Mis años de guerra

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León Valencia

Mis años de guerra

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© 2008, León Valencia, © De esta edición: 2014, Distribuidora y Editora Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A. Carrera 11A No. 98 - 50 Teléfono (571) 7 057777 Bogotá - Colombia www.librosaguilar.com/co • Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S. A. Av. Leandro N. Alem 720 (1001), Buenos Aires • Santillana Ediciones Generales, S. A. de C. V. Avda. Universidad, 767, Col. del Valle, México, D.F. C. P. 03100 • Santillana Ediciones Generales, S. L. Avenida de los Artesanos, 6 28760 Tres Cantos - Madrid Diseño de cubierta: Patricia Martínez Linares Fotografía de cubierta: www.texturepalace.com ISBN: 978-958-758-632-9 Impreso en Colombia - Printed in Colombia Primera edición en Colombia, febrero de 2014

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

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Contenido

La traición y la vergüenza .................... 15 Ilusión ..................................................... 25 Miedo ....................................................... 91 Desencanto ........................................... 147

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La traición y la vergüenza

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uchas personas, entre ellas altos funcionarios del gobierno y el propio presidente Álvaro Uribe, me han pedido que cuente la verdad. Me exigen que le diga al país lo que hice en la guerrilla y quiénes fueron mis amigos. Se han molestado bastante por mi participación en las investigaciones académicas sobre la parapolítica y porque, desde mis columnas, he adelantado un debate sobre el grave daño que le ha hecho a la democracia colombiana la utilización de la violencia en la competencia política. Quieren hacer ver que no tengo autoridad moral para intervenir en esta discusión. Lo hacen en eventos públicos o en réplicas a mis escritos. Señalan una y otra vez que mi pasado me inhabilita para ejercer una labor crítica sobre los acontecimientos de hoy. No quieren que hable de las alianzas entre líderes políticos y jefes paramilitares y de la tragedia que se esconde tras ese compromiso: los miles de muertos y desaparecidos, de torturados y mutilados, los millones de desplazados y ofendidos. Se enojan porque me atrevo a escribir sobre el conflicto armado y sobre la necesidad imperiosa de buscar una salida pacífica para esta dolorosa confrontación. Entiendo su rabia. Las indagaciones académicas sobre la parapolítica han sido empleadas por la Corte Suprema de Justicia y por la Fiscalía General de la Nación

