¡Viva el crunch-crunch!

del cine». Lo producimos durante la operación de los cines justamente para que ese aroma .... Esteban Mirol al frente de una propuesta altamente interactiva.
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Espectáculos

Domingo 29 de julio de 2007

Pantalla chica FILMOTECA

Buen cine para ver de madrugada por el 7 ■ En tren de llamar la atención sobre ciclos que pueden considerarse parte de la “TV que vale la pena”, hay que destacar la cuidada pro g ramación del ciclo Filmoteca, que organiza Fernando Martín Peña para Canal 7. Así, por ejemplo, desde la trasnoche de mañana a la del viernes, siempre comenzando a la 1.30, se explorarán las relaciones entre Hollywood y la Argentina, a través de variados fragmentos, cortos y la exhibición completa de los largometrajes Argentine Nights (1940), de Albert S. Rogell, con los hermanos Ritz (el martes); Melodía de arrabal (1933), de Louis J. Gasnier, con Carlos Gardel e Imperio Argentina (el miércoles); Divorcio (1934), de Hobart Henley, con Barry Norton (el jueves); They Met in Argentina (1941), de Leslie Goodwins y Jack Hively, con Maureen O’Hara (el viernes), y The Gaucho (1927), de F. Richard Jones, con Douglas Fairbanks (el sábado).

El micrófono de todas las voces Bueno

✩✩✩ Vos y Mirol. Interés general y servicios. Conducción: Esteban Mirol. Productor general: Sebastián Nazziconi. Asistente de producción: Mariano Tabarez. Operación técnica: Marcelo Nelli (lunes a jueves) y Verónica Rosetti (viernes). Musicalización: Mario Villanueva. Colaboradores de servicios: Dr. Juan Enrique Romero (mascotas), Dr. Salvador J. Risolia (dolores), Sergio Massa (Anses). Lunes a viernes, de 21 a 24. Por AM790 Radio Mitre. Programas del 23 al 26 de julio.

Mucho antes del auge de la era digital por la que transitamos, la radio, con la asistencia del teléfono, desarrolló las bases incipientes de la comunicación interactiva entre emisor y oyentes. Mirol en su programa aprovecha este recurso y lo potencia con la incorporación de toda la batería de instrumentos de comunicación con que cuenta la sociedad actual (léase: correo electrónico, mensajes de texto, llamados de línea fija o por celulares) y consigue entregar cada noche un ciclo en el que da la impresión de estar acompañado en el estudio por decenas de personas que preguntan, opinan y hacen el programa a la par del conductor. A fuerza de diversidad el programa se vuelve ameno. Desde un tema o un par de ellos extraídos de la agenda de

RADIO MITRE

Esteban Mirol al frente de una propuesta altamente interactiva

actualidad, se dispara la participación de los oyentes que llaman a destajo a las líneas abiertas para opinar, con posturas de todo tipo. Algunas con argumentos respetables, otras dictadas por la pasión sin reflexión alguna. Unas, con las que uno se siente identificado, otras que resultan inaceptables, varias que no se entienden, muchas que dan vergüenza ajena. El denominador común lo da el conductor, que las recibe con el mayor de los respetos, sin juzgar ninguna postura y tan sólo acotando alguna cosa para poner

Por Pablo Sirvén

Entrelíneas

Los Simpson tampoco se pueden sustraer a las delicias del popcorn

¡Viva el crunch-crunch! El pochoclo, mal de unos cuantos, placer de muchos más Un manto espeso de copos blancos tapiza el suelo. ¿Acaso se trata de la descripción de una de las tantas viñetas de la histórica nevada porteña del reciente 9 de julio? No, de ningún modo. La acción tiene lugar en la sala 3 del Cinemark de Palermo un lunes de estas kilométricas e interminables vacaciones de invierno, a las cuatro de la tarde. Los copos no son de nieve sino del pochoclo derramado que los espectadores esparcen en el ir y venir en busca de sus butacas. “El aroma del pochoclo –se ufana Heriberto Brown, gerente general del complejo Hoyts General Cinema de Argentina– es parte de la «magia del cine». Lo producimos durante la operación de los cines justamente para que ese aroma esté en el aire continuamente. Para nosotros el cine sin el pochoclo no existe.” * * * Ni la globalización ni el liberalismo económico ni la inflación reprimida ni la contaminación ambiental ni la carrera armamentista, nada de todo lo dicho preocupa tanto a un cinéfilo tradicional como dos sonidos consecutivos torturantes que casi sin pausa le llegan de adelante y de atrás, y desde su izquierda y su derecha. Aunque los abomina con todas sus fuerzas no puede evitar, paradójicamente, aguzar sus oídos para alimentar su cólera primero con los intermitentes “cric-cric”, suerte de muy suave redoblar de un tamborcillo, seguido de un indescriptible “crunch-crunch”, una melodía insoportable que se abre paso especialmente en esos silencios cinematográficos que la crítica especializada gusta calificar con la palabra “clima”. El “cric-cric” es el sonido taladrador por excelencia de oídos sensibles provocado por los dedos de varias manos revolviendo en un mismo balde gigantesco de pochoclo (¡saludos al colesterol!). Nunca se entenderá muy bien esa misteriosa necesidad de elegir las “palomitas de maíz” (¿puede haber un nombre más irritante para llamar a este producto? Sí: “¡¡¡pororó!!!”) que están más abajo, pudiendo comer sin molestar a los demás si se toman con cuidado los pochoclos de la capa superior, a no ser que con este rito tan particular el ser humano esté descubriendo impensadas habilidades de roedor. Y después, como si fuese poco,

