Metáforas sobre el encierro

rrente de la prisión. A partir de la cár- cel concreta del castillo de If, Fuentes proyecta un juego de metáforas sobre el encierro: la prisión de la soledad, la prisión ...
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CAROLINA GRAU Por Carlos Fuentes Alfaguara 177 páginas $ 89

Metáforas sobre el encierro Carlos Fuentes, fallecido hace ya casi dos meses, dejó en su último libro una galería de personajes femeninos encarcelados en el amor, la locura y el erotismo POR FELIPE FERNÁNDEZ Para La Nacion

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Viernes 29 de junio de 2012

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cho cuentos componen Carolina Grau, la última obra de ficción de Carlos Fuentes (1928-2012). El nombre que da título al libro aparece de distintas maneras en cada relato –en uno apenas aludido mediante sus iniciales–, pero identifica a diferentes personajes femeninos y no pretende ofrecer un núcleo a esta colección de narraciones que pueden leerse de forma independiente, si bien algunas presentan otra clase de correspondencias. “Carolina Grau es todas las mujeres –dijo el escritor mexicano en una entrevista–. Ella me permite recordar a quienes he olvidado y prever a quienes no conozco todavía.” “El prisionero del Castillo de If” constituye un homenaje a El conde de Montecristo (la novela de Alejandro Dumas padre); a través del abate Faría, Fuentes brinda los datos esenciales del famoso argumento, repasa las desventuras sufridas por Edmundo Dantés y ofrece una variante que se aparta decisivamente de la trama original. La recreación se complementa con “El arquitecto de If”, relato cuyo protagonista Cayo Morante, contratado para remodelar la cárcel fortaleza, se plantea una serie de interrogantes acerca de la primera edición de Montecristo y de la vida del misterioso zapatero François Picaud, en la cual se habría inspirado la historia de Dantés. En “Brillante” asistimos al nacimiento de un chico muy especial que vomita oro y habla con la voz de su padre muerto. “Yo amaba al niño –afirma la madre– y vivía acostumbrada a su rara condición.” Su confesión avanza en un clima de horror hasta un desenlace incestuoso que regala un guiño a “Morella” de Edgar Allan Poe. “El dueño de casa” –vinculado en su parte final a las criaturas de “Brillante”– propone otro progresivo deslizamiento hacia el espanto en la situación de un hombre encerrado en un edificio, que se siente “cada vez más una especie de robinsón en isla de cemento”. Al ir abriendo las puertas de un pasillo encuentra “una habitación llena de gatos amenazantes”, “un salón de fiesta entregado a una lujuria insensata” y otras sorpresas desagradables.

Los cuentos de Carolina Grau están regidos por el ímpetu de un lenguaje generoso en fulgores poéticos que iluminan, con seductores claroscuros, sensaciones y sentimientos. Sin embargo, ese mismo poder de la palabra –casi embriagador– conspira contra la lucidez narrativa, desordena la estructura de los textos, produce digresiones y deja elementos dispersos. Fuentes parece colocar en boca de uno de sus personajes las razones de haber optado por esa dirección estilística cuando se pregunta: “¿Hemos de sacrificar a las buenas maneras la potencia oculta del lenguaje? ¿Podemos para siempre ponerle una tapadera al volcán del verbo? Me excuso pero me justifico”. Lo fantástico, los enigmas insolubles, los reflejos engañosos y los finales abiertos caracterizan estos cuentos en los cuales asoman los temores más profundos. El forastero de “El hijo pródigo” es recibido con grandes muestras de alegría por los ancianos habitantes de una aldea, como si hubiesen esperado su regreso desde hace mucho tiempo. Un día, sin un motivo concreto, el hospitalario cariño que le dispensan se transforma en franca enemistad. “Olmeca” describe el encuentro de un soldado de Hernán Cortés con una mujer indígena desde ambas perspectivas. Una atmósfera irreal se va apoderando del relato y lo desplaza hacia lo macabro. “La tumba de Leopardi” también transmite un aire lúgubre a medida que el poeta italiano recuerda episodios de su vida, se refiere a su “cuerpo mal hecho” y se lamenta del “desprecio cruel” de su padre. Perturbado por la alucinación de ver su imagen multiplicada en el espejo, confía en que el “amor poético” que le despierta una mujer desconocida lo salve de la monstruosidad. La bióloga de “Salamandra” se halla casada con un hombre que le produce repulsión; su identificación con el anfibio del título adquiere un valor simbólico para la ambigua insatisfacción que la acecha y la impulsa a viajar a Mantua. En un párrafo del cuento se traza, en torno a esta última heroína, una fugaz recapitulación de las otras Carolina Grau del libro. De todos modos, si se busca una pieza unificadora, se la puede encontrar en el tema recurrente de la prisión. A partir de la cárcel concreta del castillo de If, Fuentes proyecta un juego de metáforas sobre el encierro: la prisión de la soledad, la prisión de la muerte, la prisión de un cuerpo odiado, la prisión de la locura, la prisión de un erotismo devorador o de un amor idealizado. Dentro de esas coyunturas de cautiverio se debaten seres cuyo mayor anhelo es el ansia de libertad.

