Cristo, el fin de la Ley - Recursos Escuela Sabática

17 may. 2014 - tes de que el pecado ganara terreno en el corazón de Adán y Eva (Génesis ... Aunque desde Adán hasta Moisés la Ley fuera comunicada con ...
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Casa Publicadora Brasilera Comentarios de la Lección de Escuela Sabática II Trimestre de 2014 Cristo y su Ley

Lección 7 (10 al 17 de mayo de 2014)

Cristo, el fin de la Ley Carlos Flávio Teixeira

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¿Cuál es la relación existente entre la gracia y la ley? Este interrogante generalmente ha sido respondido de tres diferentes maneras en los círculos cristianos. En primer lugar, están los que piensan que la gracia anula la Ley. Para ellos, la gracia y la Ley son incompatibles y por eso se excluyen mutuamente. En segundo lugar, están los que opinan que la gracia depende de la Ley. Para ellos, la gracia y la Ley se vinculan en una relación de subordinación de la primera a la segunda. Y en tercer lugar, están los que defienden la postura de que la Ley es el instrumento de la gracia. Para ellos, la gracia y la Ley están vinculadas en una relación de coordinación. La Ley es considerada así como una de las formas de expresión de la gracia divina. Los cristianos más atentos a la revelación adoptan esta última postura porque refleja de manera apropiada la perspectiva bíblica de la relación entre la gracia y la Ley. Pero, ¿cómo equilibrar debidamente la gracia y la Ley en esta relación de coordinación que la Biblia presenta entre ambas? Veremos a continuación algunas realidades que podemos aprender con el apóstol Pablo con respecto a la relación apropiada entre la gracia y la Ley a la luz de Jesucristo y su sacrificio salvífico.

Donde abundó el pecado Lo primero que podemos aprender de Pablo es que la Ley nos recuerda que el pecado existe (Romanos 5:13), además de ampliar nuestro conocimiento de él (3:20), al mostrarnos su malignidad (5:20a) y sus resultados (Romanos 6:23a). En parte del texto de su epístola a los Romanos (5:12-21), Pablo señala el importante rol de la Ley para develar la existencia del pecado que, en muchas ocasiones, se presenta de manera sutil y disfrazada a los ojos humanos. Antes de la caída, el ser humano necesitaba ser consciente acerca de la existencia del pecado en tanto su condición contraria a la voluntad de su Creador. Por eso, Dios comunicó su Ley antes de que el pecado ganara terreno en el corazón de Adán y Eva (Génesis 2:16, 1 Pastor, actualmente cursando el posdoctorado en Teología Bíblica Sistemática en la Universidad Andrews, en la Escuela Superior de Teología. Es Doctor en Ciencias de la Religión con especialidad en Teología Sistemática. Posgraduado en Maestrías en Teología y Derecho Constitucional. Miembro de la Adventist Theological Society, es docente en los cursos de Grado y Posgrado de la Universidad Adventista de San Pablo, campus Engenheiro Coelho. Está casado hace 16 años con Fernanda Cristina F. Teixeira, con quien tiene dos hijos de 12 y 4 años. Recursos Escuela Sabática ©

