularidades en el manejo de los números y había que discutirlas. Sí, acababa de llegar. No, no era él el sospechoso, pero la primera reunión convenía no hacerla en el restaurante para no alertar a nadie, en caso de que las sospechas fueran ciertas. Después de cerrar, en la plaza, estaría bien. --Pero a esa hora no va a haber un alma allí —objetó Américo. -- Es lo que necesitamos. Si vamos a hablar de robos conviene que nadie nos vea juntos -respondió la voz. Esa noche, Américo no cocinó ningún mensaje. Apenas si pudo elaborar algunas comidas. César y Celina se dieron cuenta de que algo no andaba bien, pero a la segunda respuesta evasiva a sus dudas dejaron de preguntar. El forastero medio calvo sí comió allí, pero se retiró temprano, luego de un salmón rosado al roquefort con agua mineral y peras en almíbar. Los chicos también se fueron rápido. Claramente, las cosas no estaban para largas charlas; y cuando le dijeron que se iban a dormir, el alivio de Américo fue evidente. Esa noche, ya bien dejada atrás la medianoche, la luna cordillerana vio deslizarse una figura ágil hacia la plaza. Esperó una hora en la oscuridad, pero nadie más apareció. Cansado de caminar sin sentido, volvió a su casa en los fondos del restaurante. A la mañana siguiente, cuando el forastero abrió los ojos, mirar la claridad de la ventana le bastó para darse cuenta de que la mañana estaba ya alta en el cielo. Se incorporó de a poco, pesadamente, en su cama. Le costaba cada movimiento, como si todo su cuerpo estuviera de pronto cargado de trozos de plomo en cada músculo. Cuando finalmente logró levantar la cabeza, se encontró con un papel escrito, pegado sobre la pared, frente a la cabecera de la cama. Decía en letras de grueso marcador negro: “Ha despertado. Eso es bueno, ¿no cree? No queremos dolores tan cerca de la belleza enorme de la montaña. No tiente a la suerte”. Esa misma tarde, el visitante anunció en la hostería que ya había conocido bien el lugar y que debía regresar a su trabajo en Buenos Aires. Tomó el ómnibus de la noche y ya no se lo volvió a ver. “Gracias, soga. Gracias otra vez por la información sobre la crueldad que preparaban. No hemos de tener vergüenza, soga. No hemos de tenerla. Ellos jamás la tuvieron. Habíame, soga. Contame de tus historias. Decime de ellas, que hoy las necesito más que nunca. Habíame.” Y esto dijo la soga: “El Restaurador era un varón de recias convicciones. Cuenta su sobrino, que viajó a Europa sin despedirse y que al regresar fue a visitarlo a su residencia de Palermo. El Dueño lo recibió con su amabilidad de siempre y le preguntó si había desayunado. El muchacho dijo que no. Tenemos que remediar eso -le respondió. Y ordenó que su criada negra le sirviera al muchacho un buen tazón de arroz con leche, antes de dejarlo un rato solo para ocuparse de alguno de sus múltiples deberes. Cuando volvió, saludó de nuevo. Tendrás que contarme algunas cosas de las Europas, sobrino. Pero debes de estar muerto de hambre. Y ordenó otro buen tazón de arroz con leche para el hijo de su hermana. Se marchó de nuevo.

