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BAJO LA LUPA

miércoles 25 de marzo del 2015 Gestión

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Desayunando con Krugman Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008

Ficción al estilo británico Una engañosa fijación en los déficits presupuestarios ha arraigado en el discurso económico de Reino Unido. BLOOMBERG

NYT Syndicate

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as elecciones en Estados Unidos todavía están a 19 meses de distancia, pero otros comicios importantes tendrán lugar en seis semanas en Reino Unido. Y muchos de los mismos problemas están sobre el tapete, aunque lamento decir que el discurso económico en ese país está dominado por una engañosa fijación en los déficits presupuestarios. Lo peor es que esta narrativa ficticia ha infectado la supuestamente objetiva información de la prensa: los medios presentan rutinariamente como hechos, proposiciones que son contenciosas e incluso simple y llanamente erróneas. Es cierto que Reino Unido no es el único lugar donde está sucediendo. Hace unos años, en la cúspide de nuestro fetichismo con el déficit, los medios estadounidenses mostraban algunos de los mismos vicios. Artículos supuestamente factuales declaraban que el temor a la deuda estaba incrementando las tasas de interés, aunque no presentaban evidencia que respaldase esos clamores. Los periodistas dejaban de lado toda pretensión de neutralidad y alentaban propuestas para reducir el gasto social. No obstante, parece que aquí en Estados Unidos hemos superado esa etapa. Reino Unido no lo ha hecho. Esta narrativa consiste en lo siguiente: En los años previos a la crisis financiera, el Gobierno bri-

A diferencia de Grecia, Reino Unido ha mantenido su propia moneda y se endeuda en ella.

tánico se endeudó irresponsablemente, de modo que el país estaba viviendo con mucho más que sus propios recursos. Como resultado, el 2010 Reino Unido estaba en riesgo de sumirse en una crisis al estilo griego, así que las políticas de austeridad, en especial los fuertes recortes en el gasto eran esenciales. Este viraje hacia la austeridad está siendo reivindicado por los bajos costos de endeudamiento que el país tiene hoy, junto con el hecho de que la economía, tras varios años difíciles, está creciendo bastante rápido. Simon Wren-Lewis, de la Universidad de Oxford, ha bautizado esta narrativa como “mediamacro”, y describe lo que todo el tiempo se oye en la televisión y se lee en los diarios, pre-

sentado no como un punto de vista del debate político sino como un hecho consumado, que encima no es cierto. ¿Fue despilfarrador el gobierno laborista previo a la crisis? Nadie lo creía en esos momentos. El 2007, la deuda del Gobierno como porcentaje del PBI era cercana a su nivel más bajo en un siglo (y muy inferior al de Estados Unidos), mientras que el déficit presupuestario era bastante pequeño. La única forma de que esos números se vean mal es afirmando que ese año la economía británica estaba operando muy por encima de su capacidad, lo cual inflaba la recaudación tributaria. Pero si eso hubiera sido verdad, Reino Unido habría estado registrando una alta inflación, que no era lo que ocurría.

¿Estaba el país en riesgo de una crisis a la griega, en la cual los inversionistas podrían perder confianza en sus bonos y provocar el disparo de las tasas de interés? No hay motivo para pensarlo. A diferencia de Grecia, Reino Unido ha mantenido su propia moneda y se endeuda en ella —ningún país que presenta la misma descripción ha experimentado esa clase de crisis—. Es el caso de Japón, que tiene una deuda y déficits mucho mayores, pero que puede endeudarse a largo plazo a una tasa de interés de apenas 0.32% anual. Esto me lleva a la supuesta reivindicación de la austeridad. Sí, las tasas de interés británicas se han mantenido bajas, pero también las de casi todo el resto. Por ejemplo, los costos de endeudamiento en Francia se encuentran a su nivel histórico inferior y hasta países que han sufrido crisis de deuda como España e Italia pueden prestarse a tasas menores que las que paga Reino Unido. ¿Y el crecimiento? Cuando el actual Gobierno británico asumió el poder, el 2010, impuso una durísima austeridad —y la economía, que se había estado recuperando de la recesión del 2008, comenzó a contraerse de nuevo—. En respuesta, el Gobierno retrocedió y suspendió sus planes de mayor austeridad (pero sin admitirlo) y el crecimiento se reanudó. Considerando todo esto, habría que preguntarse por qué la mediamacro ha ganado tanto peso en el discurso económico británico. No

culpen a los economistas, pues como Wren-Lewis puntualiza, muy pocos académicos (a diferencia de los economistas que trabajan para el sector financiero) aceptan el postulado de que la austeridad ha sido reivindicada. Esta ortodoxia informativa ha arraigado a pesar de lo que los economistas serios planteaban. Se puede decir lo mismo de la postura contraria al déficit presupuestario que en Estados Unidos gozó de tanta dominancia. Pero todo se reducía a las poses de la gente influyente que creía que pontificar sobre la necesidad de hacer sacrificios era la forma en que sonaba sabia y seria —claro, los sacrificios los tenían que hacer otros—. Así se explica la preferencia de una narrativa que prioriza el discurso firme en torno a los déficits y no el pensamiento reflexivo sobre la creación de empleos. Como ya mencioné, en Estados Unidos ya hemos superado esa etapa gracias a una variedad de motivos —entre ellos, sospecho, el auge del periodismo analítico en sitios como el blog “The Upshot” de The New York Times—. Pero Reino Unido no lo ha hecho y una campaña electoral que debería debatir problemas reales está siendo dominada por las fantasías de la mediamacro. Antonio Yonz Martínez Traducción