Dolorosa de la Amargura: Autor desconocido (S.XVIII ... - Tenerife

Tenerife en diversas ocasiones y de hecho falleció en esta isla en la que residió con ...... mar con más pasión y alegría el servicio que estamos pres- tando.
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2017 Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife

Dolorosa de la Amargura: Autor desconocido (S.XVIII). Parroquia San Francisco de Asís

Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife

Imagen de portada: Dolorosa de la Amargura Autor desconocido (S.XVIII). Parroquia San Francisco de Asís Edita: Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife Alcaldía Gabinete de Protocolo Diseño y maqueta: Grafic Freelance Fotografías: Banco de Imágenes Ayuntamiento Santa Cruz de Tenerife Impresión: Gráficas Sabater, S.L. Santa Cruz de Tenerife 2017

Semana Santa 2017

“Dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas”

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† Bernardo Álvarez Afonso Obispo Nivariense

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Queridos diocesanos, es el momento, “buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón”. No dejemos pasar esta oportunidad. Les invito a celebrar la Semana Santa con alma, corazón y vida, acercándonos personalmente a Cristo, que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre. En nuestra Diócesis, la Semana Santa de este año 2017 está enmarcada en el Plan de Pastoral que, en el presente curso, está orientado a fortalecer nuestra identidad de discípulos de Jesucristo. Ser cristiano es ser discípulo, que consiste -sobre todo- en pensar, sentir y vivir como Cristo. En efecto, como afirma el apóstol San Juan, “quien dice que cree en él, debe vivir como vivió él” (1Jn. 2,6). Desde antiguo, los grandes escritores cristianos y los santos, han señalado que la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que es precisamente lo que celebramos en la Semana Santa, es la gran escuela en la que aprendemos a conocer, amar y seguir a Jesucristo. Lógicamente, para ello es necesario contemplar a Cristo por fuera y por dentro. Fijarnos en todo lo que tuvo que pasar, escuchar sus palabras, fijarnos en sus actitudes, sus sentimientos, sus reacciones… Todo esto para aprender de Él y conformar nuestra manera de vivir con la suya. El mismo Jesús, antes de padecer, (en la Última Cena), se levantó de la mesa y –como si de un criado se tratara- se puso a lavar los pies a los discípulos. Luego les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn. 13,12-15). Este gesto de servicio, adquiere su máxima expresión cuando Jesús entrega su vida en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación, cumpliendo así sus palabras: “Yo no he venido al mundo para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate de muchos” (Mc. 10,45).

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Ser discípulo de Cristo es seguir su ejemplo. A parte de este momento del lavatorio de los pies, en otras ocasiones Jesús insiste a sus discípulos que deben tomarle a Él como modelo de vida. Así, les dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11,29); y también, “como yo os he amado, así también debéis amaros vosotros los unos a los otros” (Jn. 13,34). Por activa y por pasiva, Jesús no cesa de repetir que quien quiera ser discípulo suyo, debe renunciar a sí mismo y seguir sus pasos. Como le pasó a todos los apóstoles, a San Pedro le costó ser un verdadero discípulo de Jesús. Estuvo presente en la Última Cena, igual que en otros momentos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Pese a su debilidad (negó públicamente conocer a Jesucristo), con dolor y lágrimas, acabó aprendiendo a ser un verdadero discípulo. Por eso, en su primera carta, nos recuerda a todos: “Cristo padeció por vosotros, dejándonos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el madero de la cruz, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados”. (1Pe. 2,21-24). Nos dio ejemplo para que sigamos sus pasos. Jesús nunca pidió hacer algo que Él no hiciera antes. Todas sus palabras son creíbles porque siempre iban acompañadas con los hechos. Él nos demostró cómo se puede vivir en este mundo haciendo la voluntad de Dios en todo, sin dejarse vencer por las tentaciones del mal. No tenemos otra opción. Para ser realmente cristianos debemos seguir las pisadas de Cristo, viviendo como Él vivió, imitando su modo de actuar, su amor, su misericordia, su bondad y generosidad. San Pablo lo expresa así: “Que cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación; pues tampoco Cristo buscó su propio agrado, antes bien, como dice la Escritura: Los ultrajes de los que te ultrajaron cayeron sobre mí” (Rom. 15,1-3).