17). 2 Aun después de la caída, los seres humanos necesitaban ser recordados del pecado debido a su tendencia a acomodarse a él. En este sentido, Pablo recuerda que “el pecado no se atribuye cuando no hay Ley” (Romanos 5:13). Por ello, según el propio Pablo, a medida de que el tiempo fue pasando, se hizo necesario determinar lo que él llama “régimen de la ley”, lo que ocurrió en los días de Moisés (5:13). Aunque desde Adán hasta Moisés la Ley fuera comunicada con claridad, durante ese período reinó la muerte por el hecho de que la norma divina fue siendo olvidada o distorsionada por la mayoría de las personas (5:14). 3 Pablo deja bien en claro que hasta que la Ley fue dada a Moisés de manera escrita, “el pecado ya estaba en el mundo” (5:13). Luego de la caída, Dios no dejó al ser humano engañado en cuanto a su condición pecadora. Pero incluso después de muchas orientaciones orales dadas a los patriarcas y a los profetas, recomendando que ellas fueran transmitidas generación tras generación (Deuteronomio 6), la verdad sobre el pecado fue siendo gradualmente opacada por Satanás. Fue entonces necesario que Dios mostrara su Ley de manera escrita a fin de que el pecado fuera denunciado con mayor expresividad, y así tenido en cuenta con la seriedad que correspondía de parte de las generaciones que ya habían olvidado las orientaciones divinas. Fue para ellos, dice Pablo, que a través de la Ley “vino la condenación” (5:18a). Eso todavía ocurre en nuestro caso. A medida que Dios destaca su Ley, con ello hace más explícita la malignidad del pecado, el sentimiento de culpa del pecado sincero es aumentado, y la sensación de reprobación del pecador rebelde es también acrecentada. Eso porque, según señala Pablo, “la Ley vino para que abundase el conocimiento del pecado” (3:20). Es así como Dios quiere despertar al pecador hacia la gravedad de su realidad en el pecado. El objetivo de Dios es concientizar al ser humano de su situación (pecado) y de la solución provista (salvación). Es por eso que la Biblia le recuerda al hombre que el pecado está presente en su naturaleza pecaminosa, o deformada (Romanos 7:1525); en sus malas intenciones (14:23); en su omisión respecto del bien (Santiago 4:17); y en su transgresión a las leyes de Dios (1 Juan 3:4). Estos pasajes brindan una real dimensión de la complejidad de esta situación denominado pecado, al presentar el nivel de su impacto en los seres humanos. El pecado es real primeramente porque la Biblia así lo revela (Romanos 6:23). Pero también porque sus síntomas son perceptibles e incluso visibles en el plano individual y colectivo de la vida humana. Sus principales síntomas son: la tendencia del hombre a apartarse de Dios y rechazar sus leyes; la tendencia hacia el orgullo y la exaltación propia; la tendencia a la práctica de la violencia en relación a sí mismo y a los demás seres creados. En esencia, el pecado es siempre el intento del hombre en vivir de manera independiente a su Creador, cuestionando su carácter y despreciando su autoridad, lo que resulta principalmente en el rechazo de sus leyes. El pecado es siempre la escala progresiva de actos evasivos en relación a Dios. Comienza con un apartamiento, pasa a la desconfianza, y termina en la desobediencia. Así, el ser humano no es pecador sólo porque comete actos pecaminosos. Es pecador porque carga en sí mismo una naturaleza tendiente al mal que se transmite de 2 3

White, Elena G. de. Patriarcas y profetas, pp. 52. Ibíd., pp. 305 y 310. Recursos Escuela Sabática ©

generación en generación como consecuencia de la elección equivocada de los primeros seres humanos (Romanos 3:10. 23; 5:12).

