la revelación del 2 de julio de 1831

cuando restalló un látigo de cristal que despertó sus corazones y vieron que, torpe, avanzaba pesado, hacien- do vibrar el aire un elefante. Un elefante africano ...
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LA REVELACIÓN DEL 2 DE JULIO DE 1831

Los niños que vivieron los acontecimientos que voy a narrar, y que se convirtieron en adultos perdidos en cuestiones contables del debe y del haber, y luego en ancianos esperando el retorno de la inocencia, cada vez que sentían la proximidad de la muerte, escapaban ingresando a pasos apresurados a los laberintos de su propia memoria. Se acercaban a los mostradores de madera ennegrecida en las bodegas de esa calle, de ese barrio, de esa ciudad donde los hechos que voy a narrar acontecieron. Y agitados pedían: —Cien gramos de payasos. Y sintiendo el retumbar de florecientes carcajadas en las débiles paredes de sus vientres, en las concavidades de sus pulmones, extendían sus viejas, arrugadas manos y recibían dos puñados de caramelos multicolores y, a carcajadas, aún más inocentes, liberaban del bosque ciego de sus recuerdos esa mañana ya lejana del 2 de julio de 1831, en la que los vecinos del populoso barrio del Rímac vieron un extraño cortejo avanzando sobre el empedrado de la avenida Francisco Pizarro. Se asustaron al escuchar el ruido infernal provocado por una banda de músicos de piernas amarillas http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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y pechos color sangre, al frente de la cual un ser del tamaño de la sombra de un gorrión golpeaba alborozado un inmenso tambor verde —que jurarían brotaba en la avenida como un jugoso y jubiloso trozo de jardín— y vieron desplegadas contra el cielo gris brillante sucio de Lima cuatro cornetas doradas, y escucharon dardos vertiginosos de luz escapar de la boca blanca de seres de ojos rosados y mejillas multicolores. Y recordaban que, temerosos tras sus ventanas, aferrados a las piernas frías de sus padres, perfiladas como historias de aparecidos, vieron que cuatro grandes carretas brillantes avanzaban sobre ese empedrado húmedo que era el universo de sus alegrías. A cada uno de los lados se leía: Circo Cielos Americanos. Sus madres intentaron desalojarlos de las ventanas cuando se hizo más visible un animal de poderoso brillo avanzando, plateado, por el centro de la calle. Negándose, aferrándose a los bordes de las ventanas, vieron un colorido grupo de hombres y mujeres montados sobre caballos engalanados, trotando al costado de un carro pequeño color madera en el cual un cartel rojo anunciaba: José Basagoitia, Director. Y en ese instante un alarido salvaje brotó del silencio. Recuerdan ahora esos viejos que fueron niños, que sus madres murmuraron oraciones; sus padres los tomaron en sus brazos y escondieron sus rostros en sus pechos temblorosos. Eran las 10:23 minutos del 2 de julio de 1831 cuando restalló un látigo de cristal que despertó sus corazones y vieron que, torpe, avanzaba pesado, haciendo vibrar el aire un elefante. Un elefante africano. Y así sucedió. http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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Y recordaron que ese acontecimiento había sucedido en esa ciudad sin piedad llena de catástrofes que fue la suya. Esa ciudad llena de catástrofes que seguía siendo la única que deseaban. Esa ciudad que era el único volcán donde sus huesos avivarían, gloriosos, el fuego que algún día de amor la consumiría. Y volvían a reír a carcajadas, a agarrotarse el estómago de risa, porque en esa ciudad pecadora, parda, enamorada, sin piedad, la muerte siempre era derrotada. El 2 de julio de 1831 los vecinos del Rímac no pudieron eludir su destino. Al paso cansino del elefante, nadie se atrevió a culparlo de las catástrofes que seguían padeciéndose en la afamada villa. Los hombres comprendieron que sus destinos no podían seguir viviendo detrás de las ventanas, soportando los acuerdos