México desde una perspectiva comparativa - Harvard University

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LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA EN MÉXICO ~ PIPPA NORRIS

15/VII/2002

La participación ciudadana: México desde una perspectiva comparativa Pippa Norris Profesora de la cátedra McGuire de Política Comparativa Facultad de Gobierno John F. Kennedy Universidad de Harvard Cambridge, MA 02138 [email protected] www.pippanorris.com

Sinopsis: ¿Qué consecuencias ha tenido la democratización en la participación ciudadana en México en comparación con una amplia gama de democracias en transición, en consolidación y ya establecidas? Para analizar este tema, en la Primera parte de este documento se establece el marco teórico que contrasta aquellas perspectivas en que se subraya el deterioro secular en las formas tradicionales de participación ciudadana con las teorías de la modernización que destacan la reinvención del activismo político. La Segunda parte describe el marco comparativo, las fuentes de la información y las medidas que se emplearon en el estudio, derivadas tanto de indicadores agregados como de la Encuesta Mundial de Valores. Para examinar las evidencias, en la Tercera parte se comparan tres indicadores conductuales de activismo político, incluyendo los niveles de participación electoral, la participación a través de asociaciones civiles y las experiencias con políticas de protesta. Posteriormente, la Cuarta parte se enfoca hacia la comparación cultural, analizando el apoyo a la democracia como ideal y evaluando sus resultados en la realidad, así como los patrones de confianza institucional. En la conclusión se ofrecen reflexiones sobre los resultados más importantes relativos a la participación ciudadana y sus implicaciones para el proceso de consolidación de la democracia en América Latina en general y en México en particular.

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Durante fines de los años ochenta y principios de los noventa, el florecimiento de las democracias en transición y la consolidación de las de la tercera ola generaron una marejada de creación de instituciones en el mundo entero. Las agencias internacionales, como el Banco Mundial, se dieron cuenta de que un buen gobierno no era un lujo que pudiera aplazarse en tanto se cubrían las necesidades sociales básicas, como el suministro de agua potable y los servicios básicos de salud y educación, sino que el establecimiento de la democracia era una condición esencial para el desarrollo humano y el buen manejo de la pobreza, la desigualdad y los conflictos étnicos.1 La caída de muchos regímenes antidemocráticos en América Latina, Europa Central, Asia y África ofreció nuevas oportunidades de desarrollo político que fueron reconocidas por la comunidad de donantes.2 Las historias subsecuentes demuestran que el proceso de profundización de la democracia y el buen gobierno ha estado plagado de dificultades, con muy pocos cambios en muchos de los estados represivos de Medio Oriente, una consolidación apenas frágil e inestable en muchas naciones africanas e incluso ocasionales vueltas a regímenes autoritarios, como lo ejemplifican Zimbabwe y Pakistán.3 En América Latina, el proceso de profundización de la forma de gobierno democrático también ha mostrado un historial accidentado e incierto.4 Tras la crisis de su sistema monetario, Argentina se ha visto plagada por inestabilidad gubernamental, huelgas, manifestaciones y bloqueos carreteros. En Venezuela, país rico en petróleo, el intento de golpe de estado en contra del Presidente Hugo Chávez y las subsecuentes manifestaciones masivas en favor y en contra del régimen trajeron recuerdos de épocas que habíamos considerado superadas. En Colombia la incapacidad del gobierno de negociar un acuerdo con los guerrilleros de las FARC ha llevado al fracaso los intentos por frenar los persistentes problemas de violencia, secuestros y delitos relacionados con el narcotráfico. Como resultado del fraccionamiento del gobierno y la debilidad de los partidos, Brasil ha experimentado impasses entre el legislativo y el ejecutivo y paralizaciones en la formulación de políticas, lo que ha generado lo que se conoce como una “democracia estancada”, o una crisis de gobernabilidad.5 A pesar de haber adoptado la panacea de reformas de mercado radicales, gran parte de las economías de la región siguen estancadas con problemas endémicos de desempleo masivo, deudas nacionales desenfrenadas, pobreza generalizada, el deterioro de los servicios públicos y la proliferación de la delincuencia.6 Las secuelas de los sucesos del 11 de septiembre de 2001 y otros acontecimientos han desviado la atención internacional de la región hacia otros problemas globales, como la construcción de una nación en Afganistán, el terrorismo en el Medio Oriente y los problemas del VIH/SIDA en el África al sur del Sahara. Por supuesto que el panorama regional en América Latina no es totalmente sombrío; otros logros importantes en años recientes incluyen el avance acelerado y substancial de México hacia la consolidación estable y una efectiva competencia entre los partidos, tras el desplazamiento del PRI de la presidencia por primera vez en más de setenta años, así como la imposición de mayores límites a las facultades de la presidencia y una renovada atención a las cuestiones de derechos humanos.7 Asimismo, las elecciones peruanas eliminaron el corrupto régimen del Presidente Alberto Fujimori. Se han seguido llevando a cabo elecciones; de las 35 naciones de las Américas, el informe de 2001-2002 de Freedom House calificó a 32 de democracias electorales, con 23 estados considerados libres, 10 como parcialmente libres y solamente 2 (Cuba y Haití) como no libres.8 Sin embargo, a fin de cuentas, las esperanzas más optimistas que se expresaron en general a principios de los noventa a menudo se han visto sustituidas por evaluaciones más cautelosas de los avances hacia la consolidación democrática. ¿Cuáles han sido las consecuencias de la democratización en cuanto a la participación ciudadana en América Latina? En este estudio se entiende que este concepto comprende tanto las dimensiones conductuales, como el activismo político, como las dimensiones actitudinales, ejemplificadas por la aprobación de los ideales democráticos y la confianza en el gobierno. Es importante analizar la participación ciudadana porque el proceso de consolidación requiere de

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una amplia aceptación de las ‘reglas del juego’ democrático en toda la sociedad, de tal manera que las instituciones democráticas se arraiguen profundamente en la cultura y adquieran así una mayor resistencia a las amenazas de desestabilización y los cuestionamientos populistas. Hay quienes han dibujado un panorama lúgubre de las tendencias en años recientes y sugieren que el optimismo exagerado sobre las consecuencias de la democracia, común hace apenas una década en América Latina, se ha desvanecido desde entonces para ser sustituido por señales de una paulatina desilusión pública hacia la democracia, impulsada en buena parte, según sugieren algunos, por el deterioro de la economía.9 Sin embargo, siguen siendo limitadas las evidencias de encuestas multinacionales que comparen la opinión pública en Latinoamérica, en especial en lo que toca al análisis de las tendencias a largo plazo, y el uso de solamente uno o dos indicadores seleccionados puede arrojar una interpretación engañosa de las pautas generales. Cualquier análisis integral tiene que derivarse de indicadores multidimensionales de la participación ciudadana e incorporar indicadores tanto conductuales como actitudinales, además de comparar a muchos países del globo. Este proceso puede establecer un contexto más amplio que permita la comparación con los resultados de las actitudes de la gente hacia la democracia en México, según las declara la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas de México de 2001. Para examinar estas cuestiones, en la Primera parte se establece el marco teórico que contrasta aquellas perspectivas en que se subraya el deterioro secular en las formas tradicionales de participación ciudadana con las teorías de la modernización que destacan la reinvención del activismo político. La Segunda parte describe el marco comparativo, las fuentes de la información y las medidas que se emplearon en el estudio, derivadas tanto de indicadores agregados como de la Encuesta Mundial de Valores. En este documento corto nos concentramos exclusivamente en las diferencias entre países y dejamos de lado las variaciones importantes y bien establecidas entre grupos e individuos basadas en variables sociales estándar, como género, clase, edad, nivel educativo u origen étnico, o basadas en otros valores sociales y políticas relacionados. Para examinar las evidencias, en la Tercera parte se comparan tres indicadores conductuales de activismo político, incluyendo los niveles de participación electoral, la participación a través de asociaciones civiles y las experiencias con políticas de protesta. Posteriormente, la Cuarta parte se enfoca hacia la comparación cultural, analizando el apoyo a la democracia como ideal y evaluando sus resultados en la realidad, así como los patrones de confianza institucional. En la conclusión se ofrecen reflexiones sobre los resultados más importantes relativos a la participación ciudadana y sus implicaciones para el proceso de consolidación de la democracia en América Latina en general y en México en particular. Primera parte: El marco teórico Existe un acuerdo generalizado entre los teóricos de la democracia, desde Jean Jacques Rousseau hasta James Madison, John Stuart Mill, Robert Dahl, Benjamin Barber, David Held y John Dryzak de que la participación de las masas es esencial para la vida de la democracia representativa, aunque se debate continuamente sobre la cantidad de participación ciudadana que se considera necesaria o deseable.10 Los teóricos que defienden la democracia ‘fuerte’ sugieren que el activismo y la deliberación de los ciudadanos son intrínsecamente valiosos por sí mismos. Las concepciones más minimalistas, propuestas por los teóricos schumpeterianos, sugieren que el papel esencial de los ciudadanos debe ser relativamente limitado y restringirse principalmente a la elección periódica de representantes parlamentarios, junto con el escrutinio permanente de las acciones gubernamentales.11 Pero sea extensa o limitada, todos los teóricos están de acuerdo en que la participación es uno (pero sólo uno) de los indicadores de la solidez de cualquier democracia.

