La emoción los mantiene vivos

23 nov. 2008 - gueada en el pop rock y el samba– y la postura más conservadora de .... un cantante clásico de hard rock; el guitarrista para reeditar sus so-.
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Espectáculos

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Domingo 23 de noviembre de 2008

MUSICA POPULAR Queen + Paul Rodgers

La emoción los mantiene vivos FOTOS DE HERNAN ZENTENO

El comando tripartito entre los ex Queen May y Taylor, y el cantante Paul Rodgers brindó un muy buen show Muy bueno

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Concierto de Queen + Paul Rodgers. Con Paul Rodgers en voz, Brian May en guitarra y voz, y Roger Taylor en batería y voz. Músicos del tour: Danny Miranda (bajo), Philip Edney (teclados) y James Moses (guitarra). Anteanoche, en el estadio de Vélez.

Esas lágrimas son de emoción y llegan al final porque sólo casi dos horas y media después la mujer puede desenredar el nudo que tiene en la garganta. La fanática de Queen no está sola; al contrario, en el campo, a muchos se les escapa un lagrimón. Y desde escena, mientras la banda saluda con la satisfacción del deber cumplido con creces, Brian May mira a las más de 40.000 personas que colmaron Vélez con ojos vidriosos. “Finalmente estamos aquí... Hola a nuestros viejos amigos y hola a nuestros nuevos amigos.” Las palabras de May en un castellano trabajado llegan luego de que la banda haya transitado por el primer tramo de un extenso show preparado en detalle. Las dudas planteadas desde el momento en que el guitarrista y el baterista Roger Taylor decidieron volver y asociar el nombre de Queen al cantante Paul Rodgers se despejaron para nosotros anteanoche. Porque la nostalgia puede ser una aliada, pero el límite entre el buen gusto y la banda que hace covers de sí mis-

(Grabaciones)

ma es muy delgado. Para evitarlo, el trío diagramó bloques, pequeños sets con cada uno de sus miembros como protagonistas excluyentes y a la lista de clásicos le adosó temas del nuevo disco (como “C-lebrity”, “We Believe” y “Cosmos Rockin’”), canciones del pasado de Rodgers (el entrañable clásico de Free “All Right Now” a la hora de los bises) y algunos trucos de esos que son necesarios en los estadios. La ansiedad de un público fiel y variado (padres con hijos, seguidores de los años de gloria de la banda y unos pocos sub-30) llegó a su fin cuando la pantalla ubicada como telón de fondo del escenario se encendió para mostrar el cosmos y un viaje imaginario desde el espacio exterior hasta nuestro plane-

ta. Ya con los pies en la Tierra, los hombrecitos salieron al tinglado de Vélez para arremeter con un clásico de los 70, “Hammer to Fall”. En ese primer tramo y con el estadio como coro, brillarían otros inoxidables: “Another One Bites the Dust” y “I Want it All”. A esa altura, los que estaban adelante, en el campo vip de pie, se apretujaron contra el vallado como si fueran adolescentes. Un May preocupado volvió a tirar palabras en castellano. Primero, “es un poco peligroso aquí adelante” y un rato más tarde, “a little calma”. Debía aparecer Freddie Mercury en escena y lo hizo luego de saludar a la gente, May mediante, claro está. Desde las pantallas, la voz de tenor de Mercury cantó “Love of my Life” pero, a diferencia del show en el

Con brillo propio Brian May ocupó con su guitarra y también con su voz varios pasajes el centro de la escena y disfrutó del largo show de casi dos horas y media de principio a fin.

mismo estadio en 1981, ya no estaban los encendedores para acompañarlo, sino la luz de miles de celulares y cámaras digitales. Sobre el final llegaría una segunda aparición del hombre del bigote impecable, para arremeter desde la historia con “Bohemian Rhapsody”. Desde el aquí y ahora, Rodgers se encargaría luego de finalizar el tema. El ex Bad Company aprovechó su momento para mostrar la estirpe de un cantante clásico de hard rock; el guitarrista para reeditar sus solos entrañables y el canoso baterista para divertir al público. Ambos mostraron sus dotes de vocalistas correctos bien adelante, en la pasarela que, desde el centro de la escena, se introdujo varios metros en el campo. Allí, Taylor tomó sus palillos para golpear las cuerdas del contrabajo eléctrico de Danny Miranda y reproducir la melodía de un par de clásicos de Queen y, más tarde, para tocar la batería a la par, con un asistente que la iba armando. El viejo rock épico de Queen que sirvió para refundar los shows de grandes estadios, brillaría en el cierre con “We Will Rock You” y “We Are the Champions”. Luego llegaría el saludo final y la sensación de haber convivido con elegancia con la nostalgia y con la figura del irreemplazable Mercury.

Sebastián Espósito

(La compactera)

la página de los discos

El puro placer del encuentro Los discos de Nascimento con el Jobim Trío y de Simone con Zélia Duncan Vinicius y Caymmi, Elis y Tom, Chico y Caetano, Milton y Gil, Chico y Bethania, Doces Barbaros, Tribalistas… La historia de la música brasileña está llena de encuentros, muchos memorables, a los que han venido a sumarse ahora otros dos, que coinciden en la edición local y responden a distintos propósitos. Por un lado, Milton Nascimento y el Jobim Trío lo concretaron para celebrar los 50 años de la bossa nova en reuniones caseras que dieron origen a un disco, Novas bossas (EMI), en el que aproximan dos mundos musicales; el del mineiro y el de Jobim. Por otro, Simone y Zélia Duncan se unieron por el puro placer de cantar juntas, en Amigo é casa (RP Music), que vio la luz como espectáculo y después se transformó en un doble registro: CD y DVD.