Regresó luego de un instante, solo para acariciar la cabeza del chico y pedirle a la negra que sirviera un tercer tazón de arroz con leche, porque los jóvenes debían estar bien alimentados para crecer con armonía. Siete veces dio la misma orden. Siete tazones bien cargados de arroz con leche debió comer el muchacho antes de que el Restaurador le permitiera marcharse de regreso a su hogar. Entendió el reto sin palabras y nunca más marchó a ningún lado sin despedirse de su tío. Así hacía con los más cercanos a su corazón. Con los que le eran indiferentes era más frío. Y con los que le creaban dificultades, lo era más aún. Camila le creó dificultades. Ella era poco más que una adolescente cuando conoció al padre Uladislao Gutiérrez, un presbítero español que vino a hacerse cargo de un rebaño de fieles, en tiempos en que el mayorazgo del Restaurador no conocía limitaciones humanas y, tal vez, tampoco divinas. De hecho, hasta la propia Federación que dirigía era santa. Nada se hubiera alterado demasiado en los calmos días de aquellos tiempos si Camila hubiera sido opaca, insignificante, fea a los ojos varoniles. Pero no era así. Camila tenía una luz que la acompañaba hasta en los paseos más triviales, su risa daba nostalgia de la alegría y no había hombre que no se diera vuelta a su paso. O si el padre Uladislao hubiera sido un anciano venerable en los últimos años de su labor predicadora... Pero tampoco. Era un joven en la cima de su fortaleza, de pelo oscuro como de cuervo y mirada llena de energía. Cuando se vieron por primera vez, se supieron juntos en cada segundo del porvenir y ya no pudieron verse de ninguna otra forma. Pero ella era una muchachita de una familia que llevaba sus raíces hasta las orillas del río Shannon, en Irlanda, y él, un sacerdote que oficiaba sus comuniones en la Iglesia del Socorro. Nada sino la huida les permitirá vivir de acuerdo a como sienten. Saben del castigo que les llegará si los encuentran. Tamaña afrenta sólo se puede lavar con la propia sangre. Pero saben también que un fin lento y progresivo, una especie de cáncer del alma les aguarda si no tratan de vivir como lo sienten. Tal vez, los dos caminos lleven al mismo sitio, pero uno de ellos puede permitir una breve dicha. Eligen ese: huyen juntos. La respuesta del Restaurador es implacable. El propio padre de Camila, el doctor O’Gorman, pide la pena máxima para la que alguna vez fue su hija. El Amo de la Federación no piensa decepcionarlo. Los fugitivos le han creado dificultades y eso lo autoriza a un castigo mayor que siete tazones de arroz con leche. Los persigue, incita a la delación. El miedo hace el resto. Otro cura, que nada sabe de piedad, los delata; y el hombre de confianza del Restaurador, el coronel Vicente González, más conocido como el Carancho del Monte, los engrilla y los traslada hasta un lugar que desde entonces lleva la ironía en su nombre: los Santos Lugares. La orden es terminar con las dificultades lo antes posible y darle satisfacción a la ira del padre de la rea. El Carancho es hombre de no discutir las órdenes de su jefe, pero una circunstancia inesperada le paraliza el dedo en el gatillo. Ella tiene otra vida dentro suyo. Las leyes de la Federación prohíben el ajusticiamiento de mujeres encinta. Pero el Carancho ignora el pacto que existe entre el Restaurador y Dios. Si el Amo dice que esa vida naciente no existe, así es. Ningún niño está en camino. El futuro alumbramiento se suprime por documento sellado. Entonces, se cumple, a horario, la orden del Restaurador; y las balas por él decretadas destrozan el cuerpo de una muchacha de veintiún años que, por resolución oficial, no está embarazada. Uladislao la acompaña regalándole su muerte. Ejemplares son los castigos por los delitos contra la Fe.

Y eso fue todo. Yo estaba allí, yo supe. Otras manos me habían traído hasta estas tierras. Y aquí me quedé, con mis hilos cada vez más gastados y más viejos y más débiles. Con mi alma como mis hilos.

El mensaje en la entrada del hospital apareció a los pocos días de que partiera el visitante de la hostería: ¿Y. DOCTOR, (QUE HACEMOS? ¿HABLA USTED O HABLAN LAS PAREDES?, decía. El sol caía con suavidad durante ese otoño. Las cimas cercanas mostraban sus primeras cumbres blanqueadas. Las afueras del pueblo invitaban a la placidez, en ese silencio opaco de colores que tiene la cordillera neuquina en mayo. Los espinillos dificultan la marcha, pero si se está atento y se cuenta con experiencia en esos tránsitos, siempre hay senderos que llevan a la calma, a alguna roca que sabe ser asiento. César y Celina tenían experiencia y estaban atentos, la tarde que se citaron para ver el arribo de la noche. --Llegué a Aluminé a los siete años, en el ochenta y tres. Casi siento que ahí empezó mi vida. Apenas si recuerdo alguñas cosas de Buenos Aires. Para mí, mi casa fue siempre esta de ahora. Creo que desde el principio fue así. --Es raro eso —dijo ella—. Yo me acuerdo de bastantes cosas de mis cinco años. Está bien que nací aquí, pero tengo como una certeza del pasado. No es que tenga recuerdos, pero sé que antes hubo algo. --No, yo no. Para mí todo empieza en este pueblo. Y si querés que sea sincero, en mi corazón, mi vida empezó cuando te conocí —le dijo él arrodillándose. ---Tonto —lo retó ella con una