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¿El deterioro secular del activismo político y la participación ciudadana? ¿Cuál es el estado actual del activismo político y la participación ciudadana? En la bibliografía imperan dos corrientes de pensamiento. Por un lado está la visión del deterioro, que sugiere que desde fines del siglo XX muchas sociedades postindustriales han experimentado tendencias seculares continuas de distanciamiento de los ciudadanos de los canales tradicionales de participación política. Entre los síntomas de este mal se incluyen la caída en los niveles de participación en las elecciones, la intensificación de los sentimientos antipartidistas y la decadencia de las organizaciones civiles. Se ha expresado preocupación respecto a estas cuestiones en discursos públicos, columnas de opinión y estudios académicos. Estas voces se escuchan con mayor frecuencia en los Estados Unidos, pero en muchas otras democracias se escuchan ecos similares. La visión del deterioro hace hincapié en que esta pauta es particularmente evidente en muchas sociedades postindustriales prósperas y en las democracias más añejas, aunque pueden encontrarse síntomas semejantes en las democracias en consolidación y en los países en desarrollo. Puesto que el contagio aqueja a muchas sociedades, las explicaciones se buscan en causas generales y no en las experiencias particulares de cada nación. El punto de vista estándar señala una letanía conocida de males civiles que se considera que han minado los canales democráticos que tradicionalmente vinculan a los ciudadanos con el estado. Las elecciones son la forma más común para que las personas expresen sus preferencias políticas, y las urnas semivacías se consideran el síntoma más común de la mala salud de las democracias.12 El concepto de una democracia participativa sin partidos es impensable, pero los estudios de las organizaciones partidistas sugieren la deserción de los miembros de las bases, por lo menos en Europa Occidental, durante las últimas décadas.13 Una amplia literatura sobre la deserción de los partidos ha establecido que las lealtades vitalicias que anclaban a los votantes a los partidos se han estado erosionando en muchas democracias establecidas, lo que contribuye a una reducción en la concurrencia electoral y genera un electorado más inestable expuesto al influjo de fuerzas de corto plazo.14 La movilización política a través de las agencias y redes tradicionales de la sociedad civil, como los sindicatos e iglesias, parece verse amenazada. Las explicaciones estructurales recalcan que la participación en los sindicatos está sufriendo deterioro por la caída del empleo en la industria manufacturera, el cambio en las estructuras de clases, los mercados laborales flexibles y la propagación de los valores individualistas.15 Las teorías de la secularización, provenientes originalmente de Max Weber, sugieren que el público en las sociedades modernas ha estado abandonando las bancas de las iglesias por los centros comerciales.16 Los lazos de pertenencia a la plétora de asociaciones comunitarias y organizaciones de afiliación voluntaria pueden estarse rayendo y desgastando y más que antes.17 Putnam plantea el más amplio conjunto de evidencias para documentar la anémica participación ciudadana en los Estados Unidos, que puede verse en actividades tan diversas como las reuniones comunitarias, redes sociales y afiliación a asociaciones.18 Las encuestas de opinión pública sugieren que el creciente cinismo público respecto al gobierno y los asuntos públicos se había vuelto omnipresente en los Estados Unidos, por lo menos antes de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, mientras que los ciudadanos se han vuelto más críticos de las instituciones del gobierno representativo en muchas otras democracias establecidas.19 Las causas que subyacen a cualquier deterioro secular común en la participación ciudadana son complejas, y los distintos autores han resaltado factores diversos que se cree que han contribuido a estos acontecimientos, ya sean experiencias muy arraigadas de la gran depresión y de las dos guerras mundiales que afectaron los años formativos de las generaciones anteriores y posteriores a la guerra; el proceso de globalización que erosiona las facultades y la autonomía del estado-nación; la atención de los medios de comunicación a los

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escándalos que corroen la fe y la confianza en las instituciones tradicionales y las figuras representativas de la autoridad; el fin de las enormes divisiones ideológicas entre izquierda y derecha en los principales partidos con el fin de la guerra fría, la ‘muerte del socialismo’ y el surgimiento de los partidos acomodaticios; la proliferación de grupos y causas con un objetivo único que generan la fragmentación de las demandas y las agendas políticas multidimensionales en el sistema político y dificultan que el gobierno satisfaga los intereses diversos; y las mayores expectativas de la ciudadanía y la falta de resultados del gobierno para cumplir estas expectativas en la prestación de los servicios básicos.20 Pero antes de considerar una explicación, ¿está realmente justificada esta preocupación sobre el deterioro de la participación ciudadana? Si la participación se encuentra en verdad en una constante picada en todas sus modalidades y en muchos tipos de sociedades y está debilitando los vínculos entre ciudadanos y estado, entonces sí debe haber una causa de alarma genuina. Pero aunque existe una amplia suposición, de hecho las evidencias del deterioro secular a menudo se encuentran dispersas y fragmentadas; no hay suficientes datos congruentes y confiables de tendencias longitudinales; y la mayoría de las investigaciones sistemáticas previas se han limitado a estudios de casos en países particulares, en especial los Estados Unidos, y a evidencias comparativas pero incompletas entre las democracias establecidas de Europa Occidental, lo que dificulta una generalización más amplia. A menudo las evidencias anecdóticas alarmistas se han exagerado desmesuradamente para convertirse en ‘crisis de la democracia’, mientras que la política estable recibe menos atención. Dadas todas estas restricciones, es necesario actualizar los análisis y examinar las tendencias más amplias en las últimas décadas de las cuales se cuenta con evidencias en muchos países, incluidos los que se hallan en transición y consolidación, tanto como en las democracias establecidas ¿La reinvención del activismo político? La otra perspectiva sugiere que más que erosionarse, la naturaleza del activismo político se ha reinventado en las últimas décadas a través de la diversificación de las agencias (las organizaciones colectivas que estructuran las actividades políticas); los repertorios (las acciones que se emplean comúnmente para la expresión política); y los objetivos (los actores políticos en los que los participantes pretenden influir). El repentino auge de la política de protesta, los nuevos movimientos sociales y el activismo por Internet pueden interpretarse como ejemplos de distintos aspectos de este fenómeno. Si bien las oportunidades de expresión y movilización política se han fragmentado y multiplicado con los años, como un río crecido que se ve alimentado por sus distintas afluentes, la participación democrática puede haberse adaptado y evolucionado de acuerdo con la nueva estructura de oportunidades en lugar de simplemente atrofiarse. ¿Por qué habríamos de esperar que las formas de activismo político se modifiquen con el tiempo? La razón más plausible proviene de las teorías de la modernización que sugieren que el factor que impulsa estos cambios es el proceso a largo plazo del desarrollo humano, particularmente el aumento en los niveles de alfabetización, educación y riqueza. Según este punto de vista, existen distintas pautas de participación ciudadana evidentes en las sociedades agrícolas, industriales y postindustriales, aunque el ritmo del cambio se ve condicionado por la estructura del estado, el papel de las agencias movilizadoras en cualquier sociedad en especial y las diferencias en los recursos y motivaciones entre los grupos y los individuos.21 Las teorías de la modernización se han forjado a partir de la labor de Daniel Bell, Ronald Inglehart y Russell Dalton, entre otros. Estas teorías son atractivas por su afirmación de que los cambios económicos, culturales y políticos van juntos en formas predecibles, de manera que existen trayectorias que en líneas generales son similares y que integran patrones coherentes. Estas explicaciones se resumen de manera esquemática en la Tabla 1. Las teorías

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de la modernización sugieren que los cambios económicos en los procesos de producción subyacen a los cambios en el estado; en particular, que el aumento en los niveles de educación, alfabetización y riqueza en la transición de las economías agrícolas de subsistencia a naciones industrializadas genera condiciones que favorecen una mayor participación ciudadana. Cuando los ciudadanos tienen la oportunidad de expresar sus preferencias políticas a través de las urnas, entonces puede esperarse que el aumento en los niveles educativos durante la primera etapa de la industrialización fomenten la participación electoral, además de impulsar otros aspectos más amplios de participación ciudadana, como el crecimiento de las organizaciones partidistas y sindicales en las áreas urbanas e industriales. Sin embargo, podemos esperar un efecto de tope por el impacto del desarrollo humano. En particular, una vez que la educación primaria y secundaria se generalizan entre la población y producen las habilidades cognoscitivas básicas que facilitan la conciencia ciudadana y el acceso a los medios masivos de comunicación en las sociedades industriales, entonces los mayores avances en la proporción de la población que asiste a las universidades y los niveles en constante crecimiento de la riqueza personal, los ingresos y el tiempo de ocio en las sociedades postindustriales no producen por sí mismos mayores aumentos en la participación electoral. [Tabla 1 aproximadamente aquí] Se cree que algunas tendencias comunes en las sociedades postindustriales, entre ellas los niveles de vida más elevados, el crecimiento del sector de servicios y las mayores oportunidades educativas, han contribuido a un nuevo estilo de política ciudadana.22 Se considera que este proceso exige una participación pública más activa en el proceso de formulación de las políticas a través de acciones directas, nuevos movimientos sociales y grupos de protesta y que al mismo tiempo debilita las lealtades diferenciadas y el apoyo a las organizaciones y autoridades jerárquicas tradicionales, como las iglesias, los partidos y los grupos con intereses específicos. No obstante, existen algunas diferencias importantes dentro de la perspectiva de la modernización, que se discuten en mayor detalle en otras fuentes.23 Inglehart sugiere que la modernización de la sociedad conduce a que se sustituya la participación tradicional en actividades como la participación en las elecciones y la afiliación partidista por nuevas formas de actividad más exigentes, como la participación en los nuevos movimientos sociales y las campañas de apoyo a referendums, en un juego de suma cero. Pero podría ser preferible considerar que este proceso complementa más que desplazar los canales tradicionales de la expresión y la movilización política, de manera que los otros canales de expresión política coexistan en las democracias representativas. Según este punto de vista, muchos activistas de las corrientes dominantes se dirigirán estratégicamente a cualquier modalidad o forma de organización política que consideren más eficiente, ya sea las campañas en partidos y elecciones, el trabajo a través de organizaciones de grupos de interés tradicionales como los sindicatos y las asociaciones civiles, o la difusión de sus inquietudes a través de manifestaciones y protestas en las calles.24 Así pues, si las tesis del deterioro ofrecen la imagen más precisa de los acontecimientos, esperaríamos encontrar tendencias seculares congruentes de reducción de la participación ciudadana, por lo menos en las sociedades postindustriales, medida por indicadores estándares, como la participación en las elecciones y la afiliación a asociaciones civiles tradicionales, como los sindicatos y las iglesias. Los indicadores culturales incluirían una mayor desilusión hacia los ideales democráticos y un descontento con el desempeño de los gobiernos democráticos. Por otro lado, si las teorías de la modernización ofrecen una descripción más satisfactoria, entonces esperaríamos encontrar variaciones sistemáticas en la conducta política entre las sociedades agrícolas, industriales y postindustriales, medidas por los contrastes en los niveles de participación en las elecciones y afiliación en las asociaciones

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civiles, así como los niveles de activismo de protesta. En cuanto a los indicadores culturales, las teorías de la modernización sugieren un apoyo continuo y creciente de los ideales democráticos, incluso si los ciudadanos se vuelven más críticos del rendimiento de instituciones, funcionarios y líderes políticos particulares. Segunda parte: Datos y evidencias Dentro del espacio limitado de un documento podemos apenas esbozar algunos de estos asuntos y argumentos, que se tratan con mucho mayor detalle en otras fuentes.25 En este estudio se pretenden analizar las evidencias comparando a distintos países del mundo y aprovechando al máximo las ventajas de la estrategia comparativa de la ‘mayor diferencia’.26 Gran parte de las investigaciones existentes sobre participación política se basan en los Estados Unidos, así como en democracias de Europa Occidental y angloamericanas bien establecidas. No obstante, no queda claro qué tanto se puede generalizar a partir de estos países en particular. Las pautas de participación que evolucionaron gradualmente con la propagación de las democracias a mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, tras un largo proceso de industrialización, muy probablemente no se asemejen a las que se encuentran en los países latinoamericanos que han experimentado regímenes autoritarios y gobiernos militares, o a los de Europa Central, que se desenvolvieron bajo la hegemonía de los partidos comunistas. Si las experiencias históricas particulares dejan su sello cultural en estos países, en un patrón que depende de su trayectoria, pueden seguir influyendo en las pautas de activismo político de la actualidad. Asimismo, como han hecho resaltar desde hace mucho los primeros estudios comparativos, los sistemas políticos ofrecen a los ciudadanos distintas estructuras de oportunidad de involucrarse en su gobierno.27 En las sociedades plurales, como los Estados Unidos, por ejemplo, las organizaciones de afiliación voluntaria, asociaciones profesionales y grupos comunitarios tienden a movilizar a las personas para que participen en la política, y las iglesias desempeñan un papel particularmente importante.28 En contraste, en Europa Occidental las organizaciones partidistas ramificadas a menudo desempeñan un papel más fuerte. Y en muchas sociedades en desarrollo, como las Filipinas y Sudáfrica, los movimientos sociales de las bases atraen a la gente hacia la política de protesta y dirigen las estrategias de acción de la comunidad local. En resumen, las pautas de activismo en Europa Occidental y los Estados Unidos pueden ser atípicas de la gama de democracias en transición y consolidación de los otros países.29 Ha habido intentos por generalizar sobre la cultura latinoamericana con base en la comparación de unos cuantos países, como Chile, México y Costa Rica,30 pero dada la gran diversidad entre las naciones de América Latina, es necesario que las comparaciones sean más amplias para reflejar los substanciales contrastes en el desempeño político y el desarrollo económico que existen en la región, así como algunas posibles semejanzas con las democracias más recientes de Europa Central. Dadas estas consideraciones, en este estudio se sigue la bien conocida conceptualización de Prezeworski y Teune y se adopta el diseño de investigación de ‘sistemas más distintos’, en un intento por obtener los máximos contrastes entre una amplia gama de sociedades para distinguir grupos sistemáticos de características asociadas a las diversas dimensiones del activismo político.31 Obviamente, este enfoque implica importantes sacrificios a cambio de esta ventaja, en particular la pérdida de la riqueza y profundidad que se pueden obtener con la comparación de estudios de casos de unos cuantos países similares dentro de regiones relativamente semejantes. Un escrutinio más amplio aumenta la complejidad de comparar sociedades con amplias variaciones en cuanto a legados culturales, sistemas políticos y tradiciones democráticas. Sin embargo, la estrategia de intentar una comparación

