La navidad en Belén - Obrero Fiel

Venían muy despacito. La mujer tenía la mano sobre el hombro del hombre y parecía estar demasiado cansada. El hombre la veía con ansiedad. Se pararon ...
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La navidad en Belén, ¿cómo hubiera sido? Equipo Obrerofiel Ni tú ni yo escogimos cuándo íbamos a vivir. Nacimos dos mil años después del primer día de navidad, y no teníamos nada que decir al caso. Pero no hay nada que nos impida fingir o pretender. Vamos a pretender o fingir a que tú y tu familia estaban entre los muchos descendientes de David quienes habían llegado a Belén para ser empadronados. ¡Tal vez habrías sido uno de los que se hospedó en mi casa! Belén solo tenía un mesón pequeño, y ese mesón se había llenado con los primeros viajeros que llegaron. Los demás tenían que buscar un lugar para dormir en las casas de desconocidos, o en establos, o dondequiera que habría lugar para acostarse. Y en ese sentido la primera navidad en Belén hubiera sido como nuestra navidad hoy. Nuestra casa hubiera sido llena de invitados en ese tiempo también, tanto adultos como niños. Pero NO hubiera sido un día festivo. Familias estaban llegando a Belén para pagar sus impuestos a un emperador que odiaban. Llegaban con temor y enojo. No sabían que esa navidad algo hermoso iba a ocurrir. Tal vez no hubiéramos comido a la mesa. Nos hubiéramos sentado en petates en el piso, y tomado nuestra carne y pan en la mano. Estoy segura que a ustedes los niños les hubieran gustado eso mucho más que sentarse a la mesa, ¿verdad? Me imagino que yo como la mamá hubiera pasado la mayor parte de la mañana haciendo vuelta a la piedra amoladera que las mujeres usaban en aquellos días, moliendo la harina para hacer el pan. No se podía comprar harina en la tienda. El trabajo era laborioso y cansado. En esos días se esperaba que todos los niños ayudaran con el trabajo. Ustedes los niños varones hubieran ido con los hombres a la siembra en las afueras del pueblo. Las niñas hubieran ido conmigo para llenar nuestros cántaros de agua en el pozo público que estaba cerca de la casa. Hubiéramos balanceado nuestros cántaros en las cabezas y pisado con cuidado en la calle angosta y llena de gente. Belén se había llenado tanto de gente viajera que hubiera sido difícil moverse por las calles. Hombres jalaban y gritaban a sus burros bien cargados. Las mujeres cargaban a sus hijos. Los niños más grandes cargaban bultos de comida. Todos parecían estar de mal humor y cansados. Algunos se acercaban al edificio gigantesco donde los soldados romanos estaban tomando el rol para los impuestos. Otros habían apenas llegado a Belén y se asomaban ansiosamente a las puertas, buscando dónde había un lugar para pasar la noche. Todo lo que necesitaban era un cuarto lo suficientemente grande para acomodar sus capas y acostarse. Sólo necesitaban un poco de agua para lavar el polvo del camino de sus pies. Pero aún estas cosas simples eran difíciles de encontrar en ese tiempo. Nosotras hubiéramos caminado con nuestros cántaros con mucha cautela por las calles, esperando que nadie nos diera un empujón. Regresando con nuestros cántaros hubiera sido más despacio y más difícil porque ahora los cántaros llenos de agua pesaban mucho. Cuando al fin todos los cántaros estaban llenos y el trabajo de los hombres se había terminado, creo que tú te hubieras acercado a la puerta donde el camino del norte entraba a Belén. Hubieras subido a la pared junto al camino, te hubieras sentado cerca de otros niños y de los hombres ancianos para ver quiénes estaban por llegar a Belén. Solos y en grupos venía la gente, caminando rápidamente ya que casi llegaban a su destino, subiendo la cuesta a Belén. Algunos de ellos, decían los ancianos, venían de muy lejos, hasta del pueblo de Nazaret. No lo podías creer. ¡Más

