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EL HABLAR QUE SANA, LEVANTA Y TRANSFORMA. ¡El poder de una palabra! El pequeño freno que domina el cuerpo pesado y fuerte del caballo.
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EL HABLAR QUE SANA, LEVANTA Y TRANSFORMA

¡El poder de una palabra! El pequeño freno que domina el cuerpo pesado y fuerte del caballo. El pequeño timón que hace girar una gran nave en alta mar, aún contra los vientos de una tempestad. La pequeña chispa que enciende un gran bosque. Son las figuras que Santiago usa para impresionarnos con el poder de la lengua y la responsabilidad que tiene la persona que abre la boca para hablar--hasta el punto de decirnos que no muchos deben ser maestros porque es tan fácil traicionar el llamamiento de educar y edificar. Estas figuras nos hacen recordar que las palabras de un pintor de casas, Adolfo Hitler, encendieron una guerra mundial y libró una maldad que todavía marca nuestra sociedad. Pero, también recordamos las palabras de un Winston Churchill que fortaleció un país para soportar los bombardeos día y noche y al final, movilizaron muchos países para resistir y vencer el poder militar más fuerte y ambicioso que jamás se había conocido. Santiago 3:1-12 enfatiza los peligros de la palabra y sus efectos negativos cuando nos recuerda que “todos ofendemos muchas veces” y “Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto”. Usa expresiones como “la lengua es un fuego, un mundo de maldad”, “contamina todo el cuerpo”, “inflama la rueda de la creación” y “ella misma es inflamada por el infierno”. Nos desanima escuchar las palabras, “ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, lleno de veneno mortal”. Pablo también estuvo consciente del impacto negativo de la lengua cuando escribió que el cristiano debe evitar "la palabra corrompida" (Ef. 4:29). El vocablo que usó describe una fruta podrida, fea y hedionda. Pablo no habló sólo de expresiones huecas, sino de todo lo que no edifica, expresiones que atacan, humillan, critican, culpan, burlan, desaniman, amenazan, lastiman, engañan; el sarcasmo que hiere, el humor que humilla, lo que causa disenciones o la información que rompe amistades y arruina reputaciones. Nos hace recordar a todos en nuestro pasado, una expresión de un amigo, de un maestro o de nuestros padres que nos lastimó y que nunca hemos olvidado porque marcó hasta el momento nuestra manera de vernos a nosotros mismos. Si la lengua puede hacer tanto mal, nos da ganas de no abrir la boca jamás. No obstante, Santiago también dice que “con ella bendecimos al Dios y Padre....De una misma boca proceden bendición y maldición”. Sí, la maldad sale de la boca, pero también la bondad, el amor y la edificación pueden salir de la boca. Pablo dice que es posible que el cristiano diga palabras que sean “buenas para la necesaria edificación a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29): palabras de ánimo, estímulo, afirmación, afecto, admiración, agradecimiento, humildad, compromiso, apoyo, entusiasmo; palabras que piden o dan apoyo y consejo, que enseñan, que piden perdón y perdonan, que sanan heridas, que reconocen que cada uno es frágil, que comparten alegrías, sueños y metas. Toda la Biblia testifica del poder positivo de las palabras, llegando a su clímax con las bellas enseñanzas de Cristo que han

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marcado para bien la civilización humana. Después oímos el testimonio y las predicaciones de los seguidores de Jesús y las enseñanzas de los apóstoles que han impactado y orientado la transformación de millones de vidas por más de veinte siglos.

