1 México hacia el 2050

en donde impere una cultura de integridad, legalidad y orden.1. 1 Además de ..... En Europa destacan países como Alemania o Estonia, y en el resto del mun-.
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1 México hacia el 2050

En el think tank del ipea, los jóvenes han demostra-

do que México tiene futuro y que éste depende de nuestras capacidades para ser verdaderos ciudadanos y actuar unidos de manera libre, responsable y organizada. La mayoría de los cambios a los que apostamos no ocurrirán de la noche a la mañana, pues éstos sólo se harán visibles en unos años. Por esta razón, los jóvenes que integramos el ipea trabajamos para crear las bases del México en el que queremos vivir, un México en donde impere una cultura de integridad, legalidad y orden.1 1 Además de estas actividades, el ipea ofrece herramientas de participación y formación a jóvenes líderes con el fin de que tengan mayor incidencia en las políticas públicas. Por esta razón se creó una serie de Capítulos ipea, los cuales están constituidos por jóvenes que estudian en distintas universidades públicas y privadas. Asimismo, el ipea les ofrece acceso a los protagonistas de historias de éxito en México y otros países. De esta manera, a través de los Capítulos ipea, los jóvenes evalúan y traducen políticas públicas y generan soluciones a diversos problemas. Las políticas públicas se comunican a diferentes actores y grupos de la sociedad civil y al gobierno con el fin de llevarlas a la práctica. Cabe señalar que, además de ser arquitectos e impulsores, estos jóvenes dan seguimiento y evalúan su implementación para medir el impacto de sus propuestas.

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Un millón de jóvenes por México

Durante 2011, un grupo de jóvenes de distintas universidades iniciaron un intercambio de ideas para crear las bases del país que construiremos durante las próximas décadas. Así, la visión hacia el 2050 nace de la confianza de una generación dispuesta a asumir su responsabilidad y que está consciente de un hecho crucial: si no lo hacemos nosotros, difícilmente alguien más lo hará. Partimos de la premisa que nada es imposible, nos asumimos como agentes de cambio y tenemos la convicción de que, aunque no será fácil, eventualmente sucederá. Una agenda de libertad es determinante para avanzar con certeza en esta dirección. Leamos los resultados de este trabajo: En el año 2050, el ciudadano mexicano ya ha asumido la responsabilidad de una vida democrática, por ello entiende su libertad y hace el mejor uso de ella, reconoce sus derechos y responsabilidades y cumple sus obligaciones. México ya es un país en donde impera una cultura de integridad, legalidad y orden; tiene un Estado de derecho que rige la convivencia pacífica entre ciudadanos. Existen leyes simples para un entorno dinámico y complejo, donde impera la igualdad de oportunidades como eje del marco jurídico. El sistema de justicia funciona y la seguridad está garantizada para todos los ciudadanos. México tiene una educación de calidad que, ade­más de ser accesible a todos, genera ciudadanos responsables, proactivos y emprendedores. Se fomenta el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y se privilegia la economía basada en conocimientos. México ha dejado atrás el rezago y la aglomeración, superando la carencia de servicios mediante una planificación estratégica y eficiente

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México hacia el 2050

de su territorio. Los ciudadanos tienen acceso a servicios eficientes de salud. La pobreza se ha reducido considerablemente y con ello se acorta la brecha entre clases sociales. La fu­ga de cerebros se ha detenido, pues las condiciones laborales son favorables a la inversión y las oportunidades de empleo han aumentado. México se ha convertido en un país a la vanguardia en generación de emprendedores y nuevos negocios. México tiene una economía fuerte y finanzas públicas sanas. Ha escalado posiciones en los Índices de Desarrollo Humano (idh), Libertad económica y Competitividad, ubicándose como uno de los mejores destinos para hacer negocios e invertir. México es un mercado emergente en el umbral de convertirse en un país desarrollado. La sociedad mexicana es protagonista de una vida democrática y existe un gobierno fuerte, pero limitado por el Estado de derecho y por un sistema real de pesos y contrapesos que equilibran el poder público.

Ésta es la visión que alimenta a nuestra agenda.