sonrisa. Un silencio largo siguió al fingido enojo de Celina, que ella misma rompió. --¿Nunca le preguntase a tu viejo sobre esos años que tenes en blanco? --No. Ya te dije que me parece que le pueden recordar a mi mamá y no quiero hacerlo sufrir. -- Oia. Creo que es la primera vez desde que te conozco que le decís “mi mamá” a tu mamá. --¿Sí? Se me debe de estar pasando la bronca. Bueno, alguna vez tenía que ser. Posiblemente no haya tenido más remedio que hacer lo que hizo. --Estás creciendo, amor. --Estamos creciendo, Celi. Estamos creciendo juntos. Aunque a veces me da la sensación de que vos ya viniste con los años incorporados. --Puede ser. Ahora, mi señor sin pasado, también vine con las ganas de usted en mí. Y está la montaña, el sol que se va, la paz. Y los botones de mi blusa. Mientras hablaba, Celina desabrochó el primer botón. Cesar se acercó para abrazarla y sentir que ese paisaje y esa chica en su abrazo eran la felicidad. Sus dedos siguieron la tarea que ella había iniciado, y el crepúsculo avanzó con cuidado para no molestar a esos dos. La noche los encontró abrazados, olvidados del 47 frío que las pieles tocándose ayudaban a disminuir. Ella le habló entonces al oído. --Una camioneta equipada con todo lo que se necesite para análisis clínicos, electrocardiogramas, radiografías. Un centro de diagnóstico ambulante que vaya por las comunidades y permita detectar problemas de salud antes de que se hagan más graves. ¿Qué te parece, pa? --No sé, César, déjame pensarlo. Así dicho parece caro, pero quién sabe; tal vez algo se pueda hacer. Algo se pudo. Empezaba la primavera cuando la camioneta llegó desde la capital provincial. Todavía sin equipo de rayos, pero era un comienzo. Dos semanas

más tarde inició su viaje inaugural hacia las comunidades mapuches de los alrededores. Cuando no tenía salidas al campo, recorría las zonas más alejadas del centro. Américo invitó al doctor Nardioni al restaurante para homenajearlo por la idea del hospital móvil. Estaban cenando con César, cuando llegó Celina. --¿Vieron la nueva pintada en la pared del hospital? preguntó. --No —le respondió su novio—, estuvimos afuera toda el día y vinimos derecho para acá porque Américo nos invitó a cenar. La chica se sentó sacándose la campera mientras saludaba a su suegro. --Es larga. Dice algo así como que el doctor ese al que le hablan siempre los mensajes tuvo paperas, que quedó estéril y que la verdad está por saberse. No sé bien cómo lo dice, pero el sentido es ese. Ahora lo que yo no entiendo es qué tiene que ver eso de las paperas. Bueno, sí, no puede tener hijos, ¿y? ---Supongo que se explicará en los próximos días -interrumpió el doctor. ---Puede ser —concluyó Celina—. Bueno, ¿ustedes ya pidieron? No, no habían pedido. Américo se acercó, saludó a su amiga, tomó la orden y se alejó a preparar él mismo los primeros mensajes de esa noche con forma de pollo a la portuguesa. Fue la penúltima vez que la soga le contó una historia a las manos que la tomaban. El lugar era oscuro, casi innecesariamente, casi para cumplir con la leyenda. El hombre se movía entre los cuerpos con autoridad, sabiendo lo que hacía. Buscaba un cuerpo en especial, uno que estaba sobre una de las pocas camas. Los cuerpos tirados sobre el piso lo veían pasar y, pese a la capucha que cubría su cabeza, veían el miedo que tenía. Era casi gracioso que ellos, arrumbados en el suelo sobre jergones, con su rostro al aire y rodeados de armas ajenas, le dieran miedo a él, de pie, caminando sin obstáculos, con la cara detenida en la ignorancia. Pero también se daban cuenta algunos, más observadores, que el hombre había aprendido a no hacer caso de su miedo. Sabían a quién buscaba. Él también sabía. Ella también sabía. Ella lo estaba esperando. El hombre se paró delante de la cama para que ella le adivinara la sonrisa. ¿Esperaba 48 49 alguna correspondencia? Ella era una luciérnaga en el lugar, con luz propia en su cuerpo diminuto y tan terriblemente joven... Pero no tenía la sonrisa sencilla. Él se encogió de hombros y se sentó al lado de la cama. --Tengo los resultados de los análisis. --Aja. ¿Y cómo dieron? --Bien, todo está bien. ¿No me queras decir los nombres que pensaste? --No, no quiero. ¿Usted me puede asegurar que me lo van a dejar? --Vos sos muy joven, pero no sos ninguna estúpida. Sabes que aunque te diga que sí, eso no está a mi alcance decidirlo. Si por mí fuera... --Si por usted fuera no usaría su título para atender en un lugar como éste, donde se nos cura para volver al infierno, ¿no, doctor? Si por usted fuera yo estaría en una sala de hospital impecable y limpia y pasaría mi último mes de embarazo bien alimentada. Si por usted fuera no tendría que estar en cama cuidando a mi bebé de las pérdidas por las patadas que me dieron, que, de paso, nunca me hubieran dado si fuera por usted, ¿no? ¿Y se supone que tengo que creerle? Y suponiendo que le creyera, ¿de qué me serviría? --No se supone nada. Solamente estaba tratando de ser realista. --Ah, eso. No, si es por eso, no se preocupe, doctor. Aquí hay un montón de gente que es realista. Le diría que son expertos en realismo. El hombre entendió que ese cuerpo casi adolescente no tenía ninguna indulgencia para con él, como siempre, y que era inútil buscar nada en ese territorio oscurecido.