A. “¿POR QUÉ DIJE TAL COSA?” Todos recordamos algo que dijimos y que tarde o temprano reconocimos como un gran error. ¿Por qué habíamos dicho tal cosa? Jesús contesta esta pregunta: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:34-35). La paráfasis en Inglés que llamamos “The Message” (“El Mensaje”) dice así, “Es tu corazón, no el diccionario, que da significado a tus palabras. Una persona buena produce actos y palabras buenas año tras año. Una persona mala es una plaga en el huerto de frutales”. ¿Por qué critico a las personas en la iglesia? ¿Por qué murmuro sobre pequeñas ofensas y molestias? ¿Por qué disparo palabras con intención de lastimar a los que están más cerca de mí? ¿Por qué informo a varias personas del error o pecado de otro para que pierdan respeto por él? ¿Por qué exagero un poco para ganar el argumento o para que me vean mejor? ¿Por qué cuento lo que alguien me compartió en confianza? La Biblia dice que es porque dentro del corazón del hombre están los deseos de herir, de defenderse a toda costa, de imponer nuestra opinión, de mostrar que somos importantes porque tenemos las noticias. Jesús habló de estos temas en varias ocasiones: “No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto....porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:43-45). Culpar la lengua es sólo una figura que nos evita discernir las raíces del problema que son nuestros móviles de egocentrismo, ambiciones, malicia, venganza y soberbia. Intentar apagar la comunicación que daña es como matar algunas pocas cucarachas que salgan a la luz. A menos que fumiguemos la casa, seguirán prosperando y propagándose en los rincones oscuros. Después del discurso clásico de Santiago sobre la lengua, él habla de la sabiduría porque es la sabiduría interna que influye en el hablar de la persona. Hay dos tipos de sabiduría dice él. Una que produce “celos amargos y contención,” la jactancia y la mentira, “perturbación y toda obra perversa”. En el vocabulario dramático del hermano de Jesús, él describe esta sabiduría como “terrenal, animal, diabólica”.

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Por otro lado, “la sabiduría de lo alto es primeramente pura [sincera en sus intenciones], después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.” Esta sabiduría viene del cielo, de Dios y de su Palabra, y produce el hablar que motiva, sana las relaciones, levanta las personas, las edifica y las transforma. Lo que está en el corazón hace la diferencia. Queremos saber cómo tener un corazón así, pero antes, pensemos un momento en los pecados que comete la sabiduría humana.

B. ¿CUÁLES SON ALGUNOS PECADOS DEL HABLAR? Seremos más sensibles para reconocer nuestros errores si recordamos los errores que cometemos al hablar. Posiblemente llegaremos a entender cuáles son las motivaciones carnales que promueven estos tipos de comunicación. El chisme. Tal vez el chisme es el comportamiento de la lengua que parece el más inocente porque es sólo un medio de comunicación. Pero, por aparentar tal inocencia, es muy común y peligroso. Existe un “mercado” muy grande para cierto tipo de información, generalmente negativa. Si sabemos que la noticia no es toda la verdad, entonces, no es “inocente”--en vez de llamarlo “chisme” se debe llamar difamación o calumnia. Pero, generalmente pensamos que es la verdad. Si es la verdad, entonces, muchos asumen que todos deben saberlo y tienen derecho de saberlo. El primer problema es que muchas veces no hay manera de constar la verdad o no tomamos interés en averiguar la verdad antes de comunicar la “información”. Después cuando nos damos cuenta que no sucedió como habíamos pensado u oído, ya es demasiado tarde para recoger, aclarar o corregir lo que se ha regado por todos lados y daña la reputación de otros. El segundo problema es que, aunque sabemos de primera mano que la información es verdadera, es necesario hacer algunas preguntas. ¿Tengo el derecho de contarlo? ¿Será edificante para la persona que la escucha? ¿El será una persona mejor por haber aprendido ésto? ¿Es necesario que él sepa? Y ¿qué efecto tendrá en la vida de la persona que es el objeto del relato o los comentarios? ¿Le ayuda que otros sepan? ¿Le respetan más? ¿Le confían más? ¿Compartir la información contribuye a resolver el problema? o ¿Posiblemente, hace más grande y complicado el problema? Otra consideración es ¿por qué quiero contarlo? ¿Qué me motiva? ¿Quiero que me vean como persona enterada, que sabe las cosas? O ¿será que realmente deseo manchar la reputación o el testimonio de la persona? ¿Quiero crear pugna entre la persona que es el tema del relato y la que escucha el informe? No digamos que todo es para que otros oren por el problema. Si la información no debe regarse, la oración no es suficiente razón por dañar a otra persona. Podemos pedir oración sin dar los nombres y los detalles.