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2 La promesa: un país de primer mundo

Para interpretar y comprender la realidad, clasifica-

mos la información de distintas maneras, aunque siempre partimos de nosotros mismos, justo como lo decía José Ortega y Gasset: “yo soy yo y mis cir­cuns­tan­ cias”.1 Es cierto, somos personas irrepetibles con una historia que nos hace únicos. Sin embargo, y a pesar de nuestra individualidad, cada generación comparte un tiempo y espacio que la ubican en la historia. A lo largo de los siglos, los historiadores han clasificado las distintas épocas de acuerdo con los acontecimientos más relevantes: la Edad Media, por ejemplo, se inicia con la caída del Imperio Romano y concluye —según algunos entendidos— con el surgimiento del humanismo, la irrupción de la Revolución científica y el descubrimiento de América. Sin detenerme a hablar sobre las periodizaciones y las nomenclaturas, me parece necesario destacar una descripción de nuestra época hecha por Jerry Jordan, un destacado economista estadounidense y ex presidente de la Reserva Federal de Cleveland, asegura que nuestro tiempo 1 José Ortega y Gasset, Obras completas, Madrid, Taurus / Fundación

José Ortega y Gasset, t. i, 2004, p. 757.

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Un millón de jóvenes por México

bien podría denominarse como la “era de las promesas incumplidas”. Aunque las promesas incumplidas han sido una constante a lo largo de la historia, la realidad es que hoy, gracias al avance de las telecomunicaciones y la tecnología, este fenómeno es más evidente. Una de las razones por las cuales el incumplimiento de promesas es un problema tan frecuente, es porque nos rehusamos a asumir cualquier responsabilidad y, por ende, preferimos darle la espalda a los compromisos. El trasfondo de este rechazo quizá pueda ser explicado por nuestra falta de interés para entender qué es la libertad y cuánto podemos lograr cuando la ejercemos de manera inteligente y responsable. Preferir que otros decidan para no tener que rendir cuentas ni asumir responsabilidades, supone una actitud de indiferencia, ya sea por ignorancia o, simplemente, por comodidad. Este fenómeno —llevado al extremo— nos muestra lo que sucede en algunos países de América Latina, donde muchos ciudadanos han preferido elegir líderes que se asuman como redentores capaces de resolver todos los problemas a costa de perpetuarse en el poder.2 Los ciudadanos de estos países saben que esta decisión implica renunciar a su libertad para entregarla a un caudillo o a un gobierno que se asume todopoderoso, y que elimina todas las libertades hasta asumir el control absoluto del Estado y sus instituciones. Así, entender la libertad y defenderla es una tarea permanente que los ciudadanos no podemos ni debemos menospreciar.

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Véase: Enrique Krauze, Redentores: ideas y poder en América Latina, Mé­xico, Debate, 2011.

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La promesa: un país de primer mundo

Las promesas incumplidas no son exclusivas de la política, aunque en ésta se hacen más evidentes. En los negocios, muchas empresas prometen beneficios en sus productos y servicios, aunque finalmente éstos no sean ciertos. Muchos medios de comunicación no cumplen su función de informar, pues —además de que en muchas ocasiones distorsionan la información— prefieren cumplir con sus compromisos y obedecen a intereses particulares. Por su parte, los padres le incumplen a sus hijos y los hijos le incumplen a sus padres, los directivos a sus colaboradores y los colaboradores a sus directivos. El incumplimiento es un problema que ocurre en todos los ámbitos y en todos los niveles, es una realidad que nos desgasta y perpetúa nuestra desconfianza. Cuando entendemos que el eslabón más importante que une las relaciones entre personas es la confianza y que sobre ésta se construye todo, encontramos la clave de por qué cada día se deterioran más nuestras relaciones. Tenemos que romper el círculo vicioso que nace de nuestra indiferencia y nuestra constante negación (tanto para entender la libertad como para asumir la propia responsabilidad) que genera esta desconfian­ za. En efecto, la crisis financiera que azotó al mundo a finales de la primera década de este siglo puso en evidencia lo que Gilles Lipovetsky ya había advertido años antes: “el siglo xxi o es ético o no será”.3 En este sentido, el primer paso es recuperar el valor de las promesas, pues la persona que cumple su palabra se gana el respeto de los demás, genera confianza y adquiere 3

Véase: Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama, 1994.