La Ley y la Gracia Lo segundo que podemos aprender de Pablo es que la Ley nos muestra la necesidad de la gracia divina (Romanos 6:15-23). El contenido de la Ley concientiza al ser humano de su necesidad de la gracia a medida que genera en el transgresor la noción de la culpa por la transgresión de alguno de sus mandamientos. Al generar este sentimiento de culpa, la Ley contribuye a que el pecador reconozca su necesidad de solución a su condición de condenación. Y como la propia Ley muestra al Creador como el único Dios, apunta a Cristo como el solucionador del problema del pecado, a través de su gracia. Esta gracia, según Pablo, libera del pecado y convierte a una persona en siervo de la justicia (Romanos 6:18). En esa nueva condición, el pecador pasa a “ser obediente de corazón” (6:17). ¿Obedecer a qué? A la misma Ley que antes lo condenaba porque el pecador vivía en rebeldía con respecto a ella. A través de su gracia, Cristo reconcilia al pecador con la Ley, posibilita que pase a sentir voluntad de obedecerla por estar convencido de que es el medio escogido por Dios para orientarlo en su trayectoria cristiana. Elena G. de White explica esta relación inseparable entre la Ley y la Gracia al puntualizar que “La Ley orienta a los hombres a Cristo, y Cristo les señala la Ley”. 4 Luego de justificar al pecador condenado por la Ley, Cristo lo conduce nuevamente hacia ella, ya no como un enemigo (condenado), sino como amigo de la Ley (protegido por ella). Para ilustrar esta realidad, Pablo utilizó la analogía del mercado de esclavos. Así como luego de muerto el esclavo, su amo ya no tiene más poder sobre él, también el cristiano, luego de muerto al pecado, ya no vive bajo su dominio. Libre del dominio del pecado, el pecador transfiere el servicio que le prestaba a éste hacia el servicio a Dios. Su vida pasa entonces a “hacer lo que Dios desea, no a lo que el pecado manda”. 5 Y esto incluye obedecer a la Ley a fin de honrar la gracia aceptada, y madurar en la fe, que es el fruto continuo de esta última. Esta verdad echa por tierra la supuesta oposición entre la ley y la gracia, como comúnmente se oye y se lee en los círculos evangélicos. Pablo muestra que no es posible separar la gracia de la Ley como si ambas realidades fueran excluyentes entre sí. Sin la Ley, la gracia pierde su valor. Sin la gracia, la Ley pierde su propósito. Ambas son como las dos caras de una misma moneda. Son como dos caras del mismo amor, el amor divino. Por eso, en vez de una relación de oposición, el vínculo entre ambas es de composición. La gracia, como principio activo de la concreción del amor de Dios, se compone de la misericordia y la justicia como elementos inseparables del carácter divino. La Ley es establecida en ese contexto como instrumento de la materialización de tal misericordia y justicia divinas en el trato con el pecador. Además de mostrar cuán grave es nuestra situación como pecadores, la Ley nos señala a Cristo como la Solución de esa situación. Una vez aceptado, Cristo confirma la Ley como una de sus herramientas para orientarnos en el crecimiento en la fe. White, Elena G. de. Mente, carácter y personalidad, tomo 2, p. 585. Bruce, F. F. Romanos: Introdução e Comentário, Série Cultura Bíblica, tomo 6. Traducción de Odayr Olivetti. San Pablo: Vida Nova, 2006, p. 114. Recursos Escuela Sabática ©

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Con esto, Dios anhela despertar al pecador hacia su real situación de necesidad permanente de la gracia divina, a fin de que pase a vivir como amigo de la Ley, testificando su fe experimentada en la gracia transformadora recibida.

