Cristo, el fin de la Ley - Recursos Escuela Sabática

Y se admiró de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los ..... cruzar las fronteras entre la obediencia y la desobediencia. Dios quie-.
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Lección 7

Cristo, el fin de la Ley Sábado 10 de mayo Cristo ocupó el lugar de Adán en el desierto de la tentación, para soportar la prueba en que éste fracasó. Entonces Cristo venció en lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la espalda a la luz de su hogar. La familia humana, separada de la presencia de Dios, se había apartado más y más, generación tras generación, de la pureza original, de la sabiduría y el conocimiento que Adán poseía en el Edén. Cristo llevó los pecados y las debilidades de la raza humana en la condición en que ésta se encontraba cuando él vino a la tierra para socorrer al hombre. En favor de la raza humana y con las debilidades del hombre caído sobre sí, debía resistir las tentaciones de Satanás en todos los puntos en los cuales sería atacado el hombre... ¡En qué contraste se halla el segundo Adán cuando entra en el sombrío desierto para hacer frente a Satanás sin ayuda alguna! La raza humana había ido disminuyendo en estatura y vigor físico desde la caída, y hundiéndose más y más en la balanza del valor moral, hasta el momento en que Cristo vino a la tierra. Y Cristo debía llegar hasta donde estaba el hombre caído, para levantarlo. Tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración de la raza. El que no conoció pecado se convirtió en pecado por nosotros. Se humilló hasta las mayores profundidades de la miseria humana a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que lo había sumido el pecado (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1057). Domingo 11 de mayo: Donde abundó el pecado (Romanos 5:12-21) No solo el hombre sino también la tierra habían caído por el pecado bajo el dominio del maligno, y había de ser restaurada mediante el RECURSOS ESCUELA SABATICA ©

plan de la redención. Al ser creado, Adán recibió el señorío de la tierra. Pero al ceder a la tentación, cayó bajo el poder de Satanás. Y “el que es de alguno vencido, es sujeto a la servidumbre del que lo venció” (2 Pedro 2:19.) Cuando el hombre cayó bajo el cautiverio de Satanás, el dominio que antes ejercía pasó a manos de su conquistador. De esa manera Satanás llegó a ser “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:4). Él había usurpado el dominio que originalmente fue otorgado a Adán. Pero Cristo, mediante su sacrificio, al pagar la pena del pecado, no solo redimiría al hombre, sino que también recuperaría el dominio que éste había perdido. Todo lo que perdió el primer Adán será recuperado por el segundo... El sacrificio de animales fue ordenado por Dios para que fuese para el hombre un recuerdo perpetuo, un penitente reconocimiento de su pecado y una confesión de su fe en el Redentor prometido. Tenía por objeto manifestar a la raza caída la solemne verdad de que el pecado era lo que causaba la muerte. Para Adán el ofrecimiento del primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa. Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que solo Dios podía dar. Por primera vez iba a presenciar la muerte, y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido el hombre ni las bestias. Mientras mataba a la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios. Esta escena le dio un sentido más profundo y vivido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar. Y se admiró de la infinita bondad que daba semejante rescate para salvar a los culpables. Una estrella de esperanza iluminaba el tenebroso y horrible futuro, y le libraba de una completa desesperación. Pero el plan de redención tenía un propósito todavía más amplio y profundo que el de salvar al hombre. Cristo no vino a la tierra solo por este motivo; no vino meramente para que los habitantes de este pequeño mundo acatasen la ley de Dios como debe ser acatada; sino que vino para vindicar el carácter de Dios ante el universo. A este resultado de su gran sacrificio, a su influencia sobre los seres de otros mundos, así como sobre el hombre, se refirió el Salvador cuando poco antes de su crucifixión dijo: ‘Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:31, 32). El acto de Cristo de morir por la salvación del hombre, no solo haría www.escuela-sabatica.com