El mundo y sus remedios, del filósofo francés Clément Rosset, desmitifica las tentaciones intelectuales para protegerse de lo real

Dilemas del hombre moral L

EL MUNDO Y SUS REMEDIOS Por Clément Rosset El Cuenco de Plata Trad.: Margarita Martínez 176 páginas $ 86

a irrupción de un acontecimiento suele ser, para quien queda en su radio de alcance, el detonante de una crisis existencial. En su condición de suceso inesperado, el acontecimiento pone en evidencia las flaquezas de cualquier previsión. Ningún signo puede alertar sobre su inminente aparición; toda defensa o anticipación resulta inoperante. Pero la conmoción que provoca un acontecimiento no atañe exclusivamente a su carácter imprevisible. También afecta a la postulación de sentido. ¿Cómo encontrarle, cómo darle, un sentido a esto que se presenta como una anomalía para todo sentido? No conforme con la angustia que puede generar un acontecimiento vitalmente disrruptor, el filósofo francés Clément Rosset, en El mundo y sus remedios plantea una tesis aún más inquietante. ¿Qué pasaría si, en realidad, el acontecimiento no fuera la excepción en el terreno del ser, sino la norma? ¿Qué sucedería si advirtiéramos que entre “lo dado” y el ser no hay simplemente una analogía, sino una identidad profunda? “El ser –sostiene Rosset– es el acontecimiento por excelencia porque no tiene orígenes, es por definición imprevisible.” Es un ser sin razón, sin finalidad y necesario. Para amar la vida, el instante, en un mundo mudo en el que nada tiene significado, en el que –invirtiendo la célebre fórmula leibniziana– “nada hay con razón”, resulta necesario tener un coraje y una vitalidad a toda prueba. No se trata de tolerar el carácter trágico de la existencia, sino de vivirlo alegremente. Valiéndose del pensamiento de Nietzsche, Rosset postula que no abundan estos seres capaces de ejercer el amor fati, de amar la vida tal cual es sin evadirse en mundos imaginarios. Y, al igual que el autor de Zaratustra, denuncia como los principales antagonistas de esta ac-

titud a los “hombres morales”. La moral traduce siempre una forma de renuncia al ser. Toda moral es reactiva. Reposa en la imposibilidad de aceptar al ser tal cual es, tal como se manifiesta: “El sentimiento moral originario es una angustia frente a lo dado [...]. Nunca hubo ni habrá más que una única y misma tentación moral, que es la debilidad y la mediocridad, si se entiende por ello la insuficiencia energética o afectiva que conduce de entrada a negar aquello que no se puede tolerar”. Ante el carácter mudo del mundo, que está detrás de la angustia trágica por la existencia, la moral se presenta como capaz de proporcionar una interpretación que permitiría comprender el mundo. Esa interpretación se basa en un desdoblamiento que genera dos mundos: el del ser y el del deber ser. En su “obsesión por la significación”, la moral incurre en el rechazo de las personas y de los hechos tal como son para ampararse en un mundo –inexistente– que se autoasume como portador de sentido. Se trata de “una preocupación por interpretar a cualquier precio, no importa a costa de quién y de qué, con tal de que cese la angustia que asedia al hombre moral en contacto con el ser”. Ante aquello que le disgusta o que escapa a sus categorías, el “hombre moral” se escandaliza. “En el fondo de toda moral yace el pensamiento de que, para ser, hay que tener derecho al ser.” La indignación se desata por la existencia de aquello que no debería haber existido, por un ser que no tenía derecho al ser. El escándalo consiste en que se está “en presencia de una existencia que no tiene ninguna legitimidad para la existencia”. La falacia de la argumentación moral se encuentra, según Rosset, en que primero postula un mundo armónico, estable, previsible, para luego poder condenar aquello que altera ese orden. Resulta evidente para el autor que el primer paso carece del más mínimo sustento. Lo que es anterior a cualquier experiencia no es el orden, sino el sinsentido. El hombre moral –como también el romántico– falla en su intento por controlar ese mundo caótico, sin finalidades. Pero, en lugar de asumir que su desesperado intento por esconder la angustia que le provoca la existencia ha fracasado, se apresura a buscar responsables a quienes inculpar. No es un dato menor que El mundo y sus remedios haya sido escrito en 1964. En sus tesis, en los interlocutores con los que busca entablar polémica (fundamentalmente Sartre, Merleau-Ponty y Camus) se percibe el clima intelectual del siglo XX francés. No obstante, el rigor de los planteos, la agudeza de la argumentación y el inquietante tema abordado hacen que el texto siga gozando de plena vigencia. Gustavo Santiago

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