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que abarque la totalidad del globo, si se cuenta con los datos necesarios, ofrece múltiples ventajas. La más importante es que el marco mundial nos permite examinar si, como afirman las teorías de la modernización de la sociedad, las pautas de activismo político evolucionan con los cambios de sociedades rurales tradicionales con poblaciones en gran medida iletradas y pobres, a través de las economías industriales basadas en la manufactura y con una clase trabajadora urbana creciente, hasta las economías postindustriales basadas en una amplia clase media del sector de servicios. Los países se clasificaron para su análisis según su nivel de desarrollo humano. El Índice de Desarrollo Humano que publica el PNUD anualmente nos ofrece una medida estándar de modernización de la sociedad, combinando niveles de alfabetización y educación, salud e ingresos per cápita. Esta medida se utiliza extensamente y tiene la ventaja de proporcionar un indicador más amplio del bienestar de una sociedad que los simples niveles de ingreso económico o riqueza financiera. La única distinción que se ha hecho a la clasificación estándar del PNUD que se emplea en este documento es que las naciones con la clasificación más alta en desarrollo humano se subdividieron en ‘sociedades postindustriales’ (los estados con mayor prosperidad del mundo, clasificados del 1 al 28, con la calificación más alta en el IDH del PNUD y un PNB promedio per cápita de USD $23,691) y ‘otras sociedades altamente desarrolladas’ (clasificadas del 29 al 46 por el PNUD con un PNB promedio per cápita de USD $9,006). Esta subdivisión se consideró más precisa y coherente que el uso convencional de los estados miembros de la OCDE para definir la industrialización, pues unos cuantos miembros de la OCDE, como México y Turquía muestran un desarrollo bajo, aunque en la práctica la mayoría de los países se traslapan.32 A través de los años se han hecho múltiples intentos por medir los niveles de democracia, y el índice de Gastil que mide anualmente Freedom House ha adquirido amplia aceptación como una de las medidas estándar de la democratización. Freedom House ofrece una clasificación anual de los derechos políticos y las libertades civiles en el mundo. Para este estudio, la historia de la democracia en cada uno de los estados-nación del mundo se clasifica con base en las calificaciones anuales obtenidas de 1972 a 2000.33 Se hace una distinción importante entre las 39 democracias más antiguas, definidas como aquellas que han experimentado por lo menos veinte años de democracia continua (1980-2000) y con una calificación actual de Freedom House de 2.0 o menos, y las 43 democracias más recientes, con menos de veinte años de democracia y una calificación actual de Freedom House de 2.5 o menos. Siguiendo la clasificación de Freedom House, otros países se clasificaron con base en sus calificaciones más recientes (1999-2000) en semidemocracias (conocidas a menudo como democracias ‘parcialmente libres’, ‘en transición’ o ‘en consolidación’) y no democracias (que incluye una amplia variedad de regímenes sin derechos políticos o libertades civiles, incluyendo dictaduras militares, estados autoritarios, oligarquías elitistas y monarquías reinantes). El estudio se basa en los datos agregados de 193 estados-nación independientes derivados de muchas fuentes, como los niveles de participación electoral medidos de 1945 a 2000 por International IDEA, y gran parte del análisis se deriva de datos de encuestas de opinión pública de la cuarta ola del Estudio Mundial de Valores que se llevaron a cabo en más de 75 sociedades a principios de los años ochenta, a principios de los años noventa, a mediados de los años noventa y en 1999-2001. Podemos examinar primero los indicadores conductuales de la participación electoral, la afiliación en asociaciones y el activismo de protesta, que ofrecen tal vez las pruebas más sólidas de las pautas de participación ciudadana, antes de comparar el apoyo cultural de la democracia y las instituciones políticas.

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Tercera parte: Tendencias del activismo político Siguiendo la tradición establecida por Sidney Verba y sus colegas, los estudios sobre la participación política se han concentrado desde hace mucho en la comparación de modalidades alternas, como la votación, la organización comunitaria y las actividades de contacto, cada una con demandas y recompensas diferenciadas.34 Para examinar distintas formas de activismo político, este estudio se concentra en tres tipos distintos; la participación electoral, entendida como la acción más extendida que experimentan la mayoría de los ciudadanos, el activismo ciudadano dentro de asociaciones comunitarias y organizaciones de afiliación voluntaria, debido al interés que se ha generado en este tema por las teorías del capital social y, por último, las experiencias del activismo de protesta, entendido como ejemplo de formas menos ortodoxas de expresión y movilización política. El análisis de factores de la Tabla 2, que se extrae de ciertos puntos selectos para medir cada forma de activismo del Estudio Mundial de Valores, confirmó que estas tres dimensiones de participación ciudadana son distintas, como se esperaba. [Tabla 2 aproximadamente aquí] La participación electoral Si la mayoría de los ciudadanos acuden en masa a las urnas, eso no debe equipararse automáticamente como un indicador de una democracia electoral eficaz, pues muchos regímenes, como los de Zimbabwe y Birmania, tratan de manipular las votaciones de plebiscitos masivas, con muy poca competencia partidista genuina, como una forma de legitimar sus gobiernos. El acto de votar también es atípico, por requerir menos tiempo y energía y ofrecer menos recompensas que muchas otras formas de activismo. No obstante, la participación electoral es uno de los indicadores más comunes de la solidez de una democracia, del cual tenemos también los datos oficiales más completos y confiables de distintos países a lo largo de muchas décadas. Las pautas de participación electoral pueden medirse ya sea como proporción del electorado registrado o como proporción de la población en edad de votar. Esta última forma ofrece la gran ventaja de incluir a cualquier grupo grande de ciudadanos, como las mujeres o las minorías étnicas, a las que se les pueden negar sus derechos ciudadanos de votar. Las tendencias sobre votos válidos emitidos como proporción de la población en edad de votar se presentan de manera sencilla en la Figura 1, que ofrece las primeras evidencias substanciales que apoyan la tesis de la modernización. [Figura 1 aproximadamente aquí] Las tendencias muestran que durante los últimos cincuenta años, los países con un desarrollo humano acelerado han sido testigos de un crecimiento substancial de su participación electoral, en particular en Asia y América Latina. Al mismo tiempo, la preocupación respecto a que las sociedades postindustriales estén experimentando inevitablemente una profunda erosión secular de la participación electoral durante el último medio siglo son muy exageradas. En términos generales, la mayoría de las naciones postindustriales muestran una pauta a largo plazo de fluctuaciones sin tendencia definida o de estabilidad en la participación electoral. Los modelos de regresión (que no se muestran aquí) revelaron que solamente ocho sociedades postindustriales experimentaron una erosión significativa de la participación electoral a lo largo de las décadas siguientes a 1945. Aunque se encuentran buenas evidencias de una ligera caída a corto plazo de la participación electoral durante la década de los noventa en muchas sociedades postindustriales, la época en que ocurre este cambio implica que esto no es plausiblemente atribuible al tipo de tendencias socioeconómicas glaciales, como la suburbanización o la secularización que integran el núcleo de las teorías de la modernización. Podemos especular sobre distintas explicaciones para la baja a corto plazo en esta etapa, pero, sea cual fuere la explicación, que requiere un mayor

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análisis sistemático, la pauta sugiere que este fenómeno nos exige concentrarnos en los sucesos políticos de corto plazo más que en las tendencias socioeconómicas de largo plazo. [Figura 2 aproximadamente aquí] Para analizar la participación electoral con mayor detalla, la Figura 2 muestra las tendencias de 1945 a 2000 divididas por país para todas las sociedades en desarrollo con elecciones continuas durante este período. Como confirmación adicional del aserto básico de la teoría de la modernización, el aumento en la participación electoral es más notable en toda Latinoamérica, conforme las democracias electorales se fueron consolidando gradualmente, como ocurrió en Nicaragua, Perú, Chile y Uruguay. Los modelos de serie temporal sirven entonces como confirmación adicional de la proposición de que el cambio de sociedades agrícolas a industrializadas se relaciona con un crecimiento de la participación electoral, lo cual sugiere que debemos examinar más profunda y sistemáticamente qué características del proceso de modernización pueden estar impulsando este aumento en la participación electoral, en especial el papel de la educación, la riqueza y la alfabetización. [Figuras 3 y 4 aproximadamente aquí] Para analizar más detalladamente las tendencias en México, la Figura 3 presenta los resultados de las elecciones presidenciales y legislativas desde 1946. Al igual que muchos otros países de América Latina, es evidente un aumento progresivo en las elecciones sucesivas durante los años cincuenta y sesenta, antes de alcanzar un nivel estable con una serie de elecciones que muestran fluctuaciones sin tendencia definida alrededor de la media. Es interesante notar que a pesar del interés y de las perspectivas de cambio que rodearon a las elecciones del año 2000, ello no atrajo a un número excepcional de votantes a las urnas. Asimismo, si comparamos la participación electoral promedio en México durante la década de los noventa con la gama más amplia de 35 países de América (véase la Figura 4) los resultados muestran que México se encuentra por debajo del promedio, con considerables variaciones entre los líderes, como Santa Lucía, Uruguay, Antigua y Barbuda y Chile, todos ellos con una participación electoral superior al 80%, y otros países rezagados, como Haití, Colombia y Guatemala, con el nivel más bajo. Podemos concluir entonces que la participación electoral en el mundo no ha experimentado una caída secular; de hecho, durante el último medio siglo ha ocurrido exactamente lo contrario, y el creciente número de electores que acuden a las urnas es más evidente en aquellas sociedades que han atravesado por un período de rápida modernización social. Las asociaciones civiles y el capital social ¿Pero qué hay de las otras formas de participación ciudadana, más exigentes? Una buena parte de la preocupación en años recientes, generada por la labor de Robert Putnam, se ha dirigido al capital social.35 Desde hace mucho se ha considerado que los grupos de interés tradicionales y los movimientos sociales nuevos desempeñan un papel vital en la movilización de la participación en las sociedades plurales. Lo más sorprendente sobre las teorías modernas de la sociedad civil es la afirmación que las actividades deliberativas típicas frente a frente y la colaboración horizontal con las asociaciones de afiliación voluntaria muy alejadas de la esfera política, como los clubes deportivos, las cooperativas agrícolas o los grupos filantrópicos, promueven la confianza interpersonal y fomentan la capacidad de trabajar en conjunto en el futuro, con lo que crean los lazos de la vida social que sirven de base para la sociedad civil y la democracia. Los grupos organizados no solamente logran ciertos objetivos instrumentales, sino que, según se afirma, en este proceso generan también las condiciones para una colaboración ulterior, o el capital social.