¡Miserable de mí! Lo tercero que podemos aprender de Pablo es que, debido a nuestra naturaleza pecaminosa, aun después de haber renacido en la gracia, continuamos nuestra lucha en relación a la Ley (Romanos 7:21-25). Aun reconciliados con la Ley y amigos de ella, a veces vacilamos. Aunque el poder regenerador del Espíritu Santo nos haga simpáticos a la “Ley de Dios”, nuestra naturaleza tendenciosa al mal nos impele a ser tentados por lo que Pablo denomina “ley del pecado” (Romanos 7:25). Mientras que la Ley de Dios procura orientarnos a permanecer del lado de Cristo, la Ley del pecado procura apartarnos de Él a través de la condescendencia a las tentaciones. El objetivo de la ley del pecado es llevarnos a transgredir la Ley de Dios. Así se genera una lucha constante entre la mente santificada, la que nos motiva a obedecer; y los impulsos carnales, que nos estimulan a despreciar a Dios y su Ley (Romanos 7:23). Esta lucha es real en la vida de cada pecador. Aun con las heridas sanadas de transgresiones pasadas, a veces las cicatrices nos traen a la memoria flashes de episodios anteriores de oposición a la Ley y transgresión. El viejo hombre está siempre queriendo dominarnos con su cuerpo de muerte. Satanás aprovecha esto e intenta con todas sus fuerzas hacernos caer y mantenernos en esa condición. Pero cuando reconocemos nuestra desventurada y miserable condición (Romanos 7:24), y miramos con humildad a Cristo, suplicando y esperando confiadamente en su ayuda, Él viene a socorrernos (Romanos 8:1). El Espíritu Santo tiene un rol vital en esa lucha. Es Él quien nos suministra el discernimiento y el poder para la disciplina necesaria para vencer en el nombre de Cristo. Por eso, mientras Jesús intercede en nuestro favor delante de Dios, es Espíritu nos asiste en nuestras debilidades conforme a su Ley. Según la promesa de Cristo, no estamos solos en esa lucha (Mateo 11:28-30). Además, sólo puede haber lucha porque Dios, por su Espíritu, implanta en nuestra conciencia la enemistada contra el mal cuando aceptamos su gracia. Los méritos de Cristo posibilitan que luchemos contra la realidad del pecado, la cual –de diferentes maneras– todavía permanece como parte de nosotros mismos. Cuando miramos a la cruz y nos vemos como merecedores de la condenación colocada sobre Cristo, tenemos motivos para decir, como Pablo, “¡Miserable hombre de mí!” (Romanos 7:24). Pero, cuando miramos al Santuario Celestial y vemos allí al Cordero resucitado intercediendo en nuestro favor, también podemos decir, como Pablo, “¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!” (Romanos 7:25). En su amor, ¡Dios no nos dejó entregados al pecado!

La meta de la Ley La cuarta lección que aprendemos de Pablo trata acerca de la finalidad de la Ley (Romanos 9:30-10:4). Desde Adán, pasando por Moisés, y extendiéndose por toda la historia de Israel, la Ley fue destinada a ser un recordativo permanente de la necesidad humano de la justicia divina. Una vez que Cristo es el realizador de tal justicia, aquellos que lo rechazan no están, de hecho, valorando la Ley. La Ley se convierte para ellos en una piedra de tropiezo (Romanos 9:23). Este fue el caso de los israeliRecursos Escuela Sabática ©

tas que, incluso teniendo buenas intenciones, despreciaron a Cristo como realizador de la justicia expresada en la Ley (Romanos 9:31). Pablo reconoció el valor del celo que los israelitas tenían por la Ley (Romanos 10:1, 2, pero mencionó que les había faltado entendimiento para aceptar a Cristo, la única Fuente de verdadera “justicia de Dios” (Romanos 10:3). El problema, según Pablo, no era el celo de los israelitas con respecto a la Ley, sino el desprecio de su fundamento que era el propio Cristo, el Señor y Aquél a quien apuntaba la Ley. Y es en ese contexto que Pablo les advierte a los gentiles y los hebreos de la iglesia de Roma, a los cuales estaba escribiendo, que no cometieran los mismos errores provenientes de visiones distorsionadas de la Ley que antes había amenazado a los cristianos de Galacia. 6 Quería que comprendieran que la principal y más sublime finalidad de la Ley es presentar a Cristo como la verdadera Justicia a todo aquél que cree (Romanos 10:4). Las palabras de Pablo no dejan margen de duda de la valorización de la ley a la luz de la afirmación de la justicia que está en Cristo. Esta advertencia sería aplicable para los gentiles (que necesitaban de más atención respecto de la Ley), y para los israelitas (que necesitaban de más atención respecto de Cristo). 7 Aún hoy, muchos profesos cristianos no reconocen que la función de la Ley es, al mismo tiempo, reveladora, indicadora, orientadora y comparadora. Reveladora porque devela el pecado y así condena al transgresor (1 Juan 3:4). Al mismo tiempo, señala a Jesús como la solución para el pecado (Gálatas 3:24). Sirve también como instrumento para orientación de cómo vivir después de aceptar la gracia de Cristo (Romanos 6:15-18.). Y, finalmente, sirve como parámetro para el juicio de los pecadores y la aplicación de la justicia divina (Santiago 2:12). En razón de todas estas funciones, la Ley continúa siendo necesaria aun después de la cruz. Es ella la que continúa revelando el pecado que nos condena, y así nos concientiza de la necesidad que tenemos de la gracia salvadora de Cristo. Al mismo tiempo, es ella quien nos orienta acerca de cómo andar en la fe luego de aceptar a Cristo. También nos recuerda los criterios por los cuales nuestras obras de fe serán juzgadas a fin de confirmar la justicia de la vindicación hecha por Dios. La Ley es entonces el principal instrumento del Espíritu Santo para administrarnos la gracia salvífica de Jesucristo garantizada en la Cruz del Calvario. Es en la Ley que Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, mantiene el parámetro para el juicio justo durante el proceso de individualización de la expiación hecha en la cruz. En ella, Cristo hizo una expiación general y eficaz por los pecados de todos los que lo aceptan. Sin embargo, es sólo por medio de la intercesión que se lleva a cabo en el Santuario celestial que la eficacia del sacrificio de la cruz puede hacerse efectiva en la vida de cada individuo que la acepta. Sólo por medio del ministerio de Cristo en el Santuario celestial es que se aplican los efectos de la muerte sustitutiva de la cruz en la vida del pecador arrepentido. La expiación de los pecados sólo se completa mediante el ministerio de Jesús después de la cruz. Ante esta etapa expiatoria, ¿cómo hablar del fin de la Ley? Si la Ley hubiera sido invalidada en la cruz, como pretenden algunos, ¿cómo serán juzgados los que vivieron después de tal acontecimiento? ¿En qué parámetro se basaría nuestro Intercesor para definir quién de noso6 7

