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2014 Ilustraciones Kike Alapont, David Méndez ... Ilustración de portada: Davic Méndez .... a la puerta de la sala en la que se encontraría con los represen-.
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Maialen Alonso

Melodías de la Sangre Vol. I Despertar Todos los derechos reservados. © Maialen Alonso © 2014 Ilustraciones Kike Alapont, David Méndez © 2014 Símbolo Alvaro Bejarano Web de la Autora: maialenalonsooficial.blogspot.com ISBN-13: 978-1500148980 ISBN-10: 1500148989 Ilustración de portada: Davic Méndez Diseño y maquetación: Maialen Alonso

ÍNDICE

Melodía Nº0 Prólogo

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1ª Melodía Apocalipsis

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2ª Melodía Hecatombe

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3ª Melodía Caleb

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4ª Melodía Nuevo mundo

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5ª Melodía Tu sangre

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6ª Melodía Durmiente

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7ª Melodía Unión

143

8ª Melodía La Caída

169

9ª Melodía Rebelión

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10ª Melodía Legrant y los Rebeldes

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11ª Melodía Épsilon

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12ª Melodía Nuevo Líder

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Dedicado a la memoria de mi padre. Porque el amor que siento por ti, no tiene expresión humana ni expresión escrita creada.

Prólogo

E

l laboratorio militar de investigación científica de Nueva Zelanda estaba repleto de aparatos de última tecnología, máquinas e ingenios que habrían hecho las delicias de cualquier científico en aquellos tiempos. Muchos de los inventos allí reunidos lograban ver y modificar cosas cuya existencia era insospechada para la inmensa mayoría de los civiles. La población mundial desconocía por completo lo que ocurría realmente en el mundo, era un acontecimiento tan importante que sin duda, habría quedado impreso en los anales de la historia y la humanidad de haberse hecho público. Pero eso sólo habría pasado si hubieran logrado descubrir lo que ahora sabían antes del apocalipsis. Un grupo de científicos de lo más heterogéneo, trabajaba las veinticuatro horas del día en una sala circular e inmensa, cuyas paredes consistían en enormes pantallas de ordenador y que estaban vigilados constantemente por la policía secreta y el ejército. En el centro exacto de la misma, había una especie de caja rectangular que estaba monitoreada, a primera vista se podía saber que el experimento principal tenía que ver con aquel misterioso objeto. Revisando los últimos resultados, se encontraba uno de los investigadores principales del equipo, Mark Collins

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era el máximo responsable de todo aquello. Parecía inquieto, tal vez incluso nervioso, algo no estaba saliendo como esperaba. Se limpió el sudor intranquilo y ajustó la bata blanca que se le había desabrochado. —Revísalo otra vez —ordenó el doctor Collins a uno de los ayudantes asomándose por encima de su hombro, logrando intimidar al estudiante con su presencia—, cuantas veces sean necesarias. Estos resultados son completamente inaceptables, tiene que haber alguien más. —Pero señor, ya lo hemos hecho más de siete veces y el resultado sigue siendo el mismo —confesó el joven hecho un manojo de nervios. Ante esta confesión, Mark Collins comenzó a caminar de un extremo a otro de la sala, pisando con fuerza el suelo de mármol gris tan pulido que le devolvía su reflejo exaltado. Su pelo, usualmente engominado, se escapaba rebelde por culpa del sudor, sus manos pálidas y crispadas por los nervios no lograban volver a abotonar la bata y sus ojos azules claros se encontraban enrojecidos de tensión. Los miembros del equipo inicial se dieron cuenta en ese momento de lo mucho que le había envejecido aquella obsesión por conseguir lo que quería pese a lo joven que era, un hombre que se doctoró el segundo de la promoción con la edad justa. Su futuro debería haber sido brillante, pero después de que los militares se pusieran en contacto con él y le mostraran la verdad que nadie sabía, se obsesionó por encontrar una manera de salvar a la humanidad, y ahora los resultados eran así… Su desasosiego venía dado por varias razones, y la que más temía en ese instante, era que tendría que presentarse de inmediato ante el consejo de los Estados para el que trabajaba. Un consejo en el que participaban Europa y Estados Unidos junto con la colaboración de Rusia y China, una unión impensable,

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si se conocía en algo la historia de la humanidad antes del apocalipsis, pero que varias circunstancias les habían forzado a tal situación. Mark sabía que se habían dado órdenes en varios países para armar a los ejércitos si se presentaba esa necesidad, y el proyecto en el que trabajaba con tanto fervor, podría significar la clave para que todo se resolviera sin una guerra atómica. Pero los resultados eran insuficientes e insatisfactorios, era evidente que jamás aceptarían su proyecto de continuar de aquella forma. Sin embargo, se equivocaba. —Señor, la sala está preparada —avisó un soldado entrando por la puerta sin anunciarse, como hacían todos ellos. No parecían ser conscientes de que cualquiera de esos sobresaltos podía afectar a los materiales volátiles que tenían acumulados por el laboratorio—. Le esperan en el centro de reuniones. Mark maldijo mentalmente al tiempo por correr en su contra y a todo ser vivo mientras salía tras el soldado, flanqueado por otros dos y seguido por un cuarto. En momentos como éste se sentía como un reo directo al patíbulo. Atravesaron un corredor con una decoración austera y carente de cosas innecesarias, con paredes de hormigón armado e inscripciones codificadas que identificaban la base militar. Llegó a la puerta de la sala en la que se encontraría con los representantes de los países involucrados en aquel proceso. Abrió, dando gracias a dios de que sólo fueran hologramas y no personas reales, como mucho tiempo atrás lo habrían sido, porque en el fondo, él siempre fue un hombre cobarde. Vio la tribuna en el centro de la sala, a escasos metros de su persona, y caminó con lentitud al tiempo que observaba las mesas abarrotadas de imágenes holográficas, con un realismo que las hacía tan nítidas como su propio reflejo frente al espejo. Era una sala inmensa, llena de mesas con las marcas identi-

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ficativas de cada país y cada representante frente a cada una de ellas. Antes de hablar preparó su hoja de informes y ajustó el micrófono lo suficientemente cerca como para que sonase sin interferencias, todo ello con la vana esperanza de conseguir tranquilizarse antes de tener que tomar la palabra. Lo que tenía que informar no era bueno, se pasó una mano por el pelo y enderezó el cuerpo, tratando de aparentar una seguridad que no poseía. —Tras la prueba del mes pasado, hemos buscado en la base genética de datos de la población a escala mundial. Los resultados han sido totalmente inesperados —hizo una pausa mientras veía a gran parte del público frunciendo el ceño, estaba claro que no esperaban un fracaso rotundo y que no les gustaba nada la noticia—. Sólo cuatro individuos de la misma familia llegan a ser aptos para el proyecto. De los que tres seguramente serán descartados; uno por su elevada edad, otro por embarazo y el tercero por ser demasiado joven. —¿Y el cuarto? —se alzó una voz desde las filas de atrás, se le notaba interesado, pero sobre todo aliviado porque no fueran tan malas noticias como esperaban. —El cuarto es una joven. Una simple dependienta —murmuró con desinterés y una pizca de desprecio, jamás se plantearía exponer a una chiquilla a tal riesgo por un proyecto que, al parecer, comenzaba a hacer aguas. —Si es la única apta, tendremos que conformarnos —contestó con serenidad el representante de Francia, encogiéndose de hombros con un gesto poco profesional. El profesor Collins observó a los presentes con asombro y desprecio, la gran mayoría de los miembros del consejo asentían con la cabeza mostrando su conformidad, y él sólo podía pensar en lo imbéciles que podían llegar a ser los dirigentes del mun-

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do. Su gran proyecto de criogenización iba a quedar en manos de una joven que apenas cumplía los veinte años, eso era algo que no cabía en su privilegiada mente. Alguien que no tenía ni tan siquiera una carrera universitaria no podría jamás alcanzar a comprender el valor de su labor... Una mujer que trabajaba en una pobre librería en un barrio de mala muerte. La única razón por la que no se quejó ni trató de imponerse era tan simple que daba pavor, ellos podían hacerle desaparecer definitivamente del sistema y utilizar la información que había acumulado en sus investigaciones, y si el proyecto debía continuar tanto con él, como sin él, seguiría con aquello hasta el final. —Se votará, tal como se estipula en el protocolo de reacción que se recopila en el dictamen de las Naciones Unidas y en el real decreto de los derechos humanos revisados tras el desastre de 2020. Como bien temía Mark en un primer momento, todos aquellos burócratas estaban de acuerdo con la idea, pero también sabía que estaban poniendo precio a su cabeza, decidiendo sin consultar a los auténticos dirigentes del mundo, es por esto que el doctor no se sorprendió al ver las aparentes vacilaciones de sus máximos responsables. Era evidente a simple vista que aquellos hombres pensaban primero en sí mismos, pese a todo, también estaban corriendo riesgos por el bienestar común. —Me ocuparé de prepararlo todo, en unos diez días presentaré un último informe con los nuevos datos recogidos a la espera del veredicto del consejo —sugirió aparentando desconocer que su respuesta sería positiva, mientras hubiera posibilidades por mínimas que éstas fueran, su respuesta sería la misma. Dio media vuelta y salió sin mirar atrás mientras los comentarios de aquellos hombres se alzaban apuñalándole la espal-