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En la Semana Santa, tanto en la Celebraciones Litúrgicas como en las escenas de los Pasos Procesionales, podemos hacer memoria, contemplar y aprender de Cristo para llegar a “tener entre nosotros sus mismos sentimientos”. Aprender de Él, que, ante el daño que le hicieron, no devolvió mal por mal, no respondió maldición con maldición, no amenazó a sus verdugos, sino que les perdonó. Aprender de Él que, cargando con las culpas y pecados que no le correspondían, en vez de tomar venganza encomendó su situación a Dios Padre que juzga justamente. De este modo cargó los pecados de todos nosotros para traernos la salvación. “Sus heridas nos han curado”. Por eso, con gratitud, celebramos su Pasión, Muerte y Resurrección, proclamando: “Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos pues por tu santa cruz redimiste al mundo”. Semana Santa. ¡Es el momento! Es tu momento y el mío. Como san Juan en el Apocalipsis, podemos sentir la mano de Cristo sobre nosotros y oír su voz: «estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos» (Apoc. 1,18). Por eso, es el mismo San Juan el que nos enseña que «tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn. 2,1-2). Ante semejante realidad, con toda la Iglesia proclamamos en el Pregón de la Vigilia Pascual: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!” Para celebrar la Semana Santa con provecho espiritual, les invito a considerar con atención esta guía que nos ofrecía el Papa Francisco el Domingo de Ramos del pasado año: “Nos puede parecer muy lejano y extraño el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil incluso olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él viene a salvarnos; y nosotros estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos encaminarnos por este camino deteniéndonos durante estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Os invito en esta

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semana a mirar a menudo esta “Cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Con su humillación, Jesús nos invita a caminar por su camino. Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender al menos un poco de este misterio de su anonadamiento por nosotros; y así, en silencio, contemplemos el misterio de esta semana”. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”, fueron las palabras de Jesús en la Última Cena. Nosotros estamos llamados a elegir y seguir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. El camino que nos pone en comunión con Dios y con los hermanos. Queridos diocesanos, esta Semana Santa es el momento, poneos en camino, “buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón”.

† Bernardo Álvarez Afonso Obispo Nivariense

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Hecho religioso, oportunidad cultural

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José Manuel Bermúdez Esparza Alcalde de Santa Cruz de Tenerife

La Dolorosa de la Amargura, una talla de autor desconocido que se localiza en la iglesia de San Francisco, ilustra este año la portada del programa de actos de la Semana Santa en Santa Cruz que tiene en sus manos. Con ella, anunciamos la llegada de unos días de recogimiento para la comunidad católica que, al mismo tiempo, constituyen una manifestación pública y sólida de la fe cristiana. La Semana Santa en la capital es un espejo de agua cristalina que nos devuelve la imagen de nuestro propio pueblo, que a lo largo de la historia ha sabido construir una celebración religiosa en la que se combina la sobriedad castellana con el fervor –eso sí, contenido– de otras más meridionales. Santa Cruz encara estas fechas tan señaladas para los cristianos pertrechada –como es norma y tradición– del máximo respeto al hecho religioso, pero también con la admiración al hecho cultural y etnográfico. Porque la Semana Santa, siendo una manifestación esencialmente religiosa, se incardina en costumbres inveteradas que han dado forma a la identidad de un pueblo tolerante, abierto y acogedor. Tanto en la reflexión espiritual, con el ejercicio de la conciencia como discípulos de Cristo, como en el disfrute de nuestro rico catálogo de arte sacro, Santa Cruz ofrece una oportunidad única en estos días. La Semana Santa es, efectivamente, religión y arte. Así como también historia y patrimonio. Por eso, este programa va más allá de una mera relación cronológica de los

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actos a celebrar y se convierte en una herramienta de divulgación de los tesoros artísticos que albergan nuestros recintos religiosos. Un programa que contribuye, además, a crear conciencia sobre la necesidad de proteger un patrimonio que nos pertenece a todos y que todos tenemos la obligación de preservar. Desde el miércoles 5 de abril, con la lectura del pregón a cargo de la religiosa Sor Carmen Bonelli García, hasta el Domingo de Resurrección, el 16 de abril, la ciudad palpitará a un ritmo diferente, el que marcan los pasos religiosos y la devoción de la comunidad católica. Pasos que sintetizan parte de nuestra historia y conforman la metáfora perfecta de una ciudad que camina al encuentro de un futuro de esperanza que tiene ante sí.