Bruce, p. 30. Bruce, pp. 160-162.

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tros habría aceptado los méritos de su sangre y viviría según la gracia aceptada? Sin Ley, ¿quién podría ser considerado pecador, y por ello necesitado de la expiación? Es necesario recordar que, en el ritual del santuario, la muerte del cordero no invalidaba la Ley. Ni siquiera lo hacía el ritual del Día de la Expiación. Como puede notarse, el argumento de que la cruz invalidó la Ley pone en jaque la propia aplicación de la misericordia y de la justicia divina en el trato con el pecador. Además, es también por medio de la Ley que Dios mantendrá por la eternidad, la norma de su gobierno en el Universo. Muchos piensan que cuando el pecado llegue a su fin, también finalizará la vigencia de la Ley, debido a que ella tiene por función la de revelar y condenar el pecado. No obstante, como ya ha sido mencionado, esa no es la única función de la Ley. Y si aún fuera así, permanecería siendo útil para advertir a los seres redimidos a no rebelarse nunca más contra Dios y así no incurrir en culpa y condenación. Pero la Ley continuará existiendo sobre todo para expresar el carácter divino y para orientar a los seres humanos en libertad plena. Mientras exista el gobierno de Dios y la libertad de sus criaturas, existirá la Ley. Eso significa que la Ley de Dios es eterna, así como lo es el propio Dios. 8 Como expresión de su carácter y de su voluntad, la Ley de Dios fue establecida para permanecer. Su finalidad siempre fue, y será, fundamentalmente la de proteger la libertad humana, posibilitando su realización de forma genuina en la comunión plena de la criatura con el Creador.