Cuando volvió al otro día, ya era tarde en la tarde. La poca luz que entraba por el único ventanuco que daba al aire se había vuelto una penumbra quejosa y opaca. Vio primero a los otros: una gangrena que se había empeorado y para la que además no tenía sentido intentar ninguna cura; un abdomen agudo del que ya conocía las causas, reposo y un analgésico. Lo demás era lo de siempre: escoriaciones, fracturas, infecciones urinarias. Ella esperaba semisentada en la cama, con la cabeza morena sobre la pared, la espalda en la almohada. --¿Cómo estás hoy? -quiso saber el hombre cubierto. --Bien, igual. Hace varios días que no tengo pérdidas, que no me aparecen manchas. ¿Eso es bueno, no? 50 --Sí, claro. Quiere decir que el descanso está dando resultado. Hubo un silencio, durante el cual ella miró hacia el piso y él la miró a ella, a través de la tela. --¿Por qué viene cubierto? -preguntó de golpe. --Porque alguna vez todos volveremos a andar por la calle. Ella dejó de mirar a un lado y lentamente volvió la vista al frente, a las pupilas que se adivinaban detrás de los agujeros. Se sonrió con más tristeza que resignación, aunque se le adivinaba la fuerza que hacía para que se pareciera más a lo segundo que a lo primero. --Está muy bien -dijo-. Una respuesta lo suficientemente cínica como para que parezca verdad. Pero usted ya me dijo varias veces que soy inteligente, así que habrá adivinado que me doy cuenta de sus trampas. Ahora dígame en serio, ¿por qué viene cubierto? --Si te digo que es porque les tengo miedo tampoco me vas a creer. --Le voy a creer más que la pavada que dijo antes. --¿En serio crees que es una pavada? --No, doctor, no lo creo. Lo sé. Pero igual eso de lo del miedo a nosotros es una verdad a medias. Creo que tiene que ver con el pollo. --¿Con qué? --Con el pollo. Yo como pollo con puré casi todos los días. Los demás, no. Comen un caldo inmundo que descompone. Me parece que también por eso viene tapado. El pollo lo avergüenza. El hombre no respondió. Dio un cuarto de vuelta sobre sus talones y encaró hacia el pasillo de salida. Desde lejos, anunció: --Mañana vuelvo. Diez días después de la cena que Américo dio en honor del doctor Nardioni por su iniciativa del hospital viajero, Aluminé se encontró con su primera pintada de largo aliento. En la letra más chica que permitía el aerosol, estaba escrita una historia que empezaba en el muro de atrás del hospital, bien arriba, y que lo recorría íntegro, hasta terminar con un anuncio. El texto del hospital decía: EL DOCTOR ERA UN HOMBRE RESPETADO ENTRE LOS MÉDICOS Y ENTRE SUS PACIENTES. TODAVÍA ERA JOVEN. PERO YA HABÍA CONSEGUIDO RECONOCIMIENTOS IMPORTANTES EN SU PROFESIÓN. SEGURAMENTE TEMÍA UNAS GRANDES GANAS DE QUE TODO LO QUE CONSIGUIERA LO CONTINUARAN ALGUNA VEZ SUS HIJOS. YA SE CASARÍA. YA LLEGARÍA ESE CONTINUADOR QUE LO JUSTIFICARÍA. PERO A VECES PASAN COSAS QUE ARRUINAN LOS MEJORES PLANES. UNA TARDE. SE SINTIÓ MAL. NADA SERIO, SIN DUDA, PERO IGUAL CONSULTÓ CON UN COLEGA AMIGO. YA SOS... (CONTINÚA EN LA PARED DE LA POLICÍA). Y sí. En la pared de la comisaría se podía leer:

... PECHABA LO QUE TENÍA, PERO IGUAL QUERÍA LA OPINIÓN DE UN ESPECIALISTA. PAPERAS, LE DIJO SU AMIGO. UN MES MÁS TARDE, UN ANÁLISIS LE CONFIRMÓ SUS PEORES MIEDOS. HABÍA QUEDADO ESTÉRIL. YA NO LLEGARÍA EL QUE LO CONTINUARA. ¿ALLÍ SE CONVIRTIÓ EN UN CANALLA? ES PEMSABLE QUE NO. TAL VEZ. YA LO ERA. O SIN EL TAL VEZ. Mientras el temor recorría el porvenir del doctor y mientras él descubría horrorizado que ya no podía hacer nada para silenciar las paredes, que cualquier cosa que hiciese sólo serviría para empeorar su situación, que debía aceptar que la voz anónima del aerosol lo había vencido, su gloria inmediata parecía no tener límites. La Municipalidad de Aluminé había organizado un encuentro en el que se agasajaría al hombre que había superado con creces la