Ensayo de McCloskey por Jorge Gómez final - Fundación para el ...

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El pesimismo igualitario de Piketty Una crítica de Deirdre McCloskey al libro El Capital en el Siglo XXI Resumen de Jorge Gómez Arismendi

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ajo este título, Fundación para el Progreso ha traducido al español la interesante revisión de la economista e historiadora Deirdre McCloskey1 del libro El Capital en el siglo XXI (2013). Su autor, el profesor de la Escuela de Economía de París Thomas Piketty, estará de visita en Chile en enero próximo. El ensayo de McCloskey, originalmente titulado Measured, unmeasured, mismeasured, and unjustified pessimism: a review essay of Thomas Piketty’s Capital in the twenty-first century, es un pormenorizado análisis crítico de la obra del autor francés y plantea importantes observaciones resumidas en las páginas de este texto. Para McCloskey, El Capital en el siglo XXI es un libro interesante y desafiante en una época en que se lee poco. Si bien permite entender la actual preocupación de la izquierda respecto del capitalismo, también es –escribe la historiadora– un texto catastrofista. Comparte el pesimismo, luego refutado por los hechos, de economistas clásicos como Malthus y Ricardo. En sus casi 700 páginas se dedica a demostrar que en siglo corriente los ricos concentrarán la riqueza hasta ser dueños de casi todo. Piketty cree al igual que Ricardo, Marx y Keynes, haber descubierto una contradicción vital en el capitalismo: que el retorno sobre el capital excede la tasa de crecimiento de la economía (su ecuación r>g), y que la raíz de la desigualdad radica en la riqueza heredada y la capacidad del capital de “auto reproducirse”, como dijo el economista francés en una entrevista para BBC. Es el viejo argumento de la ganancia ilimitada conocido desde Aristóteles.

…lo expuesto por Piketty sería válido sobre todo si “nuestra preocupación ética se refiere exclusivamente al coeficiente de Gini y no a la condición de la clase trabajadora”

Mc Closkey plantea que lo expuesto por Piketty sería válido sobre todo si “nuestra preocupación ética se refiere exclusivamente al coeficiente de Gini y no a la condición de la clase trabajadora”. Y solo si: 1) el capital humano y la innovación no existieran; 2) solo la gente rica tuviera capital y nunca lo perdiera por la flojera o la destrucción creativa; 3) que la herencia fuera el único mecanismo para enriquecerse.

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Profesora Distinguida de Economía y de Historia de la Universidad de Illinois, Chicago; y 2014 Fellow, IASS Institute for Advanced Sustainability Studies, Potsdam, y Wissenschaftskolleg zu Berlin, Alemania. Email: [email protected]

 

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La riqueza Piketty, de acuerdo a McCloskey, ignora que la desigualdad sube y baja en grandes oleadas. En su libro, no considera el trabajo de historiadores económicos como Jeffrey Williamson y Peter Lindert, por ejemplo, que entregan datos al respecto. Es decir, obvia que un porcentaje sostenido de gente adinerada deja de serlo, mientras que otro de pobres se vuelve rico. Esto aún cuando, desde tiempos inmemoriales, el retorno sobre el capital ha sido mayor que la tasa de crecimiento de la economía –el propio Piketty lo plantea–, incluso después de las políticas redistributivas de los Estados del bienestar. Así, según los datos del propio Piketty, sólo en Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido la desigualdad de ingreso ha aumentado de forma notable, mientras que, como él mismo indica, “en Europa y Japón, la desigualdad de ingresos sigue siendo mucho más baja de lo que lo era a comienzos del siglo XX”.

No hay que olvidar que el bienestar de millones de personas y la elevación de los salarios reales por casi dos siglos se ha generado por la constante innovación y competencia en los mercados, mas no por la mera acumulación de capitales.

Y es que El Capital en el siglo XXI presenta una falla metodológica importante y fundamental en su análisis económico: desconoce el funcionamiento de las curvas de oferta y demanda, que actúan generando incentivos según sea el movimiento de los precios. No considera que las curvas de oferta se desplazan hacia afuera ante la mayor escasez de un producto. Tampoco entran en su explicación la innovación, los descubrimientos y las sustituciones. Es decir, “Piketty no toma en cuenta que cada ola de inventores, de empresarios y hasta de capitalistas por descarte descubre que sus ganancias ya no les pertenecen desde que entran al jueguito”.

