Ampliar la coalición de centroizquierda

de la coalición de centroizquierda? ¿Seguir en la dulce ... la centroizquierda– se estén equivocando, y que en ... de la defensa del patrimonio nacional, que los ...
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OPINIÓN | 19

| Lunes 19 de enero de 2015

hacia las elecciones. Ante la virtual paridad de tres candidatos de los que saldría un ballottage, la duda es si se resignará

FA-UNEN a quedarse en la primera vuelta; fuerzas que quizá se necesitan más de lo que creen podrían convergir

Ampliar la coalición de centroizquierda Luis Gregorich —PARA LA NACIoN—

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diferencia del presidencialismo norteamericano, prácticamente todos los países europeos han elegido el sistema parlamentario de gobierno. Este último régimen constitucional ha ido consolidando, a su vez, lo que podría llamarse una “cultura de la coalición”, por la que se acepta naturalmente (y a veces se alienta) el cogobierno de varios partidos, y que juntos alcancen o incrementen la mayoría en el Parlamento. De tal forma, junto a los partidos principales han surgido los partidos “bisagra”, como el Liberal en el Reino Unido o los ecologistas en otras naciones, que arriman las bancas que suelen faltar. Aunque Europa atraviesa hoy por una dura crisis, seguramente esta cultura de la coalición, esta muestra de civilización política, será uno de los factores que contribuirán a retomar la buena senda. Nosotros, cumplidos alumnos de las huestes de Washington y Madison, formados además con la indeleble marca del caudillismo neocolonial, parecemos tener dificultades genéticas en asumir esta cultura, que, sin embargo, otros países hermanos, como Brasil y Chile, han incorporado sin conmoverse. Un claro ejemplo lo brinda la presidenta Michelle Bachelet, hija de la Concertación del socialismo y la democracia cristiana. En la Argentina, en cambio, la única experiencia formal de coalición, la de la UCR con el Frepaso, estalló dolorosamente en 2001. ¿Qué nos sugiere, en esta materia, el comienzo de nuestro año electoral, con una precampaña caracterizada por un discurso general tedioso y sembrado de lugares comunes? Un solo hecho creativo, articulado con imaginación política, pareció distanciarse de la medianía: el lanzamiento de la coalición FA-UNEN, aparentemente bien recibida en sectores medios, sobre todo en los opositores al gobierno actual. ¿Pero qué ocurre cuando enfrentamos la realidad de las encuestas? De los cuatro competidores principales, la coalición ocupa, distanciada, el cuarto lugar. La preceden, en un estancado triple empate, el más probable candidato oficialista, Daniel Scioli; el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, y el ex intendente de Tigre, Sergio Massa, apoyado en el peronismo disidente. La situación augura un escenario de ballottage entre dos integrantes del inamovible terceto. ¿Cuál debería ser la actitud de la coalición de centroizquierda? ¿Seguir en la dulce espera de un candidato único, o resignarse a la proliferación de cuatro o cinco precandidatos, que es como no tener ninguno? Y ésta es la pregunta que debe-

rían hacerse los dirigentes coalicionistas: ¿es necesario resignarse a no pasar de la primera vuelta y a cambio de eso autoconvencerse de que se desempeña el papel de custodio de los bienes republicanos y socialdemocráticos, o bien redoblar la apuesta y procurar que la coalición se amplíe, asegurando, como mínimo objetivo, la participación en el ballottage? Ya se sabe adónde apuntamos: al único misterio que queda de este proceso electoral: el que consiste en saber si tendremos una coalición más grande y competitiva, en la que obviamente ni Scioli ni Massa están invitados a entrar. Es la confluencia de Pro y FA-UNEN, que desde hace muchos meses hemos propuesto, y que, con mayor resonancia y parecidos aunque no idénticos matices ha defendido Elisa Carrió, una dirigente política a la que podrán reprochársele muchas cosas, pero no que carezca de audacia y creatividad. Ahí tenemos el debate. Bienvenido sea. Recientemente, algunos dirigentes del centroizquierda, y algunas de sus figuras intelectuales, han coincidido en rechazar el acercamiento al macrismo, incluso con un tono ligeramente despreciativo y fiscalizador. El líder socialista Hermes Binner, por ejemplo, ha dicho que “hay sumas que restan”. También se ha observado que, al no mediar una crisis terminal, o un derrumbe de las instituciones, no tiene sentido armar una coalición que sería, por obra de las circunstancias, de “salvación nacional”. otros dirigentes del socialismo y del radicalismo han sido igualmente reticentes. Y no se trata solo de números: lo que se pretende decir es que la (supuesta) ideología derechista, o la falta absoluta de ideología del macrismo, restaría confianza y credibilidad a los votantes tradicionales de los viejos partidos. Macri, por su parte, ve cada vez con mayor indiferencia estas muestras de vacilación y antipatía, y avanza en la construcción de su candidatura sin apelar (al menos visiblemente) a fuerzas extrañas, confiando en que la declinación de FAUNEN, además del escaso carisma de sus precandidatos, serán suficientes motivos para que nuevos votos terminen fluyendo a sus reductos. Algunas fotos oportunas con personajes elegibles –se confía– harán el resto. Es probable que las dos partes –Macri y la centroizquierda– se estén equivocando, y que en realidad se necesiten más de lo que creen. No sería extraño que este debate aflorase en la Convención del radicalismo, que en