simple conducción del hospital zonal. Nadie faltó al homenaje. Todo el pueblo pareció volcarse al salón municipal, para demostrarle su agradecimiento. Todos los discursos dieron las gracias de mil formas diferentes. El doctor fue parco en su respuesta, y cuando el último orador cerró la noche, también destacó la breve intervención del agasajado, como una muestra más, “por si hiciera falta”, de la “enormidad del alma de quien prefiere hablar con los hechos antes que con las palabras”. César ocupaba feliz y orgulloso la primera fila junto a Celina, que hasta había optado por un vestido largo para compartir la felicidad de su amor. El doctor los miró desde el escenario y le pareció, en un instante de pesadilla, que todas las paredes de Aluminé, escritas con aquel diabólico aerosol negro, caían sobre ellos. Esa noche, los chicos decidieron terminar la fiesta en casa de Américo. El doctor volvió solo a la suya y se encerró en su estudio para volver a concluir que alguien que no conocía, con un aerosol en la mano, había destruido una historia que le había llevado veinte años edificar. Sabía que a la mañana siguiente se encontraría en el punto más alto del alma de César, el lugar donde había pretendido estar desde el momento en que lo arrancó de los brazos de su madre; desde el día en que no impidió que una muchacha tremendamente lúcida viajara dormida en un avión indigno. Ahora, finalmente, todo aquello empezaba a tener sentido. Y exactamente en este ahora se le ocurre a la verdad aparecer desde el pasado, para vestirse de graffiti en la pared mal blanqueada de un pueblo perdido en medio de la cordillera. --¿Pero qué carajo quiere este tipo de los mensajes? ¿Nada, no quiere nada? ¿Quiere solamente terminarme, mandarme a la nada, como yo mandé a esa chica hace ya años? Pero, ¿quién es?

Y la noche no responde. La oscuridad es muchas veces silenciosa. Un whisky ayudará, doctor. Un buen wisky, claro, de esos que sólo los muy conocedores pueden apreciar en toda su delicadeza. Tchaikovsky también ayudará. Ah, el concierto número uno para piano y orquesta, que tanta paz le dio tantas veces. El whisky es el de siempre, el concierto no ha cambiado, porque Piotr hace décadas que ha muerto y no ha modificado, que se conozca, una sola de sus maravillosas notas desde entonces; pero todo tiene en esa madrugada silenciosa un insoportable sabor a derrumbe. Construyó su propia verdad como una pared y viene a ser una pared la que... Sí que es una ironía. Alguien debería prohibirle a la realidad esas bromas macabras. Extrañamente, nunca volvió a la idea de que el autor de los mensajes podía ser Américo. Desde la huida del enviado de Buenos Aires, sus viejos camaradas no quisieron ayudar más y él se convenció de que el escribidor de mensajes en las sartenes no tenía nada que ver con los muros divulgadores de pasados. Una especie de fatalismo lo está ganando por dentro. Allí, en la semiluz

de su noche más gloriosa, el doctor Atilio Nardioni se dijo que ya era el momento de empezar a marcharse. --Te dije que iba a volver, Alcira. --Un hombre que vuelve con la cabeza tapada no vuelve nunca, doctor. Usted no puede volver. Para volver a un lugar primero hay que haber estado allí, y usted jamás estuvo. --Linda frase, muy poética. Pero vos sabes que no es cierta. Si querés te puedo contar lo que hicimos ayer. --Por favor, no me incluya en ese hicimos que me da escalofríos escucharlo. Y no me cuente nada, que la verdad no me importa gran cosa. Si lo tranquiliza decir que volvió, hágalo. Aquel guardia de la puerta no me va a dejar impedírselo. --Decidí hacerte una cesárea. Pronto el bebé va a estar listo. --¿Por qué?, ¿algo anda mal? --No, pero no confío en nadie más, y si yo no estoy cuando venga el bebé, el que esté en el parto puede hacerte cualquier barbaridad y no quiero correr riesgos. Vas a entrar conmigo al quirófano