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Posiblemente la primera pregunta que debo hacer es si estoy violando una confianza. ¿Me contaron en confianza? ¿Aprendí la información en una sesión? O, ¿me contó alguien que lo supo en una sesión? Los temas de las sesiones, especialmente asuntos delicados que tratan de individuos, son confidenciales. Si es necesario que otros sean informados, esto se hará en el momento apropiado, por el medio más apropiado, por la persona designada, con las explicaciones apropiadas y sin los detalles que no sean necesarios. No somos los dueños de esta información con derecho de divulgarla a otros. Aún, contarlo a una persona muy cercana arriesga que llegue a otros y haga mucho daño. Un principio bíblico que debe guiarnos y frenarnos es que somos celosos por la reputación de Jesucristo y de su Cuerpo. El hablar que daña el testimonio de un hermano en Cristo, daña a todo el Cuerpo. Somos perjudicados nosotros mismos porque somos “miembros los unos de los otros”. Lo más importante es que daña el nombre de Dios. Hace algunos años surgió un problema en una congregación cristiana a la que asistimos—un problema que amenazaba dividir la iglesia. Fue una época muy triste en la vida de los cristianos. Gracias a Dios, se superó. Sin embargo, el momento más triste fue cuando supe que miembros de la iglesia lo habían contado a no cristianos en la comunidad y ahora ellos tenían otra excusa para no escuchar el mensaje del amor y sacrificio de Jesús. Cuando Santiago 4:11 exhorta, “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros” podría traducirse, “no habléis mal los unos de los otros”. La regla general debe ser, si es una información negativa, no debemos hablar nada del asunto. Pero, uno dirá, “En algunos casos, es mi responsabilidad informar lo que pasó”. Bajo el tema de la crítica, comentaremos la situación cuando creemos que alguien debe saberlo. Veremos que es muy importante escoger cuidadosamente a quién lo contamos. La indirecta. Se cuenta del primer piloto de un barco, de quien, después de una parranda de tragos, el capitán anotó en el diario de navegación: “Piloto borracho hoy”. ¿Sabe cuál fue la venganza del piloto? Pocos meses después escribió a hurtadillas en el diario de navegación: “Capitán sobrio hoy”. Kent Hughes dice: “Lo mismo ocurre con la palabra contenida, con el silencio embarazoso, con las cejas arqueadas, con la mirada burlona....” Nos damos cuenta que no tenemos que decir las cosas en la cara para que la comunicación sea clara y dura. La respuesta sarcástica, la broma o la burla que llega demasiado cerca de la realidad y el apodo que lastima. A menudo se hace en un grupo familiar o de amigos porque no lo haríamos en privado. Sería demasiado directo. La persona lo entiende y otros se dan cuenta y el ambiente se carga con pena y resentimiento. Es posible hacerlo desde el púlpito, en una sesión, en un estudio bíblico. Tal vez, la intención fue la diversión inocente pero una persona queda lastimada. De nuevo, tenemos que preguntarnos ¿por qué lo hacemos? ¿Será que realmente estamos molestos con la persona? ¿No hemos aprendido el procedimiento bíblico de tener paciencia y perdonarle? ¿Debemos acercarnos y hablar directamente con el fin de