LA NACION/Sección 4/Página 3

viene el plato fuerte del “crunch-crunch” –“Mamita querida”, diría José Marrone–, mandíbulas batientes triturando a todo trapo maíz pisingallo dulce o salado sin parar hasta la aparición de los primeros créditos finales en pantalla, momento preciso en que se producirá el éxodo en estampida hacia la salida de toda la concurrencia. * * * Como tantas otras causas perdidas en estos años, el consabido y entrañable “maní, chocolate, caramelos” que los más veteranos solíamos escuchar desde niñitos, voceado por el “chocolatinero” (¡qué antigualla!), cuando ir al cine significaba ir a una enorme y solemne sala única con butacas duras luego de transitar un desangelado hall, ha caído vencido por el arribo imperial del popcorn, de

Los tres complejos cinematográficos coinciden en que la oferta alimenticia es vital para asegurar la rentabilidad del negocio la mano de los complejos cinematográficos que aterrizaron por acá en los 90, como novedosa experiencia multimediática/gastronómica/ sensorial y, esencialmente, pochoclera. En la ecuación económica de los multicines, la oferta alimenticia define la rentabilidad del negocio. “Con el impuesto del Incaa, el IVA y además un costo promedio del 48% de la película –agrega el gerente general de los Hoyts–, el cine en sí deja muy poco margen para asumir el resto de los gastos operativos. En cambio, los alimentos sólo tienen el IVA y el costo de los insumos, que rondará el 30%. Combinando las dos patas del negocio entonces cierran los números. Con el cine solo, no.” Si aquí el matrimonio no tan a la fuerza entre el cine y el pochoclo (teniendo en cuenta la buena aceptación de dicha combinación por parte del público argentino) data de pocos años, esa ligazón en los Estados Unidos se remonta a los lejanos años 20 del siglo pasado.

En los Village locales comestibles y gaseosas representan el 16% del total de sus ingresos y en ese rubro el pochoclo aporta un fundamental 50%. “Es significativo, pero muy bajo comparado con otros países donde los volúmenes que se manejan por venta de alimentos son prácticamente similares a los que se venden por boletería”, apunta Sebastián Valenzuela, gerente general de Village Cinemas. * * * Antes se sufría con los sonidos aislados de aquel espectador que pretendiendo ser considerado nunca terminaba de deshacerse del celofán que envolvía su caramelo. Ahora, al menos, el “cric-cric” y el “crunch-crunch” forman un ruido tan uniforme y continuado, que es como el sonido del mar: al rato de estar en la playa, uno acaba no oyéndolo. Aparte, que se sepa, no se ha tenido conocimiento hasta el momento de la intervención de unidades coronarias de emergencia para asistir a cinéfilos al borde del soponcio ni nadie ha denunciado haber terminado con el balde de pochoclo en la cabeza, encajado por algún irascible espectador. Pero que a algunos les sube la presión y hay chistidos y miradas relampagueantes, pónganle la firma. “El pochoclo y la bebida –le saca dramatismo al tema Martín Alvarez Morales, gerente general de los Cinemark– se han hecho compañeros del espectador. Por lo general el tipo de película dicta el comportamiento del público dentro de las salas.” El pochoclo ha recibido en estos días una impensada campaña proselitista por parte de los Simpson, a juzgar por los afiches donde se los ve consumiéndolo con ganas, por más que en la película no lo hacen (salvo Homero, que al final de los créditos encuentra algunos en el piso y se los come). La explicación es sencilla: al ser los Simpson una familia tan televisiva había que acercarlos lo más amistosamente posible al mundo del cine y se encontró que el pochoclo era el vehículo ideal. Como el refrán dice que “si no puedes vencerlos, únete a ellos”, sólo queda desear: ¡¡¡felices “criccric” y “crunch-crunch” para todo el mundo!!!

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muy adecuadamente los puntos sobre las ies, cuando lo que dijo el oyente resulta políticamente indigerible o raya la apología de lo socialmente incorrecto. De los servicios que prestan los colaboradores a los oyentes, sin duda el más efectivo es el del titular del Anses, Sergio Massa, que al contar, Internet mediante, con la posibilidad de acceder a los registros en línea de los datos sobre los que se asientan las consultas que le hacen, en general puede dar respuestas precisas a las

mismas. No ocurre lo mismo con las preguntas sobre cuestiones médicas o veterinarias, en las cuales la falta de instrumentos de diagnóstico y la lejanía del paciente no les permite, en muchos de los casos, más que dar cierta orientación general de dudosa utilidad para el consultante. Otra de las maneras en que Mirol usa el recurso de la comunicación telefónica es con los juegos que propone, de los que pueden participar toda la familia, una propuesta simple, pero efectiva para conseguir momentos entretenidos y el enganche de los oyentes que seguramente participan en silencio tratando de resolver ellos los desafíos a los que se enfrentan quienes participan en esos momentos. Sin hablar de lo tentadora que resulta la batería de premios que se ponen a disposición del público y que sin ser millonarios prometen el disfrute de un momento agradable al que mucha gente en épocas como las que vivimos no puede acceder asiduamente. La adecuada musicalización con la que se adorna el programa y el despliegue de profesionalismo que realiza Mirol al hacer sus entrevistas completan una propuesta que, echando mano de recursos básicos del medio, se gana un lugar destacado en la oferta radial de estos tiempos.

Ricardo Marín