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Para Putnam, el capital social se define como “las conexiones entre los individuos, las redes sociales y las normas de reciprocidad y confianza que de ellas surgen.”36 Lo más importante es que esto se entiende entonces al mismo tiempo como un fenómeno estructural (las redes sociales) y como un fenómeno cultural (las normas sociales). Esta naturaleza doble a menudo genera problemas relacionados con los intentos por medir el capital social que generalmente se enfocan a una u otra de estas dimensiones, pero no a ambas. Tres afirmaciones básicas constituyen el núcleo de la teoría de Putnam. En primer lugar, que las redes horizontales que comprende la sociedad civil y las normas y valores relacionados con estos vínculos, tienen importantes consecuencias, tanto para las personas que las integran como para la sociedad en general, y producen tanto bienes privados como públicos. Putnam va más allá que otros teóricos contemporáneos al afirmar que el capital social tiene consecuencias políticas significativas. La teoría puede interpretarse como un modelo en dos etapas sobre la manera en que la sociedad civil promueve directamente el capital social y cómo a su vez se cree que el capital social (las redes sociales y normas culturales derivadas de la sociedad civil) facilita la participación política y el buen gobierno. Por último, en Bowling Alone, Putnam plantea el conjunto más extenso de evidencias de que la sociedad civil en general y el capital social en particular han sufrido una erosión substancial en los años de la postguerra en los Estados Unidos. Putnam es adecuadamente precavido al extender estas afirmaciones para sugerir que hay evidencias de tendencias similares en otras sociedades postindustriales semejantes, pero si estos países han experimentando cambios seculares similares en tecnología y en los medios de comunicación a aquellos que se afirma han provocado la caída en la participación ciudadana en los Estados Unidos, entonces, por implicación debe haber también ciertas evidencias de una caída paralela en el capital social de esos países. No contamos con tendencias de serie temporal confiables, pero podemos comparar una amplia gama de sociedades en distintos niveles de desarrollo humano y político para ver en qué situación se encuentran en términos de la fortaleza de la afiliación en las organizaciones de afiliación voluntaria.37 En el componente del Estudio Mundial de Valores de 1995 se midió la afiliación en las asociaciones como sigue: “Voy a leerle ahora una lista de organizaciones de afiliación voluntaria; ¿podría decirme, en el caso de cada una de ellas, si usted es miembro activo, miembro inactivo o no es miembro de ese tipo de organización?” En la lista se incluyeron nueve categorías amplias, incluyendo organizaciones religiosas o iglesias, organizaciones deportivas o recreativas, partidos políticos, organizaciones artísticas, musicales o educativas, sindicatos, asociaciones profesionales, organizaciones de beneficencia, organizaciones ambientales y cualquier otra organización de afiliación voluntaria. La gama cubría los grupos de interés tradicionales y las asociaciones civiles comunes, además de algunos movimientos sociales nuevos. La medida nos permite analizar pautas de afiliación en los tipos más comunes de asociaciones, incluidas las religiosas, sindicales y de grupos ambientales que proporcionan algunas de las organizaciones clásicas de vinculación con los partidos políticos. La confianza social se midió en el Estudio Mundial de Valores de 1995 mediante la pregunta: “En términos generales, ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que nunca se puede ser demasiado precavido al tratar con la gente?” Esta medida exhibe múltiples limitaciones. Da a los encuestados la opción de una simple dicotomía, mientras que la mayoría de los componentes de las encuestas modernas actuales plantean escalas continuas más sutiles. El doble negativo en la segunda parte de la pregunta puede resultar confuso para los encuestados. No se plantea un contexto social, ni hay manera de distinguir entre distintas categorías, como los niveles relativos de confianza en los amigos, colegas, familiares, extraños o compatriotas. No obstante, este componente se ha aceptado como indicador estándar de la confianza social o interpersonal tras haberse usado como serie a largo plazo en la Encuesta Social General (GSS) estadounidense desde principios de los años

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setenta, por lo que se adoptará en este estudio para facilitar su reproducción en distintos estudios. [Figura 5 aproximadamente aquí] El resultado de la comparación de la Figura 5 muestra algunas agrupaciones sorprendentes de sociedades que se relacionan en forma marcada a legados culturales en distintas regiones del mundo. Las sociedades más ricas en capital social, que se ubican en la esquina superior derecha, incluyen los países nórdicos (Noruega, Suecia y Finlandia) y Australia, Alemania Occidental y Suiza. Los Estados Unidos ocupan un lugar excepcionalmente alto en cuanto a activismo asociativo, como han hecho resaltar otros estudiosos, como Curtis et al.,38 al tiempo que muestran un nivel moderadamente fuerte de confianza social. Si acaso se ha presentado una erosión sistemática en la participación organizacional estadounidense, ésta se ha dado a partir de una base relativamente alta, y muchas otras democracias fuertes y estables se manejan con eficacia con niveles más bajos de activismo. Por el contrario, muchas naciones se ubican en el cuadrante opuesto, con niveles pobres de capital social, incluidas las antiguas Repúblicas Soviéticas de Europa Central, como Moldavia, Georgia, Azerbaiyán y Rusia, que se aglutinaron en un nivel bajo de confianza y activismo, al lado de Turquía.39 Los países sudamericanos, como Uruguay, Venezuela y Argentina se caracterizan por un activismo asociativo ligeramente mayor, pero vínculos igualmente débiles de confianza interpersonal.40 Las naciones centroamericanas parecen ubicarse entre la posición de los Estados Unidos y la de las sociedades sudamericanas, caracterizándose por un nivel moderadamente bajo de confianza social, pero con mayores vínculos organizacionales. Las tres naciones africanas se concentran en el cuadrante de la esquina inferior derecha, como naciones con una afiliación extensa, pero un nivel bajo de confianza social. Y en el cuadrante opuesto, las tres sociedades que comparten una cultura confuciana (China, Japón y Taiwán) muestran un nivel moderado de confianza social con participación organizacional relativamente baja.41 Japón podría tener lo que Fukuyama denomina ‘sociabilidad espontánea’,42 con un fuerte sentido de las normas compartidas y una cultura de confianza personal, pero asociaciones institucionalizadas más débiles. Las sociedades ‘mixtas’ son importantes desde el punto de vista teórico, y es necesario que consideremos las razones culturales e institucionales que conducen a que los no afiliados confíen y los no confiados se afilien. Estas pautas se vieron confirmadas en un análisis de variables múltiples (que no se ha incluido aquí) donde se detectó que los países de Europa Central y Oriental son significativamente más débiles que el promedio en cuanto a sociedad civil, mientras que América Latina mostró un grado significativamente mayor de desconfianza y las sociedades escandinavas obtuvieron resultados significativamente mayores al promedio en ambas dimensiones. La distribución general sugiere que hay largas tradiciones históricas y culturales que operan de tal manera que imprimen patrones distintivos en grupos de países, aunque algunos caen fuera de los grupos esperados. Podemos cuestionar la naturaleza, los orígenes y el significado del capital social, pero parecería que sea cual fuere el factor nórdico ‘X’, se trata de un factor ausente en las antiguas sociedades soviéticas. El activismo de protesta Muchos estudios han llamado la atención a los niveles crecientes de protestas políticas, entendidas ya sea como la propagación de la ‘democracia de las manifestaciones’ (Etzioni 1970), el crecimiento de la ‘sociedad de la protesta’ (Pross 1992), una expresión de la ‘sociedad civil global’ (Kaldor 2000), o la más popular entre los titulares contemporáneos: el surgimiento de la ‘generación de Génova’.43 Los estudiosos a menudo informan que la política de la protesta ha crecido en las últimas décadas y quizá la explicación más común, y la

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principal causa de preocupación, sugiere que una creciente desilusión política hacia las instituciones convencionales del gobierno representativo ha generado este fenómeno. Este enfoque tiene un ejemplo de mediados de los años setenta en el informe trilateral de gran influencia ‘The Crisis of Democracy’, de Crozier, Huntington y Watanuki,44 que calificó consternadamente los disturbios callejeros de mayo de 1968 y sus subsecuentes reverberaciones como una seria amenaza a la estabilidad del gobierno representativo. No obstante, una perspectiva distinta sugiere que considerar a los manifestantes como radicales opuestos al estado refleja estereotipos populares comunes en la forma en que se enmarcó a los movimientos sociales durante los años sesenta, cuando los noticieros estadounidenses se enfocaron a los hippies, yippies y radicales Panteras Negras y la prensa europea mostró las imágenes de los estudiantes revolucionarios de 1968 en París, Londres y Berlín, pero que esta imagen tal vez no refleja ya las pautas de participación en el mundo contemporáneo, si la población manifestante se ha ‘normalizado’ gradualmente a través de los años para pasar a ser mayoritaria y convencional.45 ¿Sigue existiendo una dimensión diferenciada de política ‘de protesta’ o se ha llegado a fusionar con otras actividades comunes, como la afiliación a sindicatos o partidos? Siguiendo la tradición establecida por Barnes y Kaase,46 el activismo de protesta se mide utilizando cinco componentes de la Encuesta Mundial de Valores, que incluyen la firma de una petición, la participación en boicots, la asistencia a manifestaciones legales, la participación en huelgas no oficiales y la ocupación de edificios o fábricas. Los resultados del análisis de factores que se presentan en la Tabla 1 confirmaron que estas actividades están comprendidas dentro de una dimensión diferenciada en comparación con otras que se han examinado ya en el estudio, como la participación electoral y la afiliación a grupos civiles, como sindicatos, organizaciones religiosas, clubes deportivos y artísticos, asociaciones profesionales, organizaciones de beneficencia o grupos ambientales. [Figura 6 aproximadamente aquí] En la Figura 6 se examinan las experiencias reales en distintos países de la política de protesta y de las manifestaciones, que representan una de las formas más populares de acción directa. Los resultados demuestran que las manifestaciones y el activismo de protesta son más populares en las sociedades postindustriales prósperas, como predice la teoría de la modernización. En países como Bélgica, Suecia e Italia, una tercera parte o más de la población se ha manifestado en algún momento en su vida, un porcentaje mucho mayor al de miembros actuales de los partidos políticos. En la mitad de la distribución se encuentra una amplia gama de naciones, desde los Estados Unidos hasta Rusia, donde la política de protesta varía substancialmente. Por último, en la esquina inferior izquierda se ubican las naciones que muestran los niveles más bajos tanto de manifestaciones como de activismo de protesta, según los datos del Estudio Mundial de Valores de 1999-2001, e incluyen a México, Venezuela y Argentina (antes de la actual oleada de protestas), así como a Vietnam y Zimbabwe donde oficialmente se desalientan estas actividades. Parece que las protestas y manifestaciones se han difundido en muchas democracias establecidas y sociedades prósperas, como sugieren las teorías de la modernización, de manera que ya no resulta adecuado considerarlas como formas ‘no convencionales’ de participación ciudadana. Las evidencias que se plantean en otras fuentes, donde se examinan las características actitudinales y sociales de la población manifestante en Bélgica muestra también que en estas acciones participan grupos diversos, y que factores semejantes, como interés y eficacia, que ayudan a predecir la concurrencia en las formas tradicionales de participación ciudadana también ayudan a predecir la concurrencia a las manifestaciones.47