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Un millón de jóvenes por México

autoridad moral. Demos aquello que queramos ver reflejado en nuestro alrededor y comprometámonos con México para hacer realidad esta promesa. * Si queremos recuperar la confianza entre nosotros y en nuestras instituciones públicas y privadas necesitamos revalorar la palabra, las promesas y nuestra capacidad para vivir de manera ética diciendo la verdad aunque a veces cueste caro o nos resulte incómodo. Ésta es la única manera de convertir en realidad la promesa de vivir en un país de primer mundo. Es cierto, requerimos recobrar la confianza que perdimos en nosotros y en los demás. No confiamos en la ley porque nadie la respeta ni la cumple, no confiamos en nuestros servidores públicos porque muchos, en lugar de trabajar para México, trabajan para sus bolsillos; no confiamos en la policía porque tenemos miedo de que nos robe, secuestre o extorsione. Al valorar la guerra contra el crimen organizado que ha cobrado miles de vidas, nos ocurre lo mismo: muchas personas siguen confundidas y no saben quiénes son los que han generado este desastre. Por estas razones, para sobrevivir hemos tenido que buscar nuevas formas de protegernos, pues vivimos a la expectativa de quien nos puede hacer daño. Nos estamos haciendo dependientes de las alarmas y las medidas de seguridad para proteger nuestros bienes y propiedades. El derecho a la propiedad y la seguridad no se entienden ni se ejercen a plenitud en nuestro país. Estoy seguro de que, si hoy levantáramos una encuesta para saber cuántos mexicanos no quieren vivir

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así y les preguntáramos si quieren un cambio, la respuesta favorable sería abrumadora. El problema es que la misma palabra “cambio” ha sido mal usada y los políticos abusaron de ella, lo que ha provocado el desencanto de muchas personas y la pérdida de esperanza de quienes ya no creen en promesas. Es esta realidad la que nos impide avanzar a una mayor velocidad. Por eso insisto en que el cambio sólo puede y debe venir de la sociedad, lo que significa que la transformación debe comenzar en cada uno de nosotros, debe ser personal, desde el corazón. Lo que queramos ver reflejado, démoslo y hagámoslo nosotros. La suma de esos pequeños cambios de actitud puede marcar una diferencia. Si somos congruentes y en verdad estamos dispuestos a trabajar para construir un país más próspero, los mexicanos debemos hacernos una promesa clara, simple y contundente: México será un país de primer mundo. Ésta es una afirmación y al mismo tiempo una promesa. ¿Promesa?, ¿de quién hacia quién? ¿Acaso es un discurso político, una fantasía de jóvenes entusiastas o una señal de ingenuidad, ignorancia o utopía? La respuesta a estas preguntas es no. No se trata del discurso de ningún político ni de un partido, no es la fantasía de un grupo de jóvenes que sueñan utopías ni es una afir­mación que refleja ignorancia o ingenuidad. Esta afirmación es una promesa de los mexicanos a nosotros mismos. Sólo aquellos que crean en esta promesa serán capaces de luchar y convertirán su anhelo en realidad. Nadie está obligado a creer en esta promesa, lo que es cierto es que los casos de éxito en otros países han puesto en evidencia que, cuando las personas se pro-

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Un millón de jóvenes por México

meten un mejor futuro y trabajan para construirlo, lo logran. Algunos tardan más que otros, pero finalmente lo consiguen. Nuestra capacidad de entender la fuerza de esta promesa y el potencial de nuestro país pondrá a prueba nuestra libertad y capacidad de construir un México de primer mundo durante las próximas décadas. Debemos confiar en nosotros y en los recursos que tenemos para hacer que esto suceda. * El mundo está cambiando muy rápido, mientras países como India y Brasil se creen capaces de convertirse en sociedades más prósperas, en México seguimos pensando que esto sólo ocurre en otros lugares. Sin embargo, en varias ocasiones, algunos mexicanos valientes se han atrevido a afirmar que, en el 2050, México podría ser la quinta economía del mundo. Yo me pregunto: ¿por qué no?, ¿qué nos detiene para lograrlo? Cuando este tipo de afirmaciones han sonado en la opinión pública, no falta la persona que dice que esto es imposible. Con esa mentalidad no sólo no avanzamos, tristemente nos detenemos e, incluso, retrocedemos. Debemos desafiar a aquellos que no creen que esta promesa se pueda cumplir. Me atrevo a decir que, quienes la niegan, lo hacen porque menosprecian su libertad, su voluntad y su capacidad para generar un cambio. Cuando afirmo que México puede ser un país de primer mundo, implícitamente hago referencia a una serie de factores que, sí sabemos aprovechar y encausar, se pueden convertir en las herramientas para que