José Manuel Bermúdez Esparza Alcalde de Santa Cruz de Tenerife

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Pregón

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Sor Carmen Bonelli García Morente Religiosa de la Asunción

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La mujer en la Historia de la Salvación Desde la contemplación de la Santísima Virgen de la Amargura, venerada en nuestra querida parroquia de San Francisco de Asís, este año pondré el acepto en la figura de María Santísima, su participación en la Pasión del Señor y su titulo de Corredentora. Lo hago con enorme gusto, comunicando mi experiencia. El pregón es un Anuncio y diré que el primer anuncio de la Cruz, de una manera velada lo recibió la Santísima Virgen de Simeón “una espada atravesará tu alma” y la Virgen guarda y medita en su corazón. ¿Qué sentimientos serían los de la Madre de Jesús, como la llama siempre San Juan en esos momentos y después? Decimos que el pregón es un Anuncio; anuncia algo que va a acontecer, que en algún momento será una sorpresa, que hay que prepararse a él para vivirlo y recibirlo. Nuestro anuncio es el Misterio Pascual, que se desarrolla durante el Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección. Es el centro del cristianismo. Es la Pasión Muerte y Resurrección del Señor que vamos a vivir intensamente toda esta semana. Es el centro de nuestra vida cristiana. Tenemos que vivirlo cada año como una sorpresa, recibirlo como una llamada a nuestra fe. Sin fe es imposible. Sin fe nada tiene sentido. Pero con fe todo adquiere unas dimensiones que nos transforman y dan sentido a nuestra vida. Queremos vivir la semana grande de nuestra fe desde el exterior y desde el interior. Desde el “exterior”, acompañando al Señor y a la Virgen en sus manifestaciones publicas, en las procesiones donde veneramos las figuras de la Pasión a lo largo de nuestra ciudad. La fe popular se identifica con cada paso y cada visualización externa de la pasión del Señor y de su Madre. Desde el “interior” profundizando en el Misterio y

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hacer que se haga vida en nosotros. Vamos a acompañar a María en su ser de mujer y de Madre. Son muchas las mujeres y las madres que hoy viven en su carne la pasión del Señor, las crucificadas de nuestro mundo y esto de mil maneras…. Pero también son muchas las que entregan su vida a los demás, de manera voluntaria y desinteresada. Son grandes mujeres, grandes profesionales y al mismo tiempo luchan por mantener una familia, hijos y nietos en una sociedad cada vez mas difícil y más dura. La mujer vertebra la familia, su influencia es fundamental. Antes de entrar en María vamos a recordar algunas de las mujeres del Antiguo Testamento que prefiguran a la Virgen. Luego veremos las que vivieron en tiempo de Jesús y María y las que estaban con ella al pie de la Cruz. De la primera mujer “Eva” yo diría que es el “icono femenino” con sus luces y sus sombras. Ante su caída ya se vislumbra la misión de la Virgen María que va a triunfar sobre el mal y también se vislumbra lo que luego será la Iglesia. Siguiendo el Antiguo Testamento, tenemos a las matriarcas, mujeres importantes que acompañan a los patriarcas: Sara, Rebeca, Raquel… Es posible percibir en ellas, algunos rasgos que tienden a una mayor dignificación de la mujer en relación con los pueblos del entorno. Más persona, más libre, más compañera del hombre, más amada por él. Su elección y protagonismo en la Historia de la Salvación deja su impronta en la Biblia. Son mujeres de fe. Un ejemplo sería Sara que ante lo que parecía imposible, se fió de la Promesa La elección de Dios nadie la impide, ellas son elegidas para dar testimonio de la gratuidad de Dios, el Dios de la Alianza. Dios va a actuar según las épocas y los momentos del pueblo elegido. El Dios que fecunda la esterilidad (varias mujeres elegidas para ser madres de profetas son