Quijotes al ajillo

Dawi y los estrellados La dolce far niente, Escorpión, Gato negro, Nadie, La bagayera, Geni Grifin, Quijote, Sapo, Los sin tierra, Su venir, Fiesta, Colmillo (Edición independiente).

Aquello de que se pierde el pelo pero no las mañas es aquí cierto. No porque Sergio Dawi se haya quedado pelado, sino porque en este segundo disco solista mantiene ese espíritu artístico abierto y libre que se vio en Estrellados (con su inolvidable y quijotesco arte de tapa), en su larga participación en los Redondos y en el dúo 2Saxos2. Aquí Dawi puede hacer lucir su saxo en el mismo inicio del álbum, tomar las riendas de la voz para cantar, pero también compartir ese lugar con el Indio Solari (en “Gato negro”), ponerse duro en su retrato del mundo que lo rodea (“Bagayera”, el reggae combativo “Colmillo”) y apelar a un inicio bien tribal para hacer más clara la breve letra de “Los sin tierra”. Como bonus escondido, una versión (¿en vivo?) de “Minuto”, del disco anterior.

Adriana Franco

Recrear Cuenta Milton que Tom siempre quiso que les dedicara a sus temas un disco entero, y que él solía responderle: “Sólo si escribieras todos los arreglos”. El día nunca llegó, pero ahora paga esa vieja deuda con la ayuda del exquisito trío, integrado por Paulo y Daniel Jobim y Paulo Braga (hijo, nieto y baterista del maestro, respectivamente). En la serenidad de la casa de Milton, en lo alto del morro y sin las urgencias de un estudio, hallaron el mejor clima para demorarse en cada armonía, generar ideas y alcanzar interpretaciones espontáneas, sin excesivo adorno; frescas, sobre todo. En el primer tramo hay clásicos de Milton, como “Cais” y “Tarde”, o creaciones de Daniel (“Dias azuis”), que conservan la marca Jobim en el toque de su piano y en la inspiración melódica; también un hallazgo: la relectura de “O vento”, con clima sonoro y voces que realzan la honda y sencilla poesía de Caymmi. El homenaje a la bossa incluye a Vinicius músico en la bellísima “Medo de amar” y se detiene en el Jobim menos frecuentado. Milton brilla en “Caminhos cruzados” e “Inútil paisagem” y reinventa un “Chega de saudade” (como hizo hace años con “A felicida-

Tracción a sangre Milton Nascimento y el Jobim Trío celebraron los 50 años de la bossa nova con el álbum Novas bossas

Amigo é casa, de Simone y Duncan

de”) que abre sobre el ritmo de un tren mineiro y cierra con una inédita y expresiva relectura de los versos.

Dos generaciones La consagrada Simone y una Zélia Duncan en plenitud esquivan el formato clásico de los encuentros. Si bien cada una tiene un breve espacio para revisar éxitos propios, no arman el show como una suma de dos recitales: cantan juntas la mayoría de las canciones, casi siempre en un unísono que les brota naturalmente armónico y revela sus afinidades.

Brian Chambouleyron Milonga del 900, La mariposa, Una tarde cualquiera, Siga el corso, Romance de barrio, Siempre París, Pa’l que se va, Se tiran conmigo, Mariposita, y otros (Típica Records).

El espíritu curioso de Zélia –fogueada en el pop rock y el samba– y la postura más conservadora de Simone –fruto de la MPB– se complementan como la voz más densa, musical y versátil de una con el canto abierto y el estilo consolidado de la otra. Son dos generaciones distintas y dos personalidades definidas, y el encuentro resulta enriquecedor para las dos. Y para el oyente, claro, porque se percibe el placer en el canto de ambas (y se lo ve en el excelente DVD) al abordar un repertorio en el que caben desde Gonzaguinha, Caetano Veloso y Roberto Carlos hasta Marina Lima, Angela Rô Rô y Guilherme Arantes. Hay muchos momentos brillantes: “A companheira”, “Idade do céu” (Drexler-Vercilo), “Medo de amar Nº 2”, “Diga lá, coração”, “Ralador”. Y sólo en el DVD (con un programa más extenso) un extra imperdible: el choro que da título al show.

Desde que encaró su carrera solista, Brian Chambouleyron fue para el lado de la evocación del cantor nacional, pero intentando una manera actual. Su voz parecía predispuesta para eso. Quizá la novedad, después de un tiempo de verlo parado frente al micrófono es que comenzó a acompañarse con su propia guitarra. En este nuevo disco vuelve a esa fórmula que también muestra en vivo, con muy buenos resultados. La voz y la guitarra hacen una excelente pareja. Brian canta clásicos y alguna que otra pieza menos conocida del repertorio tanguero. Por momentos se puede pensar que cuanto más vieja es la pieza elegida, mejor le sale. Pero, claro, como toda regla, tiene sus excepciones. Quizá las diferencias estén marcadas por cómo actúa algunas canciones. Porque este CD parece también un resumen de los espectáculos que viene dando.

Fernando López

Mauro Apicella