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da. Toda su vida se había volcado en la criogenización, poder congelar un cuerpo durante décadas, durante una eternidad, a la espera de que surgiera una cura para alguna enfermedad o simplemente, por lograr la «vida eterna». Pero todos sus sueños e ilusiones se habían truncado en el mismo momento en el que se había descubierto una nueva especie de seres que amenazaban la vida y la paz sobre la tierra, ¿su nombre? Vampiros. No sabían cuál era el propósito de la aparición masiva de estos seres a ciencia cierta, pero sus ataques habían ido incrementándose en la última década, y ya tenían víctimas a escala mundial. Todo intento de entablar un acuerdo con esa raza había sido sistemáticamente desechado, ellos no querían negociar, los vampiros querían reinar sobre los mortales, y para éstos últimos, la esperanza era escasa, habían intentado de todo con tal de purgar su peligrosa existencia sin éxito. Las balas les atravesaban sin matarlos, su capacidad de regeneración era absolutamente increíble y su fuerza no tenía equivalente en el reino animal. En el mismo momento en el que vieron que se avecinaba una guerra en la que los humanos llevaban todas las de perder, se había creado el consejo en un estricto secreto. Su misión era simple, encontrar una solución. Y allí estaba Mark, con su magnífico estudio y su tesis doctoral, a quién llevaban vigilando más de dos décadas. Los militares no podían defenderse de aquellas bestias sin acabar con toda la humanidad, su única arma eficaz mataría todo ser vivo sobre la faz de la tierra, así que su última esperanza fue puesta en un científico medio loco, que estaba obsesionado con su investigación. La investigación más brillante que jamás hubiese existido, el proyecto de toda una vida, ahora estaba en manos de una pobre muchacha que ni imaginaba el futuro que le esperaba. A varios kilómetros del laboratorio, en el centro de Auckland, Nueva Zelanda, vivía Meryl, una joven de la que a primera vista

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se podía percibir su carácter apacible y tranquilo, que sentía una gran desconfianza de sí misma y que se ocupaba día tras día de su madre y hermano menor tratando de sacarlos adelante. Su padre era un alcohólico sin posibilidad de rehabilitación que se había marchado para no volver jamás, abandonando a sus dos hijos y esposa, y aunque aquello fue un soplo de aire fresco en sus vidas, económicamente fue desastroso. Desesperada, Meryl encontró un trabajo en una antigua librería propiedad de su anciana vecina, no teniendo más remedio que ocuparse ella de todo a su corta edad, cosa que no suponía ningún problema en su opinión, porque al fin y al cabo, ellos eran lo que más quería en el mundo. Sin embargo, Meryl no se podía imaginar el desastre que estaba a punto de caer, no sólo sobre ella, sino sobre toda la humanidad. El día amaneció nublado y como de costumbre, lleno de humedad. La muchacha no había dormido bien aquella noche, las pesadillas habían sido continuas y no pudo descansar más de dos horas seguidas. —¿Cariño, recoges tú hoy a George? —Sí, claro mamá —contestó sonriente, le alegraba poder aliviar el peso que llevaba su madre sobre los hombros— ¿Llegarás tarde? —Tengo turno doble en el hospital, este mes vamos muy justos. —Ya veo. Se fue a trabajar pensativa, había meses en los que las deudas de su padre las ahogaban y la hipoteca de la casa era lo primero que debían pagar, pues no podían arriesgarse a quedarse en la calle. Más o menos se las iban arreglando entre las dos para salir adelante, pero los dobles turnos de enfermera destrozaban la salud de una madre a la que adoraba profundamente. También

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estaba el pequeño George, que tan sólo tenía catorce años, estaba creciendo y aunque fuese un chico tan joven, comprendía la situación y no pedía nada, aun así, ambas se desvivían por darle todo lo que podían conseguir. La mañana marchaba tranquila, había muy poca clientela en una pequeña librería medio escondida en un barrio desolado por la nueva crisis económica. La ausencia de movimiento le producía una paz que agradecía profundamente, tenía muchas cosas en las que pensar, como por ejemplo, buscar un segundo trabajo, porque como continuasen así las cosas, su madre y su hermano lo iban a pasar muy mal. El tintineo de la puerta la despertó de su ensoñación bruscamente. —¿Meryl Smith? —preguntó un hombre uniformado nada más poner un pie en la tienda. Creyendo que se trataba de otro acreedor a quien debían dinero, comenzó a empalidecer y a ponerse nerviosa, seguidamente contestó con un tímido movimiento de cabeza. —¿Qué quiere? —dijo tras unos segundos, su voz tembló levemente. —Necesito que me acompañe señorita. —¿Dónde? Mire, si es por un asunto de dinero… —No es eso —otro hombre entró en la tienda uniéndose a la conversación—. Necesitamos que nos acompañe, si obedece sin rechistar, será algo beneficioso para usted y su familia. —No puedo simplemente irme con dos desconocidos —repuso arqueando una ceja evidentemente asustada. —Tenemos órdenes de llevarla, es su elección la forma de hacerlo. Sintiéndose amenazada por ambos hombres de aspecto rudo y tamaño fuera de lo común, se levantó de la vieja silla de de-

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pendienta sin dejar de mirarles, cogió su bolso y agarró con fuerza las llaves de la tienda, en un ineficaz intento de aparentar tranquilidad. Si había aparecido una nueva deuda por arte de magia, se ocuparía ella de todo sin tener que comunicárselo a su madre, no quería darle más preocupaciones.

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Apocalipsis

A

ntes de que pudiese decir nada, se vio dentro de un furgón negro de cristales tintados y, con ambos hombres colocados a cada lado. Nerviosa y sin posibilidad de huir, se sintió pequeña en su asiento, incapaz de moverse o actuar con libertad. —¿Podría saber qué es lo que ocurre? —preguntó con un ligero temblor en la voz tras mucho tiempo en silencio. —No estamos autorizados para revelar nada, señorita. Pero alguien lo hará en cuanto lleguemos. —¿Dónde vamos? —Allí —contestó alzando la mano para señalar con un dedo. Estaban en las afueras, a lo lejos se podía divisar un enorme complejo de edificios que ella, al igual que el resto de civiles, nunca había visto, pero que sí sabía qué conformaban. La base militar. Ese recinto y todos sus alrededores eran zona restringida para cualquier ser humano ajeno a los proyectos que se llevaban a cabo allí. Desde luego fueron los veinte minutos de viaje más largos de toda su vida. El coche se detuvo frente a uno de los edificios más grandes tras parar en varios controles de seguridad, todos los que co-

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nocían su razón de estar allí la miraban de manera extraña, con una mezcla de ansiedad y compasión. —Adelante —pidió uno de los hombres abriendo la puerta. Su fingida educación resultaba desconcertante. Meryl salió del coche abatida y vio un pelotón de jóvenes cadetes uniformados corriendo en pequeños grupos de un lado hacia otro del patio principal. El edificio central era inmenso, jamás lo había visto porque ni tan siquiera los reporteros tenían permiso para acceder a las cercanías del lugar, y de nuevo, comenzó a ponerse nerviosa, preguntándose qué diantres pintaba ella en un lugar como aquél, aunque también agradecía que no fuera otra deuda relacionada con algún mafioso.

—Espere aquí un momento, vendrá alguien a informarla de todo —le dijo un soldado que la dejó sola en una especie de sala de espera. —Sí. Aquella habitación era enorme y sus paredes estaban pintadas de blanco, en el centro, donde se había sentado, había una gran mesa alargada repleta de sillas negras y acolchadas, en realidad, más que una sala de espera, se sentía como en una sala de reuniones abandonada por su falta de tecnología avanzada y su alejada ubicación. Unos minutos más tarde, la puerta se abrió y, Mark Collins entró por ella incapaz de contener una mueca de asco al ver a la chica. Su pelo volvía a estar impecable, pero de sus nervios no se podía decir lo mismo, al menos por ahora conseguía mantener la compostura. Dejó un informe sobre la mesa y se acomodó las gafas redondas con aire intelectual sin ademán de sentarse, quería apa-