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reconciliarnos? ¿Será que queremos llamar la atención a nosotros mismos? ¿Ser el payaso? ¿Aparentar ser divertido? ¿Mostrar una forma de valentía? ¿Queremos lastimar a la persona o que le dé pena delante de otros? o ¿Es una forma de venganza? ¿Será que es sólo una falta de consideración y amor? La adulación. Si el chisme es decir a espaldas de una persona lo que uno no le diría teniéndola de frente, Hughes sugiere que la adulación significa decirle de frente lo que no diríamos a sus espaldas. Le expresamos un cumplido, le elogiamos, pero insinceramente. Proverbios nos orienta sobre esta práctica: “El hombre que lisonjea a su prójimo, red tiende delante de sus pasos” (29:5). “La lengua falsa atormenta al que ha lastimado, y la boca lisonjera hace resbalar” (26:28). El Salmo 12:3-4 amenaza a todos los que usan la lengua para ganar ventaja: “Jehová destruirá todos los labios lisonjeros, y la lengua que habla jactanciosamente; a los que han dicho : Por nuestra lengua prevaleceremos”. ¿Cuál es la motivación de la adulación? Puede ser un hábito con algunos, tal vez una forma de manipulación que aprendieron temprano en la vida y que les ha servido para quedar bien o salirse con la suya con padres, familiares, maestros, jefes o amigos. Posiblemente ni reconocen que no es sincero y que lo hacen con interés. Puede ser el comportamiento de una persona insegura de sí misma y que busca la aceptación de otros. Por otro lado, no debemos callarnos cuando sinceramente reconocemos los valores, las habilidades o la fidelidad de otros. Dios quiere usarnos para agradecerles, estimularlos y animarlos. La crítica. Al expresar una crítica nuestra naturaleza tal vez nos dice que estamos haciendo un bien. Decimos que nuestros altos ideales, nuestro afán por la rectitud o el deseo que otros superen es lo que la motiva. No hacen falta las ocasiones para criticar. Vivimos en una sociedad de imperfección y pecaminosidad. Las leyes del país, las costumbres que aprendimos en la familia, las preferencias personales, las normas de la Palabra de Dios y las costumbres de nuestra iglesia proveen muchas oportunidades para que las personas no lleguen a llenar nuestras expectativas. También es un comportamiento aprendido en muchos círculos cristianos o familiares, grupos de amigos, compañeros de estudio o de trabajo o reuniones sociales. Una vez un amigo comentó que la crítica es “la diversión nacional” de cierto lugar. Parece que la manera de mostrarnos sabios, personas con criterio, hábiles o superiores es rebajar a otros con la crítica. O la manera de ventilar el descontento en la oficina, el taller o la iglesia es enfocar el comportamiento, las normas u otros procedimientos en ese contexto. Puede ser un mecanismo de autodefensa, de ataque, de revancha, de celos, de envidia o de múltiples otros motivos. Posiblemente, la llamamos “crítica constructiva”. Creo que la crítica constructiva es la que se da después de mucha consideración, se hace con el único propósito de mejorar las condiciones o la conducta, se ofrece selectivamente según la importancia del asunto y se

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comunica prudentemente a personas que están en posiciones dónde pueden usar la información para tomar decisiones, cambiar los procedimientos o la conducta y mejorar las condiciones. Hablar del asunto con todo el mundo crea descontento y un ambiente de oposición y rencor que no mejora la situación. Jesucristo, al sentar las normas para los miembros de su reino decía: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7:1-5). Pablo exhortó: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Filipenses 2:1415). Pablo estaba en prisión en Roma, acusado injustamente por personas que ni tomaron la molestia de viajar a Roma a testificar y llevar el juicio a una conclusión. Habría mucha razón de criticar y juzgar pero la carta reportaba los frutos del ministerio en la prisión y agradeció la ofrenda de los cristianos en Filipos. En esta circunstancia, el apóstol testificó: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (4:11-13). Ahora, es cierto que en la vida humana tiene que haber criterios, crítica y juicio. Los jueces y autoridades civiles tienen un papel que han de cumplir bajo la autoridad de Dios. Las autoridades de cualquier institución tienen que evaluar, nombrar y mover personal. Tienen que evaluar, criticar y decidir entre varios procedimientos, planes y proyectos. Los líderes de una iglesia o denominación están obligados a evaluar y escoger a personas para cumplir con ministerios y distintas tareas. Dios puede llamar a un cristiano a ministrar a otro que está fallando para que enderezca su camino. Fijémonos en quiénes han de hacerlo y la manera y el espíritu en el cual han de cumplir este ministerio: Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú

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también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. (Gálatas 6:1-2) Jesús y Pablo están hablando del espíritu de juicio y crítica que no es motivado por deber, crecimiento, madurez y amor, que no busca el bienestar de la persona o la institución. Es un juicio y crítica motivados por el poder, la soberbia, la ambición, la malicia, el descontento, el sentir de superioridad o de inferioridad, que alimenta el orgullo de la persona que lo hace. Podemos mencionar algunos procedimientos que por lo general pueden guiar al cristiano cuando ha observado algo negativo y tal vez debe decirlo a otro o recomendar algo. 1) Evitar decir cosas negativas tocante a otra persona o grupo. 2) En lo posible, no escuchar este tipo de comunicación. 3) Siempre recurrir a Dios con peticiones por las personas y acción de gracias a Dios antes de tomar alguna acción. (Filipenses 4:6-7) 4) Como normal general, antes de comentar el error o la ofensa, hablar primero con la persona que ha fallado, con la intención de restaurarle espiritualmente y reconciliarle en su relación con otros. Mat. 18:15-17, Gál. 6:1 5) Si decide que es necesario informar a alguien de la falta de otro, hable únicamente con una autoridad de la institución, un líder de la iglesia u otro cristiano con mucha madurez espiritual que es capaz de contribuir a resolver el problema. Mateo 18:15-17 6) Por lo general, no actuar en base a lo que se ha oído pero que no está confirmado. 7) Contribuir a mantener cualquier información negativa dentro del círculo más reducido posible. Tal vez, ocasionalmente habrá excepciones a estas guías pero sólo cuando el creyente no tiene motivos egoístas y está procurando el bienestar de todas las personas, la unidad, la mejoría de la institución y la gloria de Dios. Antes de dejar estas posibilidades del mal uso del hablar, debemos mencionar que la mentira y la manifestación egocéntrica de la ira son otras ofensas muy serias y que tienen consecuencias muy grandes en nosotros y en otras personas. Tocaremos estos temas en otros artículos aparte.

D. ¿CUÁL ES EL CORAZÓN QUE HABLA BIEN? Jesucristo nos enseñó que, si vamos a cambiar nuestro hablar, hemos de buscar que Dios cambie el corazón. Si el corazón está bien, habrá muchos buenos frutos. No llevaremos el sentido de culpa por muchas cosas que pensamos o decimos. Disfrutaremos la bella