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estériles). El Dios que sostiene al huérfano, a la viuda, a los emigrantes y que tiene preferencia por los pobres y marginados. La profetiza María hermana de Aarón y Moisés prefigura la virginidad de María. Gregorio de Nisa que habla de una virginidad espiritual, aplica aquí a Santa María el titulo de “theotokos” la que engrendó a Dios. Ya se va generalizando este titulo que se llevará a cabo definitivamente en el Concilio de Éfeso: Santa María Madre de Dios. La virginidad de Santa María está estrechamente relacionada con su maternidad. Ana: la madre de Samuel es estéril. Ruega al Señor con lágrimas… Si te dignas reparar la aflicción de tu sierva y darle un hijo varón, lo entregaré al Señor para toda su vida. Cuando nace Samuel entona esa preciosa oración que recuerda el “Magníficat” de María, “Mi corazón exulta en el Señor….” Ruth: ejemplo de desprendimiento y amor profundo. Deja su tierra y los suyos y sigue a su suegra diciéndole sólo por amor: “Donde tú vayas…… yo iré, donde tú habites…. Yo habitaré. Tu pueblo será mi pueblo, tú Dios será mi Dios.” La fe de Ruth es simple y transparente, abre su corazón a la gracia sin orgullo ni altivez. Ejerció una obediencia total. Fue la abuela de Jesé el padre de David. Ruth aparece en la genealogía del Mesías. Hay dos mujeres en el Antiguo Testamento que podríamos llamar salvadores de su pueblo. Prefiguran la salvación de María a través de la pasión de Jesús. Son Judit y Esther. Judit: Gracias a ella a su coraje, valor y astucia, una vez más el pueblo judío vence a sus enemigos: “Tú eres la gloria de Jerusalén. Tú la alegría de Israel. Tú eres el orgullo de nuestra raza”. Esther: salvadora de su pueblo. No mostró clemencia y manifestó venganza frente a los enemigos de su pueblo. Era la cultura del antiguo testamente. Tenemos que llegar al Nuevo Testamento para hallar figuras dulces como María la madre de Jesús o María de Betania. Era necesaria que

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fuera erigida la Cruz en el Gólgota para que cesen todas las venganzas, todas las matanzas y la paz y el amor se enseñoreen de los corazones. El Evangelio nos presenta multitud de mujeres: Las que fueron Salvadas y Perdonadas por Jesús, las que le acompañaron en su vida y al pie de la Cruz, las que “anunciaron” la Resurrección. La mujer sigue siendo protagonista en otras escenas presentadas en los Hechos de los Apóstoles y en los demás escritos neotestamentarios. Y así sucesivamente en toda la historia del peregrinar eclesial hasta el día de hoy. De ahí que el Papa Francisco nos diga: “Es ella (la mujer) la que trae la armonía, la que nos enseña a valorar, a amar con ternura, y que hace que el mundo sea una cosa hermosa”, (homilía en Santa Marta). “La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones”, “El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales”. ( E.G. 103) Este año, en nuestro Pregón, vamos a profundizar y centrarnos un poco más en la figura de María, la Madre de Jesús. La mujer más importante que vivió el Misterio Pascual y la fundación de la Iglesia. La Madre que nos acompaña en nuestro caminar en la fe para involucrarnos y ser mejores discípulos misioneros del Señor.

Sor Carmen Bonelli Garcia Morente Religiosa de la Asunción

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De Dolorosas, artistas y retablos. Siete son las imágenes de la Mater Dolorosa que procesionaron históricamente, en siglos anteriores al XX, por el casco antiguo de nuestra población. Excluimos, por tanto, en este trabajo, a las que lo hicieron y aún lo hacen desde las parroquias de Taganana y San Andrés. La más antigua parece haber sido la que lo hacía desde la parroquia matriz de Ntra. Sra. de la Concepción. En efecto, a impulso del beneficiado don Luis González Guirola que concibió un templo de tres naves, a fines de la primera mitad del siglo XVII, al que hasta entonces era de una sola nave se le agrega una segunda del lado norte (el colateral del Evangelio) y, en esta situación sufre, en 1652, un desgraciado incendio del que, además de parte de las paredes de fábrica, sólo se salvaron la Eucaristía y las imágenes. El empeño decidido del beneficiado González Guirola y los vecinos, consiguió que, en 1658, es decir, sólo seis años más tarde, el templo estaba reconstruido con sus dos naves, su sacristía y su capilla mayor a la que, a continuación (destruido el anterior) se dotaría de un nuevo retablo que, en el siglo siguiente será trasladado a otro lugar, como veremos más adelante. El tránsito hacia el templo de tres naves se inicia en 1668 con la construcción por el costado sur (el colateral de la Epístola) de su capilla cabecera cuya obra de fábrica estuvo a cargo del maestro Juan García Bolullos