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La promesa: un país de primer mundo

así suceda. Si no lo hacemos, el escenario en el que podríamos vernos sería desalentador y lo que hoy es una oportunidad mañana podría ser una enorme carga, una bomba de tiempo para nuestra generación. Si logramos que esta promesa no sea una idea y que de ser un anhelo se convierta en realidad, si entendemos que México tiene todos los recursos naturales y humanos y el potencial para pasar del tercer al primer mundo, nada detendrá la inercia de una sociedad decidida a actuar con absoluta determinación. Una vez que entendamos quiénes somos y hacia dónde vamos, y tengamos claro qué necesitamos para ser un país libre, solidario y próspero, sólo entonces tendremos un propósito y un rumbo para avanzar con plena seguridad de que lograremos lo que nos hemos propuesto. Muhammad Yunus, el fundador del Grameen Bank y premio Nobel de la paz, señaló que somos la generación más rica de la historia de la humanidad por el acceso que tenemos a la tecnología y las herramientas que nos permiten lograr lo que hace unos años parecía impensable. * El ejemplo de desarrollo más notable en la historia reciente de América Latina es Chile. En Europa destacan países como Alemania o Estonia, y en el resto del mundo sobresalen los casos de Singapur, Corea del Sur y Hong Kong, sólo por mencionar algunos. En esta lista ya se perfilan nuevos y muy poderosos competidores como India y Brasil. China, a pesar de su espectacular crecimiento económico en los últimos años, por ser un país sin libertad política, es una historia distinta.

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Un millón de jóvenes por México

Ante esto, se generan las siguientes preguntas: ¿qué han hecho estos países que nosotros no hemos podido lograr?, ¿cuál es el secreto? Y las respuestas son más simples de lo que parecen. Contestaré de manera breve. Algunos puntos clave de lo que otros han hecho con éxito y que nosotros podemos aprender para transitar del tercer mundo al primero, son los siguientes: 1. México necesita ciudadanos libres y responsables que, en lugar de quejarse, asuman una actitud proactiva y respeten el Estado de derecho. 2. México necesita transformar la corrupción, la apa­ tía y el conformismo en una cultura de integridad, legalidad y orden. En mayor o menor gra­do, todos somos parte de la cadena, hay que empezar a romperla en lo que a cada uno le corresponde. 3. México necesita vivir bajo un Estado de derecho donde las leyes protejan y garanticen los derechos y libertades de los mexicanos sin distinción. Se requieren leyes sencillas para un entorno tan complejo. 4. México necesita un sistema de justicia efectivo y eficiente integrado por instituciones confiables para todos los ciudadanos. 5. México necesita una sociedad abierta4 donde todos tengan oportunidad de vivir mejor por mérito propio y no por favores o privilegios del gobierno. Debe existir un vínculo natural entre el esfuerzo y la recompensa sin intervención gubernamental. 6. México necesita una nueva generación de emprendedores que estén dispuestos a crear riqueza 4

Véase: Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona, Paidós, 2010.

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y empleo, que quieran arriesgar y comprometerse con el desarrollo del país. Para ello es indispensable que se eliminen obstáculos al trabajo y la producción: parte del requisito es la reforma laboral pendiente. En México sigue arraigada la concepción de que el gobierno debe proveer la mayoría de los servicios y re­ solver todos los problemas. Esto es una gran ironía, pues lo que no entendemos es que para que el gobierno pueda implementar cualquier programa que provea servicios se requiere presupuesto. Esto me lleva a una pregunta crucial: ¿de dónde viene el dinero? De los impuestos que pagan, de manera inequitativa, los ciudadanos honestos. Exigir o esperar más del gobierno implica mayores gastos y, en consecuencia, el pago de más impuestos. El problema es que, la mayoría de las veces, quienes más exigen no son precisamente los que pagan, y quienes pagan prefieren no pedir cuentas del manejo de sus recursos. Esta reflexión obliga a pensar en qué cosas deben estar en manos del gobierno y qué otras en manos de los ciudadanos. Dicho de otra manera: qué debe ser público y qué debe ser privado. En un país en donde millones de ciudadanos están excluidos de la economía formal y no pagan impuestos, es imposible esperar que el gobierno ocupe espacios que no le corresponden. Además, la experiencia ha de­ mostrado que cuando un gobierno busca complacer todo tipo de peticiones, termina gastando y endeudándose de manera excesiva para generar un problema mayor.5 5

