Lo que el frigorífico dejó

9 ago. 2009 - Justus von Liebig, creador de un revolucionario sistema de conser- vación de alimentos, se instaló una compañía productora de extracto.
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Turismo

Página 10/Sección 5/LA NACION

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Domingo 9 de agosto de 2009

[ENTRE RIOS ] A nueve kilómetros de Colón

Lo que el frigorífico dejó Pueblo Liebig, caserío solitario que vive de recuerdos a orillas del río Uruguay, propone un viaje a los tiempos en los que una compañía inglesa exportaba carne en conserva a Europa Por Pierre Dumas Para LA NACION

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UEBLO LIEBIG.– Si Colón, San José y Villa Elisa son lugares tranquilos, comparándolos con Pueblo Liebig casi se diría que tienen la agitación de una gran ciudad. Después de recorrer unos kilómetros de ripio, a la vera de las rutas que desembocan en las termas y en el Parque Nacional El Palmar, se llega frente a un puñado de manzanas y calles donde reina un aire de otros tiempos. El reloj de la historia desanda unas cuantas décadas para relatar los orígenes del pueblo, que nació como un caserío pequeñísimo en torno de un antiguo saladero, hasta que, de la mano de capitales ingleses y de la inventiva del barón Justus von Liebig, creador de un revolucionario sistema de conservación de alimentos, se instaló una compañía productora de extracto de carne y carne en conserva. La Liebig’s Extract of Meat Company Limited comenzó faenando diez animales diarios en su primera sede de Fray Bentos y después se expandió hasta la Argentina y Paraguay, donde se convirtió en la “cocina más grande del mundo”, como se la definía a principios del siglo XX. Más de 3500 personas trabajaban en el frigorífico, que moldeó para siempre la vida, el carácter y la arquitectura del pueblo; como homenaje a esa historia, que quedó en el pasado cuando cambiaron los gustos del mercado y las normas europeas,

San José, de colonos y termas Además de Pueblo Liebig, en un recorrido histórico también hay que visitar San José, la primera colonia agrícola de Entre Ríos, como cuenta su Museo Histórico Regional: los colonos llegaron de Piamonte, en 1857, para cumplir el gran sueño americano. Luego de conocer el museo, que está sobre la prolija plaza central, hay que salir del pequeño centro, por donde pasan los autos y camiones que vienen de Colón, para disfrutar lo mejor de San José. Las termas son modernas, atractivas, y tienen piletas para todas las familias y épocas del año. Parte de las piscinas es cubierta, ideal para invierno, con chorros de hidromasaje.

un monumento que representa una lata gigante de corned beef con el sello de Liebig campea en la plaza del este lugar.

Casitas inglesas Poca gente se cruza en las calles de Liebig, y es que apenas unos centenares de habitantes quedaron cuando pasaron las glorias económicas del pueblo. Algún chico que ofrece ágatas y otras piedras halladas en las canteras de la zona y junto al río Uruguay; algún comerciante que mantiene abierto su almacén de ramos generales; algún visitante que llega para conocer la colección de mariposas e insectos del médico rural Mateo Zelich, que desde la discreción de una calle arbolada mantiene correspondencia con científicos de todo el mundo. Salta a la vista la división del pueblo, donde estaban separados de un lado el barrio obrero, El Pueblito, con casitas simétricas e iguales, y del

Poca gente, mucha tranquilidad otro La Hilera, donde se levantaban los chalets más vistosos del personal jerárquico de la empresa. La calle divisoria que atraviesa Liebig de Oeste a Este se conocía como La Manga y desembocaba directamente en la fábrica. Sin embargo, la división no era tan tajante, y algunos gerentes permanecieron en el núcleo primitivo de Liebig, al sur de la calle divisoria. Hoy, todo el pueblo –la Casa de Visitas, donde fue recibido en 1935 el príncipe de Gales; los corralones; las casitas de la soltería, donde se alojaban los trabajadores no casados; los desagües pluviales de piedra gracias a los cuales nunca hubo inundaciones; la capilla del Sagrado Corazón; lo que queda de la antigua fábrica– es un testimonio aún en pie del patrimonio industrial de la Argentina, y como tal, merecería ser conservado. Mientras tanto, Liebig busca abrirse al turismo histórico, a la posibilidad de ser, como bien saben los aficionados, un buen destino para la pesca, y un buen sitio de recreo al aire libre a orillas del arroyo Perucho Verna.

El monumento emblema, una lata de aquellos años de auge

Para saber más: L Eduardo Esteban Giovanelli, Histo-

ria de Liebig. Colón, Entre Ríos, 2006. L www.turismoentrerios.com/liebig

La capilla del Sagrado Corazón, bien conservada

FOTOS PIERRE DUMAS