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Cuarta parte: La opinión pública respecto a la democracia Hasta ahora hemos examinado el activismo político, pero ¿cuál es la situación de la opinión pública respecto al gobierno democrático en América Latina y en otras partes del mundo? Mark Falcoff resume la situación en la región con base en los resultados de la encuesta del Latinobarómetro de 2001, realizada por MORI en 17 países: “Hace quince años, los latinos hablaban de la democracia como si fuera una cura mágica para todos sus males. Hoy en día este clima tiende a invertirse: para muchos el problema parecería residir en los procedimientos a través de los cuales la gente elige a sus líderes. En una encuesta llevada a cabo por... Latinobarómetro… el único país de la región donde se detectó un incremento en el apoyo a la democracia fue México, es de suponer que como resultado de haber elegido por primera vez a la presidencia a un candidato de la oposición. Aun así, creció solamente un punto porcentual, de 45 a 46 por ciento... En otros países las cifras son mucho más perturbadoras. Por un lado, la mayoría de los ciudadanos aparentemente se suscriben a los objetivos amplios de una sociedad capitalista democrática; por el otro tienen poca fe, si acaso, en la capacidad de sus instituciones de conducir a las sociedades a donde desean ir.”48 Marta Lagos, Directora del Latinobarómetro, que ha llevado a cabo encuestas anuales desde 1995, sugirió que la opinión pública en América Latina en la encuesta de 2000 continúa siendo ‘conflictiva y ambivalente’ con el apoyo más fuerte para la democracia en Costa Rica, Uruguay y Argentina, un compromiso democrático apenas tentativo en la mayoría de las demás naciones y una ‘crisis’ de las actitudes públicas en unas cuantas.49 La encuesta Hewlett de 1998 estudió la opinión pública en Chile, Costa Rica y México y, con base en el análisis, Roderic Ai Camp concluyó cautelosamente que entre los latinoamericanos no existe un consenso sobre el significado de la democracia, pues las distintas culturas resaltaban sus dimensiones ya fuera políticas o socioeconómicas.50 No obstante, las evaluaciones de la opinión pública en los países particulares de la región sufren de ciertas limitaciones comunes. En primer lugar, si estos estudios no realizan comparaciones con el panorama más amplio de las democracias en transición y consolidación comparables en el resto del mundo, o con las tendencias a largo plazo en cada nación, entonces las líneas de base que se empleen para cualquier evaluación pueden resultar engañosas. Por ejemplo, si el 60% de los latinos están de acuerdo con la afirmación “La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”, como se indica en el Latinobarómetro de 17 países de 2000, es difícil saber si el vaso está medio lleno o medio vacío. ¿Coincide este nivel de acuerdo con la opinión pública en las democracias en transición y consolidación de otras partes del mundo? ¿Están los ciudadanos latinoamericanos más o menos a favor de los ideales democráticos que los de, digamos, Rusia, Sudáfrica o Taiwán? Los resultados deben interpretarse dentro de un contexto longitudinal o multinacional más amplio. Algo incluso más relevante es que las respuestas culturales hacia el sistema político son multidimensionales, de tal manera que al basarse demasiado en un solo indicador de las actitudes o conductas se puede generar una interpretación distorsionada del verdadero estado de la opinión pública. Por el contrario, se requieren medidas múltiples para construir una idea combinada de la forma en que los ciudadanos evalúan sus sistemas políticos. Ninguna medida por sí sola se puede considerar definitiva, pero al reunir distintas piezas del rompecabezas se puede armar una perspectiva más confiable. Desgraciadamente, esto limita en buena parte el grado en que podemos confiar en algunos análisis previos; por ejemplo, Alejandro Moreno comparó una medida del “apoyo a la democracia” en América Latina a partir de un solo índice utilizando siete variables del Estudio Mundial de Valores de 1995.51 Concluyó a partir de esta

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base que el “apoyo a la democracia” varía entre los distintos países, así como por edad, educación, nivel de información, valores e ideologías. Empero, al repetir este índice empleando el análisis factorial de componentes principales sobre los mismos datos se reveló que de hecho existían dos dimensiones dentro de la medida única, que reflejaban el apoyo a la democracia como ideal y el apoyo al funcionamiento de la democracia. La desafortunada fusión de estas dos dimensiones en una sola medida sólo puede conducir a resultados turbios y confusos, ya que puede ser perfectamente congruente y lógico creer en el ideal democrático y al mismo tiempo estar en desacuerdo con su funcionamiento, o vice versa. Como se ha argumentado en otras fuentes, el apoyo a los sistemas es un concepto multidimensional que incluye distintos indicadores.52 El importante marco que estableció David Easton distingue entre el apoyo a la comunidad, al régimen y a las autoridades.53 Estas distinciones aportan un punto de partida esencial, pero se pueden refinar más las categorías para reflejar gradaciones teóricas y empíricas significativas dentro de distintas partes del régimen. Según el concepto de Easton, el régimen constituye el marco básico para gobernar el país: la gente no puede seleccionar entre distintos elementos del régimen y aprobar algunas partes al tiempo que rechaza otras. Sin embargo, en la práctica los ciudadanos parecen distinguir entre los distintos niveles del régimen y a menudo creen firmemente en los valores e ideales democráticos, por ejemplo, mientras se muestran críticos de la manera en que los gobiernos democráticos operan en la práctica. La gente parece también emitir juicios claros respecto a distintas instituciones dentro del régimen, como al expresar confianza hacia los tribunales y simultáneamente criticar al Congreso. Así pues, podría ser útil ampliar la clasificación original de Easton para obtener un marco quíntuple en que se distingue entre el apoyo político hacia la comunidad, los principios del régimen, el funcionamiento del régimen, las instituciones del régimen y los actores políticos. Estos niveles pueden considerarse como un continuo que va desde el apoyo más difuso del estado-nación a través de niveles sucesivos hasta llegar al apoyo más concreto de los políticos individuales. Dentro del espacio de este breve documento nos concentraremos en tres indicadores en torno a los cuales tal vez se ha expresado la mayor preocupación en América Latina, a saber, la opinión pública hacia los principios del régimen (el apoyo de la democracia como ideal), el funcionamiento del régimen (qué tan bien piensa la gente que funciona la democracia en la práctica) y la confianza institucional (la confianza en el gobierno y la administración pública). Las medidas seleccionadas para la comparación surgieron como diferenciadas en el análisis factorial (que no se reproduce en este documento), integrando escalas consecuentes y las preguntas específicas que se plantearon en el análisis se enumeran después de las figuras. [Figura 7 aproximadamente aquí] La Figura 7 muestra las pautas multinacionales de apoyo a los ideales y el funcionamiento de la democracia. Muchas de las democracias establecidas muestran los niveles más altos de aprobación, entre ellas Alemania, Australia, Dinamarca y Suecia. Sin embargo, como señaló Klingemann en un estudio anterior, el apoyo a la democracia como ideal se ha difundido en la mayoría de las sociedades del mundo, incluidas las democracias más recientes, como Bangladesh, Croacia y Venezuela.54 Las naciones de América Latina se concentran en la mitad de la distribución, y México se ubica poco más abajo que sus parientes regionales. El país que muestra la mayor desilusión tanto hacia los ideales como hacia el funcionamiento de la democracia es Rusia, aunque muchas de las naciones de Europa Central y Oriental también se agrupan hacia la parte inferior de la distribución. México entonces muestra un apoyo ligeramente más bajo a la democracia que Argentina, Chile o Venezuela, pero al mismo tiempo los mexicanos muestran una mayor fe en la democracia que muchos de los estados postcomunistas.

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La confianza institucional Una buena parte de la preocupación por el apoyo público a la democracia se relaciona con la confianza en las instituciones políticas nucleares que vinculan a los ciudadanos con el estado. Por supuesto que es de esperarse hasta cierto punto que la confianza en el gobierno aumente y disminuya como parte de la política ‘normal’, como un reflejo de la forma en que se evalúa el crecimiento económico logrado o los servicios públicos prestados por el estado. Pero si se detectan patrones persistentes que indican que la gente ha perdido la fe en la eficacia y el funcionamiento del gobierno, en la integridad y eficiencia de los funcionarios públicos o en otras instituciones, como la fe en la legitimidad, honestidad e integridad de los procesos electorales, esto podría tener consecuencias significativas potenciales al socavar la fe en la democracia como ideal.55 La Figura 8 muestra las pautas de la confianza institucional en el gobierno, la administración pública, el parlamento y los partidos políticos, medida cada una en escalas de cuatro puntos de menor a mayor, en la docena de sociedades de América en las que se cuenta con datos de mediados de los años noventa en adelante. Los resultados arrojan algunas variaciones predecibles, con una mayor confianza en los países que han experimentado democracias estables, como Canadá, los Estados Unidos, Chile y Uruguay. En contraste, Argentina, la República Dominicana y Perú se quedan atrás. México muestra resultados medios en su distribución con calificaciones más o menos uniformes en los cuatro tipos de instituciones. [Figura 8 aproximadamente aquí] Quinta parte: Conclusiones e implicaciones ¿Qué implicaciones tiene este estudio tanto para la evaluación de las teorías generales sobre la participación ciudadana como para la comprensión de la cultura política en México en particular? La teoría del deterioro de la participación ciudadana sugiere que a fines del siglo XX muchas sociedades postindustriales han experimentado un distanciamiento generalizado de los ciudadanos de los canales tradicionales de participación política. Se cree que los síntomas de este mal incluyen la caída en los niveles de participación electoral (ejemplificada quizás en las recientes elecciones británicas), la intensificación de los sentimientos antipartidistas (ilustrada por la acentuación repentina del apoyo a partidos de la extrema derecha, como el Frente Nacional de Le Pen en Francia y el partido de Pym Fortuyn en Holanda) y la decadencia de las organizaciones civiles, como partidos, iglesias y sindicatos. Los brotes impredecibles de protestas pueden considerarse también como desestabilizadores de los gobiernos, ya sea que ocurran en reuniones de jefes de estado en Seattle, Gotenburgo y Génova o en las calles de Buenos Aires, Caracas y San Salvador Atenco. La teoría de la modernización que se esboza en este estudio sugiere que los cambios socioeconómicos en los procesos de producción subyacen a los cambios en el estado; en particular, que el aumento en los niveles de educación, alfabetización y riqueza en la transición de las economías agrícolas de subsistencia a naciones industrializadas genera condiciones que favorecen una mayor participación ciudadana en las urnas. La transición subsecuente de las sociedades industriales a postindustriales, con niveles crecientes de educación, información y comunicaciones, establece las bases para una participación ciudadana con formas más exigentes de expresión, organización y movilización política, ejemplificadas por las manifestaciones. Las formas más antiguas de participación ciudadana tradicional no necesariamente se atrofian con ello, en un juego de suma cero, aunque los nuevos canales complementan a los anteriores. Los ciudadanos con mayores habilidades cognoscitivas y mejor informados pueden volverse más críticos de las operaciones del gobierno y del funcionamiento de las instituciones políticas tradicionales, pero al mismo tiempo muestran un acopio