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como apoyo para adelantar las investigaciones judiciales. El escándalo político es muy grande y muchos de los amigos del gobierno han ido a parar a la cárcel. Quizás este hecho se convierta en el más grave tropiezo de esta administración. Podría desechar el llamado a hablar de mi pasado y seguir sin inmutarme en mi labor de escritor y columnista, o decir, simplemente, que formé parte de un acuerdo de paz transparente que se tramitó con arreglo a la ley de indulto y amnistía de principios de los años noventa cuando no estaba en discusión el carácter político de nuestro alzamiento armado. Podría, incluso, citar al presidente Uribe que en algunas ocasiones elogió mi compromiso con la paz y señaló que mis amigos y yo le cumplimos al país. Pero no lo voy a hacer. Quiero ofrecer la memoria de mi paso por la guerrilla. Contar esa historia como la vieron mis ojos. Como la vivió mi corazón. Contar cómo llegué hasta allí y cómo salí. Será, seguramente, también una memoria controversial. Aspiro, eso sí, a que sea honesta conmigo mismo y con los demás. Creo entender que muchos dirigentes políticos preguntan por mi pasado con el propósito de restar legitimidad a mis palabras, a mis escritos, y además con el objetivo de avergonzarme. Esto es un acicate para mi espíritu. Hay dos palabras que me perturban demasiado: traición y vergüenza. Mi padre me las metió en el alma a muy temprana edad. No sé cuáles angustias agitaban su corazón cuando las mencionaba, pero le pesaban tanto que dedicó muchos momentos de su vida a forjar en mí una noción de ellas. Decía que aun en la enemistad cabía la lealtad. Decía que las desdichas de un hombre son del tamaño de sus vergüenzas. He dedicado mi vida a espantar el 18 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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fantasma de la traición y a buscar día tras día que al final de mi vida no tenga motivos para avergonzarme, o que estos sean pocos y nimios. Cuando salí de la guerrilla, mis antiguos compañeros me acusaban de traición. Me dolía como si rompieran lentamente mi piel con un estilete que se detenía a cada momento para hundir un poco más la cuchilla afilada. Pasaba las noches dándole vueltas a esa palabra y a los múltiples significados que guarda. Me acordaba de Borges y sus alegorías. Un hombre que en el fragor de la batalla abandona las filas en que combate y se pasa al bando contrario y arremete con singular apremio contra sus antiguos amigos. Un hombre que rumia un viejo rencor, quizás el desaire de un amor, quizás el robo de un amor, y se afilia a una cuadrilla que va tras sus compañeros de antaño. Un hombre que abjura de una idea que ha cultivado por siempre y migra hacia las ideas contrarias y abraza con furor el nuevo credo. El converso, el odioso converso que conoce con deleite los secretos de su vieja doctrina; que sabe sus puntos vulnerables; que entiende el significado más recóndito de las sentencias más apreciadas de los códigos que fueron tan cercanos a su corazón; que, valido de aquel conocimiento, se dedica con una pasión desconocida a desafiar a sus viejos correligionarios. No era mi caso. No quería ser así. Había dejado las filas guerrilleras porque había comprendido, mediante el dolor de saber a mis amigos muertos, mediante la angustia que trae la pérdida de seres entrañables, que la vida, la que nos ha tocado trasegar o presenciar, está por encima de todos los demás valores. Fue un cambio en la escala de valores lo que me llevó a la paz. No era la ilusión de un mundo mejor lo que estaba dejando atrás, 19 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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no era ese compromiso con la justicia, esa búsqueda de la equidad social, esa lucha por la dignidad humana, que había aprendido de un obispo y de un grupo de sacerdotes en una región lejana de Colombia, lo que quería abandonar. Le había visto de cerca la cara a la muerte y la sabía más dura, más fría y más inapelable que la pobreza y la exclusión. La traición es una negación infame de nuestro pasado. No quería esa cruz para mi vida. Había ido a la guerrilla por unas creencias y me devolvía con ellas. Había modificado su orden, su prioridad, en medio de la triste experiencia de acercarme a la muerte. Mi ruptura con la violencia fue radical, macerada en la introspección, pensada en las noches abismales de las montañas. No obstante, he conservado siempre un respeto enorme por una generación de colombianos que en los años sesenta y setenta del siglo pasado se fueron a la guerra atraídos por la quimera de cambiar el mundo. Desde cuando salí de la guerrilla, hace ya catorce años, he dedicado mis días y mis noches a criticar las armas y a buscar una salida negociada para nuestro inveterado conflicto. Pero también he consagrado este tiempo a contradecir con mi vida la idea de que perpetré una traición. No he logrado lo primero, pero creo que he alcanzado lo segundo. En noviembre de 2007 me encontré con Nicolás Rodríguez Bautista (Gabino), comandante general del Ejército de Liberación Nacional (eln), y pudimos hablar y discutir en un ambiente de respeto sobre la situación del país y sobre la necesidad de la reconciliación. También había hablado largamente con Pablo Beltrán y Antonio García. Eran mis antiguos compañeros en el Comando Central del eln. Hablábamos ahora desde orillas muy distintas. 20 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