brutales que firmaba el universo con la ciudad de Lima. Sospecharon que esa sorpresa que se desplazaba lenta escondía una trampa mortal. La misma que hacía más de diez años los obligaba a vivir atisbando el mundo a través de los visillos. —Por la misma mierda, otro Ejército Libertador. Las mujeres vivieron una diáfana y alegre sorpresa. Desde aquel día que un inusitado cambio de banderas en la explanada del Palacio de Gobierno, un breve y argentino discurso declaró que el Perú era desde ese momento libre e independiente, y obligó que esa bandera soñada bajo los efectos del láudano fuera obligatoria sobre los techos de la ciudad, ellas no habían visto que su vida cambiara, que un mínimo centímetro de esa algarabía les permitiera atisbar cuál era el milagro convocado en aquelarre sangriento por http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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los ejércitos. O aquel más doméstico, más deseado: de la tranquilidad. Con diáfana y sosegada sorpresa seguían el avance de ese animal poderoso que hacía flamear en el aire sucio una trompa dulce. Recordaron que los cargaron entre sus brazos y reían. La muchacha que cabalgaba con las piernas desnudas el inmenso lomo del elefante llenó de un miedo ardiente a los hombres. Se acabó la tranquilidad, sospecharon. Y siguieron con varonil atención el desplazarse libre de sus piernas desnudas gozando del sol tibio de esa primaveral mañana de invierno limeño. Pasado el primer momento de sorpresa, escaparon de los brazos de sus madres, abrieron los portones de sus casas y se acercaron agitados al precipicio donde terminaba la realidad y temblaba el sueño: el borde adoquinado de la acera. Los payasos a la cabeza del desfile reían a carcajadas, a tropezones avanzaban golpeándose con un garrote grueso que, al caer sobre sus cuerpos, producía un ruido seco, reverberante, a caja vacía. Sin dudar un segundo, decidieron que los cuerpos de los payasos estaban hechos de toneles vacíos de aceitunas. Su atuendo, afeites, zapatos brillantes, cómo volaban, rodaban, caían, sus inmensas carcajadas quedarían grabadas para siempre en la memoria de la gente que miraba, con el color y el gusto de los caramelos multicolores que los payasos les ofrecían a puñados. Y a carcajadas volvían a meterse un caramelo multicolor en la boca. A carcajadas, a pasos viejos, avanzaban derrotando a la muerte porque a carcajadas http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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aprendieron que quien vive un solo día de inocencia y de alegría es inmortal. Y a carcajadas desaparecían entre millones de transeúntes que no comprendían el fragor de ese combate entre la inocencia y la muerte. Millones de tristes seres humanos que no habían vivido ese mañana de sorpresa y alegría del 2 de julio de 1831. Las mujeres, viendo que los niños los imitaban, estuvieron seguras de que ese ejército colorido y jubiloso estaba formado por los miembros de una de las miles de sectas religiosas que florecían durante los últimos años en la ciudad. Su intuición para lo eterno les hizo comprender que tenían como oración la carcajada, como profeta, el elefante, y como paraíso, la sorpresa. En los solares, la agitación era diferente. Centenas de negros brillantes se agolpaban como racimos de uva madura en las puertas. Escapaban ensordecedores ¡ahhhhh! al paso majestuoso de la Mujer Barbuda; larguísimos y femeninos ¡ohhhhhh! de admiración por los biceps, las gruesas piernas del Hombre Más Fuerte del Mundo. Los ejércitos y uniformes los tenían sin cuidado: sufrían y lavaban tantos que todos les resultaban parecidos. El elefante, que tímido abría el desfile, sobrevivía orgulloso en el esplendor de su memoria africana. Don José Basagoitia, director y dueño del Circo Cielos Americanos, con un altavoz de latón entre las manos, anunciaba que a partir del 27 de julio, el Circo Cielos Americanos, llamado así en honor a nuestros hermosos cielos donde abundan