marzo discutirá, entre otras cosas, su política de alianzas; es decir, la dará por cerrada, o la abrirá a otras fuerzas. También se verá qué suma y qué resta en el horizonte electoral. Solo puede decirse, con palabras de Julio Cobos –que no es precisamente partidario de un acuerdo con Macri–, que lo peor es la indefinición. Y que no hay que dramatizar: no existe, en efecto, una crisis

terminal, pero la voluntad para reunirse, tratar de ganar una elección con asociados que no estén en las antípodas, e impulsar con el buen gobierno los cambios requeridos, son rasgos propios de cualquier partido democrático, que fracasa si se conforma con el papel de mera usina de proyectos irrealizables. La UCR seguramente reafirmará, en su

Convención, el hecho de que su implantación territorial en todo el país, aun con sus contrastes y particularidades regionales, constituya un valor propio que ni sus socios actuales, ni menos el macrismo, poseen y ni siquiera aspiran a poseer en estas elecciones. Provincias significativas, en este sentido, son Santa Fe (junto al socialismo), Córdoba, Mendoza, Entre Ríos y Corrientes. Si esta idea de una coalición opositora más amplia se convierte (a pesar del poco tiempo que queda) en realidad, es casi redundante exigirle un acuerdo programático que despliegue sus intenciones ante los votantes. Seguro que en ese acuerdo habrá una encendida apología de los valores republicanos, y una firme decisión de reinstalarnos en el mundo global. Seguro que allí tendremos lo que tendrán todas las plataformas: promesas no siempre fáciles de cumplir sobre la educación, la salud, la decisión antiinflacionaria, el federalismo… y la lista sigue. Pero si hay un asunto innegociable, si debería existir un rasgo que diferencie a este programa de los inevitablemente más “livianos” de Scioli y Massa, eso sería, en opinión de muchos ciudadanos de a pie, la lucha contra la corrupción, entendida en la acepción completa de esta palabra. No hablamos solo de un imperativo moral, reivindicatorio de la honestidad personal (y ya sería mucho), sino también de la defensa del patrimonio nacional, que los corruptos saquean sin descanso. Hay que adjudicarles, al mismo tiempo, el aumento de la inseguridad tal como la padecemos y el papel de cómplices directos o indirectos de la gradual penetración del narcotráfico, que consume cuerpos y planes sociales. Arranca el año electoral con toda su fuerza, y en unos pocos meses sabremos cuál es la oferta de nuestros dirigentes. Sabremos, por ejemplo, si se ha formado una nueva coalición que pueda competir, en pie de igualdad, con las tácitas coaliciones que forma el peronismo, ahora combinadas con otros nombres propios. Sería una agradable sorpresa. Sabremos, más previsiblemente, si todo se desarrolla a través de la pareja disputa entre tres candidatos obligados a ser previsibles. Sobrevendrá una guerra mediática que no contará, esta vez, con figuras estelares. Quizá ya sea tarde para intentar una renovación del sistema político, pero al menos podemos esperar que el temple moderado de los principales candidatos alivie las divisiones y las intolerancias que deja el kirchnerismo. © LA NACION