accesible el cielo para los hombres, sino que ante todo el universo justificaría a Dios y a su Hijo en su trato con la rebelión de Satanás. Demostraría la perpetuidad de la ley de Dios, y revelaría la naturaleza y las consecuencias del pecado. Desde el principio, el gran conflicto giró en derredor de la ley de Dios. Satanás había procurado probar que Dios era injusto, que su ley era defectuosa, y que el bien del universo, requería que fuese cambiada. Al atacar la ley, procuró derribar la autoridad de su Autor. En el curso del conflicto habría de demostrarse si los estatutos divinos eran defectuosos y sujetos a cambio, o perfectos e inmutables. Cuando Satanás fue expulsado del cielo, decidió hacer de la tierra su reino. Cuando sedujo y venció a Adán y a Eva, pensó que había conquistado la posesión de este mundo; “porque me han escogido como su soberano”, dijo él. Alegaba que era imposible que se otorgase perdón al pecador; que por lo tanto los miembros del género humano caído eran legítimamente sus súbditos y el mundo era suyo. Pero Dios dio a su propio amado Hijo, que era igual a él, para que sufriese la pena de la transgresión y proveyó así un camino mediante el cual ellos pudiesen ser devueltos a su favor y a su hogar edénico. Cristo emprendió la tarea de redimir al hombre y de rescatar al mundo de las garras de Satanás. El gran conflicto que principió en el cielo iba a ser decidido en el mismo mundo, en el terreno que Satanás reclamaba como suyo (Patriarcas y profetas, pp. 53-56). Los hombres están emparentados con el primer Adán, y por lo tanto no reciben de él sino culpa y sentencia de muerte; pero Cristo entra en el terreno donde cayó Adán, y pasa sobre ese terreno soportando todas las pruebas en lugar del hombre. Al salir sin mancha de la prueba, redimió el vergonzoso fracaso y la oprobiosa caída de Adán. Esto coloca al hombre en una condición ventajosa ante Dios; lo coloca donde, mediante la aceptación de Cristo como su Salvador, llega a ser participante de la naturaleza divina. Así llega a relacionarse con Dios y Cristo (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1074). Lunes 12 de mayo: La Ley y la gracia Dios exige en la actualidad exactamente lo que exigió a la santa pareja en el Edén: obediencia perfecta a sus requerimientos. Su ley permanece inmutable en todas las edades. La gran norma de justicia RECURSOS ESCUELA SABATICA ©

presentada en el Antiguo Testamento no es rebajada en el Nuevo. No es la función del evangelio debilitar las demandas de la santa ley de Dios, sino elevar a los hombres para que puedan guardar sus preceptos. La fe en Cristo que salva al alma no es lo que muchos presentan. “Cree, cree es su pregón; solo cree en Cristo, y serás salvo. Es lo único que necesitas hacer”. La fe verdadera, a la vez que confía enteramente en Cristo para la salvación, conducirá a la perfecta conformidad con la ley de Dios. La fe se manifiesta en obras. Y el apóstol Juan declara: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2: 4) {Fe y obras, p. 52). Es sofistería de Satanás la idea de que la muerte de Cristo introdujo la gracia para ocupar el lugar de la ley. La muerte de Jesús no modificó ni anuló ni menoscabó en el menor grado la ley de los Diez Mandamientos. Esa preciosa gracia ofrecida a los hombres por medio de la sangre del Salvador, establece la ley de Dios. Desde la caída del hombre, el gobierno moral de Dios y su gracia son inseparables. Ambos van de la mano a través de todas las dispensaciones. “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10). Jesús, nuestro Sustituto, aceptó cargar por el hombre con la penalidad de la ley transgredida. Cubrió su divinidad con humanidad y de ese modo llegó a ser el Hijo del Hombre, un Salvador y Redentor. El hecho mismo de la muerte del amado Hijo de Dios a fin de redimir al hombre, muestra la inmutabilidad de la ley divina. ¡Cuán fácilmente, desde el punto de vista del transgresor, Dios podría haber abolido su ley, proveyendo así una vía por la cual los hombres pudieran salvarse y Cristo permanecer en el cielo! La doctrina que enseña libertad, mediante la gracia, para quebrantar la ley, es un engaño fatal. Todo transgresor de la ley de Dios es un pecador, y nadie puede ser santificado mientras vive conscientemente en pecado. La condescendencia y la agonía del amado Hijo de Dios no fueron soportadas para concederle al hombre libertad para transgredir la ley del Padre y no obstante sentarse con Cristo en su trono. Fueron para que mediante los méritos de Jesús, y el ejercicio del arrepentimiento y la fe, hasta el pecador más culpable pudiera recibir perdón y obtener fortaleza para vivir una vida de obediencia. El pecador no es salwww.escuela-sabatica.com