Sabíamos cuánta distancia había entre nosotros. Pero ellos tenían la certeza de que soy un contradictor leal de su guerra y yo tenía la seguridad de que no me han tendido, ni me tenderán nunca, una celada amparados en la calificación de traidor. Este libro atiende al eco que aún deja en mi interior la palabra traidor, pero sobre todo está dedicado a la palabra vergüenza. ¿Debo avergonzarme de mi pasado? ¿De qué parte de él debo hacerlo y de qué parte no? En marzo de 2008 me encontré con el senador Mario Uribe Escobar en una oficina de la Fiscalía en Bogotá. Fui a responder por una demanda de injuria que me había hecho el senador a raíz de mis escritos sobre la parapolítica. Era la diligencia de conciliación, pero Uribe llegó visiblemente alterado y se desató en insultos contra mí. Me trató de asesino acusándome de tener una enorme deuda con la democracia que me había recibido generosamente; me reclamaba por haber tenido el descaro de utilizar los espacios que me habían dado en la gran prensa para enlodar a personas decentes como él. Miraba sus ojos azules chispeantes, sentía su ira enorme, desafiante, inquisidora y, mientras mi abogado le decía que me respetara, pensaba si tendría algo de razón, si debía retractarme y callarme, si el compromiso innegable que tuve alguna vez con la violencia insurgente me obligaba a guardar silencio frente a los días aciagos que ha vivido mi país en los años posteriores a mi pacto con la paz. Pensaba en las historias paralelas que teníamos Mario Uribe y yo. Habíamos nacido en el mismo pueblo, en Andes (Antioquia), a unos quince minutos en auto de Salgar, la cuna del presidente Álvaro Uribe Vélez. Habíamos tenido la fortuna de nacer en las mismas tierras del “Indio Uribe” y de Gonzalo Arango, quienes, aunque en 21 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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épocas distintas, habían escandalizado con su palabra esa tierra dormida y lejana. Pero era evidente que habíamos elegido destinos opuestos y ahora estábamos allí para discutir frente a frente sobre la vergüenza, acerca de cuál de los dos podía levantar los ojos hacia la justicia con una serena dignidad. En el verano europeo de 2007 leí Pelando la cebolla, la autobiografía del escritor alemán ganador del premio Nobel de literatura Günter Grass. El libro está dedicado a explorar una vergüenza, la de haber mirado para un lado, la de haber callado en los momentos cruciales en los que ascendía el nazismo, la de haber tenido unas relaciones fugaces con la ss, la tropa élite del ejército alemán. El libro se me convirtió en una obsesión desde cuando tuve la primera noticia de su existencia. Pensaba en la aflicción enorme que cargó durante un tiempo infinito el autor. En algún momento le propuse a un amigo que domina el alemán que me hiciera el favor de leer conmigo el libro. No tuvo que hacerlo porque pocos meses después el libro se publicó en español. Lo compré en una librería de Barcelona la misma noche en que viajé a Berlín para estar dos días allí. Lo leí en dos tirones y comprobé que estaba escrito con la urgencia de alguien que necesitaba reconciliarse consigo mismo, con el pavor de tener que cargar con una deuda pendiente en la conciencia, una deuda de honor con la verdad. Nadie le había pedido a Günter Grass que hablara de su pasado, quizás nadie sabía de esta vergüenza o quizás toda memoria se había perdido en algún pliegue azaroso del tiempo, pero la angustia estaba ahí y el viejo escritor consagrado y glorioso no se quería ir del mundo sin contarla, sin desnudar su miseria. Volví a sentir el pálpito de mi padre ante la vergüenza. 22 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

En los días en que empezaron las discusiones que me llevaron a dejar el eln, a finales de 1989, hablé muchas veces con el Cura Manuel Pérez, jefe máximo de la organización. Él, que adivinaba fácilmente los miedos y los dolores de las personas, supo que me aterraba el mañana. En mi llamado a buscar urgentemente unas negociaciones de paz, en mis críticas a la degradación de la guerra, veía asomar la preocupación por el futuro, por la explicación que daríamos de nuestros actos en los años por llegar. Trataba de apaciguar mi espíritu pensando en los horrores que tanta gente había padecido en los ochenta, las muertes incontables de la izquierda, la rudeza infinita con la que se había tratado a la oposición, el carácter implacable de la dirigencia del país; así desdeñaba los reclamos que nos harían en un incierto porvenir. El futuro ya está aquí y el padre Pérez se ha ido y no podrá leer algunos cosas que contaré de aquellas conversaciones. Antes de que se desataran los llamados públicos a hablar de mi paso por la guerrilla, tenía el compromiso con mi amiga María Elvira Bonilla, de Editorial Norma, de escribir un libro sobre esa etapa de mi vida. La exigencia de los amigos del gobierno convirtió el propósito en una obligación ineludible. Tengo además la pretenciosa, y quizás vana, aspiración de que algún día muchos de ellos, incluido el Presidente, tengan el mismo apremio y acometan la tarea de dar cuenta de su pasado.

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Ilusión

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ra una noche lluviosa de mayo de 1987. El río Cauca, que nunca es apacible, estaba más agitado que de costumbre. Los relámpagos rompían de cuando en cuando una inmutable oscuridad. Iba en una canoa de madera de un metro y veinte centímetros de ancho por seis de largo, impulsada por un pequeño motor fuera de borda. Me acompañaban seis guerrilleros casi adolescentes y Sepúlveda, un hombre de no más de veinticinco años quien los comandaba. Estaba nervioso, incómodo, apeñuscado, sintiendo los goterones de lluvia sobre mis hombros, en esa barca estrecha que se bamboleaba ante el embate del río encabritado. Los muchachos habían ido a recogerme a un lado de la carretera que va de Medellín a la Costa Atlántica, a la altura del municipio de Tarazá, y me habían embarcado apresuradamente, como si sintieran en el aire un peligro inminente. Estábamos justo en la mitad del río cuando, de la orilla de donde habíamos partido, salieron varios disparos de fusil. Los guerrilleros se movieron con tanta rudeza que la pequeña embarcación estuvo a punto de dar una vuelta completa y lanzarnos a todos al agua. Se habían acomodado para responder a la agresión y habían movido el cerrojo del arma al unísono para llevar las balas a la recámara. El chasquido de las armas anunció lo peor. Pero Sepúlveda impidió que abrieran fuego y les ordenó que 27