lÍnea DiRecTa

Timerman debería pensarlo Andrés Cisneros

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o va a ocurrir, pero el canciller Timerman debería repensar la conveniencia de continuar. Si no ha perdido la confianza de la Presidenta, es evidente que ya carece de la mínima credibilidad necesaria de los habitantes del país al que debe representar ante el mundo. Por suerte para él, el mundo del relato es el mundo del revés. María Elena Walsh la tenía clara. Sin embargo, la sucesión de asombrosos desaguisados que jalonan su desempeño no se originaron tanto en torpezas personales como en la naturaleza profunda de las políticas exteriores que se fijan por encima de él. Debería cesar cuanto antes una gestión que ha subordinado el comportamiento internacional del país a los vaivenes domésticos de pujas intestinas del propio gobierno, inaceptablemente penetrado por vergonzantes disputas entre espías, funcionarios, jueces, fiscales, diputados y legisladores, a los que, encima, incorporaron a conocidos militantes con antecedentes patibularios, frecuentemente citados por la justicia penal por graves y reiteradas infracciones a las leyes de la república. Su inaceptable afirmación de que decidió que nuestro país no se hiciera presente en la marcha en París, por las suyas, sin consultar a sus superiores, resulta absolutamente increíble para cualquiera que conozca la manera en que el Gobierno toma decisiones y se enlaza, inevitablemente, con el estruendoso silencio reiteradamente mantenido ante atrocidades anteriores, como los degüellos públicos y asesinatos masivos de Estado Islámico, que nunca condenó como corresponde a una sociedad de veras comprometida con una auténtica defensa de los derechos humanos. En un mundo convulsionado por la violencia y flagrantes atentados a la condición humana, nuestra Cancillería aparece estrechando, una tras otra, inexplicadas alianzas

—PARA LA NACIoN—

estratégicas con Estados bajo el gobierno de regímenes autoritarios, a menudo brutales con sus propios pueblos, retirándose inclusive de la presidencia del sistema de las Naciones Unidas para el combate del terrorismo, mientras representantes oficiales de las FARC –la mayor organización terrorista de América latina– se pasean abiertamente por la Argentina, a pesar de que esa organización delictiva atenta con las armas contra el sistema constitucional democrático de un país hermano y hace décadas es responsable del ingreso de enormes cantidades de la droga que envenena a miles de jóvenes argentinos. La enorme mayoría de la opinión pública argentina se opuso notoriamente a las explicaciones del canciller en favor de la firma del vergonzoso Memorándum de Entendimiento con Irán, que solo pudo aprobarse a través de informaciones emanadas del ministerio a su cargo, tan falsas y distorsionantes que por estas horas el fiscal a cargo del tema lo ha denunciado como destacado protagonista de “un plan de indemnidad” en que el Gobierno operó durante años. Los argentinos ya no conocemos límite a la capacidad de asombro: el propio canciller y otros altos funcionarios del Gobierno y militantes del espacio político que lo sustenta, ahora denunciados por negociaciones paralelas, secretas y contradictorias con el comportamiento oficial, incluyendo diálogos con operadores extranjeros que responden al gobierno del país al que la justicia argentina ha denunciado ante Interpol y las Naciones Unidas como responsables del horrible crimen de la AMIA. La conducción sólo formalmente a cargo del señor Timerman es responsable de haber informado sobre el memorándum a la opinión pública y al Congreso de la Nación de manera tan inaceptable que, en forma prácticamente unánime, la oposición se opuso a su aprobación legislativa y, con-