Los trabajadores son vistos por Piketty de acuerdo a una concepción según la cual sólo son dueños de la fuerza de sus manos y de sus espaldas, dejando de lado la alfabetización, las habilidades y conocimientos adquiridos y desarrollados por los ellos en los últimos 200 años. No es raro entonces que deje de lado el capital humano como un factor de riqueza, que es propiedad de cada trabajador, y que según McCloskey es la principal fuente de capital en la actualidad. El economista francés no ve la inventiva como una fuente de riqueza y tampoco explica de manera convincente por qué el capital humano no constituye capital. Sin embargo, en su libro, Piketty recomienda invertir en capital humano y educación. McCloskey plantea que Piketty apunta a los herederos ricos sin tomar en cuenta la ganancia empresarial que ha permitido a los pobres hacerse ricos o mejorar sus condiciones de vida. No considera el proceso de enriquecimiento general de las sociedades –el Gran Enriquecimiento, como lo llama McCloskey– que ha generado la libertad económica a pesar de las trabas y distorsiones gubernamentales. No hay que olvidar que el bienestar de millones de personas y la elevación de los salarios reales por casi dos siglos se ha generado por la constante innovación y competencia en los mercados, mas no por la mera acumulación de capitales. Piketty intenta demostrar que el mercado ha funcionado mal, pero todos los instrumentos cuantitativos dicen exactamente lo contrario, como demuestra el estudio de Salai-Martin y Pinovsky de 2010. Indican que –señala McCloskey– “la condición absoluta de los pobres ha mejorado sustancialmente más debido al Gran Enriquecimiento que a la redistribución”. La historiadora económica agrega que “el crecimiento económico, por muy desigualmente que se acumule como riqueza, o que se obtenga como ingreso, es más igualitario en términos de consumo, y a estas alturas es bastante equitativo respecto al consumo de artículos de primera necesidad”.

 

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A partir de esto, McCloskey reflexiona que el problema fundamental de Piketty es que cree que la distribución del ingreso es el factor clave, sin considerar el Gran Enriquecimiento del individuo promedio a nivel planetario en los últimos 200 años, que permite tal distribución. El Gran Enriquecimiento: “no requiere de la acumulación de capital o de la explotación de los trabajadores, sino del Acuerdo Burgués”, es decir, de la libertad económica y los principios de una sociedad libre. Parafraseando a McCloskey, las políticas de redistribución no han sido el principal sustento de los pobres sino el desarrollo de economías libres, estables y productivas. Es en ese contexto donde mejoran de manera sustancia sus condiciones de vida.   La desigualdad En su ensayo crítico, McCloskey plantea que el problema las políticas de fundamental del libro El Capital en el Siglo XXI de Piketty, incluso más redistribución no han allá de los aspectos metodológicos, es ético. El economista francés no sido el principal aclara por qué la desigualdad en sí es un problema. Y no aclara qué es sustento de los desigual exactamente. Esto es un problema, pues “si el capital se mide de manera más exhaustiva, incluyendo al cada vez más importante pobres sino el capital humano, como los títulos de ingeniería, y el cada vez más desarrollo de importante capital comunitario, como los parques públicos y el economías libres, conocimiento moderno (piensen: internet), el rendimiento de los estables y ingresos sobre el capital está distribuido de forma menos desigual, he productivas. señalado, que los derechos en papel al capital físico”, dice la economista estadounidense. De hecho, resulta paradójico constatar que uno de los elementos que preocupa a Thomas Piketty, la desigualdad en remuneraciones de altos ejecutivos empresariales en los países más ricos como Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido, no tiene nada que ver con su ecuación r > g. En ese sentido, Piketty hace sus planteamientos desde un marcado desprecio hacia la ética burguesa con respecto a la riqueza, que en palabras de McCloskey consiste en que: “es merecida en virtud de proveer de manera ética, sin violencia, lo que las personas están dispuestas a comprar”. Asimismo, ese sesgo centrado en el GINI no ayuda realmente a los pobres sino que refuerza la moral progresista con respecto a la riqueza. A partir de esto, el problema de Piketty es claramente ético, en cuanto a que “Éticamente no importa si los pobres tienen el mismo número de brazaletes de diamantes y automóviles Porsche que los poseedores de fondos de inversiones. Pero lo que sí importa es si tienen las mismas oportunidades para votar o aprender a leer o si tienen un techo sobre sus cabezas”. Un lector descuidado podría presumir que el rechazo de McCloskey a centrarse en la desigualdad refleja indiferencia hacia aquellas personas menos favorecidas, o en condiciones de pobreza en una sociedad. Todo lo contrario, plantea que “despertar no implica desesperar, o introducir políticas artificiales que en realidad no ayudan a los pobres, o proponer el derrocamiento del sistema, cuando el sistema de hecho está enriqueciendo a los pobres en el largo plazo, o en todo caso enriqueciéndolos de mejor manera que otros sistemas que se han probado cada tanto”. Por ello, también cuestiona el enfoque de muchas investigaciones económicas centradas en medir la desigualdad relativa -como el coeficiente de Gini o la participación del 1 por ciento superior- y no en medir el bienestar absoluto de los pobres, que es lo éticamente relevante, en cuanto a elevar a los pobres a una condición de dignidad.