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permanecieran quietos, en silencio y con las linternas apagadas. Aunque los muchachos no dispararon, mantuvieron el dedo en el gatillo y el cuerpo tenso como una cuerda de acero a punto de reventar. Nos deslizamos río abajo buscando la otra orilla, poniendo sordina al motor, tratando de que el rumor de las aguas se tragara el ruido de nuestro miedo. Sonaron muchos disparos graneados durante diez o doce minutos, pero logramos cruzar sin percance. Fue el aviso infame de que en los años siguientes tendría a la muerte rondándome muy cerca. Esa vez me había salvado la serenidad y la destreza de un mando que tuvo la perspicacia suficiente para saber que nuestra respuesta agregaría más luz y sonido a los rayos del cielo y que nos habría vuelto un blanco fácil de quienes querían alcanzarnos. En los dos años anteriores –acompañado de personas próximas, de amigos con los cuales había compartido la vida y las acciones políticas durante mucho tiempo–, había hecho el mismo viaje en tres oportunidades. Dos o tres miembros del eln que cumplían tareas de logística nos recogían en alguna cafetería de Medellín, en horas de la tarde, nos trasladaban a una camioneta y partíamos rumbo al Bajo Cauca. Todo estaba calculado para llegar a las diez u once de la noche a la margen occidental del río, antes de Caucasia y después de Tarazá. A esa hora aprovechábamos la soledad de la carretera para apearnos, pasar las alambradas y caminar por algún potrero hacia la orilla del río. Allí nos encontrábamos con los guerrilleros que debían conducirnos a nuestro destino final. En los viajes anteriores no habíamos pasado las angustias de ahora. Atravesábamos tranquilamente el río, buscábamos el monte más cercano, colgábamos las 28 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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hamacas, dormíamos y esperábamos el amanecer para emprender la marcha hacia lo profundo de las montañas. Eran viajes para asistir a reuniones de una o dos semanas. Buscábamos la unificación de varios grupos de izquierda, el mayor de los cuales era el eln, que servía de anfitrión de los eventos. Yo pertenecía a uno de estos: al mir-Patria Libre. Esta vez no estaban mis amigos, iba sólo hacia el monte. Me habían escogido para formar parte del Comando Central del eln y debía integrarme a sus filas. Las reuniones anteriores no habían resultado totalmente exitosas y sólo uno de los núcleos se había integrado a las filas de esta guerrilla. Los dirigentes del eln habían aceptado que cinco personas de nuestro grupo se sumaran a su dirección nacional, compuesta por quince miembros. Uno de nuestros compañeros debía formar parte del Comando Central que operaba como un organismo permanente, como un secretariado, de esa dirección. Estaba a punto de cumplir treinta y dos años. Los diez años anteriores los había vivido en Medellín estudiando, escribiendo, realizando actividades sociales y políticas, enfocado en la desmesurada pretensión de cambiar el mundo. Llegué a Medellín en 1977 cuando la ciudad abría sus ojos a una época dolorosa. Quedaban atrás los años sesenta y principios de los setenta apacibles y tradicionales, apenas perturbados por la bohemia del tango, los lances cuchilleros de los borrachos del barrio Guayaquil, algunos robos espectaculares del hampa ingeniosa y las irreverencias de los poetas nadaístas que escandalizaban a una sociedad melancólica y pacata. Empezaba un tiempo de convulsiones. La ciudad crecía aceleradamente y se agitaba. El cerrojo que imponían la moral católica y el 29 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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Partido Conservador comenzaba a ceder. Era patente la impugnación de los valores, las instituciones y las creencias que los paisas habían atesorado desde el siglo xix. La violencia del narcotráfico comenzaba a evidenciarse. Todos los grupos guerrilleros se daban cita para aprovechar el sacudón que experimentaba la ciudad. Querían convertir en violencia política esa pretensión optimista y esa fuerza inmensurable que habían mostrado los antioqueños en sus empresas colonizadoras durante más de cien años. Vi esa ciudad con el asombro de mis veinte años. La caminé con pasión. La fui descubriendo poco a poco. En la marejada de su transición tuve mis primeros amores, me adentré en la política, le cumplí a mi padre la promesa de no pasar un día sin leer la página de una novela o recitar un verso y tuve la suerte de acariciar dos hijos. Una ciudad que acababa de abandonar para ir tras la ilusión de un triunfo militar que podría cambiar el país, pero, sobre todo, empujado por el miedo a morir inerme en una calle bajo las balas de las bandas paramilitares o de temibles agentes del Estado que acosaban por igual a los defensores de derechos humanos, a los activistas políticos de izquierda y a los sindicalistas. Ahora me encontraba allí viajando hacia las entrañas de la guerrilla. Acababa de atravesar el río Cauca, sintiendo que podía morir alcanzado por una bala o ahogado en esas aguas oscuras que conocía desde niño porque había vivido en sus orillas y las había acariciado mil veces para aliviar el calor del mediodía en La Pintada, un caserío al que me habían llevado mis padres cuando apenas cumplía cuatro años. Al llegar a la orilla me percaté del pánico que tenía a perder la vida. Pero acababa de experimentar también 30 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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el pavor a que el río se me llevara recuerdos entrañables. Estaba aferrado a un morral que contenía algunas cosas que quería mucho. Entre ellas varias fotos de mis dos hijos y un ejemplar de El Quijote editado en el siglo xix, regalo de mi padre. Esa noche no pudimos dormir cerca al río. Nos tocó seguir de largo, caminar toda la noche y el día siguiente hasta bien entrada la tarde. Queríamos ponernos a distancia de quienes nos habían atacado en el río y evitar cualquier emboscada de otras patrullas avisadas de nuestra presencia. Comíamos de cuando en cuando pedazos de panela y queso que los muchachos guerrilleros habían tenido la precaución de guardar para el recorrido. La única parada de ese primer día fue a eso de las nueve de la mañana en una casa escondida detrás de unos grandes árboles donde vivía una familia campesina amiga de la guerrilla. Sentí un alivio enorme, no tanto de poder quitarme por un momento las botas y tomar café, sino porque pude ver a dos niños jugando despreocupadamente en un patio y pensé en mis hijos y tuve la sensación de que estábamos a salvo. Hicimos casi tres días de camino hasta el campamento del Comando Central del eln en una marcha silenciosa. El episodio del río me había afectado demasiado. Me di cuenta de mis torpezas, de mis grandes limitaciones para enfrentar la vida guerrillera. No sabía nadar y estaba en medio de un río borrascoso, en la noche más oscura, asediado por balas que tenían un origen incierto y un destino cierto. Una vez cesaron los disparos se me vino a la cabeza la imagen de un intelectual del Partido Liberal que dejaron ahogar los guerrilleros del cincuenta en uno de los grandes ríos del sur del país. Lo cuenta Eduardo Franco Isaza en su libro Las guerrillas del Llano. Se trataba 31 http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817