sumada la misma, continúa reclamando su absoluta e inmediata anulación, por ser mecanismo de encubrimiento destinado a desactivar las pesquisas ordenadas por el Poder Judicial argentino. El engaño propinado al Poder Legislativo no pudo extenderse enteramente al Judicial, en cuya sede ese vergonzoso memorándum ha sido, ya en dos instancias, declarado inconstitucional y aguarda el debido pronunciamiento de la Sala II de la Cámara de Casación Penal. Veinte años de fracasos investigativos exigen un cambio copernicano que comience por impedir que el Poder Ejecutivo interfiera en el trabajo del Judicial y se termine con la atmósfera de sospechoso secretismo que ha agobiado a la investigación en los últimos años. En uso de sus facultades, la Presidenta ha eximido de su obligación de guardar reserva a algunos funcionarios de inteligencia del Estado, pero aparentemente sólo de lo actuado en períodos anteriores a los del kirchnerismo. La tan retrasada búsqueda de verdad y justicia exige que esto se extendiera, también, a quienes actuaron en los períodos bajo su responsabilidad. La alegada falta de comparecencia de los acusados iraníes como impedimento para continuar podría solucionarse sancionando el proyecto de ley que instauraría el juicio en ausencia, que el oficialismo se niega a considerar. Es poco probable que ocurra, pero Timerman debería irse. Pero no perdamos de vista que la responsabilidad final de la perniciosa elaboración de la política exterior del actual gobierno no le corresponde, y que el reclamo de la mayoría de la sociedad argentina es que se cambie no sólo una pieza menor de este patético juego, sino el entero contenido y dirección de la política exterior que tan mal nos representa ante el mundo. © LA NACION El autor fue vicecanciller de la Nación

Nuevos usos que no enamoran, precisamente Graciela Melgarejo —LA NACIoN—

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i nos dieran la posibilidad de elegir, ¿cuáles serían las palabras de nuestro amado idioma que más nos irritan? Sí, así como hay palabras más populares, más lindas o más simpáticas que otras –por eso los concursos que hacen cada tanto el Instituto Cervantes y la Fundéu–, cada uno de nosotros tiene su propia lista de las que nos suenan mal, esas que desearíamos no ver escritas ni pronunciadas cada dos por tres. Las que nos caen “gordas”, para usar una deliciosa expresión del español de España. Quien esto escribe recordaba que el año pasado contundente fue un adjetivo privilegiado, quizá como hace algunos años lo había sido robusto. Este año, ¿lo será nutritivo? Para un colega del diario, excelente crítico y traductor, el adjetivo por excelencia en las contratapas de los libros de las editoriales españolas es trepidante: “Todas las novelas son trepidantes”, ejemplificó con cierto fastidio. Al lector Miguel Ángel Crespo hay una palabra, mejor dicho, la acepción de un verbo, que le molesta sobremanera: “En un artículo vinculado con la explotación sexual, del 10/1, se lee: «La red criminal cooptaba mujeres en situación de vulnerabilidad...». El error también lo observé hace pocos días en un programa de televisión conducido por el periodista Joaquín Morales Solá, en el que la doctora Elisa Carrió utilizó el mismo vocablo mal empleado. Intuyo que, en el afán de querer florearse, se lo usa erróneamente”. Intuye bien el lector Crespo. A tal punto que en Línea directa ya se había tratado el tema, el 12/8/2013, en la columna “No siempre es sabio lo que traen los años” (http://bit.ly/13uTkJE), en la que se citaba otra columna anterior, del 16/11/2006, de la profesora Lucila Castro. En “Diálo-

go semanal con los lectores”, el titulado “Unos son captados y otros, cooptados” (http://bit.ly/17Cyp8L), la profesora Castro explicaba: “...captación es correcto, como ‘acción de captar’, tomando captar en el sentido de ‘atraer a alguien, ganar la voluntad o el afecto de alguien’. Las voces cooptar y cooptación son empleadas como «tecnicismos», en lugar de captar y captación, por algunos sociólogos y politicólogos. De ellos las tomaron ciertos políticos y de los políticos algunos periodistas, que las han puesto de moda en los medios. Pero cooptar y cooptación significan propiamente otra cosa. La cooptación es un procedimiento para cubrir vacantes característico de las corporaciones, en que los integrantes eligen a los miembros que se incorporan. “Posiblemente de una errónea interpretación de la idea de incorporar un grupo a una persona, y sobre todo de la similaridad fonética –prosigue Lucila Castro–, haya nacido la confusión entre estos términos. Y a la generalización de la moda también debe de haber hecho su aporte la siempre peligrosa tentación del «tecnicismo», supuestamente más preciso que las voces del lenguaje corriente como son captar y captación”. Por el momento, el Diccionario de americanismos no recoge esta acepción, pero su edición es de 2010. Podemos suponer que en algún momento sea también incorporada, como de hecho lo hacen en su uso cotidiano no sólo los periodistas, sino muchos lectores, a juzgar por los comentarios a pie de página de los artículos de este diario. © LA NACION

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