y vas a salir con tu hijo en brazos. Así, en una de esas, empezás a confiar un poco más en mí. --Aunque me cueste aceptarlo, me parece que realmente le interesa que crea en usted ¿Por qué le interesa tanto? ¿En qué cambia la realidad de este lugar que yo le crea? La realidad de este lugar, en nada. Tu realidad puede que mucho. --¿Qué?, ¿me va a decir que en este tiempo que llevamos de conocernos se enamoró de mí? --No, podría haber pasado, porque sos muy hermosa; pero no voy a insultar tu inteligencia con un cuento así. Digamos que me tomo ciertas prerrogativas de amo. --Usted insiste con sus excusas cínicas, lo suficientemente hijas de puta como para que suenen a verdad. Acuérdese que sigue existiendo el asunto del pollo. --Podría ser otra de mis licencias de amo. --Podría, pero por algún motivo que debe de tener que ver con su cara oculta, ese pollo me huele más a podrido que a licencia de amo. --Bueno, la cesárea te va a enseñar a ser menos desconfiada. --La cesárea me va a enseñar, por lo pronto, que me quiere para usted. --Adiós, Alcira. --Adiós, Nadie. Decía la pared del correo: SIN EMBARGO. LA VIDA SUELE DARNOS SEGUNDAS OPORTUNIDADES. COMO MÉDICO DE LOS DUEÑOS DEL TERROR, EL DOC TENÍA ACCESO A UN VASTO NÚMERO DE CHICOS QUE PODRÍAN REEMPLAZAR AL QUE NO IBA A ENGENDRAR CON SU ESPERMA. PERO EL DOCTOR NO ERA UN IDIOTA. HIZO TODO BIEN. BUSCÓ Y BUSCÓ SIN DESLUMBRARSE CON LAS PRIMERAS OPORTUNIDADES OFRECIDAS, HASTA QUE ENCONTRÓ A UNA MUCHACHA CASI ADOLESCENTE, SIN FAMILIARES, SIN PAREJA, PARA CONVER... (sigue en la farmacia) TIRLA EN VEHÍCULO PARA SU CONTINUIDAD. EL RESTO ES SENCILLO DE IMAGINAR. UN BEBÉ QUE MACE, UNA CHICA QUE MUERE. UNOS PAPELES QUE SE INVENTAN CON PROLIJIDAD OFICIAL. TODO SE... (sigue en la terminal)

HIZO CON GRAN RESPETO POR EL FUTURO. EL DOCTOR SIGUE SIENDO UN DOCTOR. EL HIJO O HIJA SIGUE SIENDO HIJO O HIJA. Y EL FUTURO, COMO SIEMPRE OCURRE, LLEGÓ. HOY ES LA MAÑANA DEL ÚLTIMO FUTURO DEL DOCTOR. MAÑANA, ALUMINÉ VA A ENCONTRAR ESCRITO UN NOMBRE Y UN APELLIDO EN ALGUNA DE SUS PAREDES. A esa altura, la novedad de las paredes parlantes había trascendido la cordillera, y varios diarios, canales de televisión y radios habían llegado para leer esa especie de novela escrita a lo largo de todo un pueblo. Siguió hablando la soga casi en una última y dolorosa ocasión. Sólo una ve/ más diría su voz, pero no era todavía la hora del final. Antes había que pintar en palabras un parto y una muerte. “¿No nos contaban cuando éramos niños sobre el vuelo de cigüeñas que nos traían, soga? En un vuelo cruel llegó el nacimiento, en otro vuelo cruel marchó el morir. ¡Qué de quirófanos y de aeropuertos tienen nuestros dolores, soga! Quiero seguir oyendo tu historia, soga. Quiero seguir oyendo. Quiero seguir. Quiero.” Estas cosas fueron narradas entonces: --Ya es tiempo, Alcira. Es nuestro turno. En un par de horas ff «, vas a estar otra vez aquí con tu hijo. --Ya le dije que no me incluya, doctor. No es nuestro turno. Es el suyo. --Bueno, como quieras. No voy a discutir cuestiones filosóficas en este momento. --No es filosofía. Tiene que ver con mi hijo. Él llega aquí porque usted lo decidió, no yo, ni él. Pero tiene razón. No vamos a discutir ahora. Lléveme. El doctor con telón en los ojos no tenía rostro, pero tenía eficacia. Carecía de nombre, pero no de técnica. Cuando Alcira volvió de su sueño anestésico le trajeron a su hijo, un varón, para que lo amamantara. Y teta y boca fueron uno para que Alcira y el bebé fueran uno. --¿Ya le pusiste nombre? -preguntó la capucha un día apareciendo por sorpresa. Ella se sobresaltó. --Ah, es usted. Sí, ya tiene nombre, pero será un secreto entre él y yo. Usted no tiene por qué saberlo. Nadie aquí tiene por qué saberlo. Se lo voy a decir despacito, haciéndole cosquillas en la oreja con mis labios, para que lo recuerde cuando sea necesario. Y él