ángeles y cóndores y atardeceres que desatan furiosas confesiones de amor, el primero, el único, el más antiguo, sí, el circo más famoso de Latinoamérica, se aunaba a las celebraciones http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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del décimo aniversario de la Independencia de este glorioso país, gritaba, el Perú. Nadie se preocupaba de escuchar lo que ese hombre de barriga prominente, uniforme rojo, charreteras doradas, sombrero napoleónico, decía; miles de ojos redondos, plenos de devoción ancestral, seguían el bamboleo de las piernas desnudas de la muchacha, que sonriendo, que rubia, que blanca, que diosa, saludaba desde la planicie brillante del elefante. Miles de ojos que la soñaron y acariciaron hasta que ese ruido, ese elefante, esos carruajes, desaparecieron en un lugar secreto de la Pampa de Huascarucho. Al día siguiente, el diario Noticias de la ciudad anunció la llegada por primera vez a Lima de un circo: El Circo Cielos Americanos. La conmoción que causó el elefante. Y recogió, en un alarde de periodismo republicano, las opiniones de un poblador al ver a la Mujer Barbuda, “barbas como esa mantendrían limpia la ciudad”. A tres columnas, en la parte alta, central, primera página, informaba sobre la discusión en el Congreso de la República acerca de quiénes podían aspirar a ser considerados peruanos; al lado, en un pequeño recuadro, se comentaba la próxima partida de una Misión Pacificadora a algún lugar de la sierra de las provincias de Huancavelica y de Ayacucho, donde un grupo de indios, así está escrito, había formado un “país indio”. Don José Basagoitia arrojó Noticias de la ciudad al pequeño fuego que calentaba su carro. Esa noche la Mujer Barbuda, que en la vida cotidiana del circo se encargaba de la cocina, fue al carromato de Don José a protestar porque el Hombre Más Fuerte del Mundo se negaba a ayudarla, aduciendo que necesitaba descansar para cumplir con sus obligaciones de hombre más fuerte del mundo. http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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Don José designó a los tres enanos para ayudarla y mandó llamar al Hombre Más Fuerte del Mundo. Cuando ingresó al carro lo encontró haciendo números y contando las reservas de alimentos que guardaba al lado de su cama. Sin dirigirle la mirada, Don José le pidió que se sentara. El Hombre Más Fuerte del Mundo buscó un lugar en ese caos de sacos de papas, arroz, harina y eligió uno de sal sobre el cual posó con delicadeza sus posaderas. —Trae mala suerte sobre la sal, siéntate sobre un costal de papas. Y continuó barriendo con sus ojos la lista de números. Con humana humildad, el Hombre Más Fuerte del Mundo cambió de lugar sin pronunciar palabra. Pasados diez minutos, el dolor y la incomodidad atacaron sus posaderas. Don José, sin prestarle atención, murmuraba números y de vez en cuando marcaba signos extraños sobre un papel que el Hombre Más Fuerte del Mundo, desde su posición, no distinguía. Con su voz aflautada le recordó que esperaba sus órdenes. —¿Órdenes mías? —Usted me ha mandado llamar. —¿Yo?, estás loco, vete. Terminada de instalar la carpa, que era trabajo de todo el personal del circo, las Trapecistas y el Mago prepararon la mesa, ordenaron los cubiertos y llamaron a Don José. Había llegado la hora de comer lo que la Mujer Barbuda, con la ayuda de los tres enanos, había preparado. http://www.bajalibros.com/El-secreto-de-la-trapecista-eBook-473578?bs=BookSamples-9786123091330

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Fue en medio de esa comida que Don José les anunció que el circo estaba en la ruina. No había dinero y los alimentos alcanzarían, a duras penas, dijo, para veinte días. Antes de retirarse, lentamente, volvió su rostro y se encontró con los artistas del circo que aún no salían de su sorpresa. —No se preocupen —dijo, y esbozó una sonrisa—, estamos en el Perú.

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