En busca de la simbiosis tímbrica

40 de Dmitri Shostakovich y Sonata op. 36 de Edvard Grieg. En la Usina del Arte. Mientras el calor se abatía sin piedad en las prime- ras horas de la tarde por-.
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espectáculos

| Viernes 20 de diciembre de 2013

CláSiCa

En busca de la simbiosis tímbrica concierto de música de cámara: dúo cello y piano. ★★★★ muy bueno. intérpretes:

José Araujo (cello) y Fernanda

Morello (piano). obras: Sonata op.

El Ballet del Teatro Colón, en un imperdible cierre del año

teatro colón

40 de Dmitri Shostakovich y Sonata op. 36 de Edvard Grieg. En la Usina del Arte.

ballet

Exultante fin de temporada el lago de los cisnes. ★★★★★

excelente .

Música de Chaikovski y

coreografía de Peter Wright (con colaboración de Galina Samsova), sobre el original de Petipa-Ivanov. Ballet del Teatro Colón. dirección: Lidia Segni. escenografía y vestuario: Philip Prowse. orquesta filarmónica de buenos aires; dirección: Hadrián Ávila Arzuza. teatro colón.

R

esulta llamativo, y estéticamente coherente, que esta excepcional versión de El lago de los cisnes se inicie con un funeral y se cierre con una suerte de responso para un príncipe muerto. Rige el andarivel de la partitura de Chaikovski y la estructura coreográfica corresponde a la que concibieron Petipa e Ivanov, pero, en el desarrollo, la imponente puesta en escena del coreógrafo Peter Wright (1926) deslumbra al espectador y lo sorprende con sus aportes. El Ballet del Teatro Colón, que dirige Lidia Segni, lo ha incorporado a su repertorio y, repositores mediante, le ha dado vida con rigor y devoción. No es poco, tratándose de un ícono de la historia del ballet que ha de-

safiado la técnica y la magia de enormes étoiles, así como ha favorecido la consagración de algunas otras. Entre las últimas habrá que incluir a Carla Vincelli, quien a los 31 años se ha consolidado en ese privilegiado sitial, después de una década de lento ascenso en la compañía oficial, en roles comprometidos. Para asumir el espinoso desdoblamiento de Odette/Odile contó con el firme respaldo de Federico Fernández, su compañero de elenco. Pero antes de que desfilen los virtuosismos danzados hay que admirar, en el coreógrafo, el manejo de una puesta digna de grandes régisseurs, incluidos los de teatro y ópera. Un primer acto exento de las consabidas pirotecnias festivas

destila, en cambio, los resabios fúnebres del reciente deceso del rey, con una corte que trasunta una gravedad propia del castillo de Elsinor: una arquitectura de sólidos bloques normandos, grises, transmite una atmósfera sorprendentemente shakespeareana. Nunca vimos, antes, una ambientación de El lago de los cisnes de este tenor. Las danzas, igualmente sobrias, permiten el lucimiento de Maximiliano Iglesias en el rol de Benno (asistente del príncipe), el mismo que, con recogimiento de duelo, cerrará la pieza. En ese orden de lo plástico, es insoslayable la exquisitez del vestuario de Philip Prowse (también escenógrafo), tan elogiado en ocasión del estreno de esta puesta en la Ópera de Estocolmo, en 2001, con su equilibrio en las tonalidades de rojos y grises y refinados diseños. Con sabio criterio, ni el coreógrafo ni su colaborador Prowse osaron

introducir modificaciones en los intangibles actos “blancos” (segundo y cuarto), debidos a Lev Ivanov. Sí, en cambio, hay sutiles innovaciones en la gran recepción del tercero, en los que Wright incorpora tres roles de solistas, con las princesas húngara, napolitana y polaca (las “candidatas”), bien resueltas por Gabriela Alberti, Natalia Pelayo y Larisa Hominal. En el segundo acto, prueba de fuego para la intérprete de Odette, Vincelli se adecua con talento a la sensibilidad romántica con sus attitudes, sus port-dès-bras y la armonía de sus “desmayos”, y Federico Fernández le proporciona una contención viril y sin fisuras. Movilizarán el entusiasmo del público con las destrezas del espectacular acto tercero (en el que, por lo demás, no pasa inadvertido el Rothbart de Vagram Ambartsoumián): los infaltables fouetés de ella y las pirouettes à la seconde de él, ejecutados con desafiante velocidad. A eso contribuyó la vigorosa dirección instrumental del colombiano Hadrián Ávila Arzuza (aun con la flaqueza de algún solista). Antes de que la temporada concluya, nadie debería perderse esta sutil, legítima relectura de un clásico emblemático.ß Néstor tirri

