el vacío esencial

9 feb. 2008 - Entre 1984 y 1991 organizó varios em- prendimientos multidisciplinarios para los que convocó a decenas de artistas, como Una bufanda para ...
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FICHA. Liliana Maresca. Transmutaciones, en el Museo Castagnino de Rosario, Avda. Pellegrini 2202. Objetos, esculturas, instalaciones, piezas restauradas o rehechas, fotoperformances y obras sobre papel. Curadora: Adriana Lauria.

ARTE | MUESTRAS Visita guiada por exposiciones de galerías y museos

MARCOS LÓPEZ

E.T.A.: obra realizada en rama, bronce y laca sobre madera, 1988

MARESCA. Retratada por Marcos López

EL VACÍO ESENCIAL Una retrospectiva de Liliana Maresca, en el Museo Castagnino de Rosario, abarca el registro de sus obras más efímeras e intensas: las que creó en los últimos años de su vida, mientras luchaba contra el sida POR DANIEL MOLINA Para La Nacion Buenos Aires, 2008

34 I adn I Sábado 9 de febrero de 2008

H

ubo una época en la cual el arte contemporáneo argentino era puro goce que se disfrutaba en el momento mismo. Por eso, mucha de la obra que se produjo en ese entonces (desde el fin de la dictadura y hasta mediados de los años noventa) era efímera: estaba pensada para que desapareciera apenas experimentada. Hoy esa obra es, obviamente, inhallable. Muchas de las experiencias más intensas no han sido siquiera documentadas. En el centro de esa fiesta, de ese vértigo del arte, había un hada cuya energía convocaba a los contrarios, amigaba a los que estaban enfrentados y convertía el estiércol en oro. Esa hada era Liliana Maresca (1951-1994). Durante la década final de su vida, Maresca produjo una obra que no solo enriqueció el mundo que la circundaba sino que se transformó en uno de los pilares del arte argentino actual. Estaba tan cargada de futuro, que, vista hoy, parece una carta enviada desde nuestro presente a aquel pasado en el que ella compartió su vida y su producción con los artistas amigos: Marcos López, Alejandro Kuropatwa, Marcia Schvartz, Jorge Gumier Maier, León Ferrari, Elba Bairon, Martín Kovensky y Eduardo Stupía, entre muchos otros.

Conocí a Maresca a fines de 1983, cuando acababa de presentar su obra al público por primera vez en el espacio de arte de la revista El Porteño, del galerista y editor Gabriel Levinas. Por entonces, rescataba objetos de la basura y los transmutaba. Ella los descarnaba, como si fuera en busca de algo esencial oculto detrás de todas las capas puestas por la cultura industrial. Ya por entonces comenzó a producir sus fotoperformances (a la manera de lo que años más tarde haría Cindy Sherman), en las que se hizo fotografiar (por lo general, por Marcos López, pero también por Res y por Alejandro Kuropatwa, entre otros) desnuda y relacionada con esos objetos. Entre 1984 y 1991 organizó varios emprendimientos multidisciplinarios para los que convocó a decenas de artistas, como Una bufanda para Buenos Aires (realizada durante la inauguración de la Galería Adriana Indik), la muestra Lavarte (que realizó en un Lave-Rap) y las dos intervenciones masivas en el Centro Recoleta: La Kermese, el paraíso de las bestias (en 1986) y La Conquista (en 1991). En todas esas intervenciones multitudinarias la marca de Maresca era clara: sin su participación, el conjunto no funcionaba. Habría sido imposible reunir a muchos de esos artistas (y el

tipo de obra que presentaron) si no hubiera sido ella la convocante, la propiciadora y la que daba la puntada final a los proyectos. Sobre su poder para vincular a gente dispar y ponerla a producir en conjunto ha dicho Marcia Schvartz: “La mayoría de los que ella reunió mientras vivía, tras su muerte se separaron como el agua y el aceite”. Había en Maresca una potencia de alquimista. En todo encontraba un carozo de verdad, una virtud esencial, un algo indefinido que transformaba lo conocido en misterio y hacía que lo misterioso se volviese diáfano. Trabajaba con varios proyectos a la vez, muy disímiles, pero que al final terminaban conectados. Hacía objetos nuevos, mezclando partes encontradas al azar. Engarzaba madera con metal. Les compraba un carro lleno de basura a los cartoneros (cuando no eran visibles todavía en el paisaje urbano: jamás hizo arte de denuncia o sociología aplicada a la forma) y lo iba decantando hasta resumirlo en un carrito de oro, como hizo en su muestra Recolecta (1990). Su obra era endemoniadamente poética; imposible de definir o de aquietar con un corsé teórico. En la Facultad de Filosofía y Letras armó una escultura de alambre y papel (1991): representaba al Ouroboros, esa