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de un abogado inconforme con la desmovilización de las huestes alzadas en armas que en el camino hacia la conferencia guerrillera donde se debía tomar esa decisión, en el paso del río, en una embarcación endeble, como la mía en el Cauca, perdió el equilibrio y se fue al agua mientras sus acompañantes, todos ellos contradictores políticos, miraron impasibles su viaje hacia el lecho profundo. Ahora, en plena marcha, no tenía muchas ganas de hablar. Los muchachos tampoco, porque no me conocían, o porque no les inspiraba ninguna curiosidad. Aquellos días están ahora muy distantes, pero recuerdo bien hacia dónde fueron mis pensamientos mientras avanzaba paso a paso en dirección a la montaña. El ejemplar de El Quijote me traía siempre a la memoria una época especialmente feliz en Pueblo Rico, en la zona cafetera de Antioquia. Fueron tres años en los cuales escuché día tras día la lectura de una selección de novelas y cuentos de la literatura universal. Tenía siete años cuando se inició esta experiencia que duró hasta pasados los diez. A mi padre, quien había quedado inválido hacía varios años a causa de una fractura en la columna vertebral, se le ocurrió organizar un club de lectura de novelas, una idea que le surgió extrañamente después de leer El club de los suicidas, el cuento de Robert L. Stevenson. El nombre resultaba un poco exagerado. En realidad eran cuatro personas que se reunían todos los días después de las cinco de la tarde, quizás hasta las ocho de la noche, para escuchar a mi padre leer en voz alta las aventuras de los personajes que deambulaban por las bibliotecas de cada uno de los contertulios. A la cita acudían Pastor Noreña, un sargento retirado del ejército, quien había quedado ciego por el impacto de las esquirlas de 32 Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, http://www.bajalibros.com/Mis-anos-de-guerra-eBook-794804?bs=BookSamples-9789587586817 comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).