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considerable de fe en los principios e ideales de la democracia representativa. Las evidencias que se han presentado en este documento proporcionan un apoyo empírico constante de esta explicación, ya sea en términos de conductas, como la participación electoral, el activismo asociativo, o la política de protesta, o de los indicadores actitudinales de las culturas democráticas, aunque al mismo tiempo el ritmo de cambio derivado del proceso de modernización se ve condicionado en cualquier nación en particular por la estructura y las instituciones del estado, el papel de las agencias movilizadoras en cualquier sociedad y las diferencias de recursos y motivacionales entre los distintos grupos e individuos. ¿Cómo encaja México dentro de esta interpretación general? En la primera encuesta comparativa sistemática a nivel micro de actitudes y conductas políticas, en la revolucionaria obra Civic Culture, de Almond y Verba (1963), se consideró a México como un país que combinaba aspiraciones y marginación. Este estudio efectuado en cinco naciones encontró que muchos mexicanos expresaban orgullo sobre su sistema político y aspiraciones de participar en la política, además de confianza en su capacidad de hacerlo. Sin embargo, al mismo tiempo, los mexicanos mostraron los niveles más bajos de actividad política, participación en asociaciones de afiliación voluntaria e información política. Como resumieron Almond y Verba en su evaluación: “Muchos mexicanos carecen de experiencia y de habilidad política, pero sus esperanzas y su nivel de confianza son elevados; sin embargo, las tendencias generalizadas de ambición de los participantes se combinan con cinismo y marginación respecto a la infraestructura y la burocracia política”.56 Cuatro décadas más tarde, si combinamos los resultados de las comparaciones de México con otros países latinoamericanos con niveles de desarrollo similares, las evidencias que plantea este estudio dibujan un panorama más complejo. Las tendencias a largo plazo en la postguerra muestran que México, al igual que muchas naciones de América Latina, ha experimentado niveles crecientes de participación electoral, aunque al mismo tiempo las pautas durante los últimos treinta años muestran fluctuaciones sin tendencia definida. México manifiesta también un promedio relativamente bajo de participación electoral (votos/población en edad de votar) durante los años noventa en comparación con otros países de América Latina. En términos de su capital social, los mexicanos son moderadamente activos en las asociaciones de afiliación voluntaria y organizaciones comunitarias (con un nivel superior al promedio en América Latina), pero también muestran un nivel bastante bajo de confianza social (aunque ésta ha aumentado en años recientes57). Y México presenta niveles bajos de participación en la política de protesta y las manifestaciones, además de poca fe en los ideales democráticos, baja aprobación del funcionamiento de la democracia y confianza moderada en las instituciones políticas. Resulta difícil llevar a cabo una comparación estricta con la línea de base en Civic Culture, dadas las diferencias en las medidas y los marcos comparativos. No obstante, el estudio más amplio de distintas naciones sugiere que algunos de los elementos más antiguos de la cultura política mexicana persisten, mientras que otros indicadores, como el activismo en asociaciones parece plantear un panorama distinto de la situación de hace cuatro décadas. Sólo puede esperarse que las actitudes culturales básicas y las pautas de comportamiento político que se adquieren en el hogar y la familia, el lugar de trabajo y la comunidad durante los años formativos de la juventud y la adolescencia se modifiquen gradualmente, por lo que mostrarán un marcado retraso con respecto a las reformas institucionales. Queda por verse qué tanta capacidad tienen los importantes cambios institucionales que se han experimentado en los últimos años en México como parte del proceso de consolidación democrática —en especial la competencia genuina de confrontación entre partidos, la alternancia del gobierno y la oposición en el poder, que facilitará la responsabilidad ante el electorado, una presidencia más limitada y contiendas electorales más cerradas, así como las tendencias más amplias a largo plazo del desarrollo humano— para generar una renovación de la participación ciudadana y de la confianza en el proceso político, particularmente en las generaciones más jóvenes, en las décadas por venir.

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Tabla 1. Tipología de las etapas de modernización de las sociedades De sociedades agrícolas a industriales

De industriales a postindustriales

Población

El cambio poblacional de pueblos agrícolas a conurbaciones metropolitanas

La difusión de las áreas urbanas a los suburbios. Mayor movilidad social y geográfica, incluyendo la migración transnacional, que genera sociedades más multiculturales.

Capital humano

Niveles crecientes de educación, alfabetismo y conocimientos aritméticos con la generalización de la escolaridad básica.

Niveles más altos de educación, en especial de nivel secundario y universitario, que generan mayores niveles de capital humano y habilidades cognoscitivas.

Fuerza de trabajo

El cambio de extracción y agricultura a manufactura y procesamiento.

La generación de ocupaciones profesionales y administrativas en los sectores público y privado y una mayor especialización profesional.

Estatus social

Surgimiento de las clases trabajadoras y la burguesía urbana y descenso del campesinado y los intereses tradicionales de los terratenientes.

Cambio de los papeles ocupacionales y sociales adquiridos de nacimiento hacia un estatus adquirido a partir de la educación formal y la trayectoria profesional.

Condiciones de vida

Estándares de calidad de vida crecientes, mayor longevidad y más tiempo de ocio.

Crecimiento económico que impulsa la expansión de las clases medias, la elevación de los estándares de calidad de vida, mayor longevidad y salud y más tiempo de ocio.

Ciencia y religión

La revolución industrial en la producción manufacturera. División creciente entre iglesia y estado. Diversificación de sectas y denominaciones religiosas.

Rápidas innovaciones tecnológicas y científicas. Proceso de secularización que debilita la autoridad religiosa.

Medios de comunicación

La mayor disponibilidad de periódicos de circulación masiva y, durante el siglo veinte, el acceso a los medios electrónicos.

El cambio de los medios de comunicación de difusión masiva a difusión más especializada y limitada, con la fragmentación de los medios en distintos mercados y tecnologías.

Gobierno

La expansión del derecho al voto, el crecimiento de la burocratización weberiana y el uso de la autoridad legal y racional en el gobierno.

Aumento de las formas estratificadas de gobierno, a niveles globales y locales, y expansión del sector sin fines de lucro.

Protección social

El desarrollo de los primeros cimientos del estado benefactor y de los elementos de protección social contra enfermedades, desempleo y vejez.

Liberalización de los mercados y contracción del estado, que desplaza la protección social cada vez más a los sectores sin fines de lucro y privados.

Estructuras familiares

Contracción de la familia extendida a nuclear y reducción gradual de las tasas de fertilidad.

Erosión de la familia nuclear, aumento de los hogares no tradicionales y cambios en las pautas de matrimonio y divorcio.

Roles sexuales

Ingreso de un número mayor de mujeres a la fuerza de trabajo remunerada.

Creciente igualdad de los papeles de género en la división del trabajo en el hogar, la familia y el lugar de trabajo y aumento del número de mujeres (especialmente casadas) en la fuerza de trabajo remunerada.

Valores culturales

Seguridad material, autoridad tradicional y obligaciones comunitarias.

Cuestiones de calidad de vida, autoexpresión, individualismo y postmaterialismo.

Participación ciudadana

Expansión de la participación electoral y de la afiliación a organizaciones civiles tradicionales, como partidos y sindicatos.

Estabilidad en las formas tradicionales de asociación civil y expansión de formas más exigentes de activismo político, incluyendo nuevas movimientos sociales y política de protesta.

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Tabla 2: Dimensiones de la participación política Activismo cívico Pertenecen a una organización ambiental

.680

Pertenecen a una organización de beneficencia

.647

Pertenecen a una organización artística, musical o educativa

.643

Pertenecen a una asociación profesional

.638

Pertenecen a un partido político

.584

Pertenecen a una organización deportiva o recreativa

.536

Pertenecen a una iglesia u organización religiosa

.521

Pertenecen a un sindicato

.423

Activismo de protesta

Asisten a una manifestación legal

.765

Participan en boicots

.764

Participan en una huelga no oficial

.756

Firman una petición

.687

Ocupan edificios o fábricas

.680

Participación electoral

Votaron en las elecciones

.926

% de varianza

20.1

19.6

7.2

Notas: Método de extracción: Análisis de componentes principales. Método de Rotación: Normalización Varimax con Kaiser. Activismo de protesta: “Ahora le voy a pedir que mire esta tarjeta. Voy a leerle varias formas de acción política en que la gente puede participar y me gustaría que me dijera, en el caso de cada una, si usted ha hecho alguna de estas cosas, si es posible que lo hiciera, o si nunca, bajo ninguna circunstancia lo haría”. Fuente: Encuesta Mundial de Valores, mediados de los años noventa.

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Figura 1: Tendencias de participación electoral por década por tipo de sociedad, 1945-2000 Votación promedio/ Población en edad de votar Postindustrial Alto Medio Bajo

Tipo de sociedad Postindustrial Desarrollo alto Desarrollo medio Desarrollo bajo

Nota: Se calcula la participación electoral como el número de votos válidos emitidos como proporción de la población en edad de votar en todas las elecciones legislativas y presidenciales. Fuente: Calculado a partir de la base de datos de International IDEA Voter Turnout from 1945 to 2000. . Figura 2: Participación electoral promedio por década en las sociedades en desarrollo con elecciones ininterrumpidas, 1945-2000 Votos/PEV Antigua

Argentina

Barbados

Bolivia

Brasil

Chile

Colombia

Costa Rica

Rep Dom.