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y el techo (que repite por coherencia el correspondiente a ese lugar en la otra nave, ya existente) del no menos gran maestro Juan González de Castro Illada (autor del diseño de la fachada de la Casa Salazar, actual Obispado, en La Laguna). Esta capilla se dedicó a Ntra. Sra. de la Soledad y se la dotó de bóveda de enterramiento para los hermanos de su cofradía. Según Pedro Tarquis, consta que, en su testamento de 1678, el capitán don Antonio Urrutia Urtusáustegui, castellano del Santo Cristo de Paso Alto, pide que se le entierre en ella como hermano que era de la Soledad. A continuación se levantó, en cantería de San Andrés, la nave de este lado, a la que se conocerá siempre como nave de la Soledad. Es presumible, por tanto, que se dotara a esta capilla de retablo e imágenes, al menos de la titular, por lo que podríamos situar en torno a 1670 la aparición de esta primera imagen de la Dolorosa bajo la advocación de la Soledad, imagen que permanecería hasta finales del siglo XVIII en que será sustituida por una nueva efigie..No sabemos si esta sustitución obedeció a deterioro o al deseo de contar con una más moderna de superior categoría artística, o bien, se unieron ambas circunstancias. Esta Dolorosa de la Soledad participaba en la procesión del Santo Entierro, en la tarde del Viernes Santo, que se hacía ya en este siglo XVII desde el templo parroquial y es quizá la imagen que durante años estuvo colocada en uno de los nichos laterales del retablo del Ecce Homo (durante la Semana Santa del 2016 ocupó el nicho central). Es imagen contenida cuyo estilo responde al de este siglo y cuyo autor desconocemos, si bien puede aventurarse sin temor a errar demasiado, que fue de la mano de algún artista local, de alguno de los centros de pro-

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ducción escultórica existentes en ese momento (¿La Laguna, Garachico?) y no en el lugar y puerto de Santa Cruz, que aún no los tenía.. Hacia 1671, el capitán don Tomás de Castro Ayala tan ligado a devociones madrileñas del momento: Cristo de Tacoronte e imágenes y pinturas de la Soledad (la Paloma, en Madrid) en San Agustín y San Diego, de La Laguna (ver Carlos Rodríguez Morales), fundó en un altozano cercano al barranquillo de Guaite, una ermita dedicada a la Soledad, San José y San Antonio de Padua. Pedro Tarquis, afirma que la efigie de la Soledad era de pintura, mientras las de los otros dos santos (que llegaron a alcanzar gran popularidad) lo eran de escultura y que sobre un pequeño nicho bajo, del retablo que las albergaba había una talla del Ecce Homo; y, asimismo, sugiere la idea de que esta fundación fue previamente convenida con los franciscanos de La Laguna, para tener un templo sobre el que fundar en Santa Cruz un nuevo convento años más tarde, sin los obstáculos que tuvo su fallido intento en la ermita de San Telmo. En efecto, la fundación se produce en 1676 y consta que en 1680 ya existen construcciones conventuales junto a la sacristía y la ermita. Esta última se demolería en 1713 para construir la nueva capilla mayor que ya estaba concluida en 1722, junto a las capillas colaterales de San Luis (familia Porlier) y de la Soledad (Venerable Orden Tercera). ¿Cuándo se procedió a sustituir la imagen de pintura antigua por una escultura, quizá por no ser aquélla propicia para procesionar?. Es el caso que el escultor güimarero Lázaro González de Ocampo, formado y establecido en La laguna y autor allí de obras tales como el relieve de la Adoración de los Pastores y el Crucificado (iglesia del Hospital de Dolores), el Cristo de Burgos (San Agustín) o la Piedad (Concepción), amén de otras tan señaladas como el Cristo de la Salud (Arona), San Matías (La Victoria), San Joaquín (Fasnia), los relieves del cuerpo bajo del retablo mayor de la Concepción (La Orotava), etc., se había trasladado a vivir a Santa Cruz desde 1697, buscando un clima más benigno para la salud de su esposa y que tuvo su taller en zona próxima al nuevo convento

