“Hay una tensión entre modernidad e identidad”

17 jul. 2010 - tuales del continente en el siglo XX dio por resultado un volumen de unas 800 páginas, con 34 trabajos de investigado- res de 9 países.
69KB Größe 21 Downloads 92 vistas
PENSAMIENTO | CARLOS ALTAMIRANO

“Hay una tensión entre modernidad e identidad” El director de Historia de

los intelectuales en América Latina (Katz) analiza la relación, siempre difícil, entre los hombres de ideas y el poder político

POR RAQUEL SAN MARTÍN De la Redacción de La Nacion

C

omo en otros ámbitos, también en lo que concierne a su vida intelectual América latina se resiste a las generalizaciones. Quizá por eso, la pretensión de “reconstruir históricamente” la producción de los intelectuales del continente en el siglo XX dio por resultado un volumen de unas 800 páginas, con 34 trabajos de investigadores de 9 países. En lugar de avanzar cronológicamente, los artículos se integran en capítulos que introducen temáticas (las editoriales, las revistas, la academia, los procesos políticos, las redes, el indigenismo, las vanguardias artísticas) que proponen al lector un recorrido por la vitalidad, las contradicciones y los matices de ese universo. El segundo volumen de Historia de los intelectuales en América Latina, que acaba de editar Katz –el primero, sobre el siglo XIX, se publicó en 2008–, abarca desde comienzos del siglo XX hasta la década de 1980. Ambos estuvieron a cargo del investigador y ensayista Carlos Altamirano, que hasta el año pasado dirigió el Programa de Historia Intelectual Latinoamericana en la Universidad Nacional de Quilmes, donde se inició el proyecto. En diálogo con adncultura, Altamirano fundamenta ese abordaje temático: “Una de las razones por las cuales fue difícil pensar una historia continua y cronológica para este libro es el he18 | adn | Sábado 17 de julio de 2010

cho de que no hubo un centro. Ninguna capital latinoamericana funcionó como una metrópolis cultural respecto de las otras”. Y enumera otras particularidades de los intelectuales del continente en el siglo XX, por ejemplo, la “pregunta obsesiva” por la identidad regional y nacional, el papel del exilio como experiencia reveladora y las redes trasnacionales de intelectuales que se activaron en determinados momentos del siglo, cuando la promesa europea parecía desvanecerse y América latina se perfilaba como el lugar de la utopía posible. Como en otras latitudes, sin embargo, la relación entre intelectuales y poder político también ha sido conflictiva en el continente. “En algunos países, el Estado operó muy activamente para reclutar intelectuales”, dice y aclara que ése no fue el caso en la Argentina: “Desde 1916 y más claramente desde los años 20, las elites intelectuales del país no han estado en relación con las elites políticas”. –En el libro se resalta que en los países del continente se dan configuraciones distintas de la actividad intelectual. ¿Hay sin embargo algunas líneas que puedan trazar una suerte de perfil del intelectual latinoamericano de los años que abarca el libro? –Hay una serie de temas comunes. Un asunto obsesivo de la ensayística latinoamericana es la pregunta por la identidad: quiénes somos, cuáles son nuestras raíces, respecto de qué otras identidades debemos diferenciarnos. Esto tiene a veces la forma de una interrogación sobre la identidad latinoamericana, hispanoamericana o más localmente, la identidad nacional. Es un tema que cobró diferentes acentos, mayor o menor dramatización de la pregunta y la respuesta. Incluyó postular que carecemos de una identidad propia, que debemos tenerla, que se reduce a la dimensión cultural o que una identidad no puede sino expresarse políticamente. Eso se convirtió en la afirmación de un ser colectivo respecto de potencias vis-

FOTOS DE FACUNDO BASAVILBASO

Es difícil hablar de un campo intelectual latinoamericano porque un campo intelectual no es sólo una comunidad de escritores, poetas y filósofos, sino también una trama institucional tas como amenazantes o como enemigas de la promesa de emancipación y justicia que era América latina. En torno a esta problemática, que viene del siglo XIX, se movilizaron recursos teóricos y doctrinarios de diferentes fuentes. En el siglo XIX, el romanticismo y el positivismo, y en el siglo XX, las diferentes versiones del nacionalismo y el marxismo. –¿Hay una tensión entre modernidad y atraso que recorre el siglo desde el punto de vista de la producción intelectual del continente? –Yo lo reformularía y diría que hay una tensión entre modernidad e identidad. Es decir, cómo modernizarse sin perder identidad, cómo evitar que la defensa de la identidad o su reformulación se confunda con la preservación y el atraso. La idea es que América latina ha querido ser moderna, pero moderna a su manera, y las versiones acerca de cómo debería ser esto han variado a lo largo del tiempo, o según las corrientes o los pensadores. –¿Se puede hablar de un “campo intelectual” en América latina?

–Empleando la noción más o menos estricta, tal cual la acuña Bourdieu, es difícil hablar de un campo intelectual latinoamericano, porque a los ojos de Bourdieu un campo intelectual no es sólo una comunidad de intelectuales, escritores, poetas y filósofos, sino también una trama institucional y un sistema de autoridades, obras o autores, centros que dictan la norma. Una de las razones por las cuales fue difícil pensar una historia continua que fuera de comienzos del siglo XX a los años 80 para este libro, como una línea recta y pautada por etapas, es el hecho de que no hubo un centro. Ninguna capital latinoamericana funcionó como una metrópolis cultural respecto de las otras. –En algunos artículos, se incluye entre los intelectuales a escritores, periodistas, artistas, editores... –El medio intelectual no puede ser pensado sin referencia a un medio editorial, sin esa esfera que produce la existencia de la prensa y la evolución del periodismo; sin instituciones como la universidad u organizaciones específicas de los intelectuales, como las academias o las revistas. Cuando se quiere reconstruir históricamente ese universo, uno no puede reducirse a los grandes hombres o a unas pocas obras. Por ejemplo, fue un hecho cultural muy importante la creación de la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica. Ahí intervinieron intelectuales y también una serie de agentes culturales a los que uno dudaría en aplicarles la noción de inte-