Dominica

Ecuador

El Salvador

Grenada

Guatemala

Honduras

India

Jamaica

Liechtenstein

México

Nicaragua

Panamá

Paraguay

Perú

Sri Lanka

San Cristóbal

San Vicente

Tailandia

Trinidad

Turquía

Uruguay

Venezuela Década

Nota: Se calcula la participación electoral como el número de votos válidos emitidos como proporción de la población en edad de votar en todas las elecciones legislativas y presidenciales. Véanse en el Anexo A los detalles de la clasificación. La comparación incluye a todas las sociedades en desarrollo que han llevado a cabo por lo menos una elección nacional por década de 1945 a 2000. Fuente: Calculado a partir de la base de datos de International IDEA Voter Turnout from 1945 to 2000. . Figura 3: Participación electoral en México Participación (Votos/PEV) en las elecciones en México, 1946-2000 ! Legislativas ! Presidenciales Fuente: Base de datos de International IDEA Voter Turnout since 1945. .

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Figura 4: Participación electoral en las Américas en la década de los noventa (votos emitidos como proporción de la población en edad de votar) Guat Col Hait Jam EUA Ven Para Hon RepDom ElSal Bol Méx Can Perú Beli Bar Ecu Bahm Tri Sur SanC Pan Guy Bras SanV Nic Arg Dom CRica Gren Chil Ant Uru StaL Total

Fuente: Base de datos de International IDEA Voter Turnout since 1945. .

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Figura 5: Capital Social (confianza social y activismo asociativo), mediados de los años noventa

Confianza social Activismo asociativo Capital social alto Capital social bajo Brasil Turquía Filipinas Perú Puerto Rico Macedonia Colombia Eslovenia Venezuela Azerbaiyán Argentina Rumania Moldavia Georgia Estonia Ghana Sudáfrica Bulgaria Bangladesh Rusia Nigeria Hungría Latvia Uruguay Croacia Eslovaquia Alemania Oriental Chile Ucrania Rep. Checa Serbia España Montenegro Bosnia Herceg India Corea del Sur

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México Rep Dominicana Japón Suiza China Taiwán Alemania Occidental Nueva Zelandia Australia EUA Finlandia Suecia Noruega

Nota: Organización de afiliación voluntaria: Número de organizaciones en que pertenece activamente la gente, como sociedades culturales, sindicatos, partidos y clubes deportivos. Confianza social: “En términos generales, ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que nunca se puede ser demasiado precavido al tratar con la gente?” Fuente: Encuesta Mundial de Valores 1995-1997. Figura 6: Experiencias en política de protesta, 2000

Manifestaciones Activismo de protesta Región México América Otras

Nota: Manifestaciones “¿Alguna vez ha participado en una manifestación legal?” Activismo de protesta: “¿Alguna vez ha... firmado una petición, participado en boicots, participado en una manifestación legal, participado en huelgas no oficiales, ocupado edificios o fábricas?” Fuente: Encuesta Mundial de Valores 1999-2001 Figura 7: Actitudes hacia los ideales y el funcionamiento de la democracia

Funcionamiento de la democracia Ideal democrático Región México América Otras

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Nota: Funcionamiento de la democracia Acuerdo/desacuerdo “Las democracias son indecisas y provocan demasiados problemas por insignificancias” y “Las democracias no son eficaces para mantener el orden”. Ideales democráticos: “Tal vez la democracia tenga sus problemas, pero es la mejor de entre todas las formas de gobierno” y “Tener un sistema democrático... es muy bueno”. Fuente: Encuesta Mundial de Valores 1999-2001. Figura 8: Confianza en las instituciones políticas en América Argentina República Dominicana Perú Colombia Venezuela México El Salvador Brasil Uruguay Chile Estados Unidos Canadá ! Parlamento " Gobierno ! Administración Pública ! Partidos Nota: “Voy a mencionar a varias organizaciones. En el caso de cada una de ellas, dígame por favor cuánta confianza le tiene usted: mucha confianza (4), bastante (3), no mucha (2),o ninguna en absoluto (1)?… El gobierno en (la capital)/ la administración pública/ el congreso/ los partidos políticos” Fuente: Encuesta Mundial de Valores 1995-2001.

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Nota: Algunos de los materiales para este documento se tomaron de un libro por publicarse: Pippa Norris. Otoño de 2002. Democratic Phoenix: Reinventing Political Activism. Nueva York: Cambridge University Press. Véase también Pippa Norris. Primavera de 2003. Institutions Matter: Electoral Rules and Voting Choices. Para mayores detalles, incluidos los borradores de los capítulos, consultar .

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Véase uno de los argumentos más explícitos en favor de esta tesis en Amartya Sen. 1999. Development as Freedom. Nueva York: Anchor Books. 2

Véase Thomas Carothers. 1999. Aiding Democracy Abroad: The Learning Curve. Washington DC: Carnegie Endowment. 3

Véase una evaluación anual del estado de la democracia y los cambios en el mundo en Freedom House. Freedom in the World. Véase . 4

Véanse Larry Diamond, Jonathan Hartlyn, Juan Linz y Seymour Martin Lipset. Eds. 1999. Democracy in Developing Countries: Latin America. 2ª edición. Boulder, Co.: Lynne Rienner Publishers; Juan Linz y Alfred Stephan. 1996. Problems of Democratic Transition and Consolidation: Southern Europe, South America, and Post-Communist Europe. Baltimore: Johns Hopkins University Press; Jorge I. Dominguez. 1998. Democratic Politics in Latin America and the Caribbean. Baltimore: Johns Hopkins University Press. 5

Barry Ames. 2001. The Deadlock of Democracy in Brazil. Ann Arbor: University of Michigan Press; Leslie Bethell. 2000. ‘Politics in Brazil: From Elections without Democracy to Democracy without Citizenship’. Daedalus. 129 (2): 1-27.

6

Las estimaciones del Banco Mundial indican que después de aumentar del 0.6 por ciento en 1999 al 3.8 por ciento en 2000, el crecimiento anual del PIB de América Latina y el Caribe se redujo al 0.6 en 2001 y se espera que permanezca alrededor de ese nivel en 2002. Esta situación es resultado de una economía global débil, el deterioro de la situación económica de Argentina, la caída del comercio mundial, la baja en los precios del café, las sequías y el descenso de los ingresos derivados del turismo. A pesar de sus inmensos recursos y de sus sociedades dinámicas, persisten profundas desigualdades en la riqueza en América Latina, donde casi la tercera parte de la población (168 de los 510 millones de habitantes de la región) viven en situación de pobreza (con ingresos inferiores a $2 dólares por día). No obstante, existen evidencias de avances a largo plazo durante la última década: el Banco Mundial estima que la proporción de personas que viven con ingresos inferiores a un dólar por día en la región se redujo del 16.8 por ciento en 1990 al 12.1 por ciento en 1999. Véase . 7

Véanse las discusiones en Howard Handelman. 1997. Mexican Politics: The Dynamics of Change. Nueva York: St Martin’s Press; Jorge I. Domingues y Alejandro Poire. Eds. 1999. Toward Mexico’s Democratization: Parties, Campaigns, Elections and Public Opinion. Nueva York: Routledge; Roderic Ai Camp. 1999. Politics in Mexico: The Decline of Authoritarianism. 3a edición. Nueva York: Oxford University Press; Vikram K. Chand, 2001. Mexico’s Political Awakening. Notre Dame, Ind.: University of Notre Dame Press; George W. Grayson, 2001. Mexico: Changing of the Guard. Nueva York: Foreign Policy Association; Daniel C. Levy y Kathleen Bruhn. 2001. Mexico: the Struggle for Democratic Development. Berkeley: University of California Press. 8

Véase una evaluación anual del estado de la democracia y los cambios en el mundo en Freedom House. Freedom in the World. Véase . 9

Marta Lagos. 2001. ‘Between Stability and Crisis in Latin America’. Journal of Democracy. 12(1); Juan Linz. 2000. ‘The Future of Democracy’. Scandinavian Political Studies 23(3); Roderick Ai Camp. 10

Véase la discusión en David Held. 1987. Models of Democracy. Stanford: Stanford University Press.

11

Joseph A. Schumpeter. 1952. Capitalism, Socialism and Democracy. Londres: George Allen & Unwin, 4ª edición. 12

Sobre la caída en la participación electoral en las sociedades postindustriales, véase Mark Gray y Miki Caul. 2000. ‘Declining Voter Turnout in Advanced Industrial Democracies, 1950 to 1997’. Comparative Political Studies 33(9): 1091-1122.

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Sobre las tendencias de la deserción partidista, véanse Peter Mair. 2001. ‘Party Membership in Twenty European Democracies 1980-2000’. Party Politics. 7(1): 5-22; Susan Scarrow. 2001. ‘Parties without Members?’ En Parties without Partisans. Ed. Russell J. Dalton y Martin Wattenberg. Nueva York: Oxford University Press. 14

Véase un resumen de las teorías y evidencias de deserción partidista en Russell J. Dalton y Martin Wattenberg. Eds. 2001. Parties without Partisans. Nueva York: Oxford University Press. 15

C. Kerr. 1983. The Future of Industrial Societies: Convergence or Continuing Diversity? Cambridge, MA: Harvard University Press; L. Griffin, H. McCammon y C. Bosko. 1990. ‘The Unmaking of a movement? The Crisis of U.S. Trade Unions in Comparative Perspective’. En Changes in Societal Institutions. Eds. M. Hallinan, D. Klein y J. Glass. Nueva York: Plenum. Véase, empero, el punto de vista contrario de que los arreglos institucionales afectan los niveles de densidad sindical en Bernhard Ebbinghaus y Jelle Visser. 1999. ‘When Institutions Matter: Union Growth and Decline in Western Europe, 1950-1995’. European Sociological Review. 15(2): 135-158. También S. Blashke. 2000. ‘Union Density and European Integration: Diverging Convergence’. European Journal of Industrial Relations. 6(2): 217-236; Organización Internacional del Trabajo. 1997. El Trabajo en el Mundo 199798. Ginebra: OIT. . 16

Steve Bruce. 1996. Religion in the Modern World: From Cathedrals to Cults. Oxford: Oxford University Press; Sheena Ashford y Noel Timms. 1992. What Europe Thinks: A Study of Western European Values. Aldershot: Dartmouth; Wolfgang Jagodzinski y Karel Dobbelaere. 1995. ‘Secularization and Church Religiosity’. En The Impact of Values. Eds. Jan W. van Deth y Elinor Scarbrough. Oxford: Oxford University Press; L. Voye. 1999. ‘Secularization in a Context of Advanced Modernity’. Sociology of Religion. 60(3): 275-288. Véase, empero, el argumento contrario en Peter L. Berger. Ed. 1999. The Desecularization of the World. Washington DC: Ethics and Public Policy Center; Rodney Stark. 1999. ‘Secularization, RIP’. Sociology of Religion. 60(3): 249-273. 17

Véase una discusión sobre las evidencias de la diversidad de tendencias en muchas sociedades postindustriales en Robert Putnam. Ed. 2002. Democracy in Flux. Oxford: Oxford University Press; Jan Willem Van Deth. Ed. 1997. Private Groups and Public Life: Social Participation, Voluntary Associations and Political Involvement in Representative Democracies. Londres: Routledge; J.E.Curtis, E.G. Grabb y D.E. Baer. 1992. ‘Voluntary Association Membership in 15 Countries – a Comparative Analysis’. American Sociological Review 57(2): 139-152. 18

Robert Putnam. 2000. Bowling Alone. Nueva York: Simon & Schuster. P. 46.