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franciscano con el que mantuvo estrecha relación hasta el punto de que, a su muerte en 1714, fue sepultado en su iglesia. Con él y a través de su descendencia (nieto) se inicia en Santa Cruz un centro de producción imagineril. No es descabellado relacionar esta Dolorosa de la Soledad, que preside el retablo coronado con el emblema de la V.O.T. en la nave del evangelio del hermoso templo franciscano, con su autoría, con la que comulga estilísticamente. En todo caso estamos ante una imagen de este momento por sobriedad de ejecución y profundo intimismo, quizá una de las últimas que salieron de mano del maestro. Ella cierra los desfiles procesionales de Semana Santa, en la noche del Viernes Santo en la llamada Procesión del Retiro, por lo que ha venido en llamársela la Soledad del Retiro. Los dominicos, establecidos en Santa Cruz desde 1610 (convento desaparecido de Ntra. Sra. de la Consolación), fueron grandes impulsores de los cultos de Semana Santa y, dentro de ellos, de las procesiones, que tuvieron amplio eco entre la población, como fueron la del Cristo Predicador (Domingo de Ramos), la del Encuentro con Jesús Nazareno (Miércoles Santo) y la del Paso del Cristo crucificado del Buenviaje (madrugada del Viernes Santo), Ello motivó la aparición de sendas imágenes de la Dolorosa, que conservamos. La más anti-

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gua perteneció a la Cofradía de Jesús Nazareno, en cuyo libro de cuentas (Pedro Tarquis) se anota, en 1714, el gasto por sendas imágenes de la Dolorosa y de María Magdalena para la procesión del Encuentro; y aquí tenemos que recurrir nuevamente al nombre de Lázaro González por fecha y por estilo. Después de la exclaustración la Dolorosa pasó a manos particulares y la Magdalena a la parroquia de la Concepción, (es la que ahora se coloca al pie de la Cruz, en el paso de los Santos Varones). Ambas imágenes tienen una afinidad evidente, en la que son patentes las dos características ya señaladas en su obra, sobriedad e intimismo. Es Miguel Tarquis quien afirma que ambas imágenes son de Lázaro González y, en particular de la de María Magdalena, que “es de las mejores obras que salieron de sus manos”, pero creemos que, en este último caso la confunde con la magnífica imagen de la Verónica que es posterior (1724) y que, junto con la de San Juan (obra temprana de Rodríguez de la Oliva), se hicieron también para la misma cofradía y procesión

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Para el paso del Calvario, junto a la imagen del Cristo del Buenviaje (magnífica imagen del XVII), su cofradía adquirió, en 1738, sendas imágenes de la Dolorosa y de San Juan que aún conservamos, ahora en la Concepción, en la misma hornacina que el Cristo, desde donde este paso sigue procesionando. Esta fecha nos remite al escultor Sebastián Fernández Suárez (1700/72), nieto del escultor Lázaro González, pues era hijo de Sebastián Fernández Méndez, que había casado con su hija María Suárez de Ocampo. Con toda seguridad aprendió de su abuelo los rudimentos del arte de la escultura, pero como sólo tenía algo más de trece años cuando éste falleció, es preciso aceptar que su formación se completó posteriormente, quizá de forma autodidáctica. A diferencia de su abuelo, este escultor (que también se estableció en Santa Cruz), tuvo su taller en la calle de los Canales (hoy Ángel Guimerá), del barrio de Vilaflor, y, por tanto en las proximidades del convento dominico de Ntra. Sra. de la Consolación para el que trabajó y al que le unieron lazos de duradera relación, hasta el punto de que a su muerte recibió sepultura en su iglesia. Sus trabajos alcanzaron gran prestigio en la época. Baste recordar los preciosos angelotes que acompañan al Ecce Homo o la imagen de San Pedro, Papa (ambas en la parroquia), los angelotes que acompañan al Gran Poder del Puerto de la Cruz, el San Pedro Papa del Realejo Alto, el San Pedro arrepentido de la Concepción de La Orotava, etc. Fue contemporáneo del más célebre de nuestros artistas del XVIII, el lagunero José Rodríguez de la Oliva (1695/1777) que nació cinco años antes y le sobrevivió otros cinco, pero a la hora de establecer una posible paternidad de estas imágenes de la Dolorosa y San Juan, parece más aconsejable por realización, por estilo y por ubicación en el templo dominico, inclinarnos por la autoría de Sebastián Fernández ya que, además no guarda relación con la obra de superior calidad del lagunero que, aunque hizo algunas imágenes para la Cofradía del Nazareno de aquel templo (según hemos visto), trabajó especialmente para la parroquia por