vado en sus pecados, sino de sus pecados. El alma debe primeramente ser convencida de pecado antes que el pecador sienta el deseo de acudir a Cristo. “El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). “Yo no conocí el pecado sino por la ley” (Romanos 7:7). Cuando el mandamiento penetró en la conciencia de Saulo, el pecado revivió y él murió. Se vio condenado por la ley de Dios. El pecador no puede ser convencido de su culpabilidad a menos que entienda qué constituye el pecado. Es imposible para el individuo experimentar la santificación bíblica mientras sostenga que si cree en Cristo da lo mismo que obedezca la ley de Dios o que la desobedezca (Fe y obras, pp. 29, 30). Martes 13 de mayo: ¡Miserable de mí! (Romanos 7:21-25) El pecado nos ha separado de la vida de Dios. Nuestras almas están paralizadas. Somos tan incapaces de llevar una vida santa como lo era el paralítico para andar. Muchos se dan cuenta de su desamparo; desean con ansia aquella vida espiritual que los pondrá en armonía con Dios, y se esfuerzan por conseguirla; pero en vano. Desesperados, exclaman: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Romanos 7:24). Alcen la mirada estas almas que luchan presa del abatimiento. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: “¿Quieres ser salvo?” Él os invita a levantaros llenos de salud y paz. No esperéis hasta sentir que sois sanos. Creed en la palabra del Salvador. Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera que sea la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra alma y vuestro cuerpo por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede y anhela libraros. El infundirá vida al alma... Cuando os asalten las tentaciones, cuando os veáis envueltos en perplejidad y cuidados, cuando, deprimidos y desalentados, estéis a punto de ceder a la desesperación, mirad a Jesús y las tinieblas que os rodeen se desvanecerán ante el resplandor de su presencia. Cuando el pecado contiende por dominar vuestra alma y agobia vuestra conciencia, mirad al Salvador. Su gracia basta para vencer el pecado. Vuélvase hacia él vuestro agradecido corazón que tiembla de incertidumbre. RECURSOS ESCUELA SABATICA ©

Echad mano de la esperanza que os es propuesta. Cristo aguarda para adoptaros en su familia. Su fuerza auxiliará vuestra flaqueza; os guiará paso a paso. Poned vuestra mano en la suya, y dejaos guiar por él (Exaltad a Jesús, p. 81). Pablo se daba cuenta de su debilidad y bien podía desconfiar de sus propias fuerzas. Refiriéndose a la ley, exclamó: “El mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte” (Romanos 7:10). Había confiado en las obras de la ley. Refiriéndose a su propia justicia exterior, dice que “en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:6). Por eso es que había colocado su confianza en su propia justicia. Pero cuando se miró en el espejo de la ley que fue colocado delante de él, y se vio a sí mismo como Dios lo veía, lleno de faltas, manchado con el pecado, exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Pablo contempló al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Escuchó la voz de Cristo diciendo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Entonces decidió valerse de los beneficios de la gracia salvadora, para morir a las transgresiones y el pecado, para ver que su culpa fuera lavada en la sangre de Cristo, para ser vestido con la justicia de Cristo, para ser una rama de la Vid viviente. Caminó con Cristo, y Jesús llegó a ser para él no solo una parte de la salvación, mientras que sus propias buenas obras constituían la otra, sino el todo en todo, lo primero y lo último y lo mejor en todas las cosas. El poseía la fe que extrae vida de Cristo, que lo capacitó para conformar su vida con la del ejemplo divino. Esta fe no reclama nada para su poseedor apoyándose en su justicia, sino que lo reclama todo en virtud de la justicia de Cristo (Exaltad a Jesús, p. 34). Miércoles 14 de mayo: La meta de la Ley (Romanos 9:30 a 10:4) La cruz le habla a las huestes del cielo, a los mundos no caídos y al mundo caído, para darles a conocer el valor que le ha dado al hombre, y el gran amor con que nos ha amado. Da testimonio ante el mundo, los ángeles y los hombres acerca del carácter inmutable de la ley divina. La muerte del Hijo unigénito de Dios en la cruz en lugar del pecador, es un argumento incontestable del carácter de la ley de Jehová. www.escuela-sabatica.com

La cruz de Cristo da testimonio ante el pecador de que no se cambió la ley para adaptarla al pecador y sus pecados, sino que Cristo se ofreció a sí mismo para que el transgresor de la ley pudiera tener oportunidad de arrepentirse. Así como Cristo llevó los pecados de cada transgresor, así el pecador que no quiere creer que Cristo es su Salvador personal, que rechaza la luz que le llega, y rehúsa respetar y obedecer los mandamientos de Dios, recibirá el castigo de su transgresión. La muerte de Cristo debía ser el convincente y eterno argumento de que la ley de Dios es tan inmutable como su trono. La agonía del jardín del Getsemaní, los insultos, las burlas, los maltratos amontonados sobre el amado Hijo de Dios, los horrores y la ignominia de la crucifixión, proporcionan suficientes e impresionantes demostraciones de que la justicia de Dios, cuando castiga, hace una obra completa. El hecho de que su propio Hijo, la Garantía del hombre, no fue exento, es un argumento que perdurará por toda la eternidad delante de santos y pecadores, delante del universo de Dios, para dar testimonio de que no excusará al transgresor de su ley (Comentario bíblico adventista, tomo 7 A, pp. 468, 469). La obra de la redención es llamada un misterio, y es ciertamente el misterio mediante el cual la justicia eterna se presenta a todos los que creen. La raza humana estaba enemistada con Dios como consecuencia del pecado. A un precio infinito, mediante un proceso penoso, misterioso tanto para los ángeles como para los hombres, Cristo tomó la humanidad. Ocultó su divinidad, puso a un lado su gloria, y nació como un niñito en Belén. Vivió en la carne humana la ley de Dios para que pudiera condenar el pecado en la carne, y para dar testimonio a los seres celestiales de que la ley fue ordenada para vida y para asegurar felicidad, paz y eterno bien a todos los que obedecen. Pero el mismo sacrificio infinito que es vida para los que creen, es un testimonio de condenación para los desobedientes, testimonio que habla muerte y no vida (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 927). Se ha dispuesto gracia abundante para que el alma creyente pueda ser preservada del pecado, pues todo el cielo, con sus recursos ilimitados, ha sido colocado a nuestra disposición. Hemos de extraer del pozo de la salvación. Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree. Somos pecadores por nosotros mismos, pero somos RECURSOS ESCUELA SABATICA ©