El ayo La quinta lección que aprendemos con Pablo es acerca de los peligros de la distorsión respecto del rol de la Ley (Gálatas 3:19-24). En este pasaje, Pablo menciona que el rol de la Ley es servir como un medio y jamás como un fin en sí mismo. La Ley tiene la doble función de lidiar con los inmaduros y con los que ya maduraron en la fe. Para los primeros, la Ley funciona como un guía disciplinador, mientras que para los demás opera como un guía consejero. Por eso, al mencionarla en el versículo 24, Pablo utiliza la palabra paidagogós, que significa “guardián, tutor, y era un esclavo empleado por las familias griegas y romanas para encargarse de los niños de entre 6 a 16 años, velando por su comportamiento y acompañándolos siempre que salieran de casa al ir, por ejemplo, a la escuela”. 9 Algunos explican que esa figura no era como la del pedagogo que conocemos hoy, porque este último tiene la tarea de educar. 10 El personaje de la época de Pablo tenía la obligación de conducir al niño a un lugar o ante una persona específicos a fin de alcanzar determinado objetivo. No obstante, otros ponderan que, con esa función de guía, el tutor muchas veces influía en el niño hasta su juventud. Desde ese momento en adelante, éste terminaba reflexionando por sí mismo los valores reflejados en el trayecto que hicieron juntos. El objetivo de Pablo con este ejemplo era mostrar que, tanto para los bebés en la fe, como para los más experimentados, la Ley serviría de guía para conducir al White, La historia de la redención, p. 148. Rienecker, Fritz; Rogers, Cleon, Chave Linguística do Novo Testamento Grego. Traducción de Gordon Chown y Júlio Paulo T. Zabatiero. San Pablo: Vida Nova, 1995, p. 377. 10 Stern, David H. Comentário Bíblico Judaico do Novo Testamento. Tradución de Regina Aranha et al. 1ª edición brasilera. San Pablo: Editora Atos, 2007, p. 597. Recursos Escuela Sabática © 8 9

creyente a Cristo a fin de que todos fueran justificados por la fe en Él (Gálatas 6:24). Así pensada, “la Ley tenía –y todavía tiene– el propósito indirecto de conducirnos a la justificación por la fe”. 11 Al usar la expresión mencionada, Pablo también indicó que el rol de la Ley como guía es el de contribuir para que los creyentes incipientes se convirtieran en personas maduras, pasando de una etapa a otra, hasta alcanzar la estatura apropiada en la fe. Esto porque el paidagogós podía disciplinar a individuo que estaba bajo sus cuidados. Además, lo acompañaba en su crecimiento hasta que alcanzara la madurez esperada para conducirse por sí misma. Luego de alcanzar ese nivel en su crecimiento, la persona que hasta entonces había sido guiada era dejada libre para que forjara sus propias acciones y tomar sus propios caminos, en la confianza de que lo haría de acuerdo con lo que le había sido mostrado y lo que había experimentado en la disciplina recibida. En este nivel, ya no necesitaría de la guía como de la disciplina, aunque la apreciará como consejera amiga con la cual podría continuar contando para dirigirse en los caminos de la vida en los momentos difíciles. Aun en la ausencia del tutor, aquellos que antes recibieron su orientación se mantendrían firmes en aquello que aprendieron, pues los valores asimilados en el trayecto que hicieron juntos, formarían parte de sí mismos. Se convirtieron en parte de la propia identidad. De este modo, las lecciones aprendidas con el tutor jamás serían olvidadas por quien estuvo a sus cuidados a lo largo de los años. Después de madurar, la persona se convertía en un nuevo guía capaz de compartir los mismos beneficios de la disciplina por la cual había sido guidad. En su madurez, pasaría a ser común que ella actuara de acuerdo con las verdades disciplinares que recibió, de manera que no se sentiría censurada por ellas, sino guiada y protegida por las mismas exigencias que antes la habían disciplinado. En esa nueva condición, la persona viviría libre de la carga de la disciplina del tutor. Esto porque ya no viviría transgrediendo, de manera voluntaria, sus reglas como antes lo hacía en tiempos de su inmadurez. En este contexto, es importante recordar los peligros de la rebeldía, la arrogancia o la indiferencia del aprendiz en relación al tutor. La rebeldía consiste en el desprecio declarado por el tutor y los contenidos enseñados por él. La arrogancia consiste en la audacia que querer saber más o pretender saber más que el propio tutor. Y la indiferencia consiste en la desvalorización del tutor al creer que cualquiera de sus rasgos de carácter sea impropio, o incluso juzgar que sus exigencias son difíciles o demasiado inconvenientes para ser seguidas. En el caso de la Ley, la rebeldía consiste en la actitud libertina de desprecio a ella, sea ese desprecio total o parcial. La arrogancia es la actitud perfeccionista de exaltarse por encima de la Ley creyendo que es posible alcanzar un estado de absoluta impecabilidad ante la Ley. Y la indiferencia consiste en la actitud de desvalorizar o minimizar cualquiera de las exigencias de la Ley bajo argumentos variados tales como, por ejemplo, la alegación de que el sábado fue abolido, o la supuesta pretensión de precaverse del perfeccionismo. A los libertinos, Pablo advierte que la Ley es el ayo que conduce a Cristo (Gálatas 3:24); a los perfeccionistas, les advierte que no es posible hallar vida en la Ley (Gálatas 3:21); y a los descuidados, les recuerda que no debemos pecar voluntariamente, debido a que estamos bajo la gracia (Romanos 6:15).