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iniciativa de la familia Carta (don Andrés y don Matías Bernardo): San Joaquín y Santa Ana en la Capilla Mayor (quizá tuvo alguna intervención en el diseño de su extraordinario retablo), los cuatro doctores de la Iglesia que coronan el precioso tornavoz de su púlpito, el retrato de don Matías Rodríguez Carta en su capilla panteón, etc. Fue en las postrimerías de este siglo XVIII (1798, según Padrón Acosta), cuándo en la parroquia matriz se decidió la renovación de la efigie de la Dolorosa de la Soledad. Era beneficiado don Carlos Benavides y el encargo se confió al artista grancanario José Luján Pérez, que logró aquí una de las imágenes más bellas, serenas y con mayor sentimiento religioso, de su amplia nómina de dolorosas que le seguirían y lejos de la teatralidad barroca de algunas de sus más celebradas, como la Predilecta lagunera o la Virgen de Gloria de La Orotava.

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Según Miguel Tarquis esta imagen y el retablo en que se la venera fueron donación de don Gaspar de Fuentes y Espou (Teniente de Milicias, Familiar, Ministro Calificador y Notario del Santo Oficio de la Inquisición y Oficial Mayor de las Rentas Reales Reunidas, casado con doña Rosario Eduardo Domínguez, cuñada de don José Carta; fue uno de los notables que participaron en la famosa reunión del 29 de julio de 1797, en la iglesia del Pilar). Y Alfonso Trujillo en su gran obra “El retablo barroco en Canarias”, reproduce el tal retablo y afirma ser obra del maestro Gregorio Carta. Hay aquí un doble error, porque el retablo que preside la nave de la Epístola, que siempre fue llamada nave de la Soledad es muy anterior en el tiempo, pues (según documenta Pedro Tarquis), se trata del anterior retablo de la Capilla Mayor ejecutado en 1658, que fue trasladado a este lugar en 1731, siendo mayordomo el clérigo don Andrés Carta Domínguez, tras la realización, para la nueva capilla mayor, del magnífico actualmente existente. En efecto, basta con observar que las pilastras de los extremos no están completas, sino que están cortadas a la mitad de sus ejes verticales, para comprender que este retablo fue adaptado al ancho de esta nave, pero que procede de una de mayor anchura que solo podría ser la de la capilla mayor y, además, su traza barroca concuerda perfectamente con aquella fecha del XVII y no con la de las postrimerías del XVIII. La cita que atribuye la realización, en 1798, de un retablo a Gregorio Carta es correcta, pero este retablo no puede ser otro que el que preside la nave del Evangelio, el único retablo de corte neoclásico (todos los demás son barrocos) de esta iglesia, que parece ser coherente con esta fecha y que se corrobora por el hecho de que el propio Gregorio Carta (que proyectó la bóveda vaída y la linterna sobre el crucero en este templo) realizara las dos puertas neoclásicas de puro estilo jónico del presbiterio. El maestro Carta, en su deseo de que la solución proyectada concordara con la de la capilla de la Epístola, hizo que las pilastras extremas aparecieran también como seccionadas verticalmente a la mitad.

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Así pues, si este fue el retablo donado por Fuentes Espou, deberemos admitir, que, al menos durante un cierto tiempo (¿la vida del donante?) la imagen de la Soledad pasó a presidir la otra nave, para recuperar posteriormente su ubicación histórica por razones de fidelidad, incluso documental. Esta hermosa imagen de la Soledad, de la parroquia matriz es la que cerraba y cierra la procesión del Santo Entierro de la tarde del Viernes Santo y lo hace, en nuestro, tiempo, en las hermosas andas de templete (¿por qué baldaquino?) de la Inmaculada, aún cuando existen (un tanto deterioradas) las suyas propias. Muy cercana en el tiempo a la anterior es la Virgen de las Angustias, de la iglesia del Pilar. En su pecho reza una inscripción que dice: “Miguel de Arroyo la hizo y dio a la Iglesia de N. S. del Pilar, siendo Beneficiado don Carlos Benavides Rodríguez. Año de 1804”. Es, por tanto, obra perfectamente documentada, que cabría situar como posterior a la imagen de Luján. No obstante, se ha encontrado documentación de donaciones del propio Arroyo a la iglesia del Pilar, entre ellas de una Dolorosa (¿era ésta?), en la que se especifica la fecha de 1793 . De ser así, resultaría que esta imagen es anterior a la de Luján y de ejecución muy temprana (a los 23 años) para una obra maestra, por lo que no resulta convincente que se trate de la imagen actual; quizá fue otra y no necesariamente de su mano. El santacrucero Miguel Arroyo Villalba (1770/1819), cuyo padrino de bautismo fue don José Carta, fue clérigo y desde 1794 disfrutaba de una capellanía en la parroquia de la Concepción. Además de ello, fue hombre