lo recordará, no lo dude. Él va a oír mi voz cuando tenga que oírla. --¿Seguís teniendo dudas? --Ya le expliqué que yo no tengo dudas. Tengo sólo certezas. Ahora déjeme sola que quiero estar con mi hijo. La capucha se fue sin mirarla. O mejor dicho, mirándola de otro modo. Pero Alara ya no tenía ojos. Era ya únicamente dos tetas, dos grandes tetas. Cuarenta días duró ese destino. El doctor sin cara llegó entonces con una jeringa. --¿Ya es la hora? -preguntó la muchacha. --No seas tonta. Tus últimos análisis dieron un poco de anemia. Esto es hierro. --Tengo miedo -le dijo ella mirándolo a los ojos con los suyos inundados. --Pero ya te dije que no es nada. No hay por qué tener miedo. --Míreme -le pidió agarrándolo de un brazo-. Míreme a través de esos agujeros. Júreme que lo va a cuidar. --Pero ya te dije... --Sí, sí, ya sé que es nada más que hierro. Igual júreme. Todos ustedes creen mucho en Dios. Nunca entendí cómo hacían, pero ahora ya no me importa averiguarlo. Júreme por Dios que lo va a cuidar. Alcira no le quitaba los dedos de

su brazo ni los ojos de los orificios de la tela. El doctor apartó la mano de ella y le respondió sin mirarla. --Bueno, si te deja más tranquila, te lo juro... --No, no me deja más tranquila. Es una forma de irme con menos llanto. Apenas eso... Lentamente empezó a perderse en el sueño. Hasta que ya no pudo encontrarse. Dos veces tenía razón. No era hierro. Y se fue con menos llanto. Dormida, se fue. Sólo una vez más hablaré —dijo la soga—. Ahora quiero callar. Estoy cansada. Epílogo El sol empezaba sus últimos minutos sobre las líneas de la cordillera y, en el desolado paisaje de Aluminé, la figura encorvada del doctor Nardioni evitaba las grandes piedras del terreno, hasta que encontró una roca lisa que le podía servir de asiento para no manchar su pantalón gris nuevo. Miró hacia la enorme masa de piedra que le cortaba la vista y se puso a imaginar el día de mañana, cuando toda su vida se quedara en un nombre escrito en una pared. --¿Cuánto duele la verdad, doctor? —preguntó alguien a su espalda. --¿Así que eras vos? -preguntó Atilio Nardioni, reconociendo el sonido de esa voz sin necesidad de volverse—. Nunca me lo imaginé. Hasta en César llegué a pensar. Pero en vos... Entonces sí, se dio vuelta. Ya era casi de noche y, antes de que se fuera toda la luz, quería ver la cara que tenía su derrota. --¿Te lo va a perdonar mi hijo? -preguntó. --Estoy segura de que sí. Y no es su hijo —le contestó Celina. --¿Por qué lo hiciste? -quiso saber el doctor-. ¿Alcira era algo tuyo? --Podría decirle que era mi hermana en la sangre de los humanos, pero usted no está para esas profundidades. No, no era nada mío. Para que me comprenda tengo que ir un poco más atrás. Tengo que ir ocho siglos atrás. --No entiendo. --Y cuando termine de hablar yo, va a entender todavía menos, no se preocupe. Es una vieja historia. Pasó en Castilla, hace ochocientos años... Y contó entonces Celina de las infamias del Hombre Cruel, de la violencia a una chica campesina llamada Isela y a su amado labrador, de la muerte de los dos, de la justicia que se le prometió a él en una noche solitaria, junto al fuego, en un campo desnudo. -- Todo se perdió, menos la soga donde ella se colgó tras la injuria del Cruel. Y hubo quienes rescataron la soga y quienes siguieron la semilla del Malvado. Y el Malvado tuvo descendientes que siguieron desparramando el dolor, porque en todos anidaba la infamia. Y siempre estuvieron al lado los portadores de la soga, oyendo lo que ella tenía para decirles. Pero la profecía hablaba de que la justicia llegaría cuando la semilla del Cruel ya no pudiera reproducirse, cuando el último vestigio de aquel primer injusto fuera realmente el último. ---Y yo soy ese. ---Usted es ése. --Porque no puedo tener hijos. Porque no puede tener hijos. Las paredes le han demostrado que yo sé.