que 150 kilómetros! Esto quería decir que fue un viaje de tres días y cuatro noches, durmiendo en las noches junto al camino. Tal vez te hubieras acercado al anciano que se sentaba junto a ti en la pared, y porque los ancianos saben todo, le preguntaste, “¿Por qué llegan todas estas personas a Belén para ser contados?” El anciano cerró sus ojos como si estuviera viendo atrás por los siglos. Dijo, “Sus vis-vis-vis-vis abuelos vivían aquí hace muchos años. Eso significa que este es su pueblo natal, tal como es el nuestro. Y al César...” y en eso escupió el anciano para mostrar lo que pensaba de César, “…Al César no le importa qué tan lejos tiene que viajar la gente si hace más fácil su contabilidad”. El sol de la tarde todavía calentaba tus hombros. La pared estaba calientita. Por un momento cerraste tus ojos. Cuando los abriste, allí venía un hombre caminando y una mujer montada en un burro. Venían muy despacito. La mujer tenía la mano sobre el hombro del hombre y parecía estar demasiado cansada. El hombre la veía con ansiedad. Se pararon enfrente de ti. La mujer volteó para ver al hombre y en eso viste su cara. Tu corazón dio un brinquito. Porque en la cara de esta mujer, tan pálida y cansada, había una sonrisa que te hacía olvidar de los impuestos, de los soldados romanos ¡y aún del mismo Augusto César! Esa noche, envuelto en tu capa junto a los demás en el piso de tu casa, no podías dormir pensando en esa sonrisa. Fue algo muy raro estos días ver una cara feliz. Te preguntaste si ese hombre y esa mujer hubieran encontrado un lugar para dormir. Esta era una noche muy especial. No sabías cómo lo sabías, pero sabías que algo extraordinario estaba por ocurrir. A ti y a todos los demás. Algo tan extraordinario que casi tenías miedo de respirar temiendo romper el silencio. Era muy tarde cuando de repente te paraste. En un instante los demás niños estaban de pie también. Había un escándalo en la calle. Podías oír hombres gritando, corriendo, sus sandalias arrastrando en las piedras de la calle. Corriste a la puerta, pisando por encima de adultos envueltos en sus capas, todavía dormidos. Te fijaste bien en los hombres que estaban gritando en la calle a media noche. Parecían hombres del campo, pastores de ovejas. ¿Qué estaban diciendo? ¿Que habían visto un ángel? Te fijaste la vista otra vez en ellos para estar seguro que eran pastores y no locos. Parecían hombres fuertes y rudos – hombres que vivían en el campo, que peleaban con lobos con solo palos y piedras para defender sus ovejas. No eran el tipo de hombre que hubiera imaginado cosas. Repitieron que habían visto un ángel. Y el ángel les había hablado acerca de un bebé nacido en Belén, un bebé llamado “Salvador” y “Señor”. Acababan de ver al bebé con sus propios ojos – en el establo atrás del mesón – y querían que todo mundo supiera de él. Tú no esperaste para oír más. Todos ustedes los niños corrieron tan rápidamente que podían. Pasaron por enfrente de casas donde la gente estaba asomándose por las puertas, preguntando de qué se trataba todo el escándalo. Corrieron al mesón, pasaron atrás donde estaba el establo, entonces con mucho cuidado, sin hacer ruido, abrieron la puerta. ¡Allí estaba! La mujer joven con la sonrisa radiante. Se apoyaba sobre una de las casillas del establo, y los ojos en la cara feliz estaban cerrados. El hombre estaba a su lado. Y atrás de ellos, en el pesebre donde las vacas llegaban a comer, ¡estaba el bebé! Era una cosa pequeñita, bien envuelta en una banda larga de lino, y dormía profundamente como duermen los recién nacidos. 2

Dormía como si el mundo no había esperado miles de años por este momento. Dormía tan profundamente como si tu vida y mi vida no estaban envueltas en su nacimiento. Dormía como si desde este momento todo el pecado y la tristeza del mundo no eran ni siquiera su problema. ¿Deberías hablar con la mujer que descansaba en ese lugar? ¿Deberías preguntarle si podrías solo tocar el bebé – no para despertarlo, sino para sólo tocar su manita? ¡Qué momento hubiera sido! ¡Haber tendido la mano y tocado el HIJO DE DIOS!

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