La primera clase de surf, después de años de espera

4 ene. 2014 - La escuela no sólo era de surf, también de sandboard y slackline. Y si había hecho algún deporte de tabla, mejor. ¿Snowboard? Sí, cla-.
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SÁBADO | 3

| Sábado 4 de enero de 2014

EXPERIENCIAs Fernando Massa

La primera clase de surf, después de años de espera Nuestro redactor cumple el viejo anhelo de domar las olas o por lo menos intentarlo con el consejo de expertos profesores

S

punta del este

i había esperado 32 años para intentarlo, podía esperar unos días más a que el mar no estuviera tan picado, dejar pasar la tormenta eléctrica y esperar a que el clima resultara óptimo. Ideal para que durante esa primera y tal vez única clase que tomara lograra el desafío de pararme. Porque eso es lo que te preguntan casi todos: “¿Y, te paraste?” Lo contrario sonaba a fracaso. Los chicos de la escuela Sabelo estaban ahí, tal como lo recordaba del verano pasado, cuando cada vez que tenía un minuto bajaba a la arena de la 29 de la Brava para darme un chapuzón en el mar y despejar la cabeza. A ellos sólo los relojeaba de costado. Ni me pregunté si algún día tendría ganas de aprender a surfear. “Es fácil pararse –me dijeron–, la mayoría lo hace en la primera clase, pero hay otros que les lleva dos.” La escuela no sólo era de surf, también de sandboard y slackline. Y si había hecho algún deporte de tabla, mejor. ¿Snowboard? Sí, claro que servía. Y el tema de la edad no era un impedimento: tomaban clases chicos desde cuatro o cinco años hasta mayores de 50. Arrancaría con un tablón de espuma para ganar mayor estabilidad y no lastimarme. Pero me advirtieron que esa mañana estaba demasiado picado para un principiante: “Un día como hoy si te revuelca una ola demasiado le podés tomar miedo”. Es curioso cómo uno se autocondiciona a veces, sin siquiera dejar lugar al debate interno. Desde muy chico pasé mis eneros en Mar del Plata. Ya más adolescente, con un amigo, bajábamos a Playa Grande incluso aquellos días que sabíamos que el temporal estaba al caer. Mientras caminaba por la rambla los ob-

servaba: boyas de negro, al lado de la escollera, esperando su ola. Juntos y solos al mismo tiempo. Anfitriones de la playa: los primeros en llegar, los últimos en irse. Pero más allá de la atracción que generaba en mí este deporte, su estilo de vida nómade y relajado, nunca me acerqué. Los creía una tribu lejana, que no tenía nada que ver conmigo, un porteño que se quedaba hasta la noche en la playa también, pero jugando al fútbol. Siempre supe, equivocado o no, que no era algo para mí. Incluso cuando mi amigo se pasó del body boarding al surf no me animé a imitarlo. Y eso que pasábamos todo el día juntos y era tan porteño como yo. Muchas veces hasta me quedé sentado en la orilla un par de horas observándolo y esperando a que saliera para irnos a pavear por ahí. Lo que me llama la atención hoy es que ni siquiera una sola vez le pedí prestada la tabla para meterme al agua. “Fernando: surfeamos mañana, claro que sí. Va a ser extremo porque habrá olas fuertes, así que ¡a prepararse!”, fue el mensaje de Nano Antía, puntano de 24 años, y uno de los creadores de la escuela Sabelo, junto con Jano González. Con él tomaría la clase. Y resultó tal como lo predijo: la tormenta del día anterior había traído olas y el pampero estaba haciendo de las suyas esa mañana. “Aprender hoy, acá en la Brava, es como largarse por primera vez con la bicicleta con zanjas, pozos y obstáculos. Todo se hace más difícil”, me dijo Nano ya en la playa. Agarramos el auto y nos fuimos para la 10 de la Mansa, donde el banco de arena es más largo y el movimiento de las olas más calmo y previsible. “El surf es interpretar el mar y saber usar la tabla dentro de la ola”, me dijo. Un deporte en que uno se cae,

nunca se tira. Hay que conocer el mar, tu cuerpo, tus límites. Es camaradería. Siempre con tres variables: el mar, el viento y los bancos de arena. Agarrar la ola como onda y bajar con la rompiente. Nano parecía un estudioso de la meteorología por más que se hubiese recibido de contador. Lo explicaba con pasión, claridad y precisión. Se nota que ama lo que hace y sabe transmitirlo. Con mi tablón bajo el brazo y el traje de neoprene puesto pasamos a lo práctico. Me mostraron el alma de la tabla, esa línea perpendicular que la cruza, a qué altura acostarse y cómo moverse como un soldado cuerpo a tierra. Verlo a Nano pararse sobre la tabla afuera del agua parecía fácil. No lo fue tanto: arrastrar un pie hacia adelante, impulsarme con el otro, quedar en cuclillas, bien posicionado, los brazos como los de un karateka, la mirada al frente. La técnica lo es todo. Era cierto. Desde afuera las olas se ven mucho más chicas que arriba de la tabla. Y ya es un desafío comprender cuándo pasar la tabla por abajo, cuándo por arriba de una ola al entrar. Ni hablar de acostarse a la altura precisa y levantar el pecho como si se hiciera una espinal. Las olas las elige Nano, también me gira y me grita cuándo empezar a remar, cuándo pararme. “Arriba, dale que esperaste 32 años para este momento.” El mar me revuelca una y otra vez. Entrar con la tabla es recibir cachetazos constantes. Te tiran atrás, te levantás y encarás la próxima ola. Pero después se calma. Y lo más lindo, sentarse arriba a esperar la ola. Me relaja y puedo recuperar el aire. El día que entendí que esto era una cuenta pendiente fue en un bar, unos seis años atrás, sentado en la barra con unas cervezas, en una de las primeras salidas con la persona

fernando font

Una escuela que espera en la parada 29 Los chicos de Sabelo están en la parada 29 de la Brava, hasta que cae el sol. Una clase, que entre lo teórico y lo práctico suele durar una hora, cuesta 30 dólares. Se recomiendan, por lo menos, seis

que hoy sigue a mi lado. No sé si me lo preguntó ella o lo largué yo. Dije que si había algo que me hubiese gustado ser era surfista. Se rió. Todavía hoy se ríe cuando lo recordamos. Traté de explicarme en ese momento, pero no me convencí ni a mí mismo. Sí, era una idiotez. Hoy puedo decir lo contrario. No lo era, y eso que estuve lejos de pararme y surfear una ola. ¿Cuántos intentos fueron? ¿Ocho? ¿Nueve? En el más cercano terminé con los pies mal apoyados sobre la tabla y me caí de costado enseguida. Salí del

mar como si hubiese jugado dos partidos de fútbol seguidos. Me había tragado medio mar, no me quedaba fuerza en los brazos ni en las piernas. Estaba reventado, pero feliz. Ya no me importaba no haberme parado. Me hubiese gustado, sí. Pero había pasado casi una hora haciendo algo que me resultó hermoso. Y que quiero volver a intentar. Eso sí: el día que tenga hijos les voy a insistir que aprovechen a aprender a surfear desde chicos, porque pasados los 30 y fuera de estado, se hace más difícil.ß