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rentar un aspecto que intimidara a semejante chiquilla. Sólo de pensar que el destino del mundo dependía de esa mujer menuda y, seguramente medio estúpida, le ponía enfermo. —No me andaré con rodeos —comenzó con decisión sin darle tiempo a Meryl de articular alguna de la ristra de preguntas que seguro tendría—, te ofreceremos un trato. Necesitamos que colabores en un experimento que no causará ninguna clase de daño en tu cuerpo, ni físico ni mental —cogió aire y siguió, aún, sin dar oportunidad a Meryl de interrumpirle—. A cambio, en el caso de que aceptes, no volverás a tener un solo problema económico. —Lo siento, pero… no entiendo muy bien a qué se refiere. —Veamos —suspiró—, te lo explicaré de manera que alguien con tu… capacidad intelectual, pueda comprenderlo. Estamos haciendo un estudio, simplemente tendrás que estar dormida en una cámara durante una semana, a cambio de eso, pagaremos las deudas de tu familia y, con lo que sobre, podréis vivir sin trabajar nunca más el resto de vuestra… interesante existencia. —¿Solamente… dormir en una cámara? ¿Me pagarán por eso? —preguntó perpleja y confusa por el exceso de información. El profesor Collins resopló para sus adentros, frustrado por lo lenta que llegaba a ser la chica. Le había informado de manera muy clara para que ella, preguntara aquello. Se armó de toda la paciencia que pudo acumular y continuó. —Así es, si estás dispuesta, aquí está el contrato. Tómate tu tiempo para leerlo —concluyó con una sonrisa falsa, señalando la carpeta con el dedo. Puso la serie de papeles frente a ella y salió del lugar sintiéndose enfermo y malhumorado. Meryl miró una y otra vez

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la puerta y el contrato alternativamente, no podía creerse su suerte, pero en el fondo le olía mal, tanto dinero por algo tan simple... era realmente extraño. De todas formas lo leyó y releyó varias veces, todo parecía estar en orden y aquella oportunidad les salvaría la vida. Cogió la pluma con fuerza, las manos le temblaban ligeramente, era inevitable tener miedo cuando no sabía lo que le esperaba. Aun así, firmó todos los papeles que lo requerían y alejó el documento, dejándolo correr por la mesa mirándolo con aprensión. Ya estaba hecho y no había marcha atrás. —Buena elección —sonrió otro hombre de bata blanca, más joven que el anterior. Meryl lo miró perpleja, pues no había oído venir a nadie—. Ahora, llamarás a tu madre para decirle que estarás fuera una semana a causa de un viaje. —¿Ahora? —se exaltó asustada— Pero… —Créeme jovencita, tenemos muchísima prisa con esto. No te imaginas lo importante que es para… todos. Toma. —Pero mi madre se preguntará a qué viene ese viaje. ¿Qué le voy a decir? —Eres una chica lista, ¿verdad? Seguro que algo se te ocurre. Volveré en cinco minutos. Se acomodó en la silla intentando pensar alguna excusa que sonase realista, no tenía demasiadas opciones, dijese lo que dijese y, pensara lo que pensara, le sonaría raro y sobre todo, sospechoso. —¿Mamá? —tanteó nerviosa cuando escuchó su voz al otro lado. —¿Cariño? ¿Qué pasa, estás bien? —preguntó extrañada, pues su hija rara vez la llamaba al móvil.

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—Sí mamá. Me ha surgido algo y voy a tener que marcharme una semana… —¿Cómo? ¿Qué diablos significa eso? —exclamó paseándose por la sala de enfermeras, en unos minutos tenía que salir a hacer la ronda. —Escucha mamá, es algo que nos puede cambiar la vida, un trabajo como traductora para un político —explicó haciendo gala de su conocimiento de tres lenguas—. Sólo será una semana, para una cumbre, me lo han ofrecido y pagan muy bien. Lo único es que tengo que salir inmediatamente y no podré recoger a George del colegio. —No sé cielo… ¿Estás segura de que todo está bien? Es un poco extraño… —Todo está perfectamente —repitió con un tono alegre que no podía ser más fingido—. Confía en mí, en una semana volveré a casa y todo cambiará. —Bueno… ten cuidado y llámame. —Lo intentaré, pero con el cambio de horario y lo ocupada que estaré… —Está bien, al menos dime que lo intentarás. —Lo haré. Adiós mamá, te quiero. Colgó el teléfono y suspiró profundamente, odiaba mentir a su madre, de hecho nunca lo hacía, pero aquella vez tenía una buena razón, una más que buena. Esperó un poco nerviosa a que volviese el hombre de la bonita sonrisa, le había caído bien, no la había tratado como si fuera imbécil o algo así, como los comentarios despectivos del hombre de las gafas, que no habían sido plato de su gusto. El chico con apariencia de médico fue a recogerla a la sala

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y la guió hasta una habitación para que se cambiase mientras le daba una serie de instrucciones que debería llevar a cabo a continuación. Se desvistió y dejó la ropa sobre la mesa, tomó una ducha que a su parecer olía a desinfectante, obligándola a lavarse tanto la cabeza como el cuerpo con el agua hirviendo y, al salir tuvo que echarse una especie de loción que desprendía un fuerte olor a alcohol. Se vistió con una especie de vestido blanco que tenía unas mangas bastante llamativas y se miró poco después en el espejo, no le quedaba nada mal, aunque el blanco impoluto hacía que sus ojos verdes parecieran aún más tenebrosos. —Muy bien, acompáñame. Iremos al laboratorio número tres —informó el chico, que ahora llevaba otro traje que le tapaba la mitad del rostro, como si ella tuviese una enfermedad incurable y contagiosa, pero pudiendo apreciar en su tono de voz, la amabilidad de la que había hecho gala al conocerle. —Perdone —susurró, el hombre se detuvo completamente y giró el cuerpo expectante—. ¿Es verdad que sólo tengo que dormir? —Así es, te induciremos un sueño muy profundo, ¡es completamente indoloro! Cuando despiertes habremos recopilado datos suficientes como para continuar sin tu ayuda. —Vale... —murmuró sin mucho convencimiento. No podía echarse atrás, debía conformarse con lo poco que le habían dicho. Pero seguía pareciéndole extraño obtener tanto dinero por echar una cabezadita de una semana, no era algo normal. Le siguió por el pasillo asustada, las piernas le temblaban ligeramente y sentía frío. El silencio era absoluto.

Estaban en una zona de alta seguridad, olía muy fuerte a

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desinfectante. Se pasó las manos por los costados conteniendo un escalofrío, no había ni un alma. Cuando entraron todo parecía normal, la cámara en la que debía dormir estaba allí, en una especie de pequeña habitación separada del material informático y del resto de científicos por una pared transparente. Avanzaron por una especie de túnel de plástico que olía a nuevo. La mitad de la sala estaba abarrotada de gente, y la cápsula, en donde se suponía que entraría, estaba conectada a un sin fin de máquinas y monitores por medio de largos cables negros. —Beth, prepárala de inmediato —ordenó el doctor Collins en cuanto el joven que la había acompañado se paró junto a la salida, quedándose cerca de ella. —Sí, señor —dijo la chica acercándose al interfono para indicarle qué debía de hacer. La mujer la fue guiando paso a paso para que se colocara, con la ayuda del chico, una serie de parches en la cabeza y sobre el pecho que, según le explicaron, la mantendría monitoreada y permitirían calcular el nivel de estrés que toleraba su cuerpo, en caso de que algo saliera mal o de manera inesperada, podrían interrumpir el experimento inmediatamente gracias a ellos. Meryl vio al hombre amargado de antes por el rabillo del ojo. Estaba sentado en una silla al otro lado del cristal con los brazos cruzados y no le quitaba la vista de encima ni por un instante, su mirada pretendía ser de todo menos reconfortante. Supo enseguida que ella no le gustaba, aunque el sentimiento era mutuo. —Perfecto, ahora siéntate aquí y quédate quieta mientras te inyecto la solución, si te sientes mareada o confundida, esperaremos un momento antes de meterte en la cámara. En unos segundos comenzarás a sentir mucho sueño señorita, ¿lo has

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entendido todo? —sonrió con franqueza. —Sí —afirmó, observando con aire ausente la jeringuilla que se acercaba a su cuello con cuidado. La situación comenzaba a parecer surrealista, se sentía como si la acabaran de meter en una película barata de ciencia ficción, tan sólo un par de horas atrás ella estaba en su trabajo, pensando en cómo ayudar a su familia, y de pronto, las deudas de su padre estaban saldadas porque alguien decidió que ella podía hacer ese trabajo, le parecía que todo era demasiado bueno. Se tumbó dentro de la cámara con ayuda del amable doctor, era espaciosa y muy cómoda. A primera vista parecía una tabla plana de madera blanca, como casi todo en esa zona de la base, pero al entrar se dio cuenta que era la superficie más mullida sobre la que había estado nunca. Cerraron la cámara en cuanto se colocó en posición y dejó de escuchar nada fuera de ella, estaba herméticamente sellada. Al principio sintió pánico, le costaba relajarse encerrada en un sitio tan parecido a un ataúd transparente, su respiración se aceleró y los latidos de su corazón la imitaron. Se concentró simplemente en el aire que entraba y salía de sus pulmones para olvidar la sensación de estar ahogándose, y el pitido imaginario que el silencio le hacía escuchar de manera constante. Poco a poco, una enorme sensación de paz la inundó y comenzó a cerrar suavemente los párpados, dejándose llevar por el combinado de tranquilizantes que seguramente le habrían añadido a la solución original. No recordaba la última vez que se sintió tan bien, estaba flotando en una especie de nube de algodón y era maravilloso. Una vez que se hubo dormido por completo, el momento más crítico comenzaba, había que criogenizarla.