justos en Cristo. Habiéndonos hecho justos por medio de la justicia imputada de Cristo, Dios nos declara justos y nos trata como a tales. Nos contempla como a sus hijos amados. Cristo obra contra el poder del pecado, y donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1, 2) (Mensajes selectos, tomo 1, p. 461). Jueves 15 de mayo: El ayo (Gálatas 3:19-24) Se me pregunta acerca de la ley en Gálatas. ¿Cuál ley es el ayo para llevamos a Cristo? Contesto: Ambas, la ceremonial y el código moral de los Diez Mandamientos. Cristo fue el fundamento de todo el sistema judío. La muerte de Abel fue una consecuencia de no haber aceptado Caín el plan de Dios en la escuela de la obediencia para ser salvado por la sangre de Jesucristo, simbolizada por las ofrendas de sacrificio que señalaban a Cristo. Caín rehusó la efusión de sangre que simbolizaba la sangre de Cristo que había de ser derramada por el mundo. Toda esta ceremonia fue preparada por Dios, y Cristo vino a ser el fundamento de todo el sistema. Este es el comienzo de la obra de la ley como el ayo que lleva a los instrumentos humanos pecaminosos a considerar a Cristo como el fundamento de todo el sistema judío. Todos los que servían en relación con el santuario eran educados constantemente acerca de la intervención de Cristo a favor de la raza humana. Ese servicio tenía el propósito de crear en cada corazón amor por la ley de Dios, que es la ley del reino divino. Las ofrendas de sacrificios habían de ser una lección objetiva del amor de Dios revelado en Cristo: en la víctima doliente, moribunda, que tomó sobre sí el pecado del cual era culpable el hombre, haciéndose pecado el Inocente por nosotros. En la contemplación de este gran tema de la salvación, vemos la obra de Cristo. No solo el don prometido del Espíritu sino también la naturaleza y el carácter de ese sacrificio y de esa mediación son temas que debieran crear en nuestro corazón ideas elevadas, sagradas y sublimes de la ley de Dios, que sigue en vigencia para todos los seres www.escuela-sabatica.com

humanos. La violación de esa ley en el pequeño acto de comer del fruto prohibido trajo sobre el hombre y sobre la tierra la consecuencia de la desobediencia a la santa ley de Dios. La naturaleza de la mediación siempre debiera hacer al hombre temeroso de incurrir en el más pequeño acto de desobediencia a los requisitos de Dios. Debiera haber una clara comprensión de lo que significa el pecado y debiéramos evitar la más pequeña aproximación que nos induzca a cruzar las fronteras entre la obediencia y la desobediencia. Dios quiere que cada miembro de su creación entienda la gran obra del infinito Hijo de Dios al dar su vida por la salvación del mundo. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él” (1 Juan 3:1) (Mensajes selectos, tomo 1, p. 274, 275). En la transgresión de la ley, no hay seguridad ni reposo ni justificación. El hombre no puede esperar permanecer inocente delante de Dios y en paz con él mediante los méritos de Cristo, mientras continúe en pecado. Debe cesar de transgredir y llegar a ser leal y fiel. Cuando el pecador examina el gran espejo moral, ve sus defectos de carácter. Se ve a sí mismo tal como es, manchado, contaminado y condenado. Pero sabe que la ley no puede, en ninguna forma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor. Debe ir más allá. La ley no es sino el ayo para llevarlo a Cristo. Debe contemplar a su Salvador que lleva los pecados. Y cuando Cristo se le revela en la cruz del Calvario, muriendo bajo el peso de los pecados de todo el mundo, el Espíritu Santo le muestra la actitud de Dios hacia todos los que se arrepienten de sus transgresiones. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16) (Mensajes selectos, tomo 1, p. 250, 251).

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