 

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Por lo tanto cuestiona la forma en que se pretende promover una mayor igualdad desde lo que califica un pedestal conservador-progresista, pues “la indignación moral y barata inspirada por la culpa del sobreviviente hacia las presuntas Piketty no explica ‘víctimas’ de algo llamado ‘capitalismo’, y la ira envidiosa hacia el cómo un gobierno consumo despilfarrador de los ricos, invariablemente no significan imperfecto soluciona una mejora para los pobres”. En ese sentido, Mc Closkey señala que un mercado el hecho de que algunas personas ricas actúen de manera que imperfecto podríamos considerar vergonzosa, por ejemplo, despilfarrando en generando resultados joyas su dinero, no amerita que el gobierno deba intervenir con políticas redistributivas, aunque nos molesten tales actitudes –al perfectos y justos. parecer ocurre con Piketty–, sobre todo porque aquello no ayuda Tampoco… considera realmente a los más pobres.

que los gobiernos, y no los mercados, han contribuido con sus políticas a la desigualdad.

Piketty no presenta pruebas de que su propuesta de intervención estatal funcionará en favor de los más pobres. No explica cómo un gobierno imperfecto soluciona un mercado imperfecto generando resultados perfectos y justos. Tampoco – dice McCloskey– considera que los gobiernos, y no los mercados, han contribuido con sus políticas a la desigualdad. Aun cuando él mismo dice que “la principal fuente de divergencia (del ingreso entre ricos comparado con los pobres) en mi teoría no tiene nada que ver con ninguna imperfección del mercado”. La economista estadounidense recuerda que no hay mucho contraste entre la clase trabajadora del capitalista Estados Unidos y la de los socialdemócratas Holanda o Suecia. Contrario a lo que periodistas o políticos dicen. La importancia ética de las ideas Otro punto interesante en el ensayo de Deirdre McCloskey es lo que destaca en cuanto a las ideas, la dignidad humana y la generación de riqueza: “Lo importante fueron las ideas, no los ladrillos. Las ideas fueron desencadenadas por una nueva libertad y dignidad: la ideología conocida por los europeos como el ‘liberalismo’. El mundo moderno no fue causado por el ‘capitalismo’, que es antiguo y ubicuo – totalmente diferente del liberalismo, el cual era revolucionario en 1776. Lo que explica el Gran Enriquecimiento, el acontecimiento secular más sorprendente de la historia entre 1800 y el presente, es el mejoramiento de las ideas derivada del liberalismo”. Piketty parece no reconocer al ideario del liberalismo desde 1800, mejorando notablemente las condiciones de vida de un gran número de personas por varias generaciones, permitiendo que muchos vivan mejor que sus abuelos. En ese sentido, McCloskey plantea algo que sin duda podría hacer eco en Chile actualmente: “los países con leyes contrarias al mercado, las que hacen más lenta la entrada de nuevos negocios y la regulación onerosa de negocios establecidos, se arrastran lentamente a una tasa de crecimiento de menos de un 3 por ciento anual per cápita: doblarla toma un cuarto de siglo y cuadruplicarla toma cincuenta años. (…) Esta es la verdadera trampa del ingreso promedio. Salir de ella requiere aceptar el Acuerdo Burgués, lo que hizo Holanda en el siglo XVI y Gran Bretaña en el siglo XVIII, y lo que China e India hicieron a fines del siglo XX”. Es probable que Thomas Piketty y su libro El Capital en el siglo XXI animen más la discusión en torno a la riqueza, la desigualdad y la pobreza en el mundo, pero es esta visión de Deirdre McCloskey la que ayuda a abordarla y enfocarla desde una ética en favor de la libertad y, sobre todo, de la dignidad de las personas n

 

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