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comunión y caminar con nuestro Señor. Encontraremos que estamos creciendo y madurando emocionalmente y espiritualmente. Además, veremos cómo nuestro hablar levanta, edifica, motiva y transforma otras personas. Aún observaremos que algunos que no conocen a Cristo serán atraídos a nosotros, querrán ser amigos, tendrán el deseo de conocernos más porque el Espíritu Santo ha puesto la sed de Dios en sus corazones y están encontrando a Dios en nosotros. ¿Cuál es el corazón que buscamos tener? ¿Cómo llegaremos a tenerlo? Un corazón arrepentido. Cada vez que pecamos con la lengua necesitamos darnos cuenta de lo que hemos hecho, examinar los móviles del corazón y confesar esas actitudes al Señor. Si no vemos el egocentrismo y orgullo como una necia ofensa a Dios, seguiremos en lo mismo y no cambiaremos. Un corazón agradecido. Cuando estamos convencidos y agradecidos por todo lo que Dios ha hecho, está haciendo y hará por nosotros rebosaremos con satisfacción y contentamiento. Crítica y quejas desaparecerán cuando enfocamos las cualidades positivas de las personas y los propósitos de Dios en las circunstancias. Un corazón que conoce el amor de Dios. Cuando seamos “capaces de comprender cuan ancho, cuan largo, que profundo y que alto es el amor de Cristo y conocer este amor que pasa todo entendimiento” nos sentiremos seguros en el deleite de Dios en nosotros. La necesidad de la aprobación de otros disminuirá. Perderemos la tentación de exhibir nuestros logros y exagerar una historia para impresionar a otros. No exaltaremos el ego tratando de ser el centro de la atención. Nos consumirá el deseo de que otros conozcan y experimenten ese amor, en vez de buscar que nos amen. Un corazón que ama a Dios. Al responder al amor de Dios el corazón se llena de adoración y alabanza. “Mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día” (Salmo 35:28). Al amarle más nuestros pensamientos y conversaciones se ocupan más de Dios. Contaremos con el apoyo, dirección, provisión y poder de Dios en nuestras experiencias. Nuestra palabras edificarán y animarán a otros. Un corazón que ama a la gente. Obviamente, los pecados de la lengua muestran una falta de amor a otras personas. Si de verdad buscamos el bienestar de los demás, la mayoría de estas faltas desaparecerán. Nunca quisiera dañar la reputación de otro. Perdonaré. “El amor es sufrido, es benigno...el amor no es jactancioso, no se envanece...no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:4-7).

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Un corazón humilde. En Salmo 8:13, Dios aborrece la soberbia, la arrogancia y la boca perversa. Salmo 73:8-9 describe la soberbia de los que hablan mal: “Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra”. En cambio, el cristiano humilde atribuye sus éxitos a Dios, es honesto en cuanto a sus debilidades y fallas. Evita la crítica porque reconoce que es capaz de pecar también. Rinde el control de su corazón y su lengua al control de Dios para que él use al cristiano como instrumento de bendición. ¿Cuál es la misión de la lengua? Hablar temas que dan gracia a los oyentes, por ejemplo: edificar, llenar necesidades, conocer y dar a conocer, pedir perdón y perdonar, contar lo que Dios ha hecho y comunicar buenos conocimientos. Las palabras han de expresar afecto, ánimo, estímulo, agradecimiento, compromiso, apoyo, sabiduría, entusiasmo, alegrías, sueños y metas. ¡Qué gozo, alegría y apoyo podemos compartir! ¡Qué bendición podemos ser!

E. ¿CUÁLES PRINCIPIOS AYUDAN A HABLAR BIEN? Finalmente, veamos algunas guías para ayudarnos a cultivar la comunicación que bendice a los demás, nos da satisfacción y agrada a Dios. Aprendamos a escuchar. Tenemos que quedar en silencio para escuchar. Tenemos que escuchar con cuidado, atención y con el corazón para entender la necesidad, la duda, el problema y el estado de ánimo de la persona. A menudo estamos pensando más en la sabiduría que vamos a compartir y todavía no entendemos la necesidad que la otra persona tiene. Podría ser que Dios quiere enseñarme algo que yo necesito aprender en lo que la otra persona está diciendo. Una traducción de Proverbios 18:2 dice: “No toma placer el necio en la inteligencia, sino se deleita en ventilar sus propias opiniones”. Oremos al Señor en ese momento para que nos ayude a entender. Busquemos la ayuda del Maestro. Dependamos de Dios para que nos enseñe cuándo hablar y qué decir. David oró: “Pon guarda a mi boca, oh Jehová; guarda la puerta de mis labios. No dejes que se incline mi corazón a cosa mala....” (Salmo 141:3-4). En varias ocasiones Jesús no habló, como cuando le trajeron a la mujer adúltera y, después, en su juicio delante de los gobernantes. En otras ocasiones habló las palabras que el Padre le había dado. Pidamos que Dios nos dé las palabras adecuadas.