--O sea, ¿todo esto tiene que ver con un crimen que pasó hace ochocientos años? --¿No le parece que es un poco simple, Nardioni? No menosprecie sus propios logros en la desdicha. Digamos que tiene que ver con una larga cadena de llanto que empezó hace ocho siglos y que al fin tiene su pena. --¿Y por qué tengo yo que pagar por todos? --Porque así fue dicho y porque alguien tiene que hacerlo. Y porque a veces, muy de rato en rato, hay castigos hermosos como amaneceres. --¿Y cómo sigue esto? --Depende de usted. Puede leer su nombre mañana en las paredes o puede no hacerlo. A las once sale el último micro hacia la Capital. Su ida la puede explicar como le parezca. Entonces no habrá el apellido de César escrito en aerosol y habrá un algo como de pasados que respiran mejor. --Justo ahora que había logrado convertirme en alguien que César podía mirar con orgullo. --Sí, ya sé. Eso también fue mi obra. Cada cosa que le sugería César a usted había nacido de una palabra mía. No se equivoque, Nardioni. Paso a paso edifique su altura para que su caída fuera gigante. Nunca estuvo al borde de nada. Todo fue una mentira, como usted, padre estéril, médico asesino. Así que no se queje. La soga le regala su pobre vida de, digamos, ¿30 años a partir de ahora? Es bastante más que lo que sus antecesores en la crueldad le regalaron a Isela, a Anele, a Camila. Es bastante más que lo que usted le hizo a Alcira. Nada iba bien. Ni la torpe visita de su asesino iba bien. --Pensaste en todo. --No fui yo -empezó a decir Celina. Y mirando hacia la cordillera murmuró, antes de callar en la profunda oscuridad de las estrellas-. Fue la belleza. Esa noche, el último autobús que salía de Aluminé recibió un pasajero de último momento, con un bolso de mano por todo equipaje. Celina hizo un llamado a Buenos Aires para pasar el nombre y el apellido que no dirían las paredes del pueblo. “Ya está. Es cosa de otras manos ahora”, pensó. Y a la mañana siguiente amaneció la decepción de las paredes vacías. Celina sabía que pronto habría en César un nuevo nacimiento. Que la inesperada partida de su padre por trámites urgentes en la Capital era una invención de vida corta. Se prometió compartirle una vida crecida de verdades. Pero antes de eso le debía un regalo. --Tengo esto para vos, le dijo mientras se lo entregaba en el desayuno. --¿Un pedazo de soga destruido? --Sí. Un pedazo de soga destruido. Tómalo, amor. Esa noche se amaron como nunca. Y después se abrazaron fuerte y, así, con los brazos del otro apretando el propio cuerpo, haciéndose uno solo, durmieron como siempre, pero con el pequeño trozo de soga a los pies. Y soñó Cesar. Soñó un sueño largo, claro, evidente. Soñó con dos tetas plenas que alimentaban a un bebé, que se prolongaban en un cuello, en un mentón, en una boca dulce, que se perdían en la soga y que le daban a los toscos hilos trenzados una voz suave. Una voz que le hablaba despacio, como un soplido. Y que en el susurro le decía, haciéndole cosquillas en las orejas con los labios: “Dormí mi chiquito amado, dormí sin miedo que todo está bien, dormí tranquilo que cuando despiertes te voy a contar historias de elefantes y monos, dormí, cielo, dormí en paz... Dormí que ya va a venir el día. Dormí, mi lindo, y recordá este nombre que te doy. Dormí, Lorenzo. Dormí”.

62 índice Esta historia comienza con una codicia 1 Esta historia continúa con una ausencia 5 Epílogo 25