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de gran afición artística que aparece como ayudante realizador (estudiante, dice el Vizconde de Buen Paso) del tambíén clérigo Pedro Murga (“que ha dado la idea y las dirige”) de las pinturas que decoraban el techo y paredes del templo de los dominicos. Y sabemos que el citado Murga también hizo trabajos escultóricos como lo acredita una inscripción (¿tomó de aquí esta idea de firmar sus obras nuestro Arroyo?) que figura en una de las piernas del Señor de la Oración en el Huerto de La Orotava (“Esta anatomía se hizo en 1775 por don Pedro Murga”). Arroyo, por su parte, hará también otros trabajos escultóricos tales como la Virgen de Candelaria (Padrón Acosta), para la Concepción, una imagen de Santiago (que se ha perdido) en terracota, para el Pilar, o el Cristo del Valle y una réplica a menor escala de la propia imagen de las Angustias, en Arafo (Victor Servilio Pérez) Así es que Miguel Arroyo era consciente de sus aptitudes artísticas. Puede que pensara, por ello, que estaba en situación de hacer la imagen de la Dolorosa que su parroquia precisaba y al ser confiado el encargo a Luján Pérez quizá se consideró infravalorado. El caso es que, “de motu proprio” se entregó a realizar una imagen suya de la Mater Dolorosa que finalmente donó y colocó en el templo del Pilar, que era por entonces ayuda de parroquia, en medio de serios encontronazos con el beneficiado Carlos Benavides con el que parece que no se llevaba nada bien. Quizá por eso lo recuerda en la inscripción, seguro de que la calidad de su obra mostraría de forma elocuente su competencia artística, frente a las decisiones del beneficiado. Como quiera que sea, esta Virgen de las Angustias resultó ser una pieza singular por su emocionante sencillez, la originalidad de su expresión contenida pero a la vez intensa, la posición de sus manos (diferente a todas las demás), la ausencia del clásico puñal de dolor y su indumentaria, pues su autor la vistió a la usanza hebrea, como una mujer del pueblo y se encargaba personalmente de su aderezo para procesionar, cosa que hizo por primera vez en el mediodía del Viernes Santo del año siguiente. Todo ello corrobora la fuerte personalidad del artista y su decidida inten-

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Semana Santa 2017

ción de marcar distancias frente a los demás. Hoy a la imagen se la viste toda de negro a la manera tradicional con lo que ha perdido el impacto que debió causar con su atuendo original. Poco tiempo después, el artista se secularizó pues, en 1806, contrae matrimonio con doña Manuela Castellano, de la que tuvo tres hijas; Ramona (1807), Margarita (1809) y María de las Angustias (1811) –esta última, con seguridad, en honor de su Dolorosa- lo que evidencia que ya entonces se la conocía con esta advocación. Su taller se localizó en la calle San Felipe Neri (hoy Emilio Calzadilla), en la casa paterna y la procesión de la imagen pasaba necesariamente (y sigue pasando) por esta calle y se detenía ante el taller del escultor. Esta Dolorosa es, sin duda, la más celebrada y popular de todas las de nuestra ciudad y su procesión que se ha llegado a llamar “de los republicanos” es de las más concurridas y está rodeada de significativas tradiciones, como es, desde 1913, la de la interpretación por la Banda Municipal de Música del “Adios a la vida”, una suite o extracto de varios números de la ópera Tosca de Puccini, autor de la devoción de don Emilio Calzadilla, alcalde accidental en aquel momento, en agradecimiento por haber hecho posible, sufragándola de su pecunio, la actuación de aquella agrupación musical. La última de estas Dolorosas antiguas, aún cuando no tengamos constancia de que haya tomado parte en los desfiles procesionales de Semana Santa hasta tiempos recientes, se localiza en la iglesia de San Francisco. Este templo tenía ya casi desde sus comienzos, como hemos visto, una imagen de la Dolorosa (cuyo culto promovía la