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Nervioso, Collins apretó el botón de doble seguridad que llevaría a cabo la acción, todos los presentes miraban el momento en un silencio completo, sólo unos segundos y el frío habría engullido la cámara por completo. Respiraron aliviados cuando el proceso acabó y las constantes se bloquearon, parecía seguir «viva», tranquilamente dormida como si de una Blancanieves moderna se tratase.

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Hecatombe

E

l lugar estaba oscuro, la tranquilidad era absoluta y la iluminación casi nula. El techo se resquebrajaba dejando entrar la escasa luz de fuera. Unas rocas se desprendieron cayendo sobre el panel de mandos, apretando varios botones y dejando escuchar un sonido sordo que retumbo rompiendo el silencio sepulcral del lugar. Una cámara que en el pasado deslumbró con su color blanco, se había teñido de un tono verde mugriento y, comenzaba a perder la tonalidad cristalina del interior, el hielo de la criogenización desaparecía rápidamente gracias a la solución de un gas creado específicamente para aquel fin. Tras unos minutos, el proceso acabó y la escotilla superior se abrió ligeramente expulsando oxígeno y levantando la espesa capa de suciedad que cubría toda la estancia. Dentro, apaciblemente dormida, se encontraba una joven mujer que comenzaba a mover las extremidades. Abrió los ojos lentamente con un gran cansancio, por suerte, después de haber estado dormida, la oscuridad no resultaba molesta. Se incorporó con cuidado, ya que sus piernas y brazos se encontraban entumecidos y fríos. —¿Hola? —susurró mientras salía— ¿Hay alguien…?

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No hubo respuesta. Comenzó a extrañarse de que el único sonido que rebotase entre las paredes fuese el de su propia voz. La completa oscuridad y el alarmante abandono del lugar le provocaban más confusión... y temor, sobre todo temor mientras dirigía su vista una y otra vez por todo el lugar, tratando de reconocer la habitación... o al menos, lo que quedaba de ella. Sus pensamientos comenzaron a unir imágenes y a comparar, ninguna de ellas concordaba con lo que recordaba haber visto en lo que para ella era un momento atrás. Entonces, el pánico más grande que jamás había sentido su cuerpo la golpeó repentinamente y, una sola conclusión se hizo presente... Cerró los ojos con fuerza, reteniendo las lágrimas que comenzaban a arremolinarse y escocer en ellos, rogando que fuese una pesadilla o algún efecto ilusorio por haber dormido siete días seguidos. ...Algo terrible había ocurrido mientras dormía. Cogió aire y batallando con el temblor que tenía todo su cuerpo debido al frío y los nervios, terminó de levantarse. Detalló todo cuanto sus ojos podían gracias a la escasa luz que iluminaba la desolada habitación. El pensamiento de que seguramente comenzase a anochecer pasó por su confundida mente. Se acercó a la puerta e intentó abrirla sin éxito, parecía estar atascada por el otro lado, su siguiente opción era la última y más arriesgada, escalar por el techo derruido hasta encontrar la superficie. Era peligroso, pero no había ninguna otra salida, en momentos desesperados, medidas desesperadas. Tras un rato intentándolo e hiriéndose levemente las manos, logró disfrutar del aire exterior, sus pulmones lo acogieron con entusiasmo, pues en el laboratorio subterráneo, el oxígeno estaba viciado y completamente sucio. Pero no todo acababa en la extraña situación del lugar, una vez fuera, sus

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ojos miraron al cielo. Una extensa y oscura nube cubría todo hasta donde alcanzaba su vista y no era de noche, porque podía vislumbrar el brillo del sol más allá de aquel velo negro que cubría el cielo. Lo primero que vino a su mente fue que tal vez habría ocurrido alguna catástrofe natural, pero entonces, ¿dónde se encontraban aquellos trabajadores y militares de la base? Comenzó a sentir angustia pensando que tal vez todo el mundo había muerto, pero lo descartó, era imposible que fuese la última humana sobre la faz de la tierra. —Muy bien —se dijo a sí misma—, caminaré hasta la ciudad, allí tiene que haber alguien, Dios mío, por favor, que haya alguien… —rezó esta vez, sin poder contener las lágrimas que se escurrieron desde sus ojos. Pero con su avance, sólo creaba más incógnitas en su mente. La primera; ¿Cuánto tiempo había transcurrido realmente? Por lo que sus ojos iban notando, no sólo una semana, ni unos meses… La vegetación se había tragado literalmente el complejo de edificios que formaban la base militar, y pensar en aquello estaba a punto de provocar un colapso en su cuerpo, sobre todo al imaginar que cabía la posibilidad de no volver a ver a su madre y a su hermano pequeño nunca, nunca más. Comenzó a caminar con los pies desnudos, ni se había dado cuenta de ello, lo único que hacía era seguir la destrozada carretera principal y pensar en mil y una cosas al mismo tiempo. Debía de haber sido algo repentino, porque de lo contrario, la habrían despertado, ¿o no?... Aquel debía ser un dato importante. «¿Tal vez, la explosión de alguna central nuclear?». Pensó poniéndose tensa. Tras más de una hora de caminata, pudo ver a lo lejos los altos edificios de la ciudad, estaba cerca. Por una parte no quería

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dar ni un solo paso más, aquello implicaría descubrir qué había provocado todo aquel caos. Pero de pronto sus miedo pasaron a un segundo plano pues,, a un lado del camino, junto a un coche destrozado y oxidado, vio un bulto moverse. Embriagada por una pequeña desesperación corrió en su dirección, asustando a quien fuese aquella persona. —¡Oye, oye! —gritó— ¡Espera, por favor! —suplicó cuando lo que parecía una mujer intentó huir. —¿Estás loca? ¡No grites así, intento esconderme! Meryl la miró con especial atención, estaba desmejorada y no aparentaba más de treinta años. El pelo canoso le llegaba por la cintura, y las ennegrecidas ojeras delataban una falta de sueño alarmante, sin mencionar los harapos que llevaba como vestimenta. —¿Qué… qué es lo que ha ocurrido? —¿De qué hablas? ¿Te has escapado de tu amo? —preguntó con desconfianza. —¿Mi amo? ¿De qué diantres hablas? —De tu dueño, estúpida. Enséñame la muñeca, veamos a quién perteneces —dijo agarrándole en un rápido movimiento la mano derecha con una fuerza descomunal y, apretando las uñas negras por la suciedad— ¿Por qué no tienes ningún sello? —Lo siento señora, pero no entiendo absolutamente nada de lo que me dice… —No sé de dónde habrás salido jovencita… pero eres extraña. De todas formas, acompáñame. Meryl comenzó a caminar tras ella con cierta desconfianza, pues la mujer había cambiado radicalmente de carácter cuando vio que no tenía aquel sello que mencionó. Pero por poco que le gustase, de momento era lo único que podía hacer para lograr

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responder alguna de las miles de preguntas que se amontonaban en su confundida mente. Se dirigieron a la ciudad, pero no se aventuraron hacia el centro, la mujer dio un rodeo y pronto Meryl fue capaz de ver el estado de las calles, la oscuridad reinaba en cada esquina, había personas carcomidas vagando por todas partes como muñecos sin alma, según la mujer, eran desechos que ya no servían a nada ni a nadie, simplemente esperaban su final para descansar. Cuando Meryl pasó junto a la entrada principal de la ciudad, se quedó paralizada. La ancha calle que se abría frente a ella dejaba ver a lo lejos, hasta casi el centro mismo de la ciudad que la vio nacer. Los edificios tenían un aspecto lúgubre, totalmente deteriorados y evidentemente mal cuidados. Debían de haber pasado décadas desde su último arreglo. La carretera estaba casi desecha, se veía la tierra salir de ella con toda la fuerza de la naturaleza y algo de maleza que se había abierto camino hasta la superficie para disfrutar de la libertad. Se percató de que todo aquel cambio no era fruto de unos días ni tampoco de unos meses, incluso se atrevía a pensar que tampoco de unos pocos años... ¿Cómo diablos se había sumido la ciudad en un caos como aquel? No tenía sentido, ¡no lo tenía!

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Antes de poder hablar y preguntar todo lo que se arremolinaba en su cabeza, la mujer volvió a cogerla con fuerza empujándola en dirección a un edificio cercano que carecía de puerta de entrada. —Entra, rápido. —Sí, vale. Entraron en una casa de tres pisos, de fachada desconchada y descuidada. Por dentro no mejoraba en absoluto, la mitad de las escaleras estaban podridas y las puertas colgaban chirriando de forma tenebrosa. No le gustaba aquel lugar y su instinto avisaba que no era seguro estar allí. —¡Ned, Ned! —gritó golpeando con fuerza una de las puertas que aún se mantenía en su sitio— ¡Soy Tannia, abre! —¿Estás loca? —del interior salió un hombre que tendría más de sesenta años y de aspecto rudo— Han puesto precio a tu cabeza… —murmuró obligándolas a entrar— Deberías haber salido de la ciudad. —Para eso necesito comida, imbécil. —¿Y qué tienes para cambiar? —Esto —sonrió alzando el brazo de Meryl y batiéndolo varias veces en el aire. —¿Una muchachita enclenque? —Una «Libre». —Y yo soy un gato volador, hace más de cuarenta años que la resistencia desapareció, y los Libres con ellos. —Mira, mira… —insistió, mostrándole la muñeca de Meryl, que empalidecía por momentos. —Oigan… no sé de que hablan, pero…

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—¡Cállate! ¿Qué quieres por ella? —preguntó con los ojos llenos de codicia— Te daré lo que pidas. —Toda la comida que pueda llevar. No me mires así Ned — añadió con una mueca—, sé que puedes sacar muchísimo por esta idiota. ¿Te puedes creer que no hace más que preguntar qué ocurre? Ambos se miraron incrédulos y comenzaron a reír a pleno pulmón. Meryl se había paralizado de los pies a la cabeza, pues hasta donde lograba comprender, la estaban intercambiando como a un objeto en aquel mismo instante y no podía hacer nada. Su respiración comenzó a aumentar, dejó de escuchar, de sentir y de ver. Acabó desmayándose debido al miedo y el estado aún débil de su cuerpo.