M

ientras el calor se abatía sin piedad en las primeras horas de la tarde porteña, un reducto de buena música en La Boca ofrecía el mejor de los remansos: el piano de Fernanda Morello y el cello de José Araujo, reunidos, en su último concierto de la temporada, para dar vida a dos composiciones plenas de intensidad. Ya desde su presentación como dúo, los intérpretes destacan su predilección por el repertorio ruso, y así lo pusieron de manifiesto con la sólida y expresiva ejecución de la Sonata Op. 40, de Shostakovich. Atraídos por la espontaneidad y la energía de la personalidad rusa –una personalidad musical fuerte y directa–, ambos músicos encuentran en esa expresión frontal, por momentos rústica o violenta, un vasto campo de afinidades. “Esta música tiene características que resuenan en nosotros –explicó en una ocasión Araujo respecto del gusto que comparten por el sentir ruso–. Ciertos tipos de toque, una determinada articulación del sonido, asperezas y sobresaltos son algunos de los elementos que, a pesar de resultar irritantes estéticamente, constituyen rasgos de un lenguaje sincero y apasionado.” Al abordar su formación de cámara como una experiencia en busca de la simbiosis tímbrica (invirtiendo los roles, esto es: tratando de asemejar desde el piano la cuerda frotada del instrumento de arco, con

la ilusión de un contacto directo con la cuerda sin la intermediación de la tecla, y, desde el cello, asemejar la cuerda percutida del instrumento de teclado), el principal recurso del dúo consiste en explorar los contrastes y sorpresas de la composición, el colorido y el sabor folklórico de algunas líneas temáticas, y el rico juego de variedades sonoras que expresan el drama, la ironía y el lirismo contenidos en la música de Shostakovich. Luego de una breve pausa, casi conectando el discurso de ambas composiciones, llegó la Sonata Op. 36, del noruego Grieg, vertida con igual entrega y solvencia. El dúo llegó con su mensaje y logró sostener a lo largo de toda la obra una estrecha comunicación con el público. “Si bien las estéticas son diferentes, sentimos que al presentar estas dos sonatas juntas, se completa un buen contrapunto, ya que hay un humanismo que las acerca desde la oscuridad por la que ambas transitan espiritualmente”, según Fernanda Morello. En síntesis, un muy buen concierto como antesala de lo que será el lanzamiento discográfico del dúo constituido en 2008, previsto para el próximo año, con el registro de obras de estos compositores. Un párrafo aparte merece la sala que, con excepcional acústica y confortable disposición, ofrece un ámbito de cercanía e intimidad ideal para el repertorio de cámara. A esas condiciones naturales, debería sumarse el cumplimiento de la disposición de no ingresar en el recinto durante la ejecución para evitar distracciones que quiebren la concentración del público inmerso en el clima creado por los intérpretes, ya que la razón de ser de la música en vivo es, ante todo, la consagración de ese punto de encuentro.ß Cecilia Scalisi

Guillermo Pfening en la obra Café irlandés

Los estrenos del Cultural San Martín anuncio. Ana Katz, Walter Jacob y Juan

Onofri, entre los directores convocados El Cultural San Martín (no confundir, como siempre pasa, con el Teatro San Martín) dio a conocer su programación para 2014. En materia de artes escénicas, la franja que más dio que hablar este año, está previsto el estreno de 10 espectáculos y la reposición de otros cinco montajes. Los primeros tres estrenos previstos serán dirigidos por mujeres. La primera obra que saldrá al ruedo está en manos de Eva Halac. Se llama Café irlandés y se trata de un texto que investiga el paradero del cuerpo de Eva Perón. El espectáculo será protagonizado por Guillermo Pfening. La segunda obra es de Ana Katz, se llama Pangea y cuenta con la actuación de Jimena Anganuzzi. Simultáneamente a este estreno se presentarán dos películas de Ana Katz: Una novia errante y Los Marziano. Esta especie de tríptico se cierra con una puesta de Tatiana Santa Ana, quien montará La bestia rubia, pieza protagonizada por Nelson Rueda que recorre la vida del Padre Mujica. En agosto, el director Alejandro Ullúa estrenará Nosotros..., los amantes del musical, un melodrama de los años 40, 50 y 60 con historia de amor incluida. En otro de los espacios del Cultural se pondrá un texto de Jean Cocteau que estará a cargo de Javier van de Couter. El año próximo comenzará un ciclo curado por Mercedes Halfon y Carolina Martín Ferro que

se llamará “Actual-inactual”. Propone un encuentro entre el legado de cuatro directores icónicos del siglo pasado –Meyerhold, Jarry, Brecht y Artaud– cuyos materiales serán reinterpretados en esta primera etapa por los directores Silvio Lang, Mariana Chaud, Walter Jacob, Agustín Mendilaharzu y Sergio Boris. En materia de danza, Juan Onofri Barbato y el grupo KM 29 estrenarán Duramadre. Onofri es el mismo que en la sala AB presentó Los posibles, aquel recordado trabajo coreógrafico que tuvo su versión cinematográfica bajo la cámara de Santiago Mitre. A lo largo del año, Gerardo Litvak estrenará una nueva coreografía, Pablo Rotemberg irá por una nueva etapa de La Wagner y Teresa Duggan montará una obra que dará cuenta de los 30 años de su compañía. El listado de estrenos se complementará con espectáculos de Lizardo Laphtiz, Cristian Drut y Mariano Pensotti. Y con montajes vinculados con el cruce de distintas disciplinas artísticas como Proyecto Vaticinio/Teatro tecnológico, en el que Ana Alvarado y Gabriel Gendín se preguntan si es posible un teatro en el cual los objetos interactúen con el cuerpo del actor y el texto estando en la misma jerarquía. Todo sucederá en el Cultural San Martín (que, vale siempre aclarar, no es el Teatro San Martín).ß alejandro Cruz