11 Guthrie, Donald. Gálatas: Introdução e Comentário. Série Cultura Bíblica, tomo 9. Traducción de Gordon Chown. San Pablo: Vida Nova, 2006, p. 137. Recursos Escuela Sabática ©

Conclusión En síntesis, Pablo nos muestra que la Ley es un recordativo de que existe el pecado (Romanos 3:15), que necesitamos comprenderlo en su debida dimensión (Romanos 3:20) a fin de reconocer su malignidad (Romanos 5:20a) y sus resultados (Romanos 6:23a). Muestra también que, al culparnos y condenarnos, la Ley evidencia nuestra necesidad de la gracia divina (Romanos 6:154-23). Y nos recuerda que, debido a nuestra naturaleza pecaminosa, aun después de renacidos en la gracia, continuamos nuestra lucha en relación a la Ley (Romanos 7:21-25). Sin embargo, la lucha de ser contra ella, y pasa a ser en favor de ella. Nuestra conciencia santificada asume la lucha en favor de nuestra conformidad a la Ley, aun contra nuestros estímulos carnales, recordándonos que la Ley es el instrumento divino para nuestro crecimiento en la fe. Por eso Pablo nos presenta a la Ley como un tutor en la justicia (Romanos 9:3010:4), y nos advierte en relación a los peligros de la distorsión en el rol de la Ley (Gálatas 3:19-24). Nos recuerda que la Ley no fue dada para que ocupara el lugar de Cristo, pues no puede salvar. Pero también nos recuerda que ella orienta en cuanto al modo de vida de los que experimentan diariamente la salvación por la gracia a través de la fe. En la vida de aquellos que comprenden la relación apropiada entre la gracia y la Ley, hay una continua súplica por el poder del Espíritu Santo, a fin de que la gracia aceptada sea honrada por medio de la obediencia a la Ley. Esta obediencia posibilita la madurez en la fe, porque ese es el estilo de vida de quien ha tomado conciencia de que ya fue y continúa siendo salvo. La persona que experimenta esa madurez en la vida cristiana es consciente de que la cruz no representa el fin de la Ley. Por el contrario, confirma su validez y perpetuidad. Es hacia el Salvador colgado en la cruz que la Ley continúa apuntando como la única solución sustitutiva para la condena del pecado. Es hacia el Salvador glorificado, en el Santuario celestial, que la Ley continúa apuntando como la única solución propiciatoria para la eliminación final del pecado, mediante la individualización de los efectos de la cruz. En ambas realidades expiatorias, Cristo continúa siendo la verdadera finalidad de la Ley. Es el instrumento para la concreción de su misericordia y su justicia salvíficas. No reconocer esto es no comprender la propia gracia, expresada también por medio de la Ley. La próxima semana continuaremos aprendiendo más acerca de la perspectiva de la Ley para el cristiano, conforme ha sido revelada por Jesucristo. ¡Que Dios te bendiga y hasta entonces!

Dr. Carlos Flavio Teixeira

Profesor Universidad Adv. de San Pablo Campus Engenheiro Coelho Traducción: Rolando Chuquimia © RECURSOS ESCUELA SABÁTICA

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