Cuando abrió los ojos sintió una presión en los pies desnudos. Intentó incorporarse sin recordar nada de lo ocurrido, como si todo hubiese sido un horrible sueño, pero lo que vio delataba la realidad. Se encontraba apresada con una especie de extraño grillete que tintineaba al más leve movimiento. Miró a su alrededor frunciendo el ceño nerviosa por algo que no lograba entender, no estaba sola, allí, a su alrededor, había al menos otras siete personas, en su mayoría mujeres. Negó con la cabeza incrédula ante aquella visión, y de pronto, sintió una calidez en su brazo derecho. —¿Estás bien? —preguntó una joven de voz suave mientras sonreía. —No… por favor, dime que significa esto… —Perdona, pero no entiendo a qué te refieres. Bueno, empecemos bien, ¿vale? Me llamo Johana Penn. —Soy Meryl Smith... —susurró con la voz entrecortada—

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¿Por qué estamos aquí? —Te han vendido, como al resto de nosotros —suspiró sin hacer desaparecer su sonrisa tranquilizadora—. Cuando llegaste estabas inconsciente. —¿Vendida? ¿Cómo es posible? ¡Eso es horrible! —gritó con nerviosismo al tiempo que se estrujaba las manos temblorosas y miraba el suelo ennegrecido. —No me dirás que es la primera vez que te venden, ¡eso sí que es imposible! —Claro que es la primera vez. Oh Dios mío, dónde he acabado… —lloró quedándose sin respiración y sin poder impedir el temblor de su cuerpo. —No te ofendas, pero actúas como si todo esto fuese… nuevo para ti. Cuando los ojos de Johana chocaron contra los de Meryl, algo se encendió en su interior, la creyó, algo no encajaba con aquella chica que parecía venir de otro planeta, pues en su vida había conocido más que aquello, entonces tuvo el impulso de querer saber todo sobre su nueva compañera. —¿Qué tal si me cuentas tu historia? Meryl suspiró, intentando controlar su estado de ansiedad. —¡Déjala Johana, seguro que se ha dado un golpe en la cabeza! —gritó otra muchacha, provocando la risa de todos. —Yo no debería estar aquí… —Claro, ninguno de nosotros. —Cállate estúpida —escupió Johana enfurecida por la intromisión—. Continúa Meryl. Esperó unos segundos para relajarse y cerró los ojos recordando todo con la mayor claridad posible, después comenzó a

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hablar en un susurro que, poco a poco, aumentó elevando el tono de su voz. Sólo se la oía a ella, y todos la miraban atentamente, casi incrédulos por lo que sus oídos estaban escuchando. Hacía más de ciento cincuenta años que los vampiros se habían sublevado. Según la historia, los humanos habían sido unos tiranos que los asesinaban en masa sólo por envidia, por ser diferentes... Aquello era simplemente lo que la nueva historia relataba y lo que a ella le contaban ahora. Sin embargo, Meryl, llena de confianza e ira, gritó que aquello era mentira, de hecho ni siquiera sabía que aquellos seres existían, e incluso aún dudaba de si se estaban riendo de ella. De ser cierto, todo era una patraña inventada por ellos, intentando razonar sus actos crueles. —¿Sabes? —preguntó Johana— Con sólo mirarte, se puede sentir que no mientes. —Entonces, señora anciana —bromeó la chica de antes, haciendo alusión a los años que ahora tenía Meryl— ¿Por qué se adueñaron de todo? —No lo sé —Meryl pensó un segundo y vio con claridad— ¿Pero tú crees que nosotros íbamos a tenerles a ellos esclavizados? Por lo que me habéis dicho son mil veces más fuertes, casi imposibles de matar, y nosotros… somos débiles, morimos sin mucho esfuerzo. Sus palabras actuaron como un golpe directo en la cara, nunca habían pensado en aquello, en nada de aquello. La verdad era simple, habían creído las palabras de ellos, de sus padres… y todo lo demás parecía algo irreal, aquel sol que Meryl relató, el cielo azul, la vida en cada esquina, los verdes campos de flores… —Si eso fuese cierto… —murmuró un chico de no más de

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quince años— Sería genial, ¿verdad? —Quiero volver a casa… —lloriqueó Meryl hundiendo la cabeza. —Siento ser yo la que te lo diga, pero jamás volverás. El destino decidió que acabases en aquel experimento que nos has contado, ahora tienes que aprender a vivir aquí. —¿Cómo se supone que haré eso? —preguntó desesperada— Tengo mucho miedo… Todo esto no puede ser real. —Lo único que puedo desearte es caer en buenas manos. Meryl se tapó la cara con ambas manos y comenzó a llorar, estaba aterrada sólo de pensar qué podría ocurrir. Eran demasiadas novedades. ¡Vampiros nada más y nada menos! Había leído mucho sobre ellos, pero jamás imaginó que existiesen, que hubiese pasado caminando junto a uno de ellos cuando todo el planeta era normal. Su nueva situación parecía una pesadilla, de hecho, intentaba pensar que así era.

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Caleb

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quella noche fue larga, sentía como temblaba cada músculo de su cuerpo mientras el resto de compañeros con los que compartía la celda dormían tranquilos, pues para ellos, aquella situación era algo corriente; así nacieron, crecieron y así morirían. Pero para Meryl, todo la superaba, despertarse un día y ver que el mundo que conocía había desaparecido, era algo demasiado grande para poder asimilar en veinticuatro horas. —¡Arriba todos! —gritó un hombre a media noche, golpeando la puerta con una fuerza bestial. —¿Johana? —Es la hora de la venta —ironizó la chica poniéndose en pie. Se levantaron con pesadez, con debilidad. Meryl se esforzaba por controlar su respiración e intentaba imaginar qué habría tras aquella puerta que tenía frente a ella. En su mente una vocecilla gritaba aterrada: «¡Vampiros, vampiros, vampiros!». En el fondo, por muchas cosas que el resto de esclavos le habían contado, no se lo creía... o mejor dicho, no se lo creería hasta

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que lo viese con sus propios ojos. Solamente intentaba mentirse así misma para poder superar su ansiedad. Antes de atravesarla, un grupo de hombres llegó para encadenarles por completo y evitar así cualquier problema. Meryl sintió un ahogo cuando el frío metal se apoderó de su cuello, en un arrebato de rebeldía y miedo, intentó zafarse del hombre, que enfurecido, la agarró por la pechera del vestido que aún llevaba y se lo desgarró, aquello fue suficiente para que se quedase totalmente quieta y dócil. Al salir por la mugrienta puerta se agarró a Johana, lo que encontró fuera sólo podría definirse de una manera, era una subasta, la gran sala estaba llena de mujeres y hombres bien vestidos y dotados de una gran belleza. Intentó fijarse en todo lo que podía, pero al estar tras Johana, su visión era bastante limitada. La mayoría tenían los ojos de un rojo brillante. «¡Cómo monstruos!». Gritó su mente de inmediato. —¡Señoras y señores! —habló sonriente el hombre, llamando así la atención de todos los presentes— ¡Que comience la subasta! Los aplausos se alzaron entre la muchedumbre, que ansiosa, esperaba por observar el género con mayor atención. Eran ricos, poderosos y los más bellos de la zona Alfa. En aquel antro inmundo se había personado Caleb, mandamás de toda la zona y mano derecha de Amadeus, uno de los cuatro grandes conquistadores. Era joven en apariencia, un tanto silencioso y de carácter serio y arisco. Le gustaba controlar la situación, pero odiaba los sitios concurridos, sin embargo, era parte de sus funciones observar aquellas situaciones y asegurarse de que todo se desarrollase en base a las leyes establecidas personalmente por él.

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Sus ojos de color rubí se posaron sobre toda la carnaza expuesta sobre el tablón, uno de aquellos individuos le llamó inusualmente la atención. No podía verla bien, pero sí que podía oler su miedo, incluso percibir el tintineo del temblor de sus huesos, hacía tantos años que no había vuelto a ver aquellas cosas en un humano, que le resultaba intrigante a la par que extraño. «Está sucia». Pensó arrugando la nariz con una mueca. Intentaba adivinar si el color castaño oscuro de su melena era natural o estaba así por la mugre acumulada. Bajó la vista por el extraño vestido blanco y desgarrado, lleno de parches oscuros de suciedad hasta los pies, que habían perdido el tono rosado de su piel y ahora eran marrones. Suspiró, estaba acostumbrado a ver de aquella guisa a los débiles humanos. Continuó observando cómo se escondía detrás de otra mujer que no tenía ninguna relación con ella, y algo cambió en el instante que sintió los ojos de un tono verde azulado de la joven sobre los de él, en aquel momento tuvo el impulso de protegerla, algo que jamás había sentido en los trescientos años de vida que contaba como vampiro. Se enfadó consigo mismo, porque aquél era un sentimiento imperdonable, no se podía sentir pena por los humanos y él lo sabía bien, sin embargo, no se marchó, aunque no se daba cuenta, dentro de su subconsciente la decisión de comprarla ya estaba tomada. Aquel miedo reflejado en sus ojos... era como verse a sí mismo en un espejo. El esclavista carraspeó para llamar la atención de los vampiros que que esperaban ansiosos, pues aquélla vez parecían estar más excitados que de costumbre, supo que podían sentir un especial aroma en el lugar y no tenía que pensar mucho en quién lo provocaba. —¡La siguiente es una auténtica joya amigos míos! —sonrió

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ante todo el público— Ven aquí estúpida —susurró agarrando y tirando con fuerza de Meryl, que se había quedado paralizada— ¡Aquí ante vosotros, tenéis una Libre! El gentío susurró sin esconder su sorpresa, ahora sabían de dónde provenía aquel sabroso aroma, un aroma que en aquellos días sólo se encontraba en los niños de sangre virgen, los que aún no habían sido probados. Si era Libre, significaba que nadie había comido de ella, una sangre pura y limpia que nadie estaba dispuesto a dejar escapar. —¿Queréis olerla mejor? —preguntó con malicia sacando un pequeño cuchillo— ¡Sabéis bien que nunca os engaño con mi género! Hizo un pequeño corte superficial en el brazo derecho de Meryl, solamente salieron unas gotas de sangre, pero se pudieron escuchar algunos jadeos de excitación ante lo que tenían delante. —¿Qué tal si comenzamos la puja en mil monedas? —¡Mil quinientas! —gritó una mujer rubia junto a Caleb sin esperar ni un segundo. Mientras pasaba el tiempo, las apuestas comenzaban a subir hasta tomar precios exorbitantes. Meryl estaba a punto de caerse al suelo, jamás imaginó que pudiese llegar a temer tanto por su vida. La estaban vendiendo como a un pequeño cordero y era incapaz de articular palabra alguna para expresar su desacuerdo. Todo transcurría como un sueño, veía borroso y escuchaba las voces como si llegasen de una lejanía total, las manos le temblaban de forma incontrolable... —Un millón de monedas —continuó otra voz con la apuesta, llamando la atención y causando un silencio completo. —¿No es Caleb? —murmuró un hombre a su acompañante—

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Él nunca puja. —Pues olvídate, no podremos superar nunca su oferta, además, es mejor no oponerse... Había susurros temerosos, nadie se atrevería a superar su puja, que para colmo era limpia y casi insuperable. Con pena, nadie volvió a alzar la mano y miraron a la joven que habían deseado hacía unos segundos con nostalgia.

—Meryl, Meryl —susurró Johana con un punto de emoción—. Escucha, has tenido suerte, por lo que sé es un buen tipo, pero atenta, no confíes en nadie si te da la mínima sensación extraña, ni en los humanos, en ellos menos que en nadie. —Johana… —intentó contestar mientras el hombre la bajaba a empujones del escenario, rumbo al comprador. —Mi señor, aquí esta su compra. Espero que todo esté bien y sin problemas… —Ten —dijo tirándole un fajo de dinero encima—. Ven a casa más tarde a por el resto. —Por supuesto… Y tú, por tu bien, compórtate… —susurró— ¡Arrodíllate ante tu amo! —le dio una patada en la parte posterior de las rodillas haciendo que cayese al suelo mientras gemía de dolor.

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La sala estaba en silencio y sólo se escuchó el tintineo de las cadenas que la aprisionaban, allí arrodillada, miraba pidiendo clemencia al extraño hombre que la había comprado. —Mess, ella ya no te incumbe, así que no des órdenes ni golpees a quién no debes —cogió la cadena que llegaba hasta el cuello de Meryl, la agarró del brazo y la levantó sin esfuerzo. —Perdone mi señor. Posó su mano derecha sobre el hombro de una temblorosa joven y, la empujó con suavidad hacia la puerta bajo la atenta mirada de todos los presentes. Caminó guiada por el misterioso vampiro mientras se preguntaba qué haría con ella. Subieron a un coche y Meryl observó atentamente al hombre que la había comprado, era el primer vampiro que veía tan de cerca. Simplemente parecía sacado de un sueño, con aquel pelo negro azulado y los ojos de un tono rubí, que eran tan intensos que hipnotizaban, pero la belleza del extraño era lo que menos importaba en aquel momento, sólo suplicaba a todo ser supremo que la protegiesen de una muerte que veía cercana. Miraba de reojo, su comprador estaba sentado de forma indiferente, con el puño cerrado se sostenía la fina mandíbula y miraba tranquilamente por la venta del vehículo. Sólo unos centímetros les separaban, pero tenía la sensación de estar a años luz de él, algo que en aquel momento deseaba con todas sus fuerzas. Quince minutos después de salir de la ciudad, que ya dormía debido a la hora que era, llegaron a una enorme y antigua mansión a las afueras. El jardín estaba seco y los árboles daban pavor, aquel habría sido el lugar perfecto para rodar una película de terror. El coche paró y Caleb bajó para abrir galan-

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temente la puerta del lado contrario para que Meryl saliese. No la miró, pero esperó con paciencia los dos minutos que su nueva adquisición se tomó para sacar, por fin, el pie desnudo y pisar la gravilla que rodeaba toda la casa. Tenía la mirada perdida y la voz bloqueada, se asustó cuando sintió el guante de cuero que cubría la mano de Caleb sobre su hombro desnudo, otra vez empujándola, esta vez hacia la puerta principal que comenzaba a chirriar al abrirse. —Has tardado más de lo que esperaba… —su voz se debilitó al fijarse en que su jefe no llegaba solo, aquello era algo nuevo e inusual en él. — Llévatela Alexander. Que se bañe, y quítale las cadenas —ordenó. —Sí, claro… Por aquí, señorita. Meryl volvió a mirar a Caleb sin esconder su confusión, pues no era aquello lo que esperaba. Él simplemente pasó de largo y se adentró en la mansión dejándolos allí a ambos. Un poco más segura ante aquella situación, se acercó a Alexander con ojos de cordero degollado, era un muchacho tan pálido que casi brillaba en la oscuridad de la noche, de ojos bermellón y traje negro. Él sí se parecía a la clase de vampiro que habría imaginado alguna vez, en su antigua vida. Con un atractivo extraño y un pequeño punto enfermizo.

—Te dejo aquí algo de ropa limpia, es un poco vieja… espero que no te importe. Creo que el agua estará a tu gusto. Ella frunció el ceño descolocada y sin poder parar el leve temblor que continuaba reinando en cada uno de sus músculos, aun así, se metió en la bañera de agua templada con olor

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a moras silvestres sintiendo que volvía a nacer.

El agua ya estaba fría, pero Meryl continuaba dentro con la mente en blanco, casi parecía muerta. El sonido de la puerta la volvió a traer a la realidad. —¿Estás bien? —preguntó Alexander desde el otro lado. Meryl susurró un leve «Sí» que el vampiro escuchó perfectamente. Salió del agua sin esperar más tiempo, pues no quería darle motivos para entrar. Observó el sencillo vestido blanco de corte recto y mangas abombadas y se sentó en una silla que había en la habitación pensando en qué debía hacer, ponerse el vestido, esperar, arriesgarse a salir... Aún no estaba segura de qué hacía allí, tal vez era la cena de aquella noche. Tuvo un pequeño impulso de rebeldía y se volvió a poner el ennegrecido traje que le habían dado los científicos antes del experimento, le resultaba demasiado extraño todo aquel buen comportamiento, pues las cosas que había escuchado de sus compañeros de celda distaban mucho de su situación actual. Alexander entró poco después y se quedó atónito al verla con la ropa con la que llegó, sonrió para sus adentros comprendiendo lo que ella intentaba decir con aquello. —Si me lo hubieras dicho, te habría lavado la ropa e intentado arreglar la parte rota, parece importante para ti. Bueno, seguro que tienes hambre, te he preparado algo, si me acompañas… —dijo, haciendo un gesto galante con la mano e indicando a su vez el camino. Aunque no quería ir no tenía más remedio. Se levantó con cuidado y comenzó a caminar dejando pequeñas huellas con los pies húmedos sobre el suelo de brillante mármol negro. El

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lugar era realmente grande, debía de haber docenas de habitaciones, pues a su paso por el ancho corredor sólo veía puertas y más puertas junto a las que colgaban hermosos cuadros, toda la casa estaba decorada con un aire barroco. —Por aquí. Alexander abrió una puerta que parecía de roble bien tratado, ambos entraron por ella y llegaron a un lujoso salón, el fuego iluminaba cada rincón y su crepitar resultaba casi intrigante. En el centro había una gran mesa con varios platos de comida, el olor que desprendían llegaba hasta Meryl flotando de forma sabrosa y abriéndole un enorme agujero en el estómago. Por primera vez se daba cuenta de que no había probado bocado desde que se hubo despertado, pero pronto, el hambre se convirtió en náuseas nerviosas, en cuanto se sentó y se dio cuenta de que no estaba sola. En un sillón no muy lejano a ella, frente al fuego, estaba la persona que la había comprado sosteniendo una copa que guardaba un espeso líquido rojo. Sólo podía ver su perfil iluminado por las llamas, estaba serio y la luz que emitía la hoguera chocaba contra su pelo negro dejando ver los brillos de un color azulado muy, muy oscuro, casi imperceptible. Él no parecía darse cuenta de su presencia, pero lejos de la verdad, sabía mejor que nadie que estaba allí, aún olía su miedo, que comenzaba a parecerle irracional. Se preguntaba tantas cosas que perdía la noción del tiempo, incluso seguía impresionado de su propia actitud al comprar a una mujer inservible, tenía un sabor agridulce con toda aquella situación, pero lo más importante era acostumbrarse a tener otra persona allí que no fuese su mano derecha, su mejor amigo, Alexander, o Jeoff, su chófer y guardaespaldas. Debieron de pasar diez minutos cuando escuchó el leve tin-

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tineo del metal contra la porcelana. No necesitaba mirarla para saber que no había probado bocado, no, él tenía una habilidad extraordinaria para saber lo que ocurría siempre sin necesidad de ver. —Si no vas a comer —comenzó con una voz tranquila y varonil que la asustó—, será mejor que vayas a dormir, son casi las tres de la mañana. Meryl le miró con desconfianza, todavía esperaba el momento en que se abalanzaría sobre ella para matarla o desangrarla, la espera estaba siendo peor que cualquier otra cosa. Sintiéndose vencida, se levantó obedeciendo. —Ven conmigo —Alexander apareció de algún rincón asustándola de nuevo. Subieron al segundo piso, que estaba tan lleno de habitaciones como el primero. Sin embargo, en este, había en ambas paredes una exposición impresionante de cuadros y estatuas de estilo romano o griego que ya eran antiguas cuando Meryl vivía su vida sin más percances que los económicos. —Caleb me ha dicho que uses esta habitación, está completamente amueblada y no te faltará nada, también hay ropa... Entró corriendo sin decir una sola palabra ni dejarle acabar y cerró la puerta de golpe, intentando buscar un poco de seguridad allí encerrada. Había varias velas encendidas que iluminaban con elegancia la estancia, era una habitación hermosa y amplia. La cama era grande, la colcha, de un tono verde esmeralda, brillaba como si fuese de seda. Los altos palos de madera del dosel se alargaban desde los extremos, sosteniendo las cortinillas de noche de la misma tonalidad que el resto de ropa de cama. Había un baño y un enorme armario vestidor repleto de ropa para mujer. La ventana de doble hoja estaba junto a un antiguo

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escritorio de basta madera y, en medio, un sillón alargado que hacía de complemento a todo el lugar. —¿Caleb? —preguntó Alexander— ¿Qué te ha ocurrido para que traigas una esclava? —No lo sé —dijo con rudeza mirando la copa que volvía a estar llena—. Tuve una sensación extraña cuando la vi. —Entiende mi confusión, llevo a tu lado cien años y nunca habías mostrado interés por nadie. —Estoy tan sorprendido como tú. Es tarde, iré a descansar. Alexander sonrió mirando cómo desaparecía por el umbral de la puerta, no había nadie sobre la faz de la tierra que le conociese mejor que él. Decir que estaba cansado era algo típico cuando no quería hablar de algún tema, y sin embargo, allí estaba la muchacha humana que le había llamado tanto la atención. Él también había notado algo extraño en el comportamiento de la chica, aquel miedo a todo… ¿Acaso no conocía a Caleb? Aún estando bajo el mando directo de Amadeus, no era conocido por ser cruel, tal vez sí frío y extremadamente serio… pero no malvado. Cualquier humano habría dado un brazo por acabar en aquella casa. Todavía recordaba la conversación que habían tenido mientras ella se bañaba, Caleb había pedido expresamente que se quedara en aquella habitación que él delicadamente, había decorado hacía unos meses sin ninguna razón. Una habitación que precisamente le negó a Ashe, su última y más fogosa amante, razón por la que ella, enfurecida, se había marchado al ver que Caleb nunca permitía sus caprichos, ni un abrazo había recibido de él. Su relación sólo había sido puramente sexual. —Si no fuese un hombre, ni lujuria se permitiría a sí mismo… —susurró divertido, mientras recogía la mesa— Esperemos que todo esto no traiga problemas mayores.

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Meryl despertó sin saber qué hora era, el cielo oscurecido hacía imposible saber cuándo amanecía y cuándo anochecía. Aún se preguntaba qué había ocurrido, cómo y sobre todo, por qué. Miraba el techo de la cama sin ganas de levantarse, se sentía débil, ya que la noche anterior se dedicó a dar vueltas a la sopa de la que todavía recordaba el sabroso olor que desprendía, las tripas le rugieron varias veces quejándose a gritos por el hambre. —¿Debería levantarme? —preguntó a la soledad de la habitación— ¿Qué debo hacer, Dios mío? Si mamá estuviese aquí… Oh, mamá, George… —sollozó tapándose con la almohada. Le pareció increíble que no hubiese tenido tiempo de llorar por las dos personas más importantes de su vida. Le resultaba difícil creer que nunca más los volvería a ver a ninguno de los dos, era una sensación tan horrible que en su imaginación intentaba aparentar que nada era real, que estaba en su cama, recién despierta tras una pesadilla... pero el sonido seco de unos nudillos chocando contra la puerta la devolvió a la cruel realidad, a la mansión de su amo. —He pensado que como ayer no te encontrabas bien, tal vez te gustaría desayunar aquí. Meryl no pareció escuchar, sus ojos miraban fijamente el sabroso contenido de la bandeja; tostadas, zumo… ¿Qué hacía un vampiro con aquellas cosas? ¿Acaso no se alimentaban sólo de sangre? —Gracias… —murmuró, evitando el contacto visual. —No deberías tener miedo, aquí estarás segura. Meryl levantó cabeza de sopetón, asombrada por aquellas palabras. Por un segundo quiso llorar al sentir tranquilidad, pero su instinto no se lo permitía.

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—Oye… —le llamó, antes de que saliera de la habitación— Tú eres uno de ellos, ¿verdad? —¿De quiénes? —Vampiro… —Sí, claro. —¿Podrías decirme qué ocurrió? —Lo lamento —se disculpó extrañado—, pero no comprendo qué quieres decir. —¿Por qué el cielo está oscuro? —preguntó con tono de ruego— ¿Por qué el mundo es así ahora? Desde que desperté ayer sólo he visto cosas horribles, no comprendo nada… —murmuró para sí misma mientras se llevaba ambas manos a la cara para callar un jadeo de desesperación— ¿Qué voy a hacer? Alexander se quedó estático al no comprender las palabras de Meryl, pero algo no iba bien. Salió en busca de Caleb dejando la puerta abierta tras él, tal vez su jefe consiguiese más respuestas a toda aquella confusión y sobre todo, sacarla del repentino estado en el que se había sumergido, con la mirada perdida, como si estuviese a punto de perder sus facultades mentales. —Caleb, será mejor que vengas a ver a tu invitada.

—¿Qué ocurre? —No estoy seguro, pero está desvariando. Hace preguntas demasiado raras. Se tomó unos segundos antes de ponerse en camino. Con cierta intriga llegó a la habitación y la vio sentada, con los hombros caídos y mirando la colcha que cubría sus piernas. No pareció darse cuenta de su presencia. —Déjanos solos Alexander. Se acercó con cautela, evitando asustarla repentinamente.

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Podía ver que sus labios se movían con suavidad, susurraba algo que sólo un vampiro sería capaz de percibir, se sentó al borde de la cama y afinó sus sentidos. —…Yo sólo quería ganar dinero, para mamá y George… Era un estúpido experimento, solamente dormiría una semana y después los problemas se habrían terminado para siempre… pero cuando salí de allí todo estaba oscuro… destrozado… y me vendieron. Vampiros… vampiros… ¿desde cuándo son reales? Me matarán, me harán daño y no podré hacer nada… nada… Caleb estaba impactado, había comprendido perfectamente lo que decía, ¿pero cómo podía ser posible? Aquello ataba los cabos sueltos que le habían atormentado durante las últimas horas. Para alguien que despertaba repentinamente en un mundo infernal como aquél, debía ser un completo shock. Alargó las manos y las aferró sobre sus hombros intentando devolverla a la realidad de la forma menos brusca posible, ella, al sentir la repentina presión, le miró con los ojos abiertos de par en par, Caleb podía ver su alma en ellos, el pánico que la inundaba en aquel momento desbordándola. Comenzaron a caerle grandes lágrimas transparentes por las mejillas. Se sintió impotente y, por primera vez en siglos, quiso apartar el dolor de otro ser vivo que no fuese él mismo. Con ambos pulgares secó sus mejillas rosadas, sentía pena por aquella humana que al parecer venía del pasado, su instinto no se había confundido, sabía que existía alguna razón por la que su ser interior le alertaba y le pedía a gritos que la comprase. Y allí estaban ahora. —Vas a tener que reponerte y contarme todo. —¡No me mates! —gritó ella de pronto exaltándose, como si despertase de una pesadilla.

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—No es lo que tengo en mente ni lo que pienso hacer. Dime, ¿cómo has llegado aquí? —insistió— Debes contármelo. Sentía cómo Caleb apretaba las manos contra su cara intentando darle seguridad, era un tacto extraño, casi aterciopelado... era la piel más suave que jamás había sentido. Pero lo importante fueron sus ojos rubí, su mirada le transmitía paz, como si esto provocase que su miedo se desvaneciese lentamente. En un impulso, sin ser capaz de cerrar el grifo de sus lágrimas, le contó lo ocurrido. Para ella sólo habían pasado unas horas, se había levantado como de costumbre para ir a trabajar, unos hombres extraños se la habían llevado a la base militar y después de aceptar el millonario trato, se había visto en aquel lúgubre lugar que ya no reconocía como su ciudad.

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—Es una situación complicada… —susurró Caleb sin apartar la mirada— Pero tienes suerte de estar aquí. No temas, te irás habituando a esta nueva… vida. Aunque no te prometo que vaya a ser fácil. Come algo e intenta descansar, parece que lo necesitas. Tras hablar se marchó tan rápido como un suspiro. Meryl se quedó mirando la puerta abierta. Seguía confusa, aunque un poco más tranquila intentaba decirse a sí misma que poco a poco, su situación mejoraría, sólo tenía un camino y era acostumbrarse al oscuro mundo en el que se encontraba, pero la duda no se había disipado, aún pensaba que todo era mentira, que planeaba amansarla para matarla, descuartizarla y quién sabría qué cosas más. «Tengo que escapar…» Decidió en la oscuridad de la estancia. Se asomó por la ventana, la altura era demasiado grande, pero tal vez podría apañárselas para bajar hasta el pequeño tejado que separaba ambas plantas y desde allí, utilizar un árbol para llegar al suelo. —Puedo hacerlo —susurró animándose a sí misma. Ató dos sabanas que encontró en el armario, puso una silla para atascar la puerta y abrió la ventana tratando de hacer el menor ruido posible. La noche era fresca, el aire corría con fuerza trayendo los suaves olores del bosque otoñal. Fue más difícil de lo que parecía, pero consiguió llegar al árbol seco, que se inclinó peligrosamente rompiendo varias ramas. Descendió con cuidado y, cuando posó los pies sobre la grava que rodeaba la casa, se sintió liberada. Ahora debía correr con la fuerza de una bestia y buscar ayuda, ¿pero dónde? En la ciudad seguramente volverían a cogerla y a venderla a otro de aquellos siniestros seres.

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El suelo del bosque estaba cubierto por una suave neblina que le daba un aire más tétrico al lugar si es que aquello era posible. Comenzó a correr en una dirección al azar, pisando las hojas caídas y manchándose los pies. Cada paso que daba la hacía sentirse más libre y lejos de aquel vampiro, pero estaba muy equivocada, pues Caleb ya estaba siguiéndola, en parte divertido por la idea de la joven de escapar y en parte ofendido por cómo se había tomado todo aquello. Él había dejado claro que no iba a matarla y aun así, el millón que había pagado intentaba huir desesperadamente hacia una muerte segura. Después de varios minutos de correr sin descanso, Meryl se detuvo en un pequeño claro en el que los altos árboles dejaban entrar la luz de un débil sol que las espesas nubes no dejaban casi distinguir. Apoyó las manos sobre las rodillas, haciendo un esfuerzo infernal por mantener controlada su respiración, las gotas de sudor se resbalaban por su rostro hasta caer sobre las hojas secas sin producir ningún sonido. —A esta… distancia… debería estar… segura… —se recitó intentando respirar. —Tu comportamiento llega a ofenderme —escuchó una voz de algún lugar cercano que la agitó peligrosamente, acelerando aún más su corazón—. Piensas que puedes desaparecer así por así... Tal vez de un humano sea posible, pero yo no lo soy. Levantó la mirada y lo vio tranquilamente sentado sobre la rama de un alto árbol, con el semblante serio y los ojos fijos en ella, aquella mirada le provocaba escalofríos por todo el cuerpo. De pronto saltó y Meryl gritó por la impresión, porque la altura era de varios metros. —Creí que con lo que hablamos, te había quedado claro

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que no voy a matarte. —¿Y… y por qué no me dejas ir? —su voz tembló de forma escandalosa. —Si te dejo ir te matarán. Y no voy a malgastar de esa manera el millón que pagué por ti. Meryl se mordía el labio inferior, siempre lo hacía cuando se sentía nerviosa, y en aquel momento en el que él acortaba las distancias, sentía que su corazón dejaba de latir posicionándola a un paso de desmayarse por el miedo, pensando que la golpearía como reprimenda a sus actos. Cuando sus pasos se detuvieron lo suficientemente cerca, cerró los ojos con fuerza sabiendo que todo lo que intentase sería inútil, él era más rápido, fuerte e inteligente que ella. —Volvamos —dijo sin más, apoyando su mano sobre la cabeza de Meryl. Ella lo miró de forma infantil, como cuando su madre la regañaba siendo una niña. Por un segundo se sintió en casa, en su hogar, con su familia... aquel dulce sentimiento de seguridad que sólo sientes cuando estás entre los tuyos.

Caleb caminaba lentamente tras ella vigilando los torpes pasos que daba y riendo por dentro, sabiendo que lejos de su protección, su vida sería un auténtico infierno. El extraño sentimiento de protección volvía a inundarle por completo dejándole un sabor confuso y algo agrio. Comenzaba a comprender que aquella humana torpe podría convertirse en su debilidad. Aquello no estaba bien... porque sólo traería dolor a su alma fragmentada. Llegaron a la casa, donde Alexander esperaba con expresión tranquila y su siempre calmada media sonrisa. Nadie dijo una

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sola palabra, entraron uno detrás de otro al calor del hogar hasta llegar al salón principal. Meryl estuvo a punto de colapsar cuando el sabroso olor a pollo asado voló hasta su nariz como una tortura. Tenía tanta hambre que comenzó a tener suaves convulsiones. —Voy a ducharme —dijo Caleb saliendo y dejándoles solos. —Ve a comer —pidió Alexander acomodando una silla frente al plato preparado con gran gusto—. Caleb me pidió que lo preparase para cuando volvierais, estaba muy preocupado. Aunque creo que un desayuno así es una bomba, también es cierto que hace mucho que no comes nada. Ella lo miró casi con adoración, se había dado cuenta de cuán buen corazón tenía él y ahora se daba cuenta de que Caleb no era como ella pensaba. Se había preocupado en que cuando volviesen, tuviese algo que llevarse a la boca, con dos días sin probar bocado, sentía que estaba a punto de morir. Se sentó y comenzó a engullir de tal forma que Alexander se asombró, parecía que no había comido nada en semanas. —Ahora que estás más tranquila —comenzó Alexander ordenando unas figuras sobre una cómoda cercana—, quería decirte algo. Aunque por fin veas que no queremos hacerte daño, habrá gente que sí. —He visto lo que hay fuera… lo he vivido en mis carnes, creo que soy un poco más consciente de que… ahora podría estar muerta. —Si estás cerca, te cuidaremos —sonrió. Meryl no contestó, volvió a mirar su plato un poco sonrojada. Por una parte estaba feliz de estar allí, pero seguía temiendo por su situación.

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El agua estaba helada, intentaba despejarse con el frío. Desde que Meryl había puesto un pie fuera de la ventana había sabido cuáles eran sus intenciones y la había dejado que se internarse en el bosque, por supuesto, bajo su atenta mirada. Correr la ayudaría a sacar parte de su estrés, él era de los que pensaban que llevar el cuerpo al límite podría ayudar con ciertos temas, de hecho era algo que Caleb hacía en momentos difíciles, pues su puesto conllevaba ciertos riesgos. Salió de la ducha y se quedó estático frente al enorme espejo, su reflejo le devolvía una mirada fija que por un momento le pareció la de otra persona, otro chico que aparentaba veinte años humanos y de rasgos que serían extraños para ella, para Meryl. —¿En qué diablos estoy pensando? —se preguntó a sí mismo gruñendo. No podía negar el sabroso aroma que emanaba de ella, las ganas que tenía de probar su sabor, pero si lo hacía se condenaba a sí mismo. Tal vez algún día tendría la oportunidad de hacerlo sin demasiado peligro...

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