19

Respecto a las tendencias de la confianza en el gobierno estadounidense, véanse John R. Hibbing y Elizabeth Theiss-Morse. 2001. What is it About Government that Americans Dislike? Cambridge: Cambridge University Press; Joseph S. Nye. 1997. ‘Introduction: The Decline Of Confidence In Government’. En Why People Don’t Trust Government, Eds. Joseph S. Nye, Philip D. Zelikow y David C. King. Cambridge: Harvard University Press. En cuanto a otras naciones, véase, Hans-Dieter Klingeman. 1999. ‘Mapping Political Support in the 1990s: A Global Analysis’. En Critical Citizens: Global Support for Democratic Governance. Ed. Pippa Norris. Oxford: Oxford University Press. 20

Véase una discusión en Joseph Nye. 1997. ‘Introduction: The Decline Of Confidence In Government’. En Why People Don’t Trust Government, Eds. Joseph S. Nye, Philip D. Zelikow y David C. King. Cambridge: Harvard University Press. 21

Véase una discusión detallada de esta tésis en Pippa Norris. 2002. Democratic Phoenix: Reinventing Political Activism. Nueva York: Cambridge University Press; véase también, sobre la teoría de la modernización, Ronald Inglehart y Pippa Norris. 2003. Rising Tide: Gender Equality and Cultural Change Around the World. Nueva York: Cambridge University Press.

22

Daniel Bell. 1999. The Coming of Post-Industrial Society: A Venture in Social Forecasting. Nueva York: Basic Books; Russell Dalton. 2001. Citizen Politics: Public Opinion and Political Parties in Advanced Western Democracies. 3ª edición. Chatham, NJ: Chatham House; Ronald Inglehart. 1997. Modernization and Postmodernization. Princeton, NJ: Princeton University Press.

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Véase Pippa Norris. 2002. Democratic Phoenix: Reinventing Political Activism. Nueva York Cambridge University Press. Capítulo 10. 24

Véase Pippa Norris. 2002. Democratic Phoenix: Reinventing Political Activism. Nueva York Cambridge University Press. 25 Véase Pippa Norris. 2002. Democratic Phoenix: Reinventing Political Activism. Nueva York Cambridge University Press. 26

Adam Przeworski y Henry Teune. 1970. The Logic of Comparative Social Inquiry. Nueva York: Wiley–Interscience. 27

Sidney Verba, Norman Nie y Jae-on Kim. 1978. Participation and Political Equality: A Seven-Nation Comparison. Nueva York: Cambridge University Press. Tabla 3.2, pp. 58-59.

28

Sidney Verba, Kay Schlozman y Henry E. Brady. 1995. Voice and Equality: Civic Voluntarism in American Politics. Cambridge, MA: Harvard University Press.

29

Sidney Verba, Kay Schlozman y Henry E. Brady. 1995. Voice and Equality: Civic Voluntarism in American Politics. Cambridge, MA: Harvard University Press. Figura 3.4, pág. 80. Véase una discusión de algunas de las razones de este fenómeno, por ejemplo, en Seymour Martin Lipset. 1996. American Exceptionalism: A Double Edged Sword. Nueva York: W.W. Norton.

30

Véanse John A. Booth y Mitchell A. Seligson. 1984. ‘The political culture of authoritarianism in Mexico: A reexamination’. Latin American Research Review 19(1): 112-117; John A. Booth y Mitchell A. Seligson. 1994. ‘Paths to democracy and the political culture of Costa Rica, Mexico and Nicaragua’. En Political culture and Democracy in Developing Countries. Ed. Larry Diamond. Boulder, Co: Lynne Rienner; Roderic Ai Camp. Ed. Citizen Views of Democracy in Latin America. Ed. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press. 31

Adam Przeworski y Henry Teune. 1970. The Logic of Comparative Social Inquiry. NY: Wiley– Interscience. 32

Las principales diferencias son la exclusión de Hungría y Polonia (clasificadas por el PNUD como altamente desarrolladas), México y Turquía (clasificados ambos como medianamente desarrollados) y la inclusión de Singapur como país postindustrial. Hong Kong está incluido también en la lista del PNUD, pero se ha excluido de este estudio como territorio dependiente. Véase en el Anexo A la clasificación detallada de todos los países. 33

Las sociedades se definen con base en las calificaciones anuales que les ha asignado Freedom House desde 1972. El nivel de libertad se clasifica de acuerdo con la calificación promedio combinada de derechos políticos y libertades civiles en las encuestas anuales de Freedom House de 1972 a 2000. Freedom of the World. . 34

Sidney Verba, Norman H. Nie y Jae-on Kim. 1971. The Modes of Democratic Participation: A CrossNational Analysis. Beverley Hill, CA: Sage; Sidney Verba y Norman Nie. 1972. Participation in America: Social Equality and Political Participation. Nueva York: Harper Collins; Sidney Verba, Norman Nie y Jae-on Kim. 1978. Participation and Political Equality: A Seven-Nation Comparison. Nueva York: Cambridge University Press. 35

Las obras fundamentales son Robert D. Putnam. 1993. Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy Princeton, NJ: Princeton University Press; Robert D. Putnam. 1996. ‘The Strange Disappearance of Civic America’. The American Prospect, 24; Robert D. Putnam. 2000. Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. NY: Simon and Schuster. Véanse investigaciones comparativas más recientes en Susan Pharr y Robert Putnam. Eds. 2000. Disaffected Democracies: What’s Troubling the Trilateral Countries? Princeton, NJ: Princeton University Press; Robert D. Putnam. Ed. 2002. Democracies in Flux. Oxford: Oxford University Press. 36 Robert D. Putnam. 2000. Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. Nueva York: Simon and Schuster. Pág. 19. Putnam ofrece también otra definición relacionada: “Por ‘capital social’ me refiero a las características de la vida social —redes, normas y confianza— que permiten a

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los participantes actuar más eficientemente en conjunto en la persecución de objetivos compartidos”. Robert D. Putnam. 1996. ‘Who Killed Civic Life’. The American Prospect. P.56. 37

Cabe señalar que se modificó la terminología de los componentes del activismo asociativo en las sucesivas olas del Estudio Mundial de Valores, lo que impide una comparación confiable a través del tiempo. 38

James E. Curtis, Edwards G. Grabb y Douglas E. Baer. 1992. ‘Voluntary Association Membership in Fifteen Countries: A Comparative Analysis’. American Sociological Review. 57(2): 139-152. 39

Véase un estudio detallado de Rusia que emplea medidas distintas del capital social en Richard Rose. 2000. ‘Uses of Social Capital in Russia: Modern, Pre-modern and Anti-modern’. Post-Soviet Affairs. 16 (1): 33-57. Véase también Richard Rose, William Mishler y Christopher Haerpfer. 1997. ‘Social Capital in Civic and Stressful Societies’. Studies in Comparative International Development. 32 (3): 85-111. 40

Véanse los detalles de las tendencias recientes en la confianza social en el Latinobarometro en ‘An Alarm Call for Latin American Democrats’. The Economist. 28 de julio de 2001. Véase también Roderic Ai Camp. 2001. Citizens’ Views of Democracy in Latin America. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press. 41

Véase una discusión de los casos de China y Taiwán en T.J. Shi. 2001. ‘Cultural Values and Political Trust – A Comparison of the People’s Republic of China and Taiwan’. Comparative Politics 3(4): 401412. 42

F. Fukuyama 1992. The End of History and the Last Man. Nueva York: Free Press. Pág. 159.

43

A. Etzioni 1970. Demonstration Democracy. Nueva York: Gordon and Breach; H. Pross. 1992. Protestgessellschaft. Munich: Artemis and Winkler; Mary Kaldor. 2000. Civilising Globalisation? The Implications of the ‘Battle in Seattle’. Millennium-Journal of International Studies 29 (1): 105.

44

Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki. 1975. The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission. Nueva York: New York University Press.

45

Peter Van Aelst y Stefaan Walgrave. 2001. ‘Who is that (Wo)man in the Street? From the Normalization of Protest to the Normalization of the Protester’. European Journal of Political Research. 39: 461-486. 46

Alan Marsh. 1977. Protest and Political Consciousness. Beverly Hills, CA: Sage; Samuel Barnes y Max Kaase. 1979. Political Action: Mass Participation in Five Western Democracies. Beverley Hills, CA: Sage.

47

Pippa Norris, Stefaan Walgrave y Peter Van Aelst. ‘Who Demonstrates? Anti-State Rebels or Conventional Participants?’ Documento en elaboración. www.pippanorris.com.

48

Mark Falcoff. 2001. ‘Latin Democracy and Its (Increasing) Discontents’. Latin American Outlook. 49

Marta Lagos. 1997. ‘Latin America’s Smiling Mask’. Journal of Democracy 8(3): 125-126.

50

Roderic Ai Camp. Ed. 2001. Citizen Views of Democracy in Latin America. Pittsburgh: The University of Pittsburgh Press. 51

Alejandro Moreno. 2001. ‘Democracy and Mass Belief Systems in Latin America’. En Citizen Views of Democracy in Latin America. Ed. Roderic Ai Camp. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press.

52

Pippa Norris. Ed. 1999. Critical Citizens: Global Support for Democratic Governance. Oxford: Oxford University Press. 53

David Easton. 1965. A Systems Analysis of Political Life. Nueva York: Wiley; David Easton. 1975. ‘A Reassessment of the Concept of Political Support’. British Journal of Political Science, 5:435-457.

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Hans-Dieter Klingemann. 1999. ‘Global Support for Democracy’. En Critical Citizens: Global Support for Democratic Governance. Ed. Pippa Norris. Oxford: Oxford University Press. 55

Véase una discusión en J.A. McCann y Jorge Dominguez. 1998. ‘Mexicans React to Electoral Fraud and Political Corruption: An Assessment of Public Opinion and Voting Behavior’. Electoral Studies 17 (4): 483-503; A. Schedler. 1999. ‘Civil Society and Political Elections: A Culture of Distrust?’ Annals of the American Academy of Political And Social Science 565: 126-141. 56

Gabriel A. Almond y Sidney Verba. 1963. The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations. Princeton: Princeton University Press. Pág. 39. Véase una crítica en Ann L. Craig y Wayne A. Cornelius. 1980. ‘Political Culture in Mexico: Continuities and Revisionist Interpretations’. En The Civic Culture Revisited. Ed. Gabriel A. Almond y Sidney Verba. Boston: Little Brown. 57

Matthew Kenney. 2001. ‘Transition to Democracy: a Mexican Perspective’. En Citizen Views of Democracy in Latin America. Ed. Roderic Ai Camp. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press. Véase también Timothy J. Power y Mary A. Clark. ‘Does Trust Matter? Interpersonal Trust and Democratic Values in Chile, Costa Rica and Mexico’. En Citizen Views of Democracy in Latin America. Ed. Roderic Ai Camp. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press.

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