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Pensemos antes de hablar. “El corazón del justo piensa para responder; mas la boca de los impíos derrama malas cosas” (Proverbios 15:28). Pensar antes de hablar incluye reflexionar sobre cómo mis palabras afectarán a otras personas. Tendremos tiempo para que el Espíritu guíe nuestros pensamientos. Habrá espacio para darnos cuenta de móviles egocéntricos. Si no lo pensamos antes, probablemente pensaremos después y podemos lamentar las palabras cuando sea demasiado tarde. Discernamos la necesidad del momento. Pablo caracterizó el hablar del creyente: “la que sea buena para la necesaria edificación” (Efesios 4:29). Esta frase puede traducirse “la que sea buena según la necesidad del momento”. A veces la necesidad del momento es de decir muy poco o nada porque es su presencia y apoyo que cuenta más que las palabras, o porque la persona que hace una pregunta realmente no busca información o ayuda. Hay personas con enfermedad seria, con problemas económicos, desempleo o sintiendo soledad, desánimo o enojo. Andar con Dios y alimentarnos con su Palabra nos da la sensibilidad y la sabiduría para decir lo que anima y edifica a estas personas. Cuando hablamos o contestamos preguntas en un grupo, hemos de discernir qué respuesta será de ayuda para todos. A veces lo mejor es hacer cita para hablar con una de las personas en privado. Necesitamos la sabiduría de Dios para saber cuándo guardar silencio, cuándo ser breve, cuándo pedir la ayuda de otro, cuándo hablar individualmente o cuándo dejar el tema para otra oportunidad. Valoremos el silencio. La persona que puede sentirse cómoda con el silencio es el cristiano que tiene un corazón tranquilo porque disfruta tiempos de silencio con Dios y de meditación en la Palabra de Dios. No siempre tiene que decir algo en toda situación. El libro de sabiduría observa: “El que carece de entendimiento menosprecia [habla mal] a su prójimo; mas el hombre prudente calla” (Proverbios 11:12). Salomón escribió: “Todo tiene su tiempo....tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Eclesiastés 3:1, 7). Susan Maycinik anota algunas oportunidades cuando es mejor no decir nada. En muchas ocasiones, el silencio es la mayor bendición que existe. Debo practicar el silencio cuando: 1) Tengo una crítica del culto en la iglesia o un líder cristiano. 2) Estoy tentado a decir, “¡Te lo dije!” 3) Quiero quejarme del tiempo, el tránsito, el presidente, el maestro, el cónyuge, los hijos, o cualquier cosa. 4) Otro me ha criticado. Por lo menos, esperemos un tiempo para decidir. 5) Tengo información que hace que otro se vea mal. 6) Otro está molesto o triste por un problema y quiero contarle una experiencia similar. Hágalo sólo si es para transmitir una lección que aprendió. 7) Estoy tentado a juzgar o criticar a alguién.

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8) La situacion de un amigo cabría muy bien en el tema de la conversación pero no tengo su permiso para contarla. 9) Estoy tentado a corregir a alguién en un detalle no importante de lo que relatan. 10) Pienso que alguien hizo una decisión mala pero es tarde para cambiar. 11) Estoy tentado a contar algo sobre mí mismo para impresionar. 12) Tengo información que podría desanimar a otros. Sobre todo, oremos por el corazón que produce buenas palabras en el momento adecuado. La meditación en la Palabra, el arrepentimiento y la sumisión a Dios obrarán por el Espíritu Santo los cambios necesarios. Dios desea controlar el corazón y usar nuestro hablar para lograr sus propósitos eternos. Stanford Orth, 2000

Bibliografía Discipleship Journal , Issue 94, 1996. Susan Maycinik, ¿Por qué lo dije? Carol Mayhall, Words of the wise. Cynthia Heald, A time to be silent. Kent Hughes, Las disciplinas de un hombre piadoso, Editorial Vida, 1994. Carol Mayhall, Words That Hurt, Words that Heal, NavPress. Tim Stafford, That’s Not What I Meant, Zondervan. James Stowell, Tongue en Check, Moody Press.

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