Véase: Gabriel Zaid, El progreso improductivo, México, Debolsillo, 2009.

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Un millón de jóvenes por México

Hemos aprendido que los países más desarrollados han sabido separar lo que corresponde al ámbito público de lo privado, dando valor a cada uno de manera razonable. Si le preguntamos a los mexicanos: ¿qué te beneficia más, lo público o lo privado?, seguramente la mayoría responderá que lo público, pues, desafortu­ nadamente, la mayoría sólo tiene acceso a servicios gratuitos que —en muchas ocasiones— no brindan la mejor atención. Algunas veces por necesidad, otras por ignorancia, se sigue imponiendo la costumbre de pedir y exigir dando poco o nada a cambio. En el fondo, este fenómeno refleja nuestra constante negativa a ser libres y, por ende, a ser responsables. Muchos siguen optando porque otro resuelva los problemas, aunque perpetúen un círculo vicioso difícil de romper. A muchos políticos les conviene mantener esta necesidad latente para asegurar clientelas que se traduzcan en votos.6 La experiencia ha probado que los bienes y servicios en manos privadas son mucho más productivos y alcanzan mayores niveles de eficiencia que en manos públicas. La razón es muy simple: es un principio de incentivos. Cuando esos bienes y servicios están en manos privadas, enmarcados en un entorno de competencia libre, los propietarios, accionistas o administradores tienen incentivos para mantenerlos en buenas condiciones: están obligados a dar lo mejor, pues el mercado los anula para dar paso a un competidor que ofrezca algo mejor. Todo esto sucede siempre y cuando el gobierno no intervenga. Su papel debe limitarse 6

1999.

Véase: Carlos Pereda, Crítica de la razón arrogante, México, Taurus,

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La promesa: un país de primer mundo

a ser el árbitro que asegure que las reglas se cumplan sin favorecer a ninguna de las partes.

Lo más importante es comprender que la patria no es un concepto abstracto: es la esfera en la que se encuentran todas las oportunidades. No involucrarnos con nuestro país es un gravísimo riesgo para que otros decidan por nosotros. La libertad y la responsabilidad son las dos caras de la misma moneda. La libertad nos sirve pa­ ra llevar a cabo nuestros ideales. Un hombre libre es un hombre responsable, porque al elegir deliberadamen­ te, elige las consecuencias de sus actos y es respon­sa­ble de ellos. Somos libres de expresar nuestros pensamientos, de elegir un sendero, de soñar con nuestros ideales; somos libres de escribir nuestro destino. Jóvenes, sean protagonistas de la historia de México. Ahí van a encontrar no sólo su realización personal, sino la gran dicha de servir y enriquecer su vida. Francisco Flores Presidente de El Salvador, 1999-2004

Cuando “todo” es de “todos”, nada es de nadie, pues al no sentirlo propio, las personas no cuidan lo que no les pertenece en medida que no tienen incentivos para hacerlo. Esto es lo que sucede en la mayoría de los casos con las empresas y lugares públicos. Quienes las administran y quienes los utilizan tratan de obtener el mayor beneficio sin dar mucho o nada a cambio.

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Un millón de jóvenes por México

La actitud de un ciudadano que asume la promesa de forjar y vivir en un país de primer mundo siempre es positiva y constructiva. Implica sacar de la mente y del vocabulario ideas y frases como: “México nunca va a cambiar”, “el que no tranza no avanza” o “qué tanto es tantito”. Lo que no pase por la mente de los ciudadanos —pero sobre todo en la mente